Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

16 ago 2016

EL COLOR NEGRO DE LA VIDA

En sus ojos estaba el mar y en sus labios palabras sin sonido que se adivinaban  en un leve parpadeo de sus labios. Noventa y dos años, vestido de negro, desdentado,  de andares fatigosos y un sombrero de muchos soles que le colgaba por el cuello. Llegó un día, al poyete donde yo me tomaba un largo respiro.  Buenas –dijo-, con su permiso.
Casi codo a codo una especie de mutua cortesía nos mantenía en absoluto silencio. Se levantó aire y un remolino de papeles fue el detonante de mi intromisión en aquel hermético hombre que, eclipsado, con la mirada fija en el mar, era ausencia y lejanía.   Parece que va a cambiar el tiempodije-. El color del mar es casi negro. Fue entonces, cuando tras humedecerse los labios que parecían sellados por alguna mala historia, exclamó: señora, yo siempre lo veo negro, muy negro. ¿Cómo es eso? ¿tiene algún problema de vista? -pregunté ingenuamente-. No, señora, no; la vista, como los años que tengo, vieja. Tragó saliva, unos instantes de  silencio y al fin exclamó:  ¿Ve aquellos criaderos de mejillones? Están lejos pero se ven bien. ¡Sí, si los veo! Son como dos franjas negras… ¡Eso es –me interrumpió-, Muy negras. Un poco más adentro se ahogó mi hijo de veinticinco años… Suspiró y volvió a exclamar: desde entonces el mar se  vistió de negro, como mi vida, como todo lo que me rodea… Se fue hace cinco años y hasta hoy. ¡Sabes Dios!
 No volví a verlo, pero en sus ojos estaba el mar. Desde aquel día, en los míos, un joven, un niño… ahogados en la playa y no culpa del mar, culpa de un mundo que no podemos o no queremos administrar mejor.
Miro al cielo y  no sé qué pedir; tampoco hay un dios responsable. Por eso os miro a vosotros, amigos, y os pido solidaridad, amor con todos aquellos que, como el anciano de negro, lleven un drama en su mirada. Seguro que el mundo cambiará, cuando cada uno de nosotros  tiña sus ojos de  esperanza.

Y hoy no tengo más imagen que aquella que todos llevamos prendidos en la retina: la del pequeño muerto en una playa.



13 ago 2016

Historia de vida

Se llamaba Carmen. unos diez  años, delgada, de piel azulada, casi pelada al rape, ojos negros, muy negros, y pequeñitos, muy pequeñitos. Era mi primer día de destino provisional en aquel bonito pueblo.
Primer claustro primera adjudicación de alumnos. Alguien exclamó: Carmen, este curso,,le toca a Isabel que es nueva. Otro alguien, con un gesto y leve movimiento de manos, me decía; ¡anda, hija, ya vas arreglada! Y la pequeña Carmen, en aquel fatídico sorteo de alumnos, efectivamente, me tocó a mí.
Primer día de clase. Treinta y cinco alumnos de primer curso. Entre ellos destaca Carmen por estatura. Me presento, se presentan. Ella, Carmen, a su nombre añade: a una servidora no le gusta leer. Pues, ¿qué te gusta hacer? -le preguntó-. ser peluquera -contesta- y efectivamente, la observo mañana y tarde. De un lado para otro, con una peineta en la mano y un pequeño bote con agua, intenta, de pequeño en pequeño, peinarlos con chorreones   de agua que provocan las consiguientes protestas y hasta lágrimas de los pequeños.
No sé qué hacer con ella. Se niega a estar sentada, a leer, a escribir... Limpia la pizarra, baja estos papeles al director, ordena el armario, etc. etc. Trató de que, al menos, no moleste a los compañeros.
Un día se me ocurre una idea: si quieres -le digo- tú me peinas a mí y, a cambio, lees un poco cada día. El trato queda "cerrado". 
Y cada tarde, cuando a las cinco salen todos, ella me peina, y yo le voy señalando en una cartilla las primeras letras que repite gustosa. Así, un día y otro. Carmen empieza a leer y escribir palabras en la pizarra. Llega el fin de curso y Carmen, con atención especial, termina lista para pasar de curso. Me despido de todos y cada uno. Carmen no está. La busco y tengo que irme. Quiero verla porque mi destino en aquel pueblo era por un año. 
Me llegan las siete y Carmen no aparece; tengo que irme. Rodeada de alumnos arranco el coche sin dejar de buscarla y, nada más salir del pueblo, cuando oigo todavía el griterío de la despedida, Carmen, medió escondida detrás de un árbol, me arroja por la ventanilla un manojo de jaramagos. Me detengo para abrazarla y se aleja corriendo sin mirar para atrás. Era evidente: no quería, no podía despedirse; yo tampoco.
Han pasado años. Muchos, pero sigo sintiendo la caricia de sus manos sobre mis cabellos en atardeceres de invierno,cuando tan solo unos débiles rayos de sol son testigo de aquella "clase" tan maravillosa que nunca olvidaré.

12 ago 2016

Horas difíciles


Un día muy difícil, amigos, que comparto con vosotros, sin reparo alguno, pero con un deseo: que nadie se entristezca ni lo más mínimo, porque son cosas que nos suceden a todos porque todos somos humanos y, por consiguiente, víctimas, en cualquier momento de las horas bajas o altas que se presenten. 
Cinco de esta madrugada. Me despierto como todos los días y noto que, por causas varias y que no vale la pena contar, noto una oleada de desánimo total, oleada que se va creciendo por momentos y que se me aproxima con tintes de total depresión: tristeza que me ahoga, lágrimas mil que esperan les abra la puerta para inundar mis ojos, oscuridad absoluta que me inmoviliza, naúseas, mareos, miedos, torrente de negros pensamientos que golpean mis sienes y se traducen en pulsaciones que me corren  de pies a cabeza. Pensamientos que torturan mi mente, ausencias que se reencarnan y adueñan de mi alma, provocàndome el daño de un lejano día.
Me desplomo en un sillón y me digo: hoy, nada, nada tengo que decir, que transmitir, nada que dar; soy tan solo un montón de ruínas. De pronto, dos repentes: un rayo de luz que entra por mi ventana. Miro al reloj:  las siete, una especie de mano quiere tirar de mí. En ese mismo instante, mi nieto de doce años, que se despierta temprano y me acompaña, se asoma y me pregunta: ¿vas a bajar, abuela? Es un poco tarde. Otro repente, otra fuerza que me tira también. Sí, ya mismo nos vamos. 
Y  aquí estoy, frente un espectacular amanecer, repente divino que esfuma mis fantasmas y que comparto con vosotros en sus luces y sombras, valorando esas pequeñas cosas que no borran oscuridades, pero ayudan a seguir con ilusión el palpitar de los días.

(Desde este medio no puedo insertar la foto, pero la aplazó para otro dís)

9 ago 2016

Caminos rotos

Desde el pudor de las ocho de la mañana, mi “objetivo indiscreto” estaba oculto entre una fila de coches.
Y allí silencio, arrullo de palomos, bandadas de estorninos, una iglesia, una plazoleta... Allí frente a mí una residencia de la tercera edad. De repente,  balcones y ventanas  se tornaron vida. Era como si personajes sin nombre, míticos, pertenecientes a otras historias, afloraran reencarnados en brazos, manos y almas que se agitaban entre barrotes y se estiraban casi al compás, desmenuzando migas de pan que provocaban remolinos de arrullos y soliviantos de alas.
En el silencio de la hora una perezosa campana, como urgente reclamo, tornó aquella extraña escena en puertas, de nuevo cerradas, en paredes blancas, en santuario de recuerdos infinitos, en vidas rotas por los años, dolores y por la dura ausencia de seres queridos.
Dentro de mi coche me sentí violadora de una sagrada privacidad que allí, entre cuatro paredes y a cuestas de vidas que ya no eran, que solo quedaba  de ellas la hora maga de revuelo de pájaros y picoteo de palomos, como nube de lágrimas rotas, descargaba instantes de sueños.

3 ago 2016

Preciosa Felicitación

Sesenta jazmines
(A mi madre. Isabel María)

Sí, sesenta  jazmines
que la noche amarga eclipsa,
sesenta los caminos
que la vida te regala
porque el tiempo es el futuro
y el pasado, cruel bengala.
Blanca fue tu aurora
y blanca es tu senda,
blanco fue tu amor
y blanca fue la huella
del hombre  que un día dejó, brillante,
su blanca y radiante estela.
Prende de tu eterna pureza
las tiernas ramas que nacen
y cubre de nobles besos
la incipiente y pueril  alcurnia
que entre nosotros se esparce.
Generosa vida,
fecunda existencia,
sueño altruista,
peculiar apariencia,
cariño infinito,
madura inocencia,
corazón  inundado,
de tierna vivencia,
nostalgia constante,
con pasado y sentencia,
arte aplastante,
ejemplar docencia,j
pensamiento curtido
divertida presencia
eterno coraje,
y pura, latente, viva y esencial…….TU  ESENCIA
(Para mi madre con todo mi cariño)




2 ago 2016

Vivir y convivir

Diario Córdoba/ Opinión



Pues resulta que, a medida que cumplo años, voy necesitando más y más de un pueblo, de una plaza, una iglesia, unas campanas, una esquina y hasta escalones por la calle donde sentarme y escuchar el ladrido de perros, oler el humo de rastrojos o, sencillamente, participar del trajinar de la gente en su ir y venir en cotidianidades y rutinas. ç
Es cierto aquello de que la vida es simplemente un mal cuarto de hora formado por momentos exquisitos. Sucede que la exquisitez de los momentos se difumina, cuando nos referimos a convivencia, dada la aridez de las ciudades por donde uno camina entre muchedumbres silenciosas que sin ir a ninguna parte, corren que vuelan. Pero he aquí que, desde hace años, un rincón de nuestra ciudad, un barrio nuevo, muy próximo a mi casa, con grandes pinceladas de modernidad, se ha convertido en el cálido regazo donde encuentro perfecto escenario que, como oasis de convivencia entre vecinos, me sitúa en un presente de vida que late a todas horas. 
Y son niños que juegan en sus grandes pistas deportivas, y son mayores que sentados en bancos o poyetes rememoran sin miedo su pasado, y son pandillas de adolescentes que, cargados de sueños, proyectan su mañana, y son padres y madres que, en corrillos y animada charla, vigilan, descansan... viven, y es su gran salón social animado cada día por celebraciones y reuniones. ¡Ojala proliferara esta idea de barrios, de ciudades! La gente necesita conocerse, hablarse, amarse, proyectarse... 
No basta con ser vecinos, como lo somos todos, e ignorar, quién sufre, quién está solo, etc. bajo nuestro mismo techo. Qué verdad aquello de... Hemos aprendido a volar como los pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir como hermanos

1 ago 2016

Amanecer

Lunes 1 de agosto de 2016
Buenos días, amigos: Ayer, como preludio de este més que empieza, viví momentos de eternidad que os cuento lo mejor que puedo y que tan solo es una apriximación a la realidad vivida. Que de alguna manera os sirva para vivir la vuestra, es lo que más deseo este primer día de agosto 2016
Siete de la mañana. Nada más salir a la calle, un fresco indescriptible, con olor a tierra mojada, me soliviantan mis pasos hacia la playa que se hacen más ligeros e ilusionados. A dos pasos, los empleados de la limpieza me saludan: no se vaya lejos que el cielo está chungo -me dicen entre contenedores y camiones. Sí, está muy nublado; me encanta. Unas gaviotas me sobrevuelan. Unos pasos más y estoy en el espigón, mi destino de cada amanecer. Frente a mí, el puerto. A mi derecha un faro pequeñito. A mi izquierda, la sierra cuajada de casitas. Por detrás, unos dos kilómetros, Torre del Mar. Un cielo, en filigrana de nubes, luce ante mi vista en una maravillosa gama de tonos rosados, negros, grises... Me siento de cara al puerto, hacia el este, como cada día, en espera de que apunte el sol. El fresco se acentúa, las nubes, perezosas, "espurrean" unas gotas que me llegan y recibo como besos del cielo. ¡Qué emoción siento! ¡Qué paz, qué felicidad, qué delicia... !
Respiró hondo una y otra vez como si quisiera tragarme cada instante que me parece divino.
Ocho menos cuarto. El sol comienza su lucha con las nubes; es su hora de salida y encuentra la puerta cerrada. Un brillo dorado llega al mar que se torna metálico plateado. Mi cámara me pide más y más. No obstante siento miedo de moverme como si un leve aleteo de mis manos pudiera deshacer el encanto de aquellos momentos. Estática, como elemento más de paisaje, una oración me brota sigilosa: déjame, Dios, un día más. Quiero ser testigo, mañana, de esta hora de otra dimensión, de esta hora que quisiera eternizar y repartir por el mundo para que, a coro, repitiéramos: detrás de cada amanecer hay un Dios.
Ocho y media. Por fin, el sol logra espantar a las nubes, un leve moviendo de gente que corre, que hace genuflexiones, que pasea en bicicleta... Es hora de recoger mis bártulos, y me voy, pero una fuerza nueva me acompaña.
Ahora que os lo cuento, amigos, no sé si fue un sueño o realidad, pero en cualquier caso, por casi dos horas viví lo que pido y deseo sea mi cielo para siempre.