Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

6 may 2014

Capítulo XV




                                  Una destartalada y negra plazoleta que jamás olvidaré


(Último párrafo del capítulo XIV: Las palabras de Lucrecia me alarmaron: Era seguro que no quería que la visitase, y era seguro que no me había dicho la verdad acerca de su vida.)

  Terminé mi carrera de medicina, que fue mi elección definitiva, y Lucrecia había vuelto a ser olvido, tras mis renovados aplazamientos por visitarla. Los estudios, la atención a mi padre en vacaciones, sobre todo, y razones, la mayoría sin fundamento, que me daba. Pero un día, en un viaje a Córdoba, al pasar en  taxis por la parada de un autobús, me pareció ver a Lucrecia con un pequeño en brazos. El corazón me dio un vuelco, al tiempo que una gigantesca interrogante me corría más que  aquel  coche que no tuve coraje de detener: ¿Era o no era ella? Cuestión que por otra parte me contestaba con tremendo remordimiento: Sí, ¡claro que era ella! Pero, ¿quién podía ser aquel niño? ¿Y por qué no me había llamado o visitado? Tal vez, y era lo que me  parecía más seguro, Lucrecia ocultaba cosas que ya intuí el día de su visita.

Una mañana, era el mes de septiembre, decididamente, y si previo aviso, al fin, me desplacé al pueblo de su tío abuelo: necesitaba verla, quería saber... Eran demasiados los remordimientos, las dudas, los reproches que a mí misma me hacía.
En una pequeña plazoleta detuve mi recién estrenado coche, regalo de mi padre al terminar la carrera.  Saqué el papel que me dio el larguirucho,  bajé la ventanilla y pregunté al viandante más cercano, un hombre de aspecto rudo que con las manos en los bolsillos de un largo blusón, me observaba: Por favor, ¿la Calle Larga? ¿La Calle Larga? ¿A quién busca usted allí? El hombre de los muertos murió hace tiempo… No sé  de lo que me habla –interrumpí-. Busco a una amiga: Lucrecia.
El hombre, con evidente extrañeza, y muy pausadamente encendió un cigarrillo antes de pronunciar palabra y sin dejar de mirarme de arriba abajo. Al fin, aproximándose a la ventanilla, exclamó: ¡Con qué busca a ésa! Ésa tiene nombre, señor –contesté algo molesta-: Se llama Lucrecia. Pues aquí la conocemos por la medusa, una puta de mucho cuidado; se cargó al Silverio y, ¡vaya forma! Yo que usted daría la vuelta… Pero si se empeña, a la salida del pueblo, por esta calle abajo –me indicó- Allí verá la Casa de los Muertos; no tiene pérdida. Una calleja, usted la verá, pero allí no puede entrar con el coche; mejor lo aparca por aquí, y tenga cuidado que esa casa está maldita.
Y aquella corazonada que me carcomía, mis pesquisas y, sobre todo, por lo que pude ir sonsacando con grandes dificultades a Lucrecia, pude reconstruir su legendaria y escalofriante aventura en aquel lugar, con aquel hombre, Silverio, el hombre de los muertos, y en aquellos años, aventura  que no puedo pasar por alto, ya que marcó en mi vida un antes y un después  con respecto a mi relación con Lucrecia.
Aquella casa no era como las demás. Desde hacía muchos años se había convertido en patrimonio intransferible de los "Silverios", una saga cuyos orígenes se remontaban a un lejano país extranjero y que se afincaron en aquel pueblo en el negocio de una lujosa funeraria que surtía de ataúdes, coronas, lamparillas, etc., a toda la comarca. De ahí que la gente de todos aquellos alrededores dieran en llamarla "Casa de los Muertos". Y Silverio, el heredero de turno, único morador actual de aquella ancestral y lúgubre mansión, era también para todos, el "hombre de los muertos."
Tremenda historia  que dejo para el siguiente capítulo por su escalofriante relato que deseo transcribir fielmente.



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