Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

14 ago 2014

Relato: El infierno está aquí



Por un café, que era agua, una mujer discutió con el dueño del bar. El hombre aireado exclamó: ¡Si no le gusta mi café por ahí encontrará otro! ¡Fuera de mi establecimiento! 
La mujer, muy humillada y molesta, se alejó para no volver más a dicho lugar. Enterada de lo sucedido la esposa de aquel hombre, una mujer educada, prudente y cariñosa, se dijo: Buscaré a tan buena clienta y le pediré excusas.
Un día de junio, recién abiertas las piscinas, como si fuera una aparición, se encontraron en el agua nadando una junto a otra. Hola –dijo la esposa del dueño del bar con una sonrisa infinita y en un gesto de abierta y humilde comunicación-. Hola –contestó  secamente la mujer ofendida  y, braceando claramente hacia otra dirección, se alejó dándole la espalda. Nada tengo que hablar con esta mujer –se dijo-. Si acaso cuando pase más tiempo.
Una semana después, en una pescadería del barrio, comentaban la noticia: Se ha muerto  María, la del bar,  de una hemorragia, de un aborto, y... ¡La criatura tan pequeña que deja! ¡Y con lo buena mujer que era! 
Sobresaltada la mujer ofendida, y a pesar de la claridad de la noticia, preguntó: ¿De quién hablan...?  ¿Quién ha  muerto...?  ¿María, la del bar: estaba embarazada  y…? 
Aquella mujer, a punto de desmayarse, corrió lejos y, sentada en un bordillo, lloraba sin consuelo.  No, no era tanto por  su muerte, como por ella, por aquella culpa que le pesaba hasta hacerle trizas el alma. La veía buscándola aquella mañana en la piscina, la oía excusándose. ¡Pobre! -se dijo- ¡Cómo debió sentirse con mi orgullo y necedad!
Y aquella mujer se notaba como si hubiese descendido a los mismísimos infiernos. Era como sentir  todos los rigores, todos los castigos de un Dios desconocido que, sin fuegos eternos, la torturaba, remitiéndola a la tremenda impotencia, al inmenso dolor de no poder reparar el daño que aquel día causó a un inocente ser humano. Hubiera dado cualquier cosa, hasta la vida misma, por una ligerísima moviola que de nuevo le hubiera permitido situarlas frente a frente. La habría abrazado con fervor, y aquella agradecida sonrisa, desvanecida por su desprecio, quedaría para siempre sepultada  en ese lugar del alma donde sólo habita la luz blanca del amor. 

No hay comentarios: