Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

10 nov 2015

Agorafobia: cosas de la mente 2

 ¿Usted me comprende? –era la pregunta con la que terminé ayer y que repetidamente  me hacía el marido-. ¡Y por supuesto que lo comprendía!, si bien el sufrimiento de ella no era ni conocido y mucho menos, comprendido por su marido que con su actitud de constante reproche poco o nada le ayudaba.
La visité en numerosas ocasiones pero cambiaron de piso y se fueron a vivir a un barrio  de la periferia, desconocido por mí. La niña  cambió, pues, de colegio por lo que transcurrieron  años, unos veinte, casi veinticinco, sin tener ni una noticia de ellos.
Pero +he aquí que las pasadas Navidades, al estar cerrada mi cafetería habitual, me desplacé en coche, a otra más lejana. Tras el mostrador una chica, que sin dejar de mirarme, sonreía: ¿No me conoce? –preguntó al fin-. ¡Ah! -exclamé mirándola detenidamente-. ¡Tú eres Andrea! ¿Y tu madre? No la he olvidado. ¿Cómo sigue?
La cafetería estaba prácticamente llena de público y de ahí que, sin contestarme, dio la vuelta al mostrador y, cogiéndome del brazo, me condujo al interior. Echándose a llorar, exclamó: ¡Se suicidó, se suicido y hace hoy un año!. Sí, el mismo día de Navidad. No contestaba al teléfono y me desplacé a su casa; estaba muerta en la cama; se había suicidado con un tubo de pastillas… Al llegar a este punto, el llanto la ahogaba y a mi me dejaba sin palabras. Por decir algo le pregunté: ¿dónde estabas tú? ¿Y tu padre? Se supone que en Navidad no estaría sola. Limpiándose las lágrimas, exclamó: fue culpa de todos. Mi padre se había divorciado, y yo vivía con mi pareja en otro piso… A ella no le gustaban las fiesta. Como estaba así…  ¡Qué barbaridad! –exclamé- ¡Tan joven!
Alguien voceó: ¡Andrea! ¡Que hay público! Recomponiéndose y con los ojos enrojecidos, nos despedimos.
Han pasado años que la visité por primera vez pero hoy, vísperas casi de Navidad, al recordarla, me sigo yo también reprochando algo: ¿por qué no la visité más? ¿Por qué no ayudarle a buscar nuevas soluciones que, seguro, en estos tiempos tiene que haberlas?  
Una especie de oración me sale del alma: Donde quiera que estés, Rocío  nunca, nunca podré olvidar tu soledad, sufrimiento, aquellas cosas de la mente que equivalían tan solo a unas urgencia que se te achacaban: que te sobrepusieras, que te atiborraras de pastillas como lo hiciste hasta llevarte a la muerte. Perdona mis ausencias, perdona a todos los que no entendimos tu sufrimiento, a todos los que no dimos un paso para ponernos  en tu lugar y, concederte, al menos, licencia para aparcar tu coche, privilegio de tantos, posiblemente, algunos, menos incapacitados que tú.


Y este relato es real y si bien culpa de todos, pienso que lamentarse por lo que pudimos  hacer  y no lo hicimos, nos aparta  de lo que sí podemos hacer y no hacemos. En este caso prestar más atención y comprensión a las “cosas de la mente” que son auténticas enfermedades, como lo son las del corazón, pulmón, etc.  Y, sobre todo, reivindicar derechos semejantes a otras discapacidades.

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