(Final
del capítulo XI: Nuestros caminos parecían separarse definitivamente, pero…)
¡Vámonos, Lucrecia; se acerca la tormenta!
No paso mucho tiempo sin que mi ingreso en el internado se hiciera realidad.
Mis estudios en el pueblo apuntaban al fracaso por lo que mis padres convinieron
en mi internamiento en un colegio de monjas. Mi vida allí no fue fácil.
Recordaba a todas horas el jardín de casa, el palomar, la hora de Dios, mis
juegos, recordaba sobre todo a mis padres y hermano y a Lucrecia, que me fui sin haber recibido la prometida tarjeta por la cual
pudiera saber dónde estaba.
Una noche y otra lloraba en silencio. Teresa, una
compañera que compartía dormitorio y, dado que su cama y la mía estaban tan
próximas que podíamos darnos la mano, le hablé de Lucrecia. Eres buena María –me dijo- pero esas niñas
siempre acaban como sus madres. Ándate con cuidado, y mejor que no sepas nada
de ella, mejor que la olvides porque te puedes ver metida en líos gordos.
Pero no podía olvidarla, y no sé por qué, el sonido
de las campanas de un reloj procedente de alguna torre lejana, en el silencio
de las noches, lo asociaba con ella y mis sentimientos eran una mezcla de
compasión y miedo. Eran noches muy largas las de invierno en las que no
conseguía dormir, y daba vueltas y más vueltas, imaginando
a Lucrecia durmiendo tranquilamente con su abuela, unas veces, y otras,
a dormivela, soñaba que los hombres la perseguían para hacerle daño, y mis
alucinaciones y soliviantos llegaban a
mi compañera que me golpeaba la cama repitiendo: ¡María, María, despierta!
Así llegamos a las vacaciones de Navidad. Con
vehemencia infinita esperaba a mi padre que fue a recogerme al internado. La
madre superiora, con las manos debajo de la almidonada toca, lo recibió en la
sala de visitas y con una sonrisa beatífica lo informó acerca de mi trabajo y
comportamiento. Estudia y es buena chica
pero se relaciona poco, y es tímida en exceso… Mi padre, le salió al paso
con palabras alentadoras para mí: ¡Cosas
de la edad! Lo importante es que vaya bien en los estudios. Lo demás se le
pasará.
Nada más llegar al pueblo, busqué al larguirucho,
pero parecía que se lo hubiera tragado la tierra; no lo encontraba en la plaza,
lugar habitual de todos los niños y jóvenes del pueblo, ni tampoco en las
esquinas de su calle donde solía jugar con los amigos. Al fin, un vecino me
comentó: Está en el campo. Ha ido con su
padre. Me parece que viene pronto porque han ido a unos chapuces de la casa que
tienen y que, con la lluvia, se le han hundido parte del tejado.
Efectivamente fue aquel un otoño e invierno de mucha
lluvia. El río se desbordó, y la gente decía que había peligro en el
pueblo. Y yo, de vez en cuando, me
asomaba a la esquina de aquella casa de la Calle del Río, por ver si había
llegado hasta allí el agua. Era como si algo de ella me perteneciera, algo
pudiera hacerle daño o en algo pudiera ayudarle y hasta me daban ganas de entrar
en la casa y volver a verla una vez más.
De cualquier forma me sentía feliz de mi reencuentro con el
jardín, con la veleta, la mujer en cueros, mis escondites y, sobre todo, con el
palomar y la hora de Dios.
El día de Navidad, y por expreso mandato de mi padre,
teníamos que recogernos pronto. Decía que era tarde y noche de borrachos y que
dónde mejor estábamos era en la casa, colaborando en los preparativos
extras de la cena. Al atardecer, jugábamos
en la esquina, pequeños y mayores, en torno a una gran hoguera, cuando, a punto
de irnos a la casa, apareció Luis, el larguirucho con una gran zambomba y un
grupo de amigos que en incesantes cánticos pedían el aguinaldo. Nada más verme
se me acercó: ¡Estás más guapa, María! -exclamó-, pero mi pregunta era una urgencia
que dejaba atrás cumplidos. ¿Te ha
escrito Lucrecia? ¿Sabes algo de ella? No,
no me ha escrito, pero, si quieres puedo preguntarle a Teresina, esa niña que
vive también en la Calle del Río. ¿La conoces? La he visto pero no la conozco mucho. A lo mejor ella sabe dónde está
Lucrecia. Ya la buscaré yo y te lo digo.
No volví a ver al larguirucho, y mi regreso al internado fue doloroso.
Lloraba sin consuelo. Mi madre me repetía: Es
por tu bien, hija. Pronto iremos a verte y pronto llegan otra vez las vacaciones.
Algún día te alegrarás.
Lucrecia era mi gran obsesión, y creo que a pesar de
tantos años, lo sigue siendo… ¿Y por qué?...
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