Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

10 abr 2017

Acerca del prestigio

Buenos días, amigos: fresquito y  espléndido día de martes santo.
Copio y pego mi artículo de hoy que desearía entendieseis sin ir más allá de lo que claramente  expongo: mi opinión acerca del prestigio.   

DIARIO CÓRDOBA/OPINIÓN
ACERCA DEL PRETIGIO

El martes cuatro y en la contraportada de nuestro Diario, leí un titular que me dejó un poco sorprendida por varias razones. El titular obedecía a una entrevista al novelista, periodista, guionista, crítico literario, etc. Ramón Pernas. Decía: «Los viejos no tienen prestigio, nadie escribe sobre ellos». 
En primer lugar, quiero que vaya por delante, mi mayor respeto a tan insigne profesional de las letras, al que no cuestiono en absoluto. Mi opinión, pues, va en línea solo con el titular ya que me ha provocado bastante rechazo por las siguientes cuestiones: creo, exactamente lo que quiere decir al referirse al prestigio, aunque al leerlo se pueda interpretar como sinónimo de poder, fama, etc. 
Y respecto a eso quiero recordarle, segura de que él lo sabe mejor que yo, algunas frases: el prestigio no se compra ni se regala; se trabaja. Y una más: la fama, aunque dulce, es breve y efímera, el prestigio, en cambio, es un camino de esfuerzo y dedicación que desemboca en respeto, confianza y reconocimiento. 
Creo que el prestigio en su persona está más que reconocido. Otra cosa es, y personalmente no me preocupa en absoluto, el que se olviden de que los mayores, siguen existiendo, trabajando, luchando..., con experiencia y sabiduría. ¿Que nadie escribe sobre los mayores? De mis más de setenta obras editadas, y no es presunción sino información, cinco tienen como protagonistas a mayores. De mis más de treinta años de colaboraciones semanales en prensa y revistas, cientos de mis artículos están dedicados a mayores, etc. Sucede, y no es ironía, ni acritud sino mi más sincera verdad, que no soy nadie y es por eso que ni remotamente sepa de las obras que le hablo y mucho menos de su autora: pues, una mayor; servidora.

9 abr 2017

Cae la noche



Preciosas jaras de mi sierra cordobesa

Cae la noche en un apagar de luces  que no obstante siguen espléndidas, nostálgicas, graciosas..., como   lluvia  de estrellas que me deslumbran mi alma de universo  sacado  tantas veces de la nada                                                                                                       
Aquí, frente al encapotado horizonte, filigrana de nubes que vagan sin prisas  por entre el negro azulado de la noche, escucho temblar un  rumor que me danza por las venas en irisado  ramo de canciones a la vida:
 ¡Cuánto aire! ¡Cuánto cielo!  ¡Cuántos ecos.. !
 ¡Cuánta belleza! ¡Cuánta alma!
No quiero palacios ni reyes. ni glorias mortales. No quiero manidas canciones, No quiero, no, rosas quemadas... Un camino, ¡eso sí!, un camino  de blancas estrellas por el que entonar himnos de  libertad, de amor a la vida.
Una mirada, ¡eso sí! por donde asomen crepúsculos y auroras por donde un dios creador me mire en tanto, cabalmente, bordo  la sutil estela de un relámpago
¡Qué solitario mi bosque de felicidad!
Silba el viento; ¡puedo oírlo! Háblame, dios, y dime. ¿Adónde voy? ¿Quién soy? ¿Para qué nací? pero, ¡si no me conozco! ¡pero si no sé nada de mí! ¡Qué desconcierto! Camino con ojos vendados, pero noto, lo sé, eso sí, que cae la noche.
  



5 abr 2017

Ser mayor o ser viejo

 Un amigo, gran psicólogo, me hablaba al teléfono de  algo que yo no había oído: una cuarta edad. Es decir, gracias  a las mejoras  en los estilos  de vida y a la atención sanitaria es más frecuente que grupos de personas enmarcadas en la tercera edad, se encuentren en plenitud de facultades físicas y mentales, si bien es normal que se sientan aquejadas por algún tipo de dolencia en mayor o menor grado, lo cual no las convierte en desahucios de la sociedad, ya que siguen en ella aportando lo mejor que tienen y pueden.
Son muchos los mayores que se encuentran en plenitud de facultades   y no obstante son objeto de discriminación para demasiadas cosas. Desde mi punto de vista hay grandes diferencias entre ser mayor y ser viejo: mayor es  quien tiene años; viejo quien perdió la jovialidad, incluso siendo joven.  El mayor vive cada día como único, con proyectos, con ilusión; para el viejo todos los días son iguales  y su agenda está en blanco y solo vive pensando en los ayeres. El mayor camina, trabaja, se relaciona, se comunica: el viejo la mayor parte del tiempo lo pasa  renegando de todo, anatematizando instituciones, hundido en el pozo  negro de la desesperanza, sentado o acostado sin aportar ni un solo paso a favor de los demás.
En mi particular oración, pido, y en definitiva es una exigencia conmigo misma, que los años no me hagan indiferente, insensible a mi realidad presente,  porque quiero seguir construyendo, colaborando, soñando…  Hay un pensamiento de Marañón que viene a resumir todo lo dicho: vivir  -dice- no es sólo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir  y no dormir sin soñar. Descansar, es empezar a morir.
Ánimo, pues a esa nueva mayoría de edad. Hay que seguir regando la parcela por pequeña que sea, hay que seguir aprendiendo, enseñando, animando, repartiendo esperanza y optimismo. Jamás un hombre es demasiado viejo para recomenzar su vida. Envejecer –dice O. Wilde- no es nada; lo terrible es seguir sintiéndose  y proclamándose joven.

  

4 abr 2017

Mi bolso robado


Siete de la  tarde. Bajo la marquesina de un autobús y soportando lluvia torrencial, viento huracanado y un exuberante gentío, espero un tiempo que se eterniza acentuado por las inclemencias que nos obligan a una apretada protección bajo tan reducido espacio. De repente alguien  exclama: ¡Ya viene! Y un tropel me lanza hacia el autobús.
Pero he aquí que, en  un santiamén, mi bolso desaparece. Sí, alguien, aprovechando el barullo de la llegada, me lo arrebata. Mi desconcierto y  sobre todo el tremendo conflicto que me crea tal accidente, me deja exhausta: llaves del coche, del  piso, carnets  tarjetas, monedero...
Era la una de la madrugada, cuando tras movilizar todos los resortes pertinentes, y en agotamiento total, pensaba en mi bolso y lo imaginaba saqueado y abandonado en algún contenedor o  arrojado sin escrúpulos a la intemperie de una noche lluviosa y fría. Era como si mi bolso fuera una  prolongación de mí misma. Me dolía el desamparo de mis pertenencias entre las cuales contaban mis pequeñas intimidades: regaliz, terrones de azúcar,  perfume, apuntes y más que nada fotografías de seres queridos. Unas lágrimas corrieron por mis mejillas en un vaivén de interrogantes y en una  espera que prácticamente duró toda la noche como si el teléfono sonara y me lo devolviera. ¿Por qué desaprensivas manos habrían pasado aquellas nimiedades tan mías que me dolían en el alma:.?
Y la reflexión llegó con voz potente.  Tengo que confesar sus reproches: sí. yo, tan reivindicativa del amor, sobre todo por los indigentes, pocas veces había sentido tanto dolor como el que aquella noche me enajenaba. Estaba claro: mi gran amor tenía como único objetivo en aquellas horas un bolso que, animado por mis sentimientos, intuía  abandono.

Y la voz de la conciencia me recordó las palabras del poeta:  Si lloras por haber perdido el sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas.  Sí, por mi ventana, casi rozando el cielo, pude ver  en la madrugada, las estrellas, porque mis lágrimas se tornaron, de nuevo, amor por tantos seres humanos perdidos a los que nadie ama, a los que nadie busca., a los que pasamos de largo… ¡Qué mundo, qué vida, que yo!

3 abr 2017

Novela. Capítulo II

A traspiés, sube Quisco, delante de mí la cuesta arriba. Los pantalones anchos y flojos, se le lían entre las piernas. De vez en cuando se para, suelta la  maleta, se tira a puñadas de los pantalones que se le caen y me mira con un tic en el cuello. Por detrás de las persianas me siento observada. De pronto, por una destartalada  bocacalle aparece corriendo un cerdo, que medio nos atropella, y detrás un hombre que le grita: ¡me cago en la madre que te parió! ¡Hijo de puta cerdo! Quisco se asusta, me mira y exclama:¡bicho gordo!
La casa de Manuela es un caserón lleno de remiendos Por las ventanas, recién pintadas salen gitanillas de todos los colores, y en el balcón de en medio, seca y polvorienta, una palma atada con dos lazos. Por entretejido artístico se nota que correspondió al hermano mayor de alguna cofradía de ola Semana Santa
Hay que hacer un trabajito hasta subir a la casa de La Manuela, que está a tres escalones  altos de la calle, o mejor dicho, de la plaza. A un lado y a otro de los escalones, la Manuela tiene arregladitos unos arriates con rosales, hierbabuena y unas matas de dompedros pasaditas ya, pero que todavía verdean, jazmines y una dama de noche. Los escalones, de losas viejas, están repintados de polvos colorados que les dan un tono azafranado, y las juntas, de blanco, que da pena pisarlas por lo brillosas y cuidadas que se ven. Los zócalos, repellaos a borbotones, en un verde limón que contrasta con la blancura casi luminosa del resto de la fachada, cargada de manos de cal.
A zancadas sube Quisco, arrastrando la  maleta. Unos niños, que juegan a los “sansones” en la esquina tiran uno hacia Quisco y gritan: ¡Quiscooo...! ¿Qué haces...? Quisco no contesta. Se para, suelta las maleta  y se saca una china de las alpargatas.
La Manuela se ha quedado dormida con la radio puesta. Parece un tonelillo, allí, dejada caer en el sofá. ¡Manuelaas! -grita Quisco-. La Manuela se  despierta de un sobresalto y exclama: ¡coño, que no estoy sorda, que tienes  voz de cántaro vacío!