Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

9 jul 2014

Capítulo XXX


 (Final del capítulo XXIX: Tal vez la chica que tienes contigo… 

 Perpleja, más bien aterrorizada, me quedé y sin saber cuál debería ser mi paso siguiente. Concluí en hablar con Lucrecia cuanto antes. Madrugué y en primer lugar llamé al hospital para ver de cambiar el turno con otro compañero. No hubo problema por lo que, en el desayuno hablé con Lucrecia: hoy no tengo que ir a trabajar –le dije- y me gustaría que habláramos. Hace tiempo que no lo hacemos. Con mis prisas diarias…  Te espero arriba en la salita. ¡Mal día tengo hoy! ¡Pensaba hacer limpieza en la cocina que llevo tiempo dejando el horno, y la campana, y…Era indudable que Lucrecia me quería evitar. Insistí sin darle lugar a nuevas excusas. Eso no corre prisa; te espero arriba. En los minutos que transcurrieron las palabras se me atropellaban en la mente y me hacían tragar saliva espesa como si estuviera amordazada. Lucrecia no se hizo esperar y, como siempre, me facilitó  el trance: Sé lo que me vas a decir, y no tenía que haber dado lugar a esto. Lo siento, María, pero me abordó, me enamoré y pasó… ¿Qué te enamoraste? El amor no es un juego, y yo creo que te has precipitado- ¿Quién es él?
¿Dónde vive? ¿Cuándo lo has conocido? ¿Y por qué a mis espaldas y en la noche? ¿Quién es ese hombre y dónde vive? –insistí con gran vehemencia- No sé mucho pero  tampoco me importa. Lo quiero, aunque sé que es una historia imposible… Y no, no revelaré su nombre, jamás.  ¿Cómo no me lo has contado antes? ¿Y por qué no decir su nombre? Lucrecia aguardó silencio con lágrimas en los ojos. Al fin, dijo: ¿Crees que esto es fácil para mí? Hubiéramos buscado una solución normal en estos casos –dije.   No hay solución; nunca podrá haberla, y eso lo he sabido siempre…
Las confesiones de Lucrecia me estaban dejando tan sorprendida que me parecía una total desconocida y, por supuesto, lejos, muy lejos de mis intenciones quedaba ya pedirle explicaciones sobre el abuso de las noches pasadas en nuestra casa con aquel hombre. Me quedé tan callada que Lucrecia se mostró preocupada y más explícita: Tienes que entender que no supiera cómo decírtelo. Has hecho mucho por mí y el pensar en  las consecuencias, porque, no quisiera, pero hay algo más
Al llegar a este punto, rompió a llorar abiertamente, enterneciéndome como tantas veces. No te preocupes; alguna cosa podremos hacer, pero dime, ¿qué hay  más? ¿Por qué lloras? Secándose las lágrimas y tragando saliva dijo sin más: estoy embarazada.
En aquel momento sentí tal aturdimiento que hasta la vista se me nubló y temí un desvanecimiento. No podía dar crédito a las palabras de Lucrecia que me traían a la memoria  tantos  malos recuerdos, acerca de su condición de prostituta, de mujer fácil, de mujer mala. Recuerdos, una vez más, de aquella legendaria historia del Hombre de los muertos que no podía olvidar y que me habían llevado a la conclusión, que siempre guardé para mí, de que Lucrecia era capaz de todo. ¿Cómo has podido? ¡No estás bien de la cabeza! –exclamé abiertamente indignada-. Nunca hubiera imaginado… ¡Qué locura! ¿No escarmentaste con aquel hombre? ¿Se te ha olvidado lo que pasaste en aquella casa? Las dos nos quedamos en silencio. Al fin,  fui yo la primera en tomar la palabra: ¡Anda, sigue con tus cosas! Algo pensaremos, pero lo primero será hablar con ese misterioso hombre y que asuma responsabilidades.
 Lucrecia, con los ojos saltones enrojecidos salió de la salita, y yo tuve  una pesimista corazonada. Al día siguiente, bien temprano, cuando me disponía a tomar el desayuno, encontré en la cocina una nota que decía: Siento haberte defraudado. Has hecho por mí mucho más de lo que merecía. No me busques más. Esta vez no me encontrarás…   

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