Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

12 nov 2015

Mi mundo de colores


Me gusta imaginar un mundo,  una tierra de tantos colores 
que yo pueda  elegir, vivir y soñar en libertad.
                       


10 nov 2015

Agorafobia: cosas de la mente 2

 ¿Usted me comprende? –era la pregunta con la que terminé ayer y que repetidamente  me hacía el marido-. ¡Y por supuesto que lo comprendía!, si bien el sufrimiento de ella no era ni conocido y mucho menos, comprendido por su marido que con su actitud de constante reproche poco o nada le ayudaba.
La visité en numerosas ocasiones pero cambiaron de piso y se fueron a vivir a un barrio  de la periferia, desconocido por mí. La niña  cambió, pues, de colegio por lo que transcurrieron  años, unos veinte, casi veinticinco, sin tener ni una noticia de ellos.
Pero +he aquí que las pasadas Navidades, al estar cerrada mi cafetería habitual, me desplacé en coche, a otra más lejana. Tras el mostrador una chica, que sin dejar de mirarme, sonreía: ¿No me conoce? –preguntó al fin-. ¡Ah! -exclamé mirándola detenidamente-. ¡Tú eres Andrea! ¿Y tu madre? No la he olvidado. ¿Cómo sigue?
La cafetería estaba prácticamente llena de público y de ahí que, sin contestarme, dio la vuelta al mostrador y, cogiéndome del brazo, me condujo al interior. Echándose a llorar, exclamó: ¡Se suicidó, se suicido y hace hoy un año!. Sí, el mismo día de Navidad. No contestaba al teléfono y me desplacé a su casa; estaba muerta en la cama; se había suicidado con un tubo de pastillas… Al llegar a este punto, el llanto la ahogaba y a mi me dejaba sin palabras. Por decir algo le pregunté: ¿dónde estabas tú? ¿Y tu padre? Se supone que en Navidad no estaría sola. Limpiándose las lágrimas, exclamó: fue culpa de todos. Mi padre se había divorciado, y yo vivía con mi pareja en otro piso… A ella no le gustaban las fiesta. Como estaba así…  ¡Qué barbaridad! –exclamé- ¡Tan joven!
Alguien voceó: ¡Andrea! ¡Que hay público! Recomponiéndose y con los ojos enrojecidos, nos despedimos.
Han pasado años que la visité por primera vez pero hoy, vísperas casi de Navidad, al recordarla, me sigo yo también reprochando algo: ¿por qué no la visité más? ¿Por qué no ayudarle a buscar nuevas soluciones que, seguro, en estos tiempos tiene que haberlas?  
Una especie de oración me sale del alma: Donde quiera que estés, Rocío  nunca, nunca podré olvidar tu soledad, sufrimiento, aquellas cosas de la mente que equivalían tan solo a unas urgencia que se te achacaban: que te sobrepusieras, que te atiborraras de pastillas como lo hiciste hasta llevarte a la muerte. Perdona mis ausencias, perdona a todos los que no entendimos tu sufrimiento, a todos los que no dimos un paso para ponernos  en tu lugar y, concederte, al menos, licencia para aparcar tu coche, privilegio de tantos, posiblemente, algunos, menos incapacitados que tú.


Y este relato es real y si bien culpa de todos, pienso que lamentarse por lo que pudimos  hacer  y no lo hicimos, nos aparta  de lo que sí podemos hacer y no hacemos. En este caso prestar más atención y comprensión a las “cosas de la mente” que son auténticas enfermedades, como lo son las del corazón, pulmón, etc.  Y, sobre todo, reivindicar derechos semejantes a otras discapacidades.

Agorafobia: cosas de la mente

Todo lo que vivimos es digno de ser  contado y vivido.

 Han pasado veinte años, bueno, ya casi veinticinco, que  conocí a Rocío. Era una mujer joven, alta, delgada, de largos cabellos rubios, de mirada  grande y pocas, muy pocas palabras. Casi a rastras me llevó hasta ella una alumna, de nueve años, su hija: ¡Venga, venga a mi casa! –me insistía un día y otro-. Mi padre  está de viaje con los oros y mi madre está enferma; no sale a la calle, y yo le hago los mandados. ¿Qué le pasa? ¿Está en la cama? A lo mejor no le gustan las visitas… Es que siempre está sola y con las ventanas cerradas. No sé qué le pasa. Dice que le da miedo la calle. No, no está en la cama. Ella nos hace la comida y hace las cosas pero…
Un día le dije: dile a tu madre que mañana voy a verla. Y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Se va a alegrar. Como siempre está sola Y, al día siguiente, aparcando mi coche en la misma puerta de Andrea –era el nombre de mi alumna-, pude  entrar en su casa. La madre me esperaba sentada en una salita con las ventanas cerradas y la luz encendida a plena luz del día. No fue necesaria mucha conversación porque nada más entrar se precipitó a justificar aquel ambiente poco común: Perdone –me dijo-. Tengo miedo hasta de ver la calle por la ventana. Y me contó, con pelos y señales, su problema: taquicardia, temblores, sudores, ganas de vomitar, incapacidad total para dar un paso, más allá del umbral de su puerta.
Un poco perpleja por aquella desconocida supuesta enfermedad, le pregunté: ¿has ido al médico? ¿Qué diagnóstico te da? En un amago de sonrisa exclamó: ¡Uy, los médicos! Ni sé cuántos me han visto, pero todos lo mismo: nervios y pastillas van y vienen, pastillas que me dejan dormida, y mi marido se enfada y mi  hija que me necesita, pero no puedo, no puedo…. No, no quiero más médicos ni más pastillas y le digo la verdad: no sé qué hago yo  en este mundo. Mejor para todos sería… No puede pensar así –la interrumpí-. Todos tenemos problemas, pero cuando seguimos aquí, algo nos queda por hacer.
En ese momento entró el marido que había escuchado mis palabras: ¡Si es lo que yo le digo, pero no pone de su parte! Lleva años aquí encerrada y, ¿usted se cree que esto es vida para ella y para nosotros? La han visto los mejores médicos y psicólogos. Todos insisten en que tiene agorafobia, cosas de la mente que tiene que superar ella solita, pero nada, empeñada en sus miedos no hay quién la saque de aquí y uno se cansa, ¿usted me comprende? Le conseguí un trabajo como ayudante de peluquería, pero había que llevarla y traerla en coche. Ella conduce pero, aparcar y bajarse del coche… ¡Menudo problema! Solicité aparcamiento para minusválidos y hasta se rieron de mí. Así que uno por ahí viajando y con esta cruz a cuestas. ¿Usted me comprende?
(Continuará)

7 nov 2015

Breves reflexiones

 Breves reflexiones hoy, domingo, de una obra que dedico a mis hijos.En uno de los capítulos les hablo de la belleza. Elijo algunos párrafos:

- Cada amanecer contemplo la belleza de la alborada. Jamás se repite el paisaje, pero siempre se repite la armonía.
- La belleza sólo es comprendida con el espíritu. Nos podemos confundir porque irisada puede aletear ante nuestra atónita mirada perdida en la materialidad de las cosas. Pero la belleza que así se muestra tiene tan corta vida que, antes de que se ponga el sol de un día, habrá muerto. 
- No dudéis en elegir siempre lo más bello: acertaréis porque la belleza no puede convivir con la maldad, mentira, hipocresía…
No todas las miradas, aún dirigidas en la misma dirección, saben ver qué hay más allá de una alborada, de un crepúsculo... Miran pero no ven porque sus ojos buscan augurios que nada tienen que ver con la belleza, la paz, la esperanza que el nacimiento o despedida de un día nos comunica. Es como si una ceguera infinita les impidiera ver la luz del día.
- Todas las cosas y sobre todo las personas tienen su lado bello. Sucede que a veces, nuestra fealdad nos impide descubrirlo. Por eso, si empezamos por considerar nuestra propia belleza, nos daremos de bruces con la de los demás por muy escondida que se halle.
- Sólo es bella y eterna la calidez que emana del corazón y se va proyectando allá donde alcanza nuestra mirada, nuestro destino, nuestra imaginación. ¿No os habéis fijado cuán bellos son los pasos del caminante, cuando sutilmente nos roza con el halo de su melancolía? 
- Porque la belleza que admira el mundo es el efímero correr de una estrella fugaz, pero la belleza que admira el sabio es armonía de la que sólo se percibe una suave brisa transparente que deja al descubierto el corazón palpitante del hombre. 
- La panorámica mas excitante para la vista es aquella donde pueden volar aves, brotar fuentes y reposar el caminante. Pero un campo vedado es como un erial por donde sobrevuelan nubes secas y vientos yermos.
- ¡Cuánta belleza transmite unos ojos que miran, que callan, mientras los demás vociferan! ¡Cuánta belleza en unos labios que sonríen, que besan, mientras los demás se jactan en palabras vanas! 
- Hoy día sólo se pondera la belleza del joven reducida a pocos años, vigor, esbeltez y poco más, pero yo os pregunto: ¿Os habéis detenido alguna vez a contemplar viejas y gastadas rocas golpeadas por mares e intemperies? Si lo hacéis, descubriréis infinidad de formas caprichosas, formas que ningún gran escultor podría haber tallado. Y sobre todo, encontraréis suaves y pulidas asperezas. Los mayores, si su vida fue un honrado y pacífico caminar, pueden presentar un bellísimo paisaje, flagelado, sí, por los años, pero en el que podemos deleitarnos, si sabemos mirar y ver.



4 nov 2015

Cosas pequeñitas

Buenos días, amigos: ayer, repasando archivos y carpetas, encontré una obra inédita que  tengo titulada así, ”Cosas Pequeñitas”. No la recordaba pero me emocionó volver a leerla. Es por eso que hoy os traiga   uno de sus pequeños relatos.


Si encontráis alguien que de verdad se alegre 
con vuestros triunfos, llore con vuestros dolores, 
perdone y olvide posibles errores,
 no dudéis en proclamarlo amigo; lo será de verdad.

AMISTAD
Allí estaba el  jardín en la espesa noche, terriblemente fría y oscura, del pasado sábado como escenario privilegiado de un cuadro tan dramático y admirable que no sólo atrajo mi atención sino que desafiando frío, oscuridad, tráfico... quise inmortalizar  en unas casi imposibles fotografías.
La historia del evento, de la que fui testigo, comenzaba hacia el mediodía: dos perros cruzaban la carretera, justo en el momento que también yo circulaba por allí. De repente, un coche arrolló a uno de los perros. El otro, pegado al asfalto, junto al amigo muerto, corría igual suerte, por lo que, bajándome del coche, arrastré al siniestrado animal hasta el borde del colindante jardín.  Allí quedaron los dos. Me alejé, me olvidé... 
Pero a la noche,  al pasar justo por el lugar, observé que el perro vivo no se había movido: seguía allí, valiente, fiel..., junto a su amigo. Yo diría que lo velaba, que lo protegía, que tal vez esperaba que se pusiera de pie y pudieran continuar su camino. Por entre las copas de los árboles grandes, una preciosa luna casi llena. Por la carretera, riada de coches. Sumergida en el dramático esplendor del espectáculo, apoyada en una farola, lanzaba  oscuras fotografías.
Cosas tan pequeñitas como para no gastar “tinta” en ellas, pero confieso que, como hacía en mis años de niña cuando quería llorar, hubiese deseado encontrar un refugio donde verter mis lágrimas. Sí, de niña y desde la altura de mi casa, rodeada de tejados, lloraba en la ingenua creencia  de que allí, para siempre, quedaría aquel  fluir de mis ojos, motivado por  minúsculos aconteceres.
De lo grande, si bien entre falacias, exageraciones, y malos entendidos, todo el mundo sabe: los medios de comunicación  son como vociferantes altavoces colocados  en la plaza de un pueblo pero, ¡son tantas las pequeñas grandes cosas  que pasan  desapercibidas!
Yo quiero seguir siendo  parte de todo aquello que encuentro en mi camino”.



2 nov 2015

Santidad, hoy

Amigos, buenos días: hoy repasamos el Diario Córdoba. Creo, amigos, que nos viene bien a todos una reflexión acerca de cómo pensamos, hablamos y actuamos ante los grandes dramas humanos que estamos viviendo.


 Así estaban ayer por la tarde los cielos de Córdoba. 
Un ingenuo y bellísimo paisaje otoñal

DIARIO CÓRDOBA/OPINIÓN
 03/11/2015
¡Vaya si deseaba ser santa en mis años jóvenes! ¡Como para no desearlo! Hay que ser santo --repetía la monjita de mi colegio- para no perdernos camino del cielo. Y por mi cabeza tal cruce de caminos que se me antojaba un laberinto para mi poca inteligencia espacial. En definitiva que el tema de la santidad andaba siempre de la mano de mis incipientes fervores. Y, bueno, para ello, pura hasta las trancas. Nada, pero que nada de "cosas feas" o sea, nada que tuviera ni tan siquiera que rozar la sexualidad. Todito blanco como la nieve. Oraciones, sacrificios, misas, comuniones y un interminable etcétera que me mantenía en continuo trance de fervor celestial.
Pero he aquí que hace, ¡muchos años! caí en la cuenta de que, para ser honesta, sincera conmigo misma, para no perderme, cuando la palmara, camino del cielo, tenía que romper con aquella arcaica idea de santidad, porque mi actitud ante ella había experimentado tal giro que para nada mi fe, mis costumbres de entonces, se ajustaban a mis deberes, a mi fe, a mi Evangelio de hoy.
Lejos de aquellos absurdos, mi búsqueda de santidad se encamina por los soleados paisajes de lo único que vale la pena en este mundo: el amor, amor que se dilata y llega a todos reivindicativo, tolerante, justo, solidario...
Pasó un año más el día de Todos los Santos y para mí, en el camino del cielo y de la santidad, hay etiquetas que me guían en la seguridad de no perderme: refugiados, emigrantes, pateras, niños que mueren ahogados, niños y ancianos que  carecen de lo básico.

¡Qué tremendo drama al que nos estamos acostumbrando como si de una película de ciencia ficción se tratara! Siempre se debe preferir el bien general al particular. Nuestro beneficio particular no debe tomarse en cuenta cuando se trata del bien común y si bien es verdad que ese bien común es privativo de los gobiernos, pienso yo que algo podremos hacer y no quedarnos con aquello de ¡qué lástima! Y punto. Santidad y solidaridad son, desde mi punto de vista, palabras sinónimas.

Un video de recuerdo.

Creo que lo puse en su día pero de todas formas, a los mayores -y a los jóvenes- no nos viene mal recordar

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