Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

3 mar 2016

Por qué se mueren los viejos



Una de mis hijas, cuando sólo tenía seis años, me preguntaba: ¿por qué  se mueren los viejos?  Exactamente no recuerdo qué explicación le daría. Posiblemente aquella que todos tenemos en mente, cuando comprobamos la edad de algún difunto  en las esquelas mortuorias:  ¡Los años, los años que no perdonan!  E, interiormente, en un querer ver y no ver, hacemos un ligerísimo arqueo comparativo, al tiempo que nos reconfortamos con el resultado:  ¡ochenta, noventa..! ¡Nos quedan años todavía!  También para el difunto joven tenemos nuestras razones: habría que ver qué vida llevaba, qué excesos, qué descuidos de salud, etc. Así, más o menos, andamos todos: convencidos de que los viejos se mueren de viejos, y los jóvenes por irresponsables  errores de los que habría  que tomar buena nota, cuando todavía estamos a tiempo: vida sana, mucho andar, poco comer y paz,  paz del espíritu y calma ante los acontecimientos.
No obstante, mi obsesión por los ancianos, hace tiempo que me llevó a otras bien diferentes conclusiones: la mayoría de los viejos se mueren porque nada hay en la vida que les interese, nada que los motive, nada que les sirva de excusa para seguir viviendo, nada de ilusión, nada que hacer... La última vez que visité una residencia, hace unos días, me reafirmé en estas tristes realidades, y no quiero que   haya malos entendidos acerca del trato allí recibido. No, no es eso, al menos en la mayoría de las residencias que conozco.
El problema es tan transcendente como simple porque residir es sinónimo de habitar pero no de vivir en el sentido de utilidad, provecho, luchas y alegrías que conlleva el proyecto vida al que nadie quiere renunciar por muchos años que cumpla. Cada vida -Ward Howe- ha de tener sus espacios vacíos, que el ideal ha de rellenar. Sucede que, tal y cómo socialmente nos hemos organizado,  a los ancianos les hemos segado esos espacios, y lo hemos hecho, y lo hacemos, con una despiadada forma de entender sus limitaciones y deterioro de capacidades: estás sordo; no te enteras; estás ciego, date más prisa, tropiezas en todo, no te muevas, que te vas a caer, no digas, no hagas: ¿qué dices? habla claro, no seas egoísta…  
Y al anciano se le van apagando los pequeños destellos de ilusión que puedan quedarle, máxime cuando la ternura, la atención, el sabio proceder de cuántos le rodean brille por su ausencia. ¡Qué duro debe ser el final para quienes se sientan abandono y soledad! Padres, madres que lo dieron todo, que de su vida hicieron una dedicación plena y absoluta, sacrificando mucho más de lo que les pertenecía por el bien de sus hijos, hoy, ¡qué pena!, sólo piensan, sólo viven para  la hora de esa visita, de esa llamada de teléfono que muchas veces, ni llega, de los hijos, de los nietos, de los familiares y amigos. No, los viejos no son deshecho, ni son tontos, ni son niños, ni están muertos. Siguen ahí, soplando, eso sí, pequeños destellos de vida que con nuestro proceder, vamos señalando para que así sea. Seamos conscientes de nuestra responsabilidad, que la tenemos y grande, y tendámosle nuestra mano, pero sobre todo, nuestro amor    de forma  que no pierdan el rescoldo de las grandes fogatas que fueron sus vidas
De todo esto mueren los viejos, aunque yo no pudiera explicárselo así a mi pequeña    que tanta pena sentía por ellos
 


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