Mis pensamientos

jueves, 20 de abril de 2017

Antonio era mi alumno

 Han pasado años, pero a mi memoria acude aquel alumno de diez años que, habiendo visto pronto el dolor de la vida, miraban desde una inmensa tristeza, matizada, de vez en cuando, de ingenua felicidad. Él era tierno tallo herido, a penas despuntar, que sobrevoló por nuestras vidas, cual estrella fugaz de la que más bien queda el recuerdo de un maravilloso rastro luminoso y la certeza de haber sido testigos de su deslumbrante existencia. De rostro pálido, transparente, aficionado a la escuela, a sus maestros, a sus libros… 
Y Antonio se nos fue de pronto. Un día de escuela, mientras sus compañeros en clase compartían la difícil tarea de la educación y el aprendizaje, mientras su silla, vacía como otras veces, casi no extrañaba a nadie, mientras cada cual en su trabajo, olvidados de la provisionalidad que es la vida, con afanes desmedidos, con nimiedades, con absurdos y sin caer en la cuenta de que vivimos inmersos en el funeral eterno de los tiempos, hacíamos planes de un futuro que nos deparara  mayor bienestar. Ni siquiera una corazonada, un telepático presagio: nada. Me gustan mucho tus  cuentos -decía con la cabeza siempre sobre la mesa-. La vida del pequeño Antonio, como blanquísima espuma de mar, se desvaneció con el viento.
Y era un bonito día de primavera, y el sol siguió su curso, y las margaritas y las amapolas, en un frondoso salvaje, parecían entonar el más bello himno de la alegría, y en las calles, el tráfico, los ruidos, las prisas... Pero en medio de esta eclosión de vida, un pequeño féretro nos llenaba de tristeza a todos los que vivimos, de una manera u otra, la corta vida de aquel niño.

Lo recuerdo, especialmente en este día. Sí como se recuerda el perfume de una rosa o la imagen de un bello paisaje. Y es que un alumno es como un hijo que cae en nuestras manos y nos hace sentir que servimos para algo. 
¡Échame una mano, tú que estás en el cielo!, y espérame, espéranos.  Trataré, entre tanto, de escribir mejores cuentos, mi querido, mi queridísimo pequeño Antonio.

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