Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

18 abr 2016

Aquel primer día de clase

Me levanté  con el solivianto del cabrero. En palanganas  de porcelana y cubos de  zinc caían goteras  en un sonoro plic, plac,  mientras en la iglesia  un monótono  y pobre tan, tan anunciaba el primer toque de Misa.
 Tuve que  dar tan solo unos pasos para llegar, salteando  charcos, a la puerta  de lo que parecía ser mi escuela. Un grupo   de alumnas, disciplinadas   silenciosas  y expectantes me esperaba   aquella primera mañana húmeda y silenciosa de septiembre. Una de ellas, rompió el silencio nada más verme llegar: ¿cuándo se va, maestra? Me sorprendió la pregunta, y más aún, las caritas atentas  de todas esperando mi respuesta  ¿Irme? ¡Si yo no me voy a ir! –exclamé-, ¿por qué me preguntas eso? ¡Ea, como todas se van…!
El lugar llamado escuela, me dejó perpleja: una especie de callejón oscuro, de paredes desconchadas, techo humedecido, suelo empedrado, resquicios como de pesebres, puerta y ventana sin cristales y un pequeño servicio –pozo ciego- sin puerta como wáter. Sinceramente, y en mis pocos años, nada más lejos de imaginar algo así, por lo que comprendí la huida de maestras, cosa fácil en aquellos tiempos, a la vez que sentimientos de ternura y compasión por aquellas niñas se me acrecentaba por momentos.
 Se queda para siempre? –insistió la pequeña, bastante sorprendida-. Sí, me voy a quedar y… Antes de que siguiera,  intervino de nuevo: ¡pues la Loli es mala! ¿Quién es  la Loli? –pregunté con gran curiosidad-. Una servidora –contestó alzando la  mano una pequeña de no más de nueve años- ¿Y por qué dicen que eres  mala? ¡Exclamó- porque estoy apuntada. Pues, yo te voy a borrar; no quiero niñas apuntadas.
Y aquella aldea de chacos, de barro, de trasiego de animales, de silencios, de sabrosos humos a pan tostado procedentes de los despertares en chimeneas de las casas, aquella iglesia, cuyas campanas nos convocaban a Misa y al rosario, aquella plaza escenario, en los días de sol, de entrañables convivencias y aquellas alumnas que a todas horas me rodeaban, me cautivaron de tal manera que mi vida personal que atravesaba muy penosas circunstancias, mi mundo, mi universo, todo lo que yo en mis jóvenes años deseaba estaba allí, compartiendo vidas, sueños, paseos, proyectos, enfermedades… Y en lo más profundo de mi alma, el dejar que prosiguiera aquella dolorosa aventura de llevar a cabo   mi vocación de  niña: ser maestra de pueblo.

  Mi escuela, hoy  precintada



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