Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

19 may 2015

Mis frases de familia -I-


Hacer familia no es un camino fácil. Son muchos los ingredientes que hay que poner en juego: tolerancia, comprensión, libertad y, sobre todo, mucho amor, porque si no hay amor, no hay nada.

Cuando veo reunidos, pareja e hijos, noto que me alegro, porque sé que están rodeados de lo mejor, pero es necesario que lo noten, que lo sepan ellos y no pierdan el mejor de los tiempos: el de familia.

En la educación de los hijos hay que medir y pesar muy detenidamente nuestro ejemplo, puesto que los hijos son esponjas que se empapan de cuanto dicen, hacen y son los padres.

Para ser padres no hay que estudiar, ni tan siquiera hacer un breve cursillo. Yo siempre creo que el amor suple, pero a veces habría que, al menos, coger un libro y aprender a manejar e impartir pedagogía. Se cometen demasiados e irreparables errores.
  
¡Cómo recuerdo aquellos años de vida en familia! Primero, como niña, con padres maravillosos que, a pesar de las dificultades de los tiempos, me hicieron sentir la alegría de vivir.  Después, como madre, y también siempre con las dificultades que nunca faltan, y hoy como abuela. 

Esta, mi casa, no está "vacía", porque es la mejor testigo de cuánta e intensa vida familiar se ha vivido en ella. Son, creo, mis mejores recuerdos.

17 may 2015

Dos postales

 Amigos: hoy domingo tan solo unas postales. En ellas imágenes que me han impactado y reflexiones que me he hecho.




15 may 2015

Día Internacional de la Familia

Queridos amigos: no podemos dejar pasar este día sin reflexionar acerca del gran valor que sigue siendo la familia, valor que parece estar pasado de moda pero que, no obstante, sigue siendo el pilar en el que los hijos hallen siempre  tierra firma donde pisar sin miedo a los avatares de la vida.
Por eso, dedico hoy  Día Internacional de la Familia, unas frases de mi obra Reflexiones pedagógicas.

Dibujo lindo de una de mis alumnas

Ser padres es algo más que “sembrar” un hijo y dejadlo crecer a merced de una despiadada intemperie. Un hijo es obra maestra a la que lo padres deben dedicar atención, tiempo, amor, mucho amor, traducido en educación, comprensión, comunicación.., porque el olvido, la indiferencia… son  plantas que florecen a orillas de las “tumbas”. Por eso, ni un día sin nuestra mejor pincelada, sin nuestra mejor y mayor dedicación porque, de lo contrario, para hacernos justicia, se tornarán en nuestros mayor castigo.

Los hijos, para ser felices, para tenerlos contentos no precisan tanto de juguetes y artilugios sofisticados como de  compartir con los padres un simple juego con un simple globo, por ejemplo.

Los maestros ayudan, pero el cálido rescoldo que debe permanecer como antorcha de luz permeen, se enciende o se apaga para siempre en la familia, en el aula maravillosa del hogar.

No está pasada de moda la familia, lo estamos nosotros cuando, o bien la queremos sacar de la nada o cuando nos empeñamos en resucitar  el concepto ancestral que de familia subyace en lo más recóndito de nuestras conciencias. La familia ya no es lo que era, pero sigue siendo familia.

Los hijos, hoy, pueden resultar caros, pero sobre todo más molestos que ayer porque el hedonismo se ha colado en nuestras vidas hasta extremos tales que “nube” arriba, “nube” abajo nos molesta.

Los niños en general para sentir que son alguien precisan testigos,  y los padres deberían serlo y estar a la mano pata favorecer sus exigencias y necesidades psico-evolutivas.









11 may 2015

Mayores en Residencias

 DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN
 12/05/2015

Una vez más es noticia en los medios de comunicación el mal trato recibido por ancianos en una residencia.
Bien sé, y conozco de primera mano, que esto no es lo normal en centros donde, por lo general, los mayores reciben atención y cariño, pero un solo caso como el mencionado, creo que no debe quedar zanjado en un telediario. Y más que a los centros que de forma tan vejatoria tratan a los ancianos, yo culparía a los familiares que no controlan, visitan, se preocupan, etc., de ellos y de saber cómo son atendidos en cada momento.
Sucede que, a veces, cuando un mayor ya no sirve ni para cuidar de los nietos, nos lo quitamos de en medio como mejor creemos o podemos. Y es verdad que, cuando una persona mayor o joven padece esa tremenda enfermedad del alzhéimer, cuando no conoce, ni sabe, ni entiende, al menos para mí quisiera una residencia porque de lo contrario se esclaviza y hasta se acaba con la vida de los hijos que nos soportan pero que, no obstante, no pueden llegar a suplir todas las carencias y necesidades que, a cada paso, precisa un enfermo.
Mi preocupación por los mayores me ha llevado a concluir que, a veces, nos olvidamos de la dignidad con la que deben ser tratados y que nada tiene que ver ni con años, ni con enfermedades. Los acusamos de egoístas porque se resisten a abandonar sus casas, los tratamos de tacaños porque miran más por el dinero, los calificamos de nostálgicos cuando solo le quedan recuerdos, lágrimas y dolencias.

Y no creo que se trate de egoísmo la resistencia a abandonar el hogar. Es que los mayores precisan un espacio, un ambiente, etc.  y no solo una cama. No creo que se trate de tacañería sino de las muchas necesidades básicas a las que tienen que hacer frente con una mala pensión. 
Callan lágrimas y dolencias, refugiándose en los recuerdos por no crear más problemas, pero ahí siguen con un espíritu joven dentro de un cuerpo que no responde.
Lo dieron todo por nosotros; paguémosle con algo.

Álbum de Recuerdos. Capítulo IX

                                                  Paseos por los alrededores de la aldea

Si algo recuerdo con especial nostalgia de mi paso por la aldea, son los paseos que, al salir de la escuela hacíamos cada tarde y al que se unían mayores, como la madre de don José que, cuando estaba en la allí era la primera en unirse al grupo. Salíamos de la aldea y por caminos y veredas nos alejábamos hasta que el toque templado de las campanas de la iglesia anunciando el rezo del rosario, se escuchaba como mágica melodía por aquellos solitarios y silencioso caminos. 
Y aquel montoncito de casas, coronado por sus pequeña iglesia, visto a lo lejos, me parecía  el dibujo infantil de un cuento. Sucedía también que cada tarde se producía el encuentro con un puñado de hombres que regresaba del tajo, y eran paradas largas de conversación, y era, para mí un auténtico placer escuchar sus relatos de soles e intemperies.
Había un joven rubio, alto y delgado, cuyo nombre omito, que cada tarde me llevaba un ramo de flores del campo: campanitas, varitas de San José, etc. Un día al encontrarnos, exclamó: ¡Hoy no traigo flores para la maestra; me he clavado una espina! Y por una mano le chorreaban gotitas de sangre. ¡A ver, a ver! –exclamé cogiéndole la mano que  le temblaba-. Y sí, tenía una pequeña heridita. Saqué un pañuelo y se la limpié como pude. Aquel muchacho, con olor a tierra, a campo, a sudor y dejándose acariciar más que curar por mi, temblaba al contacto con mi pequeña mano. Alguien exclamó: ¡Vaya, esto no lo pillas todos los días!  Y él sonriendo, bajo el ala de un gran sombrero de paja, contestó: ¡ni que lo digas y que Dios la bendiga!
A finales de octubre, la aldea, a una, se torno un ir y venir al  cementerio  que,   chiquito, un poco destartalado y pobre, quedaba rechinante. Flores de trapo y fotografías ampliadas, en color, mariposas de aceite en sus cacharritos de cristal azul, traídos de la capital, y cal, mucha cal, que las mujeres con las escobillas y los cubos llenos hasta el borde, lo blanqueaban todo.  
Y al llegar a este punto me tengo que detener porque una adolescente, y esta sí que la nombro, Victoria Ruiz, que hacía poco había perdido a su madre, desde que llegué se apegó a mí de una manera increíble. Ella no iba ya a la escuela pero allí estaba a todas horas, y no solo  me acompañaba en horas de clase, sino que prácticamente  para nada a ninguna hora se separaba de mí, y yo, consciente  del drama que vivía, la acogía con todo mi cariño. Uno de aquellos días me dijo: tengo que ir al cementerio con mis hermanas. Te acompaño –le dije-. Y allí fuimos una tarde, muy próximo el mes de noviembre. Agarrada fuertemente a mi brazo, mi querida Victoria, lloraba y temblaba. También yo, con un nudo que me ahogaba, permanecí a su lado sin saber qué decir porque podía sospechar lo que tendría que ser perder a una madre y sobre todo en aquella edad. 
Y una larga historia de malas jugadas la aguardaban en esta aventura que es el vivir. Y hoy, quiero extender mis brazos y llegar hasta ella para decirle  que la quise mucho y que la sigo queriendo y que la admiro por su valentía y generosidad, ejemplo, que quisiera imitar. Sí, mi querida Victoria, aquel día de cementerio y lágrimas, decidí que,  te haría de “madre” en todo lo que estuviera en mis manos.
Y no sé si lo conseguí pero mi cariño era tal que para nada se ha apagado y cuando te reencontré el pasado mes de agosto, te volví a abrazar como a mi hija muy querida.
  
 Mi querida Victoria: siempre te querré


10 may 2015

El leñador y la hoguera


Pero tras la belleza y paz que conlleva una simple mirada, en este caso, anoche a mi Avenida, es imposible guardar rencor. Por eso, a este "leñador" 
como a otros y otras, los sigo queriendo.
Amigos/as: Hoy domingo, he repasado una obra que dediqué a mis hijos, Son relatos basados en hechos reales. Este de hoy fue algo que me sucedió con alguien que tenía por gran amigo y al que le profesaba un gran cariño. Me sentí traicionada y escribí esto:

Un obrero del campo, en pleno fragor del trabajo, sintió  cansancio, sueño, frío y, sobre todo hastío de tanto tiempo sin cambiar de actividad, sometido a un amo. Se dijo: ¡Esto no es ya para mí! Tengo que pensar en mejor vida. ¡Bueno será que me dé un respiro! El jefe está lejos y ¡bastante he trabajado ya por su causa!
Y buscó el cauce de un arroyo seco.  Recogió astillas, retamas y encendió una pequeña  fogata, a fin de  poder  echarse  una cabezadita. Y así  logró que prendiera  una pequeña llama. No preciso más.  -se dijo- ¡Si tampoco es que me esté muriendo de frío! Más bien necesito olvidarme del trabajo por un  tiempo. Tal vez al despertar, me sienta mejor y despejado. Esta frágil llama no me ofrece ningún peligro: puedo dormir tranquilo
Y se echó a dormir. Pero he aquí que se levantó algo de viento y la pequeña llama, creció y creció hasta llegar a sofocar con su calor al durmiente leñador que, soliviantado,  por la hoguera, se despertó:  ¿Cómo? ¿Qué es esto? –exclamó- ¿Cómo has osado crecer, insignificante llama, aprovechando mi sueño? Y la llama le contestó: No fue mi culpa que te durmieras; llegó el viento y me hizo crecer. No quería hacerte daño alguno. Te debo tanto…  ¿Me acusa de haberme dormido? -se dijo- Esta llama ha crecido demasiado y puede quemarme definitivamente: La apagaré de un plumazo.
Y, quitándose la camisa, golpeó  con furia la llama, al tiempo que repetía: Yo te encendí para que me calentaras; no para que me quemaras. Te saqué de la nada. ¿Cómo es que, sin mi permiso, has crecido?
Sucedió que, en su pertinaz golpear y golpear, la hoguera prendió la camisa que enarbolaba en sus manos: ¡Socorrooo..! -gritaba- ¡Que alguien me ayude a sofocar esta hoguera! ¡Puede arder el bosque! ¡Puede arder la ciudad! ¡Puede arder el mundo!
Nadie contestó, excepto una pequeña nube que le habló: No son formas, buen hombre -dijo-. Además, tan sólo tú vas a salir chamuscado. La culpa es tuya por haberte dormido. Yo pactaré con la hoguera.
Transcurridos unos minutos, la hoguera, en paz y dulzura, se convertía en cálido rescoldo bajo la frescura de una copiosa lluvia. Me has salvado, pequeña nube; volveré a mi trabajo. La nube contestó: no te equivoques, buen hombre. De nuevo saldrá el sol y estas aparentes cenizas volverán a ser potente llama, mientras tú serás para el resto de tu vida un insatisfecho y mal leñador