Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

Mostrando entradas con la etiqueta respeto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta respeto. Mostrar todas las entradas

19 dic 2015

Leyenda de la mulita y el buey+

 Amigos: son fechas, estas de niños sobre todo. Los cuentos conllevan magia que a los pequeños de todos los tiempos contagia y si  hoy no los entienden bien, los mensajes que transmiten florecerán un día en su corazón. 
Son muchas mis obras de cuentos y teatro para niños. Os cito estas dos, editadas por Narcea y en día siguientes, otras.
Un hombre que en el campo trabajaba con una mula y un buey se ayudaba pero los dos animales, ancianitos ya estaban y las patas se le doblaban a cada paso que daban. Un día el hombre dijo: lo siento, amiguitos! No me servís ya para trabajar. Tendré que llevaros al matadero y algo por vosotros me darán. No tengo medios para viejecitos alimentar.
Y al ser de día, en la cuadra entró y antes de salir, de nuevo les habló: queridos animalitos: os debo mucho tengo que reconocer. Cada día me habéis ayudado en mi duro quehacer. Podréis por ello comprender qué difícil me resulta esta decisión pero no me queda otra; también sabéis que mal anda mi corazón. No puedo trabajar y solo quiero, necesito, otra solución,
Y dicho esto, a la mula y al buey en un carrito cargó y pasito a pasito a las cercanías de un pueblo llegó y sentándose en una piedra, se hizo esta reflexión: ¿Dos animales tan viejos quién me va a comprar? No sirven ni para carne, ni para trabajar. Será mejor que los deje en libertad, que hagan lo que puedan y Dios les ayudará.
Y bajándolos del carro de ellos se despidió. ¡Ea, aquí termina nuestra aventura! Tenéis plena libertad que habéis trabajado mucho y de ella debéis disfrutar. ¡Adiós, queridos amigos! Os deseo encontréis algo de felicidad.
Y anochecía, cuando el hombre se alejaba y los dos animalitos uno a otro se miraban. Al fin la mulita habló: ¿Y qué podemos hacer? Para nada servimos ya, tendremos que caminar y buscar un refugio donde la noche pasar. ¡Sí, sí, -dijo el buey- qué frío hace en este lugar! Pero, ¡qué cansado estoy! Muy lejos no podré llegar. ¡Ánimo, amigo! Despacito vamos a caminar y seguro que encontramos dónde la noche pasar -contestó la mulita.
Mal andaban los dos cuando, con la luna llena divisaron un portal. Era un abandonado cobertizo con paja y poco más. ¡Vaya! ¡No está mal este lugar y los dos juntitos nos daremos calor, y ya buscaremos mejor sitio cuando salga el sol –exclamó la mulita. ¡Vale, vale! .dijo el buey-. No está mal; me muero de sueño y mis patas no pueden más.
Y acurrucados y adormilados estaban cuando oyeron que un murmullo de pasos se acercaba. Con las orejas tiesas en alarma estaban ,cuando vieron llegar a un matrimonio que en borriquilla montaban y que despacito entre ellos hablaban.
-¿Qué te parece, María, este lugar?
-¡No está mal, José! En esta pajita nuestro niño nacerá Y estos dos animalitos / con su aliento calentarán.
¿Has oído, hermano, lo que he oído yo? –preguntó la mulita-.¡Sí, sí! Creo que he oído bien. Que un niño nacerá y que tú y yo con nuestro aliento vamos a calentar.
Y nació Jesús, nuestro Salvador. La mulita y el buey su aliento dieron y el portal se iluminó con estrellas caídas del cielo. Ángeles, pastores y Magos al Niño regalaron y la mulita y el buey, para siempre en el portal con Jesús, María y José para siempre se quedaron.
Ángeles y pastores cantaban: En el portal de Belén ha nacido el Salvador, ha nacido nuestro rey y lo calientan con su aliento la mulita y el buey. ¡Ande, ande, ande, ande, / la marimorena / ande ande, ande que es la Noche Buena. Y a coro todos repetían
Noche de saber / noche de cantar / que para ayudar / no existe la edad.

5 jun 2015

Un minuto de silencio




Me  detengo y guardo silencio, cuando un coche fúnebre se me cruza en el incesante tumulto de tráfico y gente que son las calles de la ciudad.
¡Un minuto de silencio, por favor! –me susurra en el alma como grito ahogado por impotencia y emoción- Descubríos, amigos y despedid a este ser humano en su  último recorrido por nuestras calles, camino, hasta ayer,   pasos de su incesante trajinar diario con interrogantes, problemas, afanes, ilusiones… idénticos a los nuestros y  entre la gentes que, durante muchos años, lo saludaron al paso.
Sol, nubes, lluvia, viento, cielo, gente, coches… Y campanas que me doblan en los adentros, mientras en un réquiem eterno, repito: Adiós, quién quiera que seas. No vas solo, Mi sentimiento te acompaña. Nunca oí tu voz, ni conocí el color de tus palabras, pero saber que eras, que eres, un ser humano, me sobra.

¡Descubríos, amigos, por favor y guardar un minuto de silencio!





7 mar 2014

Cuento: La gota de agua

(Para todas las mujeres; también para los hombres que las respetan y valoran)


Una piadosa y trabajadora mujer enviudó al poco de estar casada. Su director espiritual, tras recomendarle recato, oración y caridad emprendió un largo viaje a tierras  lejanas.
En los rigores todavía de un muy austero  luto el director espiritual regresó. Espero, hija -le dijo- que sepas mantener tu integridad como buena cristiana que eres y, como símbolo de lo valiosa que puede ser tu vida, si la conservas en dignidad,  te voy a hacer un hermoso obsequio.
Y le puso en la mano una pequeño trozo de cristal de cuarzo que, por capricho de la naturaleza, conservaba líquida,  a pesar de años, una gota de agua. Un prodigio –dijo- para admirar, sin peligro de que se mancille.
La mujer cogió la piedra y se mostró agradecida y halagada por lo que, tras darle las gracias, la colocó en la cabecera de su cama. Transcurrieron unos meses. La mujer, cada noche, cogía la piedra, la miraba, pensaba…
Un día, aquella insignificante piedra comenzó a pesar tanto que a penas si la mujer la podía sostener entre sus manos, y la gota de agua prisionera le provocaba tal agobio que la respiración se le entrecortaba y no podía dormir.
De ahí que una noche, decidida, buscó un gran martillo y golpeó la piedra, hasta machacarla en polvo. Y sucedió que de aquella recóndita habitación, que era su dormitorio, comenzó a elevarse una, pequeña nube que, rápidamente se convirtió en lluvia, y de la lluvia, se formaron charcos y corrieron arroyos, y de los arroyos se formaron ríos que caminaban  hacia el mar, y el mar levantaba olas, y las olas rugían en tempestad o arrullaban en calma.
Aquella noche, la mujer notó que un aire fresco inundaba sus pulmones y que, por primera vez, un halo mágico la envolvía.
A la mañana siguiente, y ya nunca más, la puerta de aquella casa volvió a abrirse al ritmo de las campanas; la mujer había desaparecido.
La gente del pueblo repetía: ¡Ya volverá! Aquí tiene a su difunto. Aquí tiene sus vestiduras, aquí lo tiene todo.
Y el director espiritual, igualmente, afirmaba: Volverá, seguro que volverá; ella conoce sus obligaciones de buena cristiana. No habrá ido muy lejos. Ella conoce lo valiosa que es su vida en castidad y recogimiento.
Pero la mujer jamás regresó. Para siempre sepultó aquella casa, aquella gente, aquel director espiritual, aquellas rancias costumbres, aquella vida.
Izó vuelos y se multiplicó.