Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

8 may 2015

Residencias y mayores

Amigos/as: anoche  en el telediario, una vez más, hablaban del mal trato dado a los ancianos en una Residencia. Se me conmovió el alma. Y busqué y releí capítulos, fragmentos de mi novela titulada Limite de Eternidad cuyo prólogo escribió el gran crítico andaluz Ortiz de Lanzagorta refiriéndose a esta novela como lo mejor que había leído en narrativa andaluza. La edición fue tan corta que el Ayuntamiento de mi pueblo la compró y ahí quedó todo. 
Trata de un maestro mayor que en una Residencia escribe a sus hijos, contándole su pasado y su presente. Es una novela realista,   de gran ternura, compresión, amor etc. por todos, pero es también un estudio psicológico de personajes.
Es por eso que  he dejado  hoy atrás, como paréntesis, mi Álbum de recuerdos, y me refiera a un fragmento de  esta novela


Mi buen amigo y compañero Carmona esperaba hoy a su hija y nietos. Durante todo el día, a pesar de su acostumbrado pesimismo, hoy, desde bien temprano, lo he notado  con un gesto de felicidad que le salía a flor de boca:  ¡Veremos a ver esos pillines de mis nietos que le traen al abuelo! –ha exclamado-. Mi yerno también viene, aunque mi hija es la que dispone  pero  él me quiere, y yo no tengo queja. Lo hace muy bien con mi hija, y conmigo, que cuando paga la Residencia, le queda bien poquito de mi paga.
Pero, a medida que ha ido cayendo la tarde, Carmona, bien arreglado, sentado en un poyete del caminillo de entrada, esperando el coche de la familia, se ha ido poniendo triste, como si, poco a poco, se fuese desvaneciendo su alegría: no han venido –me dijo con lágrimas disimuladas
No obstante saca fuerzas para conservar su humor y disculparlos: ¡no, si yo me estaba figurando que no iban a venir. Me decía que la chica estaba un poco tontilla con las vacunas. Seguro que la tiene mala. De no ser así, ellos hubieran venido por encima de todo.
¡Pobre Carmona! ¡Si su hija lo hubiera visto toda la tarde esperando, apoyado en su marrilla, con la gorra hasta los ojos y su rostro feliz al principio y preocupado después, y su mirada transpuesta  en cada coche   que entraba y salía...!
La madre Marcela tocaba la campana anunciando la hora de la cena, ¡Vemos, hombre! - exclamé-; otro día vendrán. Vete tú, Paco. Esperaré otro poco por si hubiesen tenido algún percance con el coche.
Tarde, muy tarde, la hermana Marcela lo entraba al dormitorio. Al paso lo oí exclamar: ¡Si es que ya somos un estorbo!

Soledad de los ancianos, que hemos aprendido a tragarnos los malos ratos y seguir sonriendo, aunque nuestra sonrisa, bien entendida, sea la expresión de nuestras lágrimas por el olvido y soledad en que nos dejan nuestros seres más queridos.

 Hasta aquí, un relato de esta novela real como la vida, un relato para reflexionad y entended que no es devoción el atender a los padres sino obligación.


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