Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

5 oct 2014

Escalofríos.Capítulo X


Final del Capítulo IX: Nadie la conocía, nadie podía haberla manipulado. Nadie.
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Sucedió algo, sí, algo  que, a pesar del tiempo transcurrido, sus tentáculos me siguen flagelando, aumentando mis angustias, ya demasiadas... Era tiempo de cementerios. Visitaba a horas tempranas y en compañía de Eolo, la tumba de mis padres, De pronto, la presencia del otro líder embrionario, la de mi vecino, sí, el que llegan sus michelines antes que él. Resultaba una estampa con su ramo de margaritas en las manos. ¡Vaya! –exclamó como saludo- ¡Qué buena compañía puede ser un chucho! Se llama Eolo –contesté- Pues, tanto gusto, Don Eolo: me alegro de saludarlo –dijo haciendo una medio ridícula reverencia-. ¿Te has enterado de la noticia? ¿Qué noticia? –pregunté y no con mucho interés-. La de la niña ésa de la calle del Río. ¿Qué le pasa? ¿Qué niña? Pues que dicen que se  le aparece una mujer con el cuerpo de humo. Por curiosidad estuve allí el otro día y aquello era una feria. Gente venida de pueblos de por aquí. Quieren creer que es la Virgen. Como la pobre niña, desde que murió su madre, vive sola... Algo sorprendida contesté: ¿La Virgen? ¡Ni una palabra! No he oído comentarios en el mercado ni en la farmacia... Pues, ¡pregunta, pregunta o pásate por allí! Creo que es hija de una mujer que tuviste hace años. ¿De Carmen? Puede ser; no recuerdo el nombre.
La historia de aquella insólita aparición y, sobre todo, el saber que podía tratarse de una pequeña que conocí, prácticamente recién nacida,  me inquietó. Decidí visitarla al día siguiente a la hora que me había indicado mi vecino.
Efectivamente, aquello era una auténtica verbena religiosa.    Allí, rodeando la casa de la niña, un ejercito de piedades: gente con mecedoras que cantaba y rezaba rutinarias Avemarías, carrillos de inválidos, pancartas en las que se leía: "Sálvanos, Virgen María", algún que otro puesto de estampas y escapularios, fotógrafos y hasta algún periodista, cámara al hombro. No podía comprender cómo todo aquello llevaba tiempo  sucediendo a dos pasos de mi casa, y yo sin saberlo. Es verdad que mis salidas se reducían al paseo diario al jardín, más bien tarde, con el fin de evitar demasiadas curiosidades por parte de intrusos que no faltaban, pero siempre, palabras con gente conocida, saludos y también  alguna rápida visita a María Luisa. Pero, ¡ni   palabra de aquella historia!
Aquella tarde, mi presencia, entre el maremagno de fervores y morbo, fue evento más que sumar a las muchas y grandes expectativas allí concentradas, pero mi intención irrevocable y tal vez osada, dictaba mucho de ser la guinda de aquel  espectacular montaje: quería ver a la niña, hablar con ella, tratar de ayudarle... No  fue difícil mi cometido. En unos instantes, el padre y yo nos apresuramos en saludos. Era el herrero del pueblo, un hombre obeso, de cuello corto, de pelo cano, de pequeñísimos ojos azules que medio se perdían entre la visera de una mustia gorra.  ¡Pase, pase, señora! -exclamó en una medio reverencia, al tiempo que se limpiaba el sudor del cuello. Perdone que me haya presentado sin avisar pero… Usted es siempre bienvenida a esta casa; mi mujer siempre le estuvo agradecida. ¡Pase, pase! Sentada sobre  una cama de hierro con perinolas doradas estaba la pequeña de no más de doce años.  Con la cabeza entre las manos parecía sumida en una total ausencia.  Me acerqué a ella y le acaricié el manto sedoso que resultaba ser su larga cabellera rubia.
Se incorporó y pude ver  la palidez de su rostro, y unos grandes ojos que, como si  pidieran clemencia, quisieron sonreírme. 

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