Mis pensamientos

jueves, 23 de noviembre de 2017

Capñitulo XI: Mi amiga prostituta

 Mis deseos y al mismo tiempo inquietud por ver a Lucrecia lo iba aplazando por motivos que no eran de gran peso pero me justificaban una y otra vez, más que nada por el tema del estudio. Cuando llegue el verano –me repetía- Y cuando llegaba, encontraba mil razones para nueva prórroga. No obstante, de vez en cuando, su recuerdo me impulsaba a una especie de extraña responsabilidad hacia ella que me acallaba con razones que consideraba de peso:   ya sabe lo que hace; ya no es una niña…
Algo terrible precipitó mi encuentro con Lucrecia. Era el mes de marzo. Pegada a los libros terminaba el trimestre en grandes esfuerzos por aprobar  aquel curso.   Una llamada súbita de teléfono urgía mi presencia en el pueblo: Mi madre había sufrido un derrame cerebral y estaba grave. Mi padre había ordenado que me trasladase en taxis a la mayor brevedad posible. La noticia me produjo tal  conmoción que repentinamente sentí que las piernas me flaqueaban, la vista se me iba, me desmayaba. Cuando desperté estaba rodeada de compañeros, de personal del Centro y del director del Colegio que me había tendido en un sofá del vestíbulo y  me sostenía el pulso cogido. Lo  oí repetir: ¡ya, ya despierta!  ¿Cómo te sientes, María? Yo mismo te voy acompañar; te llevaré en mi coche.
Aquel viaje no lo olvidaré jamás. En cortas y afectuosas palabras me iba preparando para la desdicha que me esperaba y, echándome paternalmente un brazo por encima, cuando ya casi se vislumbraba el pueblo, añadió: debes estar preparada para lo peor.
Y sí, lo peor había sucedido: Mi madre había muerto. Un día que jamás, jamás olvidaré. Era el día once de marzo, un día en el que la primavera era ya presencia en los campos, y los pájaros emigrantes cruzaban cielos y aleteaban en torres y campanarios, un día en el que, por primera vez en mi vida, sentí rabia de que saliera el sol, de que la gente siguiera caminando por calles y plazas, de que la vida continuara. Mi casa, durante unos días, se convirtió en  destino obligado de cumplidos y condolencias. Mi padre, con gran dolor y  entereza nos dijo a mi hermano y a mí: debéis cuanto antes volver a vuestros estudios; yo estoy bien atendido por Inés 
No deseaba en absoluto regresar a la normalidad de los estudios. Había sido tan rápido, tan dramático… Por otra parte la casa sin mi madre se me convirtió en un auténtico suplicio. Sentía  como que de un momento a otro iba a aparecer como cuando con mi padre hacía algún viaje, y yo la esperaba con algo de ansiedad; no soportaba su ausencia. De vez en cuando me parecía oír su voz llamándome. Aquello me llegó a obsesionar porque hasta me despertaba a media noche y de un sobresalto me incorporaba en la cama en la seguridad de que la había oído, de que estaba allí.
 Extenuada por el gran cúmulo de emociones, me disponía a emprender  el viaje de regreso al Colegio Mayor, cuando, la tarde anterior, Inés me anunció visita: una mujer pregunta por ti. ¿Le digo que no puedes salir? Tiene mal aspecto. ¿Quién es? No la conozco. No sé quién es; no debe ser del pueblo. Sí, dile que no puedo recibirla y que le agradezco su visita. Inés, echándose las manos a la cabeza, regresó exclamando: ¡Santo Dios! Si no lo veo, no lo creo. Dice que es Lucrecia, la niña aquella de la Calle del Río… ¡Vaya pinta que tiene! Sinceramente no me encontraba con ánimo de recibir a nadie pero creo que menos aún a Lucrecia. Había pasado demasiado tiempo, demasiadas cosas, y por mi enervada cabeza  la imagen de aquella amiga de la infancia se desdibujaba y tan sólo me aparecía una mujer extraña que en aquellos momentos me resultaba enojosa. Inés, tal vez adivinando mis pensamientos y por salir al paso de aquella situación, exclamó:    Bueno, le digo cualquier cosa; no te preocupes. Yo la quito rápido de en medio. ¡No, no! -reaccioné rápidamente-. Ya que está aquí, pásala al recibidor;  ahora voy
Era lógico que Inés no la hubiera reconocido. Lucrecia se había convertido en una mujer de mal aspecto: Excesivamente gruesa, tal y cómo me la había descrito el larguirucho, pintarrajeada, de cabellos teñidos de un intenso rojo, con unas grandes gafas de sol y vestida de forma tan estrafalaria que a mí misma me hubiera costado identificarla. Sentada en la salita, con las piernas cruzadas y una falda tan estrecha y corta que le asomaba una burda faja, me esperaba. Como todo equipaje, una bolsa de plástico con un pequeño envoltorio. Titubeé unos instantes, al tiempo que dije con bastante dosis de apatía y como mero cumplido: hola, Lucrecia.
Ella, puesta de pie, y quitándose las gafas de sol que dejaban al descubierto sus saltones ojos azules, ribeteados por un casi insultante toque de pintura verde, me cogió las manos con gran vehemencia y con voz ronca, dijo: lo siento,  lo siento mucho.  El larguirucho me puso un telegrama  y cogí el primer tren…
Mi desconcierto era tal que no encontraba camino, y unas torpes palabras fueron las primeras que salieron de mis labios, sentada frente a ella: no tenías que haberte molestado… ¿Molestado? Nunca olvidaré cuando murió mi madre cómo estuviste conmigo…
Y sin mediar más palabras, rompió a llorar de forma convulsiva, al tiempo que me apretaba las manos entre las suyas en las que era fácil adivinar callosidades y durezas. Con torpeza, debido a su conmoción, extrajo el envoltorio de aquella prosaica bolsa: mira, todavía la guardo y cada noche escucho el mar. No sé si se oye, pero te oigo a ti…
Algo inesperado se me derrumbó de repente al comprobar cómo Lucrecia conservaba aquella caracola  que le regalé un día en años de nuestra  infancia. Sí, fue un gesto de generosidad, un ingenuo obsequio al regreso de unas vacaciones en la playa. Se oye el mar –le dije-. Y como tú no lo has visto nunca, te la he traído para que, al menos lo oigas. Y colocándosela en el oído, exclamó en risotadas: ¡pero si aquí no se oye nada! Llevamos tanto tiempo sin vernos…! –fue lo primero que se me ocurrió- No llores y cuéntame cómo te ha ido, como estás, como está tu abuela….
Pero sus sollozos se agudizaron, provocándome una insólita ternura. Con un entrecortado balbuceó repitió: mi abuela murió hace tiempo; murió, y yo...

















lunes, 20 de noviembre de 2017

CAPÍTULO X


El tiempo pasaba y en mi pertinaz intento de olvidar a Lucrecia casi lo había conseguido. Sólo, de vez en cuando, recordaba unos ojos saltones que me miraban, y unos labios que repetían: ¿¡or qué quieres ser mi amiga? Pero todo iba quedando lejos, muy lejos. Quería imaginarla contenta en algún pueblo, en algún colegio aprendiendo, por fin a leer y escribir y tal vez hasta con su deseado novio rico.  
Yo, entregada de lleno al estudio, llegué a soportar bien el internado, pero las vacaciones me devolvían, una y otra vez, a mis habituales rincones y aficiones
Terminé bachillerato con buenas notas, y mis deseos se dirigían hacia la carrera de farmacia. Siempre había sentido fascinación por la rebotica a la que, con frecuencia podía acceder con Lucía, aquella niña, hija del boticario del pueblo y que, a días,  era mi amiga. El olor de la botica, aquellos grandes tarros de porcelana, las cajitas de medicamentos, el microscopio, desde el que su padre hacía análisis, todo, hasta la batas blancas me gustaban, pero mi padre, con buen sentido, me aconsejó: puede que tal vez  tu verdadera vocación sea la medicina. Esas cosas que te atraen de las farmacias son superficialidades. Los estudios son otra cosa. Deberías reflexionar más objetivamente sobre qué es en realidad lo que más te gusta y conviene.
Mi padre, como casi siempre, llevaba razón. Aquellas cuatro cosas que me deleitaban de la farmacia eran propias de mis pocos años y de los delirios que mi amiga Lucía  despertaba en mí con su medio mágica rebotica de potingues.
Y mis padres decidieron que lo más conveniente sería que de nuevo, me internase, pero esta vez en un Colegio Mayor muy próximo a la facultad de medicina.
Mi hermano Carlos, que estudiaba Empresariales se burlaba  y me repetía: seguro que en cuanto veas sangre te desmayas. Seguro que cuando veas a un muerto sales corriendo…
 Un día, en el pueblo, hecho ya un hombre que apenas si lo reconocí, se me acercó el larguirucho vestido de soldado: ¡vaya, cuánto tiempo! Ya no quieres nada con la gente del pueblo… No digas eso –interrumpí- ¡Claro que quiero! Pero tengo mucho que estudiar y me paso los días en mi casa… ¿Y tú? Ya veo que estás desconocido.  Pues  -exclamó como queriendo sostener un suspense-, ¡tengo una noticia que darte! ¿Qué noticia? –pregunté sin que me pasara nada por la cabeza. Ha estado aquí Lucrecia… ¿Qué me dices? –pregunté con gran sorpresa y hasta solivianto- ¿Cuándo? ¿Para qué? ¿La has visto? ¿Has hablado con ella? ¡Para, para, chiquilla!  Ya veo que no la has olvidado; ella a ti tampoco. Te buscó, me buscó…
¿Y qué te dijo? ¿Y para qué vino? –volví a preguntar con evidente nerviosismo-. Vino porque tenía que arreglar no sé qué papeles. No recuerdo muy bien, pero algo como que necesitaba una partida de nacimiento… No sé; algo que ver  con la iglesia. Me dijo que su abuela estaba muy enferma, y que ella tenía que cuidar a su tío abuelo y a su abuela, pero que a lo mejor se casaba con un hombre que tenía dinero. Y me dijo que tenía mucha gana de verte pero que no te contara nada… ¿Y te dijo dónde vivía? Y, ¿cómo es eso de  que se va a casar? Me dio un papel con su dirección; ya te lo daré. Me lo dio porque le dije que iba a ir a verla… Sí, sí, dijo que se iba a casar con un hombre que le llevaba muchos años pero que tenía dinero… ¿Y cómo está?  Pues… –titubeó-, no sabría cómo decirte. Yo la vi rara, pero, ¡claro como ha pasado tanto tiempo! Tiene el pelo muy corto, rizado  y pintado de rojo, y venía con muchos potingues en la cara; ¡un poco rara! Y ha engordado que no parece ella; está bien alimentada.
Aquella noticia fue tan explosiva que mi propósito más rotundo se centró en ir a verla en cuanto pudiera, aunque lo contado por el larguirucho me desconcertaba hasta el extremo de imaginar que entre  Lucrecia y yo se había producido tal distanciamiento que  éramos, posiblemente, dos desconocidas.


sábado, 11 de noviembre de 2017

Otoño en el pueblo


                                                 
Castañero actual en Córdoba

El otoño en el pueblo olía a castañas asadas, a piñas, gachas caseras, a precoces braseros de  picón con sus molestos tufos, unas veces y sus mijitas de alhucema, otras que aromaban las casas de calidez. Y era  frecuente  que aparecieran paragüeros que recorrían calle por calle con su singular soniquete: ¡El paragüero! ¡Se componen paraguas fuelles  y sombrillas! En aquellos tiempos escaseaban, como todo, los paraguas. En cada casa solía haber uno grande, negro y  de uso casi exclusivo del padre o de la madre. Algunos niños, pocos, exhibían paragüitas de colorines. ¡Cómo los envidiaba! Era un auténtico placer colocarse debajo de las canalones, ubicados en los tejados y por donde el agua caía a chorros sobre el asfalto de la calles, y escuchar el fuerte chuperreteo sobre la tela del paraguas. Alguna que otra vez lograba hacerme con el paraguas de casa y, ¡cómo me embelesaba y sentía afortunada emulando a los privilegiados  portadores de tan singular propiedad!
Y el paragüero dejaba a punto las roturas y desperfectos  de paraguas y sombrillas que año, tras año, se conservaban en utilidad y rendimiento. El otoño llegaba con tormentas, apagones de luz, velas que despedían un humillo negro que olía a sebo y que se colocaban en el cuello de las botellas. Granizos, fuertes chaparrones y los chorros de las canales, que, sobre todo en las noches acentuaban el silencio de las calles, roto, de vez en cuando por los desentonos de hombres que bebidos regresaban a sus casas al cierre de las tabernas. Y a mí me gustaba escuchar los sonidos de la calle, sintiéndome protegida de las frías intemperies. De vez en cuando el reloj de la plaza daba la hora, y eran sueños inocentes sin miedo al tiempo, al dolor, a la muerte...
El otoño era también el tiempo de las castañas asadas que las castañeras, con sus utensilios a ristre  se instalaban en la plaza y al atardecer el ir y venir era constante, y no siempre se podía lograr el pequeño cucurucho de tan estimulante fruto seco. En algún libro leí lo siguiente que considero curioso e ilustrativo: Lo suyo es que se instalen la noche del día de difuntos, cuando según la tradición es preceptivo asar y comer castañas de acuerdo con un viejo rito de carácter funerario: antiguas creencias arraigadas en ámbitos rurales, sostienen que por cada castaña ingerida se libera un alma del purgatorio.
No asocio esa leyenda a nuestro pueblo, pero lo cierto es que las castañeras tuvieron su especial protagonismo. ¡Y cómo se agradecía el calorcito que desprendían aquellos fogones  callejeros y chispeantes! Me hizo mucha ilusión descubrir a un castañero, aquí, cerca de mi casa, que cada año, cuando avanza algo el otoño, se instala  en una rústica caseta con su respectiva sartén, saco de castañas y cartuchos. De él, y con su autorización, esta  fotografía de hoy que reverbera, no obstante, el ayer.
En las casas se hacían provisiones para el invierno, y era muy frecuente la compra de cajas de uvas pasas, higos secos, garbanzos, patatas y más que nada apremiaba el engorde final de los cerdos, objeto de las matanzas caseras y que, a lo largo del año, abastecían los hogares de manteca, chorizos, morcillas, costillas, lomo, jamones, etc. base de cocidos y toda clase de comidas. Recuerdo años de grandes sequías en los que la pobreza y falta de alimentos era tal que se llegaron a comer cardos borriqueros con las consecuencias que aquellas hierbas conllevaban para la salud, y recuerdo que el trigo, tras un rústico “pelado” de la cascarilla dura, se guisaba como arroz, y se hacía pan en las casas con gran cantidad de patata, y los panecillos de pan de maíz eran bocado que escaseaba y que se distribuía a cuentagotas entre la familia.
 Y hojas que caeny pájaros que emigran, y tormentas, chaparrones... recuerdos, nostalgia... música, sí, regazo  de agua clara, latidos cálidos que se escapan de la lira que es mi alma.

martes, 7 de noviembre de 2017

CAPÍTULO IX

 (Perdonad, amigos, la demora; he sufrido una gran pérdida; mi queridísima hermana María Jesús)
Proseguimos con la novela.

Como le comenté a Lucrecia, mis padres decidieron, al fin, mi ingreso en un  internado de la capital.  Mis estudios en el pueblo apuntaban al fracaso por lo que, al igual que mi hermano, unos años mayor e interno en Madrid, el nuevo curso tenía como destino, para mí,  un colegio de monjas. Mi vida allí no fue fácil. Recordaba a todas horas el jardín de casa, el palomar, la Hora de Dios, mis juegos, recordaba sobre todo a mis padres y hermano  y a  Lucrecia, que me fui sin haber recibido la prometida tarjeta por la cual pudiera saber dónde estaba. Mi timidez era extrema. En realidad me había relacionado poco. Tal vez, Lucrecia era toda mi referencia. No, no había tenido amigas. Fui niña solitaria que hablaba poco e interiorizaba mucho.  Así que, por mucho que lo intentaba no lograba olvidar a Lucrecia y no sé por qué, el sonido de las campanas de un reloj procedente de alguna torre lejana, en el silencio de las noches, lo asociaba con ella y mis sentimientos eran una mezcla de compasión y miedo. Eran noches muy largas las de invierno en las que no conseguía dormir, y daba vueltas y más vueltas en la cama sin reconciliar el sueño.
Así llegamos a las vacaciones de Navidad. Con vehemencia infinita esperaba a mi padre que fue a recogerme al internado. La madre superiora, con las manos debajo de la almidonada toca, lo recibió en la sala de visitas y con una sonrisa beatífica lo informó acerca de mi trabajo y comportamiento. Estudia –dijo- y es buena chica pero se relaciona poco, y es tímida en exceso… Mi padre, le salió al paso con palabras alentadoras para mí: ¡Cosas de la edad! Lo importante es que vaya bien en los estudios. Lo demás se le pasará. 
Nada más llegar al pueblo, busqué al larguirucho: está en el campo –me decían-, pero  viene para las fiestas. 
 Fue aquel un otoño e invierno de mucha lluvia. El río se desbordó, y la gente decía que había peligro en el pueblo.   Y yo, de vez en cuando, me asomaba a la esquina de aquella casa de la Calle del Río, por ver si había llegado hasta allí el agua. Era como si algo de Lucrecia me perteneciera. El día de Navidad, jugábamos  en la esquina, pequeños y mayores, en torno a una gran hoguera, cuando, al atardecer, y a punto de irnos a la casa, apareció el larguirucho con una gran zambomba y un grupo de amigos que en incesantes cánticos pedían el aguinaldo. Nada más verme se me acercó: ¡estás más guapa, María! ¿Y hasta cuando vas a estar aquí? ¿Te ha escrito Lucrecia? ¿Sabes algo de ella? –le insistí como si nada de lo anterior me importase. No, no me ha escrito, y eso será porque le va bien… Pero yo quisiera saber en qué pueblo vive, y quisiera escribirle y… Si quieres –me interrumpió- puedo preguntarle a Teresina, esa niña que vive también en la Calle del Río.  A lo mejor ella sabe dónde está Lucrecia. Ya la buscaré yo.
No volví a ver al larguirucho,  y mi regreso al internado fue doloroso. Lloraba sin consuelo. Mi madre me repetía: es por tu bien, hija. Pronto iremos a verte y pronto llegan otra vez las vacaciones. Algún día te alegrarás.
Recuerdo que aquella helada mañana de enero, camino de la estación, el campo estaba cubierto de escarcha y, a pesar de mi gran capa colegial, tiritaba tanto que mi padre, amigo del jefe de estación, nada más llegar, me introdujo en un prosaico despacho en el que una gran estufa de carbón piedra al rojo, era el mejor alivio para aquellos escalofríos que me hacían rechinar los dientes.