Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

28 mar 2014

Capítulo VII



Lucrecia era ave de grandes alas,   pero, sus vuelos 
estaban abocados a hundirse en el océano tempestuoso 
de la vida que le había tocado en suerte.
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Último párrafo del  Capitulo VI: ¡Me voy! – exclamó de repente –. Mi madre no quiere que esté despeinada y, si  tu padre se entera…¡Me voy!  No me sigas, no podemos ser amigas... Lucrecia corrió hacia aquella Calle del Río, negra, negra y pobre.)
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Si bien, me confesaba una y otra vez de tener malas compañías, no podía resistirme a correr hacia ella, cuando la encontraba. Una mañana, camino del colegio, la vi, después de  unas semanas. Parecía otra: sus cabellos rubios de bote, con marcadas entradas negras, eran una despeinada coleta, mal cogida con una deshilachada tira de tela roja, y su vestido, siempre limpio y bien cuidado, se reducía a una camiseta de tirantes despintada. Sus ojos ahuevados tan sólo enrojecidos ribetes, parecían amoratados. De sus brazos colgaba un cesto de esparto más grande que ella: ¿Dónde vas? –le pregunté, despegándome del grupo de mi hermano y sus amigos que, sin dejar de volver la vista atrás, me repetían: ¡Que es tarde! Que te van a cerrar la puerta del colegio! ¿Tu hermano es chivato? –me preguntó-  Voy a ver si me dan el pan. Mi abuela no tiene dinero y como mi madre está mala… Si me lo fían… ¿Qué le pasa a tu madre?  No sé. Mi abuela no me deja verla porque dice que tiene gripe y que se me puede  pegar, pero… ¡A ese hijo puta lo mato yo un día! Le da voces a mi madre y le pega. Ella dice que no, pero  yo lo sé porque tiene muchos cardenales. Un día…
Aquella mañana de monjitas y primores en el colegio la recordé mucho. En mis pocos años no podía comprender  bien los problemas de Lucrecia, pero intuía que  pasaba malos tragos porque decía cosas que, si bien yo no entendía, me provocaban pena sobre todo, aquella noticia de la enfermedad de su madre.  Y es que yo no soportaba el que mi  madre pasara largas temporadas enferma. Eran para mí días de tristeza. Horas y más horas sentada al pie de su cama, esperando despertara de los fuertes analgésicos que le inyectaban, esperando que pronunciara alguna palabra, hiciera un gesto…
Aquella mañana las compañeras del colegio no perdieron la  ocasión para acusarme ante la monjita  de chapetas coloradas: María tiene una amiga mala, una niña que dice pecados. ¡La hemos visto con ella cerca del colegio! El demonio se esconde –decía  la monjita- hasta en el cuerpo de una niña. Ten cuidado, María, y mira con quién andas. Tus padres son unos buenos cristianos.
Aquellas reflexiones acerca de mis padres y de mi relación con Lucrecia siempre me creaban una especie de temor y remordimiento que solía solucionar en mi confesión de los sábados: Me acuso de tener mallas compañías. Reza una salve y aléjate de ellas.
Pero, desde que me contó la enfermedad de su madre, la buscaba por los alrededores de aquella calle prohibida.  Como si se la hubiese tragado la tierra, no aparecía. Una  tarde, en la esquina  cercana a su casa, unas mujeres hablaban. Pude oír que decían: Se está muriendo pero, ¿cómo va a entrar el Viático a esa casa? Sería un sacrilegio. Dicen que el chulo le pegaba, pero, ¡vaya usted a saber! ¡Siempre la culpa a otro!¡Gentuza!
Era seguro que hablaban de la  madre  de Lucrecia y, mi primer impulso, correr a buscarla pero las piernas casi no me sostenían...

Regresé a mi casa y me escondí en el palomar, esperando la hora de  Dios, aquellos momentos de puesta de sol tras el campanario que se reflejaban en los empolvados  cristales esmerilados de aquellos ventanucos y que a mí se me antojaban como despedida de Dios. Esperaba para pedirle pusiera buena a la madre de Lucrecia. 
Allí estaba, acurrucada en una canastilla de costura llena de ropa, cuando los pasos de Juana, me soliviantaron y corrí, que casi rodé,  escalera de  caracol  abajo.

(Imagen de Internet)

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