sábado 17 de marzo de 2012

Me dejaste...



Me dejaste el campo y el aire,
me dejaste el sol y la luna´
me dejaste el eco y la voz

A mí, débil planta de invernadero,
capricho de silencios e interiores.

Me dejaste la montaña y el valle
el árbol y el pozo
la hierba y los trigales,
a mí, vuelos pequeñitos
que ni tan siquiera
saben rozar el suelo,
puñado de heridas en el alma.

¡Me dejaste  tantas cosas....
a mí, sólo miedo y nada!

Pero, con tu herencia
por bandera,
me desperté una mañana,
y era primavera en mi vida
y era resurrección y calma.,

Espérame, amor.
que tanga lista la albahaca,
que  se alcen al cielo sus ramas.

Espérame, amor,
que tenga a punto las rosas, 
que tenga eco mi voz,
que escriba otra mala poesía
que hable de ti, o...
¿tal vez de los dos?





miércoles 14 de marzo de 2012

Dos Postales


POSTAL 1



Para mí, el verdadero amigo/a es el que adivina
la soledad del amigo y,
 siguiendo sus huellas,
lo busca, lo encuentra,  lo acompaña...

POSTAL 2

                                   
       ¡Ojala seamos siempre para todos, pero
de forma muy especial par alos niños y niñas,
manantial de aguas  frescas, limpias de toda contaminación,
porque, allí dónde fluyan,
serán objetivo ilusionado en el que saciarán su gran sed.

lunes 12 de marzo de 2012

Luna llena

                                                             

Hace dos días, de madrugada, la hora de mi primer café en mi cafetería habitual, me sorprendió, una vez más,  esta maravillosa luna llena. Me quedé eclipsada mirándola, mientras una riada de vehículos circulaban a mi alrededor.
 No, no la veían, porque su mirada era "carretera y volante".
¿Para qué mirar más alto?

lunes 5 de marzo de 2012

Hombres Diez

DIARIO CÓRDOBA/ OPINIÓN
ISABEL Agüera 06/03/2012


A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: ¿qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas? Pero en cambio preguntan: ¿qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Solamente con estos detalles creen conocerle.

Si hay algún libro del que siento envidia por no haber sido su autora es precisamente de este: El Principito.

Y todo a cuento de un gran hombre, por supuesto, con nombre propio: José Peña González: cuatro licenciaturas, tres doctorados, innumerables obras y un larguísimo currículo, imposible detallar en tan breve espacio.

Este hombre diez lo conocí en nuestra Real Academia, como a otros muchos de gran categoría y prestigio. Al principio, entre su grandeza y mi pequeñez, apenas si alcanzaba a verlo, pero un día caí en la cuenta de que el hombre que yo buscaba estaba "dentro de la caja", y así era exactamente como yo lo quería.

Y no era pequeño ni estaba dormido. Era el amigo cercano, sencillo, educado, entrañable... Como canta el poeta de él se puede decir: "Me encuentro a gusto en mi flotilla rompe olas, navegando con todos. Compañero de barqueros y mineros, de todos los que se dan la mano, como y bebo con ellos".

 Amigo Peña: nuestro Séneca, del que soy adicta en mucho, dice: "La adversidad vuelve sabio al hombre. Creo que en tu caso, las grandes adversidades dan lugar como dice O. Goldsmith al mayor espectáculo del mundo que no es otro que cotemplar a un hombre esforzado luchando contra la adversidad.

Mi admiración y cariño, amigo. No hay más que una historia: la historia del hombre --Tagore--. A tu historia, amigo Peña, le faltan muchos capítulos por escribir. Estoy segura de que estás en ello, y de que tu capacidad y prestigio seguirá siendo norte para tantos como te queremos y admiramos.

Camino adelante. Sí se puede ir más lejos en nuestro pequeño gran planeta.




* Maestra y escritora



domingo 4 de marzo de 2012

De Cartas a Lucrecia


                                     Encontré este zapatito y lo coloqué en lugar visible, por si alguien lo buscaba.
Hoy traigo a mi blog esta sencilla historia de vida, por si laguien busca o encuentra  otro "pequeño objeto perdido"



¡Vaya susto, Lucrecia! ¡Claro que pensé en todo! Y lo que te decía: se me disparó el corazón, se me aflojaron los nervios... ¿Llamar a la policía? ¡Ni me pasó por la cabeza! Unos instantes, y un chaval, porque se trataba de casi un niño, se incorporó sobresaltado:

-¿Es suyo...? Perdone, es que...Como hacía mucho frío...Como vi. la puerta abierta... Ya me voy perdone...

Con la poca ropa que llevaba puesta, llena de pasto, con los ojos entre desorbitados y soñolientos, me miraba suplicante.

-¿Cuántos años tienes? –fue lo único que se me ocurrió decir.

-Estoy metió en los quince

-¿Y tus padres...?

-Problemas. En mi casa hay muchos problemas Mi padrastro le pegó ayer a mi madre. Es por mi culpa, pero, sino me voy, lo mato.

Un bar cercano, donde todos los días desayuno, abría sus puertas. Lo invité a tomar un café. Consintió, pero una cierta desconfianza lo separaba de mí. Y en un descuido, mientras yo hojeaba el periódico, como un animalillo asustado, corrió entre la riada de coches que era ya la Avenida.

-No se preocupe -me tranquilizó un cliente-; son raterillos.

Esta tarde, cuando he limpiado mi coche, en el asiento trasero, el papelito de un chicle y restos de pasto. No, Lucrecia, no era un raterillo, no era un drogadicto, ni un gamberro, ni… Bueno, me da igual lo que fuera. Lo que esta noche me quita el sueño es precisamente lo contrario: lo que no era: Un chaval feliz, alegre, confiado, seguro... Aquí guardo un poco de su pasto, del que dejó en el coche. Lo único que poseo de un ser humano que ha volado por mi vida.

!Ojala, chaval, encuentres muchos coches con las puertas abiertas!¡Ojalá encuentres la casa, la familia que necesitas! ¡Ojalá todos despertemos mañana un poco más humanos!, y tú con menos frío, con menos miedo y con muchos menos motivos y deseos de matar.

miércoles 22 de febrero de 2012

Del zapatero endiosado

(De mi obra, El hombre que tenía frío y otros relatos)

                               ILUSTRACIÓN: CARMELO LÓPEZ DE ARCE


Un zapatero, honrado y trabajador, ejercía su profesión en el barrio de una gran ciudad: criaba canarios, cultivaba jazmines y damas de noche, amaba a los niños y a los ancianos y, entre sus vecinos, gozaba de tal reputación que todos lo consideraban hombre talentoso, amable y prudente.

Un día alguien dijo:

-El zapatero puede representar y defender nuestros intereses. Pidámosle que así lo haga.

Y todo el barrio lo proclamó su representante para cuántos asuntos, en cualquier orden de cosas surgieran relacionados con el barrio y sus vecinos.

Pasó el tiempo y, efectivamente, el zapatero, simultaneando con su trabajo, iba y venía, tramitaba papeles, se relacionaba, servía y, con gran eficacia, fue consiguiendo mejoras para aquel barrio: alumbrado extra en Navidad, asfaltado de calles, arreglo de aceras, colocación de abundantes y variados contenedores, servicios de correos, teléfonos públicos, etc., etc.

Otro día, alguien importante dijo:

-Este zapatero vale. Saquémosle del barrio y hagamos de él un hombre público.

Y de la noche a la mañana, el zapatero se vio encumbrado y celebrado, hasta niveles tales que decidió, para mejor atender a sus múltiples trabajos, abrir un despacho en el mismo centro de la ciudad.

Con todo tipo de festejos, los vecinos del barrio lo despidieron, orgullosos de su zapatero, al que, sin duda, tendrían como mejor abogado para cualquiera de sus venideras causas: los niños le cantaban coplas, y los ancianos se le acercaban con reverencia y amor.

Pasó algún tiempo. El buen resultado de sus gestiones, la rapidez en resolverlas culminó en un gran homenaje que los hombres públicos le hicieron, condecorándole con una gloriosa distinción.

Aquella noche, cuando el zapatero, solo en su casa, se miró al espejo, se dio cuenta -¡oh, milagro!-, de cómo alrededor de su cabeza, luminosa, radiante... le orlaba una especie de corona real.

Boquiabierto y entusiasmado, se dijo:

Soy un rey. Soy un Dios. Soy un redentor del género humano. Soy un enviado para resolver asuntos importantes. No es conveniente, pues, que malgaste mi tiempo, mi vida en atender las impertinencias, las cotidianidades y rutinas de los hombres. ¡Eso puede hacerlo cualquiera! Me reservaré para asuntos transcendentes, para complejos proyectos...

Y se buscó una sofisticada secretaria a la que dio órdenes expresas: Sólo estoy para las autoridades, para asuntos importantes.

A partir de aquel día, cuando la gente solicitaba ver al hombre público, la secretaria, finamente, repetía: Tiene que solicitar cita; el señor tiene la agenda muy apretada; vuelva a llamar más adelante; tal vez otro día...

Y cuando la gente del barrio insistía somos sus amigos del barrio, somos los niños, los ancianos del barrio, la secretaría, impertérrita, contestaba: Dice el señor que ya los llamará para tomar café.

Pasó bastante tiempo. El hombre público esperaba cada día cosas importantes para resolver, pero éstas no llegaban, y los hombres de a pie, sus problemas, sus insistencias, cansados de esperar, llamaron a otras puertas.

Una tarde, hastiado y aburrido, decidió dar un paseo por el jardín de su antiguo barrio, pero algo insólito le sucedió. Había llovido. Las hojas de los árboles pisoteadas por los caminos, evidenciaban la llegada del otoño.

Al comprobar su presencia, los niños corrían, los ancianos le volvían la espalda, los jóvenes se escondían, los perros le ladraban y los jazmines y damas de noche ya no eran flores ni perfume.

El zapatero, sin entender nada, se aposentó, cansado, en un banco del jardín. De repente, a sus pies, resquicios de las primeras lluvias de la temporada, un charco de limpias aguas. Allí, con la nitidez de un espejo, se reflejaba su cuerpo.

¿Dónde está mi orla? -exclamó alarmado al verse- ¿Dónde está mi juventud, mi eficacia, mi poder? ¿Dónde mis merecidos homenajes, condecoraciones…?

De pronto, miró al suelo. A sus pies, como resquicio de las primeras lluvias de la temporada, quedaba un charco de limpias aguas. Allí, con la nitidez de un espejo, se reflejaba su cuerpo.

Pero lo que el hombre político y famoso encontró en el charco, sólo era la imagen decrépita de un zapatero viejo.

Unas lágrimas cayeron de sus ojos: había perdido amigos, fama, popularidad, había perdido la vida en espera de causas prodigiosas e

imposibles.

miércoles 15 de febrero de 2012

Flamenca

Para ti, preciosa, que llevas el flamenco a flor de pìel


                             

  (De mi hija Isabel María)

Flamenca

Volantes de sal

bordados con luz

estruendo flamenco

mujer del sur.


Guitarra que mata

silencios eternos

quejío que abre

la noche de ensueño.

 
Arte infinito,

soleá en tu silueta

y el alba que escucha

tacones de estrellas.

 
Sudor, jadeos

palmas eternas

flamenco del sur

en mi alma reinas.

Quédate ahí.


Sueño

Dulce sueño que acaricia


nocturnos recuerdos perdidos.

Dulce sueño que añora

palabras, caricias, sentidos.

 
Soñar en silencio

en la noche callada

murmuros de viento

que azotan mi calma.

 
Quédate ahí, sombra inerte;

ilumina mis entrañas,

alumbra mi camino

y soñemos hasta el alba.