Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

4 nov 2021

TIEMPO DE ACEITUNAS



Olivares de mi tierra

Buenos días, amigos: gracias, de nuevo, por vuestros comentarios y buenos deseos.  

Hoy, nos trasladamos a mi pueblo, a mi casa, que es la vuestra, donde en alborozo infinito, nos preparamos para recoger la aceituna para el uso de casa.  Leed que os vais a encontrar allí, conmigo, con los vuestros y con los míos, porque todos, en años de la posguerra, vivimos cosas similares en cualquier pueblo, en cualquier casa.

 

Mis queridos nietos y nietas: parece mentira pero ya casi todos sois mayores de edad, os habéis sacado el carnet de conducir, mi Amalia ya es maestra, mi Gonzalo, profesor de Inglés con su bonitas y gran Academias, mi Ángela, empeñada en ser enfermera, mi Isabel María, estudiando también Magisterio, mi Javier persiguiendo un sueño que  seguro hará realidad: ser actor y los tres más pequeños, estudiando en el Instituto.

Con esto quiero deciros, lindos míos, que ha llegado la hora de que conozcáis, algo de cómo fue el pasado y de cómo lo vivió vuestra abuela. Os gustará y, sobre todo, comprobaréis cómo para ser feliz, no hacen falta tantas cosas como tenéis ahora. 

¡Venga, vamos a leer!

 

DÍA DE LA ACEITUNA 

Villa del Río, un pueblo de olivares, se adelantaba a la recogida de aceitunas con la costumbre familiar, entrañable, de organizar cada año, en torno al Día de los Santos, la cogida de aceitunas que, en distintas variedades, se preparaban diestramente en las casas y servían no sólo de aperitivo, sino que constituían un suplemento alimenticio para todos.

El evento conllevaba todo un ceremonial que enloquecía a los pequeños: un borriquillo, sacos, varas y el canasto de la comida que era el mayor aliciente y que la mayoría de las veces consistía en un rico canto de pan con aceite, aceitunas y unas tiritas de bacalao. 

¡Qué inolvidables días aquellos! Personalmente los disfrutaba percibiendo de forma muy singular, no sólo el ritual que consistía en el vareado de olivos por el manigero de la familia y la recogida de aceitunas por mujeres concertadas para tal fin, sino que me gustaba perderme por aquellos campos perfectamente alineados y cuidados de gigantescos olivos, arco iris de soles y sombras. Me sentía como inmersa en otro mundo. y recuerdo que, como hacía siempre y dada, desde muy niña, mi afición a escribir, plasmaba, en el cuadernillo que no se caía de mi bolsillo, las sensaciones de aquellas horas y que resumía en palabras, olores, sonidos, interrogantes que me situaban en el delirio del tiempo: ¿qué sería de mí cuando pasasen diez años? Diez años para una niña era como toda una vida, y entre mis precocidades, la existencia me preocupaba. Sí, era como estar y no estar, como soñar y despertar. Y los olivos, doblados de aceitunas, con su clásico olor a verde duro, fuerte, resistente, me rozaban la piel, y la tierra, bien labrada, casi blanca, me hablaba de extraña belleza, sencillez, nobleza, principio y final de todos y las voces de mis hermanos me sonaban a perdidas en el espacio que yo no conocía, y un cielo rechinante de sol me llamaba a vivir, a correr, a esperar...   

A la caída de la tarde, el crepúsculo, más bien frío y el regreso. Por el camino, las campanadas del Ángelus, que no detenían unos instantes que eran como la llamada al rezo, a la calma y al final del día. 

Después en las casas, y durante días, venía la parte más festiva: separar las aceitunas y clasificarlas en negras, moradas y verdes. En el destino de esta clasificación estaba la diestra sabiduría popular de cómo aderezarlas: partidas, rayadas o enteras. 

Tal vez era la rutina de los días, rota por cualquier pequeño acontecimiento como éste y que tenían en común, con todos los que se protagonizaban, la concentración de familia y participación de gente afín a ella, lo que tanto celebrábamos los niños, y tendré que insistir en el hecho de reivindicar que si bien la familia ha cambiado en muchos aspectos, los niños de todos los tiempos siguen siendo felices, cuando unidos a padres, tíos, amigos comparte vivencias por sencillas que sean.  

Recuerdo cuánta ilusión me hacía la llegada de mis tíos, procedentes de Córdoba y que, con motivo de la cogida de aceitunas, se desplazaban al pueblo. En el comedor de casa y después de la comida, hacían cuentas entre sorbo y sobo de aquel café que goteaban en maquinillas colocadas sobre los vasos y que con su mijita de anís aromaban el ambiente de calidez entrañable. Me gustaba merodear por allí cerca de la familia reunida. Creo que era uno de los grandes alicientes que para mí tenía la vida era éste: ver y sentir mucha familia reunida. Al igual que ahora, al igual que será siempre.

Y las tinajas de aceitunas quedaban en las despensas, con sus tapaderas de madera y aquel olorcillo del romero, el orégano y el hinojo que tan típicos eran  y que impregnaban todo de olores y sabores de la tierra.

 

Olivares de mi tierra, centenarios campos que sombrean la blanca tierra y aroman de vida los campos. ¡Quién pudiera ser como ellos: resistentes, sufridos, cálidos, productivos…!

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