Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

20 nov 2016

Recuerdos en la madrugada


Castañero cordobés 
(foto autorizada)


¡Vaya madrugada de agua que llevamos en Córdoba! A las seis menos cuarto, cuando me disponía a salir, el agua corría en ríos por la Avenida. Tuve que esperar un poco y por mi cabeza pasaron los días de lluvia, los otoños de mi infancia en el pueblo. Por eso, vuelvo a ellos, hoy en la seguridad de que serán  recuerdo para casi todos.

El otoño en el pueblo olía a castañas asadas, a piñas, gachas caseras, a precoces braseros de “picón”. Y eran frecuentes que aparecieran paragüeros que recorrían calle a calle, pregonando  con su singular  soniquete: ¡El paragüero! ¡Se componen paraguas fuelles  y sombrillas!
En aquellos tiempos escaseaban, como todo, los paraguas. En cada casa solía haber uno grande, negro y  de uso casi exclusivo del padre o de la madre. Algunos niños, pocos, exhibían paragüitas de colorines. ¡Cómo los envidiaba! Era un auténtico placer colocarse debajo de las canales, especie de grandes tubos metálicos ubicados en los tejados y por donde el agua caía a chorros en las calle, y a los niños nos gustaba escuchar el fuerte “chaporreteo” sobre la tela de los  paraguas. Alguna que otra vez, lograba hacerme con el paraguas de casa y, ¡cómo me embelesaba y sentía afortunada!  
Y el paragüero dejaba a punto los roturas y desperfectos  de paraguas y sombrillas que año, tras año, se conservaban en utilidad y rendimiento.
  El otoño llegaba con tormentas, apagones de luz, velas que despedían un humillo negro que olía a sebo y que se colocaban en el cuello de las botellas, y  caían granizos, fuertes chaparrones que taponaban las alcantarillas, y los niños, cuando escampaba, salíamos a la calle a echar barquitos de papel  por los arroyitos junto a las aceras, y los chorros de las canales persistían después de la lluvia que, sobre todo en las noches, acentuaban el silencio de las calles, roto, de vez en cuando por los desentonos de hombres que bebidos regresaban a sus casas al cierre de las tabernas. 
Yo me recuerdo feliz en mi cama sin querer dormirme para seguir escuchando el rumrum de las canales y el cloc, cloc de alguna gotera sobre viejas palanganas de porcelana.
El otoño era también el tiempo de las castañas asadas que las castañeras, con sus utensilios a ristre  se instalaban en la plaza y al atardecer el ir y venir era constante.  

Hemos progresado y casi todo  lo que cuento es historia, pero, cuando el  agua corre como corría esta madrugada, para mí que la historia vuelve y vuelvo a sentir como caricia la templanza, bajo mi paraguas, de la copiosa lluvia de otoño. y vuelvo, como la hierba, a renacer y vuelvo a soñar.

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