Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

22 ago 2014

Escalofríos / Capítulo II


(Final del capítulo I: Una etérea columna de humo violáceo lo envolvía al tiempo que se extendía por todo el salón y al tiempo que mis relojes parecían dislocados dando horas y más horas.)

Perpleja en el quicio de la puerta, sin saber la procedencia de tan extraña  y repentina visión, exclamé: ¡Hay humo! ¡Qué extraño! ¡Algún enchufe! Un momento, por favor;  voy a dar una vuelta por ahí dentro.
¿Humo? –preguntó, soltando la revista y  siguiendo con la mirada mis pasos-. Yo no veo nada, pero ¡mire, mire, si se queda más tranquila!
 Con gran ansiedad fui revisando habitación por habitación. Pero no había nada anormal. No obstante algo me confundía: las paredes, los muebles, todo lo veía distorsionado, desplazado, borroso, y los relojes, sin cesar de dar horas y más horas.  Me senté en la cama tan cansada y nerviosa que hasta el suelo parecía ser una ola grande que me impidiera caminar. Mis ojos, repentinas cataratas de culebrillas luminosas, no podían ver con lucidez. Me tomé el pulso y mis palpitaciones estaban disparadas. 
No sabía si llamar pidiendo socorro, acostarme o, sencillamente, volver y hablar con aquel extraño que, con tanta naturalidad, había tomado posesión de mi casa. A punto de desmayarme estaba cuando, los ladridos de Eolo, desde la cocina, me hicieron regresar, con gran dificultad, a la realidad.
Y efectivamente, todo estaba normal. La visión de humo violáceo había desaparecido, los relojes seguían marcando las horas con toda normalidad y aquel extraño hombre, de pie, junto al balcón, con las manos en los bolsillos, miraba atentamente el trasiego de la hora en el atrio de la iglesia. ¡Qué buen sitio tiene, Aurora! –exclamó- Yo diría que el mejor del pueblo. Desde aquí puede seguir los actos de culto, pero, ¡qué pálida está! –añadió al volverse frente a mí-. ¿Qué le sucede? ¿Acaso hay algún problema? ¿Se encuentra bien? Si quiere puedo traerle un vaso de agua. ¡Y a propósito! le he traído un pequeño obsequio; le gustará.
Y extrajo de un maletín un frasquito de mi perfume favorito. Antes de que me diera tiempo a decir una palabra, destapando el botecito exclamó: ¡No podía ser otro para alguien que es luz como usted!  Guardé silencio pero, al exhalar aquel  mi perfume favorito, de nuevo el humo violáceo nubló mis ojos de tal manera que no pude evitar repetir: ¡me mareo, me caigo, no puedo respira! 

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