Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

20 nov 2017

CAPÍTULO X


El tiempo pasaba y en mi pertinaz intento de olvidar a Lucrecia casi lo había conseguido. Sólo, de vez en cuando, recordaba unos ojos saltones que me miraban, y unos labios que repetían: ¿¡or qué quieres ser mi amiga? Pero todo iba quedando lejos, muy lejos. Quería imaginarla contenta en algún pueblo, en algún colegio aprendiendo, por fin a leer y escribir y tal vez hasta con su deseado novio rico.  
Yo, entregada de lleno al estudio, llegué a soportar bien el internado, pero las vacaciones me devolvían, una y otra vez, a mis habituales rincones y aficiones
Terminé bachillerato con buenas notas, y mis deseos se dirigían hacia la carrera de farmacia. Siempre había sentido fascinación por la rebotica a la que, con frecuencia podía acceder con Lucía, aquella niña, hija del boticario del pueblo y que, a días,  era mi amiga. El olor de la botica, aquellos grandes tarros de porcelana, las cajitas de medicamentos, el microscopio, desde el que su padre hacía análisis, todo, hasta la batas blancas me gustaban, pero mi padre, con buen sentido, me aconsejó: puede que tal vez  tu verdadera vocación sea la medicina. Esas cosas que te atraen de las farmacias son superficialidades. Los estudios son otra cosa. Deberías reflexionar más objetivamente sobre qué es en realidad lo que más te gusta y conviene.
Mi padre, como casi siempre, llevaba razón. Aquellas cuatro cosas que me deleitaban de la farmacia eran propias de mis pocos años y de los delirios que mi amiga Lucía  despertaba en mí con su medio mágica rebotica de potingues.
Y mis padres decidieron que lo más conveniente sería que de nuevo, me internase, pero esta vez en un Colegio Mayor muy próximo a la facultad de medicina.
Mi hermano Carlos, que estudiaba Empresariales se burlaba  y me repetía: seguro que en cuanto veas sangre te desmayas. Seguro que cuando veas a un muerto sales corriendo…
 Un día, en el pueblo, hecho ya un hombre que apenas si lo reconocí, se me acercó el larguirucho vestido de soldado: ¡vaya, cuánto tiempo! Ya no quieres nada con la gente del pueblo… No digas eso –interrumpí- ¡Claro que quiero! Pero tengo mucho que estudiar y me paso los días en mi casa… ¿Y tú? Ya veo que estás desconocido.  Pues  -exclamó como queriendo sostener un suspense-, ¡tengo una noticia que darte! ¿Qué noticia? –pregunté sin que me pasara nada por la cabeza. Ha estado aquí Lucrecia… ¿Qué me dices? –pregunté con gran sorpresa y hasta solivianto- ¿Cuándo? ¿Para qué? ¿La has visto? ¿Has hablado con ella? ¡Para, para, chiquilla!  Ya veo que no la has olvidado; ella a ti tampoco. Te buscó, me buscó…
¿Y qué te dijo? ¿Y para qué vino? –volví a preguntar con evidente nerviosismo-. Vino porque tenía que arreglar no sé qué papeles. No recuerdo muy bien, pero algo como que necesitaba una partida de nacimiento… No sé; algo que ver  con la iglesia. Me dijo que su abuela estaba muy enferma, y que ella tenía que cuidar a su tío abuelo y a su abuela, pero que a lo mejor se casaba con un hombre que tenía dinero. Y me dijo que tenía mucha gana de verte pero que no te contara nada… ¿Y te dijo dónde vivía? Y, ¿cómo es eso de  que se va a casar? Me dio un papel con su dirección; ya te lo daré. Me lo dio porque le dije que iba a ir a verla… Sí, sí, dijo que se iba a casar con un hombre que le llevaba muchos años pero que tenía dinero… ¿Y cómo está?  Pues… –titubeó-, no sabría cómo decirte. Yo la vi rara, pero, ¡claro como ha pasado tanto tiempo! Tiene el pelo muy corto, rizado  y pintado de rojo, y venía con muchos potingues en la cara; ¡un poco rara! Y ha engordado que no parece ella; está bien alimentada.
Aquella noticia fue tan explosiva que mi propósito más rotundo se centró en ir a verla en cuanto pudiera, aunque lo contado por el larguirucho me desconcertaba hasta el extremo de imaginar que entre  Lucrecia y yo se había producido tal distanciamiento que  éramos, posiblemente, dos desconocidas.


11 nov 2017

Otoño en el pueblo


                                                 
Castañero actual en Córdoba

El otoño en el pueblo olía a castañas asadas, a piñas, gachas caseras, a precoces braseros de  picón con sus molestos tufos, unas veces y sus mijitas de alhucema, otras que aromaban las casas de calidez. Y era  frecuente  que aparecieran paragüeros que recorrían calle por calle con su singular soniquete: ¡El paragüero! ¡Se componen paraguas fuelles  y sombrillas! En aquellos tiempos escaseaban, como todo, los paraguas. En cada casa solía haber uno grande, negro y  de uso casi exclusivo del padre o de la madre. Algunos niños, pocos, exhibían paragüitas de colorines. ¡Cómo los envidiaba! Era un auténtico placer colocarse debajo de las canalones, ubicados en los tejados y por donde el agua caía a chorros sobre el asfalto de la calles, y escuchar el fuerte chuperreteo sobre la tela del paraguas. Alguna que otra vez lograba hacerme con el paraguas de casa y, ¡cómo me embelesaba y sentía afortunada emulando a los privilegiados  portadores de tan singular propiedad!
Y el paragüero dejaba a punto las roturas y desperfectos  de paraguas y sombrillas que año, tras año, se conservaban en utilidad y rendimiento. El otoño llegaba con tormentas, apagones de luz, velas que despedían un humillo negro que olía a sebo y que se colocaban en el cuello de las botellas. Granizos, fuertes chaparrones y los chorros de las canales, que, sobre todo en las noches acentuaban el silencio de las calles, roto, de vez en cuando por los desentonos de hombres que bebidos regresaban a sus casas al cierre de las tabernas. Y a mí me gustaba escuchar los sonidos de la calle, sintiéndome protegida de las frías intemperies. De vez en cuando el reloj de la plaza daba la hora, y eran sueños inocentes sin miedo al tiempo, al dolor, a la muerte...
El otoño era también el tiempo de las castañas asadas que las castañeras, con sus utensilios a ristre  se instalaban en la plaza y al atardecer el ir y venir era constante, y no siempre se podía lograr el pequeño cucurucho de tan estimulante fruto seco. En algún libro leí lo siguiente que considero curioso e ilustrativo: Lo suyo es que se instalen la noche del día de difuntos, cuando según la tradición es preceptivo asar y comer castañas de acuerdo con un viejo rito de carácter funerario: antiguas creencias arraigadas en ámbitos rurales, sostienen que por cada castaña ingerida se libera un alma del purgatorio.
No asocio esa leyenda a nuestro pueblo, pero lo cierto es que las castañeras tuvieron su especial protagonismo. ¡Y cómo se agradecía el calorcito que desprendían aquellos fogones  callejeros y chispeantes! Me hizo mucha ilusión descubrir a un castañero, aquí, cerca de mi casa, que cada año, cuando avanza algo el otoño, se instala  en una rústica caseta con su respectiva sartén, saco de castañas y cartuchos. De él, y con su autorización, esta  fotografía de hoy que reverbera, no obstante, el ayer.
En las casas se hacían provisiones para el invierno, y era muy frecuente la compra de cajas de uvas pasas, higos secos, garbanzos, patatas y más que nada apremiaba el engorde final de los cerdos, objeto de las matanzas caseras y que, a lo largo del año, abastecían los hogares de manteca, chorizos, morcillas, costillas, lomo, jamones, etc. base de cocidos y toda clase de comidas. Recuerdo años de grandes sequías en los que la pobreza y falta de alimentos era tal que se llegaron a comer cardos borriqueros con las consecuencias que aquellas hierbas conllevaban para la salud, y recuerdo que el trigo, tras un rústico “pelado” de la cascarilla dura, se guisaba como arroz, y se hacía pan en las casas con gran cantidad de patata, y los panecillos de pan de maíz eran bocado que escaseaba y que se distribuía a cuentagotas entre la familia.
 Y hojas que caeny pájaros que emigran, y tormentas, chaparrones... recuerdos, nostalgia... música, sí, regazo  de agua clara, latidos cálidos que se escapan de la lira que es mi alma.

7 nov 2017

CAPÍTULO IX

 (Perdonad, amigos, la demora; he sufrido una gran pérdida; mi queridísima hermana María Jesús)
Proseguimos con la novela.

Como le comenté a Lucrecia, mis padres decidieron, al fin, mi ingreso en un  internado de la capital.  Mis estudios en el pueblo apuntaban al fracaso por lo que, al igual que mi hermano, unos años mayor e interno en Madrid, el nuevo curso tenía como destino, para mí,  un colegio de monjas. Mi vida allí no fue fácil. Recordaba a todas horas el jardín de casa, el palomar, la Hora de Dios, mis juegos, recordaba sobre todo a mis padres y hermano  y a  Lucrecia, que me fui sin haber recibido la prometida tarjeta por la cual pudiera saber dónde estaba. Mi timidez era extrema. En realidad me había relacionado poco. Tal vez, Lucrecia era toda mi referencia. No, no había tenido amigas. Fui niña solitaria que hablaba poco e interiorizaba mucho.  Así que, por mucho que lo intentaba no lograba olvidar a Lucrecia y no sé por qué, el sonido de las campanas de un reloj procedente de alguna torre lejana, en el silencio de las noches, lo asociaba con ella y mis sentimientos eran una mezcla de compasión y miedo. Eran noches muy largas las de invierno en las que no conseguía dormir, y daba vueltas y más vueltas en la cama sin reconciliar el sueño.
Así llegamos a las vacaciones de Navidad. Con vehemencia infinita esperaba a mi padre que fue a recogerme al internado. La madre superiora, con las manos debajo de la almidonada toca, lo recibió en la sala de visitas y con una sonrisa beatífica lo informó acerca de mi trabajo y comportamiento. Estudia –dijo- y es buena chica pero se relaciona poco, y es tímida en exceso… Mi padre, le salió al paso con palabras alentadoras para mí: ¡Cosas de la edad! Lo importante es que vaya bien en los estudios. Lo demás se le pasará. 
Nada más llegar al pueblo, busqué al larguirucho: está en el campo –me decían-, pero  viene para las fiestas. 
 Fue aquel un otoño e invierno de mucha lluvia. El río se desbordó, y la gente decía que había peligro en el pueblo.   Y yo, de vez en cuando, me asomaba a la esquina de aquella casa de la Calle del Río, por ver si había llegado hasta allí el agua. Era como si algo de Lucrecia me perteneciera. El día de Navidad, jugábamos  en la esquina, pequeños y mayores, en torno a una gran hoguera, cuando, al atardecer, y a punto de irnos a la casa, apareció el larguirucho con una gran zambomba y un grupo de amigos que en incesantes cánticos pedían el aguinaldo. Nada más verme se me acercó: ¡estás más guapa, María! ¿Y hasta cuando vas a estar aquí? ¿Te ha escrito Lucrecia? ¿Sabes algo de ella? –le insistí como si nada de lo anterior me importase. No, no me ha escrito, y eso será porque le va bien… Pero yo quisiera saber en qué pueblo vive, y quisiera escribirle y… Si quieres –me interrumpió- puedo preguntarle a Teresina, esa niña que vive también en la Calle del Río.  A lo mejor ella sabe dónde está Lucrecia. Ya la buscaré yo.
No volví a ver al larguirucho,  y mi regreso al internado fue doloroso. Lloraba sin consuelo. Mi madre me repetía: es por tu bien, hija. Pronto iremos a verte y pronto llegan otra vez las vacaciones. Algún día te alegrarás.
Recuerdo que aquella helada mañana de enero, camino de la estación, el campo estaba cubierto de escarcha y, a pesar de mi gran capa colegial, tiritaba tanto que mi padre, amigo del jefe de estación, nada más llegar, me introdujo en un prosaico despacho en el que una gran estufa de carbón piedra al rojo, era el mejor alivio para aquellos escalofríos que me hacían rechinar los dientes.


25 oct 2017

Mi amiga Prostituta / Capítulo VIII

 Tras la muerte de su madre, Lucrecia andaba perdida. Así volvió a pasar tiempo sin que pudiera verla.  No obstante sabía de ella por aquel niño, Luis, el larguirucho, como  lo llamaba Lucrecia  y que decía ser mi novio, y ella me repetía: ¡anda y que se vaya a la mierda. Un novio tiene que ser rico y muy guapo, y este nene, larguirucho, está “alelao”. Y tiene cara de tijereta. Además su padre es albañil, y tú eres hija de un médico.
La verdad que aquel supuesto primer novio mío no era muy despabilado, pero me regalaba estampitas y me mandaba mensajes con otro niño, y sí tenía más años que yo, pero él acechaba a Lucrecia cuando salía a comprar y después me lo contaba: he visto a Lucrecia –me dijo un día- y me ha dado un recado para ti. ¿Un recado? ¿Qué te ha dicho? Que el jueves se van a otro pueblo… ¿Qué pueblo? ¿Este jueves? ¿Pasado mañana?  Sí, sí, pasado mañana, en el carretilla de la tarde, y no sé a qué pueblo pero es lejos, y allí vive un hermano de su abuela, y se van el jueves.
Pasé  dos noches  desvelada y contando las horas que faltaban para su ida y sin saber cómo hacer para verla, ya que mi hermano, por encargo de mi padre, me perseguía y vigilaba: se había convertido en mi sombra. Al fin, pude escapar de mi casa sin que nadie me viera. Los jueves por la tarde no había colegio, y yo solía pasar mucho rato en el palomar, haciendo muñecas de trapo o dibujando casitas y nubes. Mi hermano tuvo que  salir a un encargo de mi padre, y yo aprovechando la ocasión,  sigilosamente, pude escapar   sin que nadie me viera.  Sin reparo alguno, corrí en busca de Lucrecia.
Cuando llegué a su puerta estaban a punto de partir. Las mujeres embatadas de siempre las despedían con lágrimas en los ojos, y la abuela, con una maleta de madera, más bien un cajón, por todo equipaje, daba recomendaciones a una emperifollada  joven que, con  cierto aire de superioridad, asentía con la cabeza a todo sin pronunciar palabra. Lucrecia, acercándose, y en voz baja, me dijo al oído:  esta es la nueva, y se llama Violeta, y es una presumida tonta.
Durante unos instantes retuve mi ingenua mirada en  aquella mujer que con dos palabras describió Lucrecia. Y era alta, de cejas y pelo muy negro, boca grande con labios pintados de un intenso rojo y una camisa de brillo y transparencias. ¿Y a qué pueblo vais? –le pregunté sin importarme nada las explicaciones sobre aquella mujer-. No sé cómo se llama, pero allí voy a tener una cama para mi abuela y para mí, y no se va a acostar ningún hombre, porque el amo de la casa, que es hermano de mi abuela, está muy viejo y mi abuela lo va a cuidar… -me relataba Lucrecia, atragantándose de jeringos  que chorreaban aceite por un oscuro  papel que apretaba entre sus manos.
Guardé silencio unos minutos; no sabía qué decir ni qué hacer, pero dentro de mí sentía que algo se desgarraba. Lucrecia, feliz en su ida, pero conocedora  de mis recónditos sentimientos, trató de aliviar la despedida: no sé escribir pero, si quieres, le digo a mi abuela que te mande una tarjeta y te diga dónde estamos y en qué casa vivimos, pero, ¿y si la coge tu padre? Las dos nos quedamos en suspense. Era seguro que la cogería mi padre y era seguro también que no me la daría. De pronto, Lucrecia tuvo una idea: se la podemos mandar al larguirucho  Está “alelao” pero sus padres no saben mucho tampoco de lectura, ni se meten en nada. Sí, se la mandaremos a él. Tú pregúntale.  A lo mejor yo también me voy interna a un colegio… ¿Interna? ¿Y eso qué es?  -me preguntó con la boca chorreándole aceite- ¿Y adónde te vas? Todavía no lo sé, pero interna es que no puedo salir del colegio… Nuestra conversación la interrumpió su abuela:
-Bueno –dijo-, dale un beso a tu amiga que ya nos vamos, que perdemos el tren.
Aquella calle, aquella casa, su madre, su abuela, y sobre todo Lucrecia, no pasarían al olvido como imaginé con aquella dolorosa despedida. No, Lucrecia y yo volveríamos a encontrarnos; era nuestro destino.


19 oct 2017

Mi miga Prostituta / Capítulo VII

Y sí; mi madre la recibió con cariño.  Le dio la merienda, y le regaló un vestido de los míos,  unos zapatos y libros de cuentos.
Cuando a las seis de la tarde, y mientras sin cesar y sin miedo, jugábamos,  le mostraba mis rincones favoritos en el jardín, y le descubría mis tesoros, piedrecillas de colores, pétalos de rosa en alcohol… volvieron  a doblar las campanas, y Lucrecia, que se había mostrado contenta en nuestros permitidos juegos, como paralizada repentinamente, exclamó:
-Ya se llevan a mi madre, pero el cura no quería, y mi madre era buena. Me voy corriendo; quiero darle otro beso.
Mi madre, que era también buena, la sujetó:
-Tú madre –le dijo- está ya con Dios. Lo único que puedes hacer por ella es rezar.
Y sus ojos llenos de lágrimas eran expresión viva de un a mezcla de dolor, ingenuidad y picardía.
Entre dientes, y casi a mi oído,  repetía:
-A ese hijo de puta lo mato yo un día; le pegaba a mi madre, y yo sé que se ha muerto por su culpa
Al caer la tarde, la acompañé hasta la esquina; le había prometido a mi madre que de allí no pasaría. Y vi. cómo se perdías por aquel callejón negro, de la Calle de Río, más negro que nunca, más siniestro, más solitario….Más huérfano para Lucrecia.. 
Tras la muerte de su madre, nuestra amistad se intensificó, si bien siempre en encuentros fortuitos y clandestinos. Cada día al oscurecer, cuando la gente acudía a la Iglesia al rezo del rosario, nos encontrábamos allí, en un poyete de la plaza, escondido bajo las viejas ramas de un gran naranjo. Lucrecia, con un lazo negro en la manga, parecía más abandono, más soledad. Un día me dijo: A lo mejor nos vamos a vivir a otro sitio. Mi abuela no tiene dinero ni puede ya trabajar. Dice que a lo mejor  por ahí puede ser criada o que a lo mejor nos vamos a vivir con su hermano Rogelio que tiene dinero
  

17 oct 2017

MI AMIGA PROSTITUTA VI

CAPÍTULO VI
Pasó tiempo. No sé cuánto que no veía a Lucrecia. Una mañana me desperté con las primeras luces del día, oyendo el espeluznante doblar de campanas que anunciaban muerte y que, como me sucedía siempre, me provocaron un repeluzno: ¿quién habría muerto? De repente las noticias que a diario traía Juana del mercado me hicieron saltar de la cama. Se ha muerto una mujer de la  del Calle del Río. La madre de esa niña ordinaria que María tiene por amiguita. Mi madre, mujer de gran corazón, exclamó: ¡Calla, calla! La niña no tiene la culpa. Además, que no se entere María. Ya sabes lo sensible que es…
Corrí y de un salto me planté en el comedor donde mi madre desayunaba. Tenía ya trece años. ¿Te has enterado, verdad? -preguntó mi madre nada más verme-. Sí; me han despertado las campanas, y yo quiero ir… Eso no son cosas de niñas –me interrumpió mi madre-. Pero Lucrecia es una niña y no tiene amigas. Tras un breve silencio mi madre exclamó: ¡Anda, desayuna y arréglate para el colegio!
Nada más salir aquella mañana, camino del colegio, y desafiando miradas y palabras de los niños y niñas  que me increpaban, corrí a la Calle del Río. En la puerta, revuelo de mujeres que, sin prejuicios, barrían y fregaban. Entré precipitadamente en aquella casa de olor a colonias fuertes y a polvos baratos. Sentada en el viejo cajón, bajo la parra, la abuela de Lucrecia lloraba. En sus brazos estaba ella que, pálida, ojerosa, despeinada, descalza…, lloraba también  sin consuelo.  Al verme, un leve gesto de satisfacción se dibujó en su rostro: ¿Por qué has venido? Como se entere tu padre...  ¡Mi pobre hija –repetía su abuela en  ausencia de todo- ¡Mi pobre nieta! Y se deshacía en lágrimas amargas que caían de aquellos ojos secos de años, secos de amarguras, secos de ¡sabe Dios cuántos malos tragos! Se llamaba Encarna, pero la gente  del pueblo la llamaban tigresa.
Un revuelo de mujeres, escuálidas, ajadas, batas largas, como siempre, cabellos despeinados, pálidas, ojerosas deambulaban de acá para allá entre incesante trasiego de gatos, rumores,  comentarios: No vendrá el cura. Han dicho que a esta casa no entra. Habrá que sacarla a la puerta, habrá que llevarla al cementerio... Y encendían mariposas de aceite, colocaban ramos de crisantemos alrededor de un ataúd pobre que me produjo  tal convulsión que me sentía el pulso por todo el cuerpo  y las manos me sudaban en un  frío de hielo… Si quieres –me sugirió Lucrecia-  te entro a ver a mi madre. No da miedo; está como dormida y parece que se ríe. Tiene un velo de encaje por la cara; no se le ve bien, pero se ríe; no da miedo. La abuela, discreta como era, se anticipó a mi respuesta: ¡Anda! Deja a esta niña que se vaya, y tú también te vas a bajar al sótano con Teresina
Aquella mujer, árbol gigante, decrépita y plena de dolor, se levantó y saliendo por unos instantes de sus lágrimas, me cogió suavemente por un  brazo y me condujo hasta la puerta. ¡Anda! -exclamó-, vete a tu casa; esto no son cosas de niños.
Cuando salí de allí, camino del colegio, me pesaba tanto el cuerpo que casi no podía caminar. Llegué tarde, y la monjita de chapetas coloradas, me castigó. Después en casa, mi hermano repetía: ¡María ha llegado tarde al colegio; la han castigado! Mi madre guardó silencio. Un poco después me dijo: voy a mandar a Juana para que se traiga a esa niña y pase aquí la tarde…