Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

6 sept 2012

Historias con misterio

Queridos amigos/as: Aunque no conozca a la mayoría, hoy siento deseos de hablar con vosotros todos. ¿Sueños, realidad? Tampoco yo lo sé. Os lo cuento tal y cómo lo viví. Ni soy visionaria, ni creyente de  visionarios. Es más, yo que vosotros, no me creería. Seguro que, cualquier interpretación que deis a mis confidencias, será válida y de antemano la acepto.


     Sí, me había quedado sola. Desde que él se fue, nadie, en ningún lugar del mundo, me esperaba. Definitivamente, ya no estaba. Murió una madrugada, cuando ya apuntaban los verdes por los horizontes. Me dejó un beso en las mejillas. Se llamaba Mariano. Un buen padre, un buen amigo, un buen marido! Cuando él murió, casi quedé jubilada de todo.
Una noche, a duermevela, sentí que me abrazaba fuertemente.
¡No quiero, no, por favor; déjame que estoy soñando y al despertar…
No sueñas –me interrumpió-. Y podrás comprobarlo al despertar.
Me desperté antes de la hora acostumbrada y un profundo olor del perfume que a regañadientes usaba, inundaba mi almohada que nada tenía que ver con la que usaba en vida de él.

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     Mi reloj de pulsera quedó parado en aquella fatídica hora de su muerte. No le pasa nada, señora; anda perfectamente. Es un buen reloj. Consérvelo.
Pero aquel magnífico regalo de cumpleaños que él me hizo, si bien una y otra vez lo ponía en hora, inexorablemente, detenía sus agujas al marcar la una en punto de cada madrugada.

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     Aquella tarde, de finales de octubre, tras penosos meses negros, regresé al café de siempre. Correspondiendo a pésames y saludos, atropelladamente, me dirigí al rescoldo de aquel crepúsculo que, nostálgico, me aguardaba. Por la ventana, mi coche, aparcado en batería, un coche amarillo California que, ¡guardaba tantos recuerdos! Sobre todo, como relicario, coleccionaba yo la presencia de sus últimos suspiros, de sus postreras palabras, de sus terminales deseos.Mis ojos, ocultos en densas gafas negras, se nublaron en lágrimas. Noté cómo mi rostro se envaraba y cómo mis pulsos iban a romperse al límite de unas incontrolables palpitaciones. Quería resucitar cada una de sus palabras, el tacto de su piel, la calidez de su brazo sobre mis hombros, resucitar el sol que tomábamos en largos paseos por el jardín, el olor a tierra mojada, tras los chaparrones de otoño, y el perfume de las lilas, el azahar y las flores del paraíso, en la primavera pero todo estaba perdido, mientras el mundo seguía allí, con sus palabras y sus mentiras, con sus rutinas… Seguía sin más.

Entre dos luces. Al salir del café, noté cómo un sutil vientecillo siseaba por los árboles y agitaba y desordenaba mis largos cabellos. Poca gente, casi nadie. Algún perro, gorriones en el césped, voces de niños, televisores y el tráfico normal de la hora. Mi coche, útero de regreso, se había quedado tan solo en el aparcamiento que su presencia resultaba provocativa. Precipitadamente, introduje la llave. Una extraña vibración me sacudió, al tiempo que caía fatigada en el asiento. Pero, ¿qué era aquello? Mis ojos no daban crédito a lo que veían. ¿Alucinaba? No, era real: aquel cenicero, tan reverentemente precintado y tan celosamente vigilado por mí, pequeño estuche de sus últimos pitillos, no sólo estaba abierto sino que desprendía una sutil humareda violácea que inundaba de intenso olor a tabaco negro aquel recinto, tabernáculo de tantos recuerdos en largos años de convivencia. Un fuerte temblor me conmocionó. No; yo no deliraba. Estaba totalmente lúcida.

Había muerto de cáncer de pulmón. Era mi marido. Y yo misma, aquellos últimos días, le llevaba cigarrillos, a escondidas de médicos y enfermeras. No, no me pesa; era lo único ya. Y él lo sabía, y él me lo agradecía con una mirada opaca, sombría... y con el esbozo de una sonrisa, mezcla de complacencia y dolor.

 

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