Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

4 jun 2017

Dónde buscar ayuda

Durante años, busqué y creí encontrar ayuda, en confesores, médicos, psicólogos, etc. 
Y si bien es verdad que no estoy cerrada a ningún tipo de ayuda que me pueda ser dada y que de ninguna manera desprecio, mi convencimiento más absoluto, el resultado de mis múltiples incursiones en la maratón de las ayudas no es otro que la certeza de que, cada uno de nosotros, si se lo propone, puede ser su mejor amigo, médico, libro, mejor psicólogo. 
Porque, a veces, puede que busquemos una mano y sólo encontremos una fría y dura espalda. Aunque me duela reconocerlo y confesarlo, la muerte de mi marido fue el primer paso positivo en mi crecimiento personal: me sentí sin manos a las que agarrarme y haciendo grandes equilibrios, comencé a dar pasos en soledad.
De ahí también una buena conclusión: cualquier acontecimiento, por doloroso, desgarrador que pueda resultar, puede tener su cara positiva. Basta que miremos con lupa en nuestro interior. Allí flamea una débil llama que bien puede extinguirse o transformarse en antorcha permanente en nuestras vidas.
Os deseo de corazón que avivéis hasta el más mínimo rescoldo que os pueda quedar y que es seguro que os queda,
El hombre cultiva mil rosas y no encuentra en ellas lo que busca, y lo podría encontrar en una sola rosa.

Saint-Exupery

3 jun 2017

Carta a la Primera Comunión de una niña

 Mi  querida niña, Aitana:  Por fin llegó el día tan esperado por ti y por toda la familia de tu Primera Comunión. ¿Y sabes qué sucede? Que esta mujer, que fue maestra de tu abuela, cuando tenía casi tus mismo años, se siente también emocionada y unida a toda esa tu gran familia y a ese querido pueblo donde desearía estar presente, hoy, para colocar mis manos sobre aquel viejo armonio y amenizar  tu blanca y solemne entrada  en esa parroquia tan querida y recordada. 
Eres muy pequeña para entender estas cosas y aún más para entender el gran significado de este día grande y que no lo es por los regalos que recibas, ni lo es por tu precioso vestido de princesa, ni tampoco por la gran comida con la que  que vais a celebrar este acontecimiento, no, preciosa Aitana, es un día grande porque, por la decisión de tus padres, vas a dar un paso más hacia un compromiso que irás desvelando con los años. Comulgar significa aceptar, sin reservas, el maravilloso  Mandamiento del Amor, aceptarlo, compartirlo, prodigarlo  a favor siempre del pobre, del marginado, del indefenso…
Sí, querida niña, no olvides lo que hoy esta maestra te dice desde los más profundos, sinceros y tiernos  sentimientos:  iza  velas y rema, a favor siempre del amor y a pesar del viento que sople, contracorriente si fuera necesario, pero enarbolando en  proa la bandera de la paz, justicia, tolerancia…. la bandera blanca de la comunión con todos y por todos los seres humanos sean del color que sean y vengan de donde vengan. Así, sólo así, habrá tenido sentido este gran día en el que radiante, rodeada de lo más valioso que tienes, tu familia, vas a recibir la Comunión por primera vez. Rotula este día y su auténtico  significado  en tu corazón y no lo borres nunca: ama siempre ama a todos. Un beso grande, muy grande de aquella maestra de tu abuela y casi de tu abuelo, grandes y maravillosas personas a las que quiero de verdad.

¡Ah! Reserva una foto, para cuando puedas, allí, junto a la palmera que un día  trasplanté de una pequeña maceta, junto a la que fue mi casa. ¡Verás, verás qué grande está! Ha crecido tanto... Así crecerá la mágica labor  de amor en la que hoy vas a dar una pequeña  puntada. Te quiero, mi niña linda

29 may 2017

¡Maldita sea!

 
Ella era feroz huracán de adolescencia. Era un claro oscuro de auroras y crepúsculos apenas sin días. Era bailaora, capitana, era una mirada tierna en un desconcertante rutilar de gracia y picardía. Era amiga, novia, amante de tantos hombres... Era una chavala que un día, hace ya muchos años, se cruzó en mi camino una mañana de septiembre, cuando, con catorce años, alguien de un empujón la obligó a entrar en aquella mi clase, al tiempo que exclamaba: ¡anda, so traste, a ver si aprendes algo bueno! Era un vaivén de colegios y maestros. Era un mal trato, un olvido de todos. Un día, alguien, un hombre, con palabras de amor, la engañó; perdió casa, familia; buscó la vida en la calle, siempre de acá para allá, con un pequeño, primero, con dos, después, entre sus brazos, demasiado jóvenes para sostenerlos. Un traslado, me alejó de aquel pueblo. 
Y yo la recordaba con su trenza despeinada, su cuerpo espigado, su voz altisonante y sus deseos hambrientos  de volar hacia  un prematuro mañana que la acechaba en el camino negro  y en los peligros del desamor. 
Después de largos años, una tarde, aquí, en Córdoba, la vi subir a una furgoneta cargada de mujeres. Había envejecido tanto.... No obstante, su trenza despeinada, su mirada tierna, rutilante de gracia y picardía, eran como una sombra dibujada en su rostro de niña eterna. Algo me dolió por los adentros. La busqué. No podía soportar su condición, para los restos, de wiskera de carreteras. Y de aquella  bella muchacha  tan sólo quedaba un rostro demacrado, mortecino... De sus labios brotaron  unas  palabras: mis padres me echaron a la calle. Di mis tres niños en adopción.  
Una interrogante hace ya mucho  años, y hoy ante el brutal asesinato de tres mujeres, me vuelve a torturar: ¿por qué?   ¿No será, tal vez, que entre todos labramos caminos sin retorno? 
Era, sí, eso, era, pero ya, ¡maldita sea! no es, no son.

27 may 2017

Privacidad del gato

Hoy, en la terraza de mi cafetería, escuchaba música. Estaba prácticamente sola, cuando  apareció un grupo de alegres jóvenes que volvían de la feria.  Comentaban, preocupados, que habían atropellado a un gato a unos metros de allí. 
Terminé con el café, la música y la tranquilidad y me fui en busca del gato. 
Efectivamente estaba cerca. Agonizaba al filo de la carretera; nada se podía hacer por él. Rápidamente saqué el móvil para hacerle la foto y que la viráis aquí, pero como si me  sujetaran las manos, caí en la cuenta de que no era justo hacer aquella foto sin autorización y, sobre todo,  caí en la cuenta de que los animales también tienen privacidad y que yo no se la podía robar, aprovechando la indefensión de los últimos momentos de su vida. 
Así que, nada, no hay foto del gato, pero me siento feliz por haber estado allí en esos momentos en los que el gato no moría solo  y  un nuevo día amanecía.



Todo lo que termina me deja un poco sola, 
pero también me torna felicidad todo lo que empieza, y hoy empezó así un nuevo día.