Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

16 jun 2013

Sergio era mi alumno


(Un comentarista anónimo me pide que cuente más historias de alumnos/as que un día pasaron por mi vida y dejaron huella. Para él y para todos los que siguen este blog, una historia más y no solo de alumnos/as sino, ¡tantas y tantas historias  de vida que contar!.)

Ahí estaba él, mi querido alumno,
escuchando atentamente la lectura de un cuento, titulado
La estrella que perdió su brillo.
Hoy escribiría otro que titularía:
Sergio, estrella que encontró su brillo y nos eclipso a todos para siempre.


Sí, Sergio era mi alumno. Era pero ya no es: su viaje definitivo lo emprendió con solo quince años. Su vida se desvaneció como blanca espuma de mar, se desvaneció con el viento. La noticia me sobrecogió, y hoy, desde esta humilde columna quiero rendirle homenaje, porque, en ese saco sin fondo donde los maestros en especial y los seres humanos en general archivamos nombres, rostros, palabras, gestos… de todos aquellos alumnos, de todas aquellas gentes que pasaron por nuestras aulas, por nuestra vida, el nombre de Sergio, su recuerdo es como una llama que se aviva y me acompaña en este amanecer de estío ya.
Él no está ya aquí para compartirla, para exhalar el perfume de esta tierra nuestra que si bien nos embriaga con el inigualable aroma de la vida, también nos llora en el alma, cuando nos toca el halo yermo del dolor y de la muerte.
Sergio llegó pequeñito a mi clase y durante cuatro cursos consecutivos permaneció en ella. Era un niño silencioso, en cuyos labios se eternizaba una sonrisa, mezcla de tristeza e ingenua felicidad, pero sobre todo Sergio era, y jamás podré olvidarlo, unos grandes y profundos ojos negros que miraban con ternura infinita. Todavía conservo algunos de sus trabajos, no muy brillantes, pero expresión, una vez más, y hoy me alegro de haberlo reconocido siempre, de su individualidad, de su mayor esfuerzo por lograr una ansiada superación.
Y mis lágrimas, al unísono con este pertinaz goteo de amanecer de lunes de junio, afloran a mis ojos porque Sergio fue de esos pocos alumnos que, agradecidos, sensibles al amor recibido, cariñoso y delicado me estuvo visitando durante mucho tiempo, cuando ya lejos de las aulas iniciaba sus primeros pasos en el mundo laboral en el taller de su padre.
Parece que lo veo irrumpir, sin apear la sonrisa de sus labios, en el ámbito de mis nuevos alumnos. Allí, apenas sin palabras, apenas sin ruido, permanecía junto a mi mesa. Yo creo que era para él  auténtico privilegio de placer estar junto a mí sin más.
Tierno tallo, mi alumno, herido a tan pocos años que cual estrella fugaz sobrevoló por mi vida, dejándome un apacible rastro luminoso que quiero seguir ahora, aquí, en este rincón, frente a mi ordenador, donde las palabras se me tornan siempre vociferantes momentos de sinceridad que van y vienen del pasado al presente, de lo personal a lo  general y que hoy, también como siempre, vienen a ser cálida plegaria al incomprensible Dios que tal vez conozca la explicación de tantas sinrazones.
Sí, mi  querido Sergio:  échame una mano porque me tiemblan los pulsos cuando, en tatnta soledad, miro al cielo y busco tu rastro, una mano a todos los que te amamos, desde el azul infinito donde seguro, quiero creer, nos esperas. Mi querido, mi agradecido y siempre recordado Sergio.

1 comentario:

Katiuska dijo...

Muy lindo.El que alguien nos recuerde con cariño es muy importante.