Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

10 abr 2020

Viernes Santo 2020



No puedo recordar los días; tampoco el lugar y mucho menos el por qué. No obstante, lo oí contar tantas veces a mi madre que me veo y me oigo, cuando aún mis palabras eran tan sólo balbuceos, repitiendo dos palabras ante un cuadro de la Virgen Milagrosa: PAN, MARÍA

Sí, ahora lo sé. Corrían los difíciles años de la posguerra. Un hálito de miedo, de miseria, de ausencia total de ilusiones se entronizaban en la rutina de los días, días que, cual río sin más caudal que la lejana mirada hacia un mar de deseos, se nutría de fe y espinosos recuerdos.
Han pasado años, ¡muchos años! 
En mí jardín crecieron rosas; también espinas. La vida es eso: caminar por los infinitos laberintos de esta nada o de este todo que somos, rozando, eso sí, rozando siempre una plegaria que se torna suspiro, queja, palabra… La mía, aquella que no abandoné jamás, en la que un día descubrí se escondía la maravillosa ingenuidad de los niños, y la sabiduría del que sabe conformarse, ser feliz con lo básico y necesario, ha sido siempre, Pan, María.
Ayer me aleje de mi habitual paseo. Me sentí muy cansada y busqué dónde sentarme un rato. A bocajarro, tropecé con una capillita  callejera, una blanca imagen de la Virgen, cuajada de flores frescas y  velas. Alrededor, cómodas sillas que invitaban al descanso y oración. Tímidamente, como si pisara  tierra que no me perteneciera y casi esperando que alguien me reprochara un allanamiento de morada, decidí sentarme, justo frente la Virgencita blanca. En pocos minutos comenzaron a llegar mujeres   que tras un silencioso trajín de limpieza y cambio de flores, encendiendo  velas, santiguándose y arrodillándose, a coro repetían la Salve, sin reparar, para  nada en mi  presencia que más bien parecían agradecer con un amable, “buenos días”.
Mi fe y reflexión,  que no pasa precisamente por imágenes, estaba  juzgando  aquellas mujeres de fanáticas, de fogosas creyentes de falsas  ideas, me trasladó a una foto de mi madre en mi  piso, rodeada también de flores, y la reflexión me  creció en justa comparación: ¿qué diferencia había entre una imagen y una foto? ¿Qué derecho tenía yo para anatematizar a piadosas creyentes que rezaban y en  cuyas oraciones iban implícitas sus muchas necesidades?  Yo también las tenía, y muchas, pero ni eran oración, ni flores, ni tan siquiera empatía con aquel grupo de mujeres que, volviéndose se  a santiguar, apagaban velas y se despedían.
De nuevo me quedé sola con el descanso satisfecho, pero algo me mantenía allí sentada como si estuviera viviendo un  desapacible sueño. Al fin, como robotizada, me levanté, di unos pasos y me arrodille  junto a la virgencita. Como un soplo de recuerdos me aventara, mis labios, pronunciaron dos palabras: Pan, María.
Hoy, en esta tremenda crisis que sufrimos, mis labios de vuelven ingenua oración como uncanto0 de fe y esperanza: Pan, María
  

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