Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

17 nov 2016

La aldea

 Fragmento de mi novela El loquilo


Atardecía. El camino, empedrado y sinuoso. A lomos de una vieja burra, propiedad de aquel hombre rudo que me esperaba con obligación y respeto, cabalgaba en silencio.
El hombre, liado a la brida, fumaba y escupía. La borriquilla, con su trote recalcón, me obligaba a hacer piruetas para mantener el equilibrio.
No obstante aquel paisaje desolado que se extendía largo y ancho ante mi vista, inundaba mis pensamientos, mis sentidos y todo mi ser como algo que empezaba a ser la primera y única posesión de mi vida. 
Una brisa fresca, vaho de paz de aquellos campos, relajó mi espíritu y rejuveneció mi cansancio que empezaba a ser tan evidente que a duras penas me sostenía sobre aquel pobre animal hecho a caminos de piedras y fangos.
¡No me gusta este aire, Manuel! -exclamó  el hombre en sonoro monólogo- ¡Arre burra que nos vamos a mojar!
Me fijé entonces en el cielo. Por las montañas, horizontes de sombras, ya, relampagueaba. ¿Falta mucho? -pregunté aclarándome la voz de varias horas de silencio. ¡Un tironzuelo! -exclamó por toda respuesta.
Mis equilibrios sobre la burra eran ya un claro dolor de riñones, y los lejanos relámpagos del horizonte, una lluvia de rayos y truenos que, como ecos que rodaran por el cielo, nos alcanzaban con prisa.
De un morral que llevaba sobre sus espaldas, el hombre sustrajo un envoltorio. Tome -dijo-. Écheselo por encima. Siempre, ¡mejor que nada...! Pero, ¿y usted?No se preocupe; estoy hecho.
Y bajo aquel  tosco e improvisado capote, me sentía latir el corazón con tal fuerza que me golpeaba las sienes a borbotones.
El chaparrón asentó el polvo del camino.El chaparrón, en tonos grises de un cielo, casi noche ya, levantaba los olores de la tierra que me embriagaban en un no sé qué cósmico y casi divino. ¡La aldea! -exclamó el hombre- ¡Ahí la tiene usted!
Y a lo lejos, un puñado de  casas sobre un carrete.

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