Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

13 feb 2017

Médicos diez

Interrumpo hoy, mi biografía para  transcribirlos mi artículo de Opinión, dedicado a un gran hombre, a un gran médico.

DIARIO CCÓRDOBA/OPINIÓN
MÉDICO DIEZ
El pasado sábado. día once del presente mes de febrero, se celebró el Día del Enfermo, día que no podemos pasar por alto, ya que de alguna manera nos afecta, antes o después, a todos, causándonos, más que dolor físico, sensación a veces de abandono, de poca atención, de frialdad, etc. por parte de los profesionales de la medicina, profesión que tengo muy comparada con el magisterio.
Pero no me voy a referir, como sucede siempre, y en todas las profesiones, a censurar a médicos, enfermeros, hospitales, etcétera, que sin duda los hay con poca vocación y mala, muy mala gestión, sino que aprovecho esta ocasión, que ganas tenía, para elogiar a un excelente profesional de la medicina, a un cirujano diez, a un médico que ante todo no se olvida de su condición de ser humano. Me voy a referir y me estoy refiriendo a nuestro querido, y nunca bien elogiado, Francisco --Paco-- Sánchez de Puerta.
Lo conocí, aproximadamente, hace unos treinta y cinco años en una complicada, en aquellos años, operación de vesícula. Desde entonces, más que como médico, lo he visto como amigo, atento siempre a los enfermos sin que los festivos siquiera sean para él días de paso largo, cariñoso, atento, entregado totalmente a los enfermos de cualquier clase y condición.
El gran médico canadiense William Osler, dijo, entre sus muchas famosas frases: «Es mucho más importante saber qué tipo de paciente tiene una enfermedad que saber qué clase de enfermedad tiene un paciente, porque el buen médico trata la enfermedad y el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad». 
Esto es algo que lo sabemos casi todos, y es seguro que no lo ignora ningún profesional, pero de saberlo a practicarlo hay un paso gigante para muchos que, sin mirarte siquiera, recetan y adiós muy buenas.
No así para nuestro querido Paco Sánchez de Puerta, que sabe escuchar, mirar, empatizar con el enfermo al que unos minutos de atención, unas palabras de ánimo, de comprensión, pueden curar más que todas las recetas del mundo. Felicidades, amigo Paco. Orgullosos debemos estar, y yo lo estoy,  los cordobeses de tenerte,
* Maestra y escritora
  


12 feb 2017

Sigo con mi biografía

Sigo un poco más con peripecias que relato en mi blofearía de aquellos años de destierro en Valdepeñas. Como os conté   mi madre, sin cesar en sus rezos, decía que vivíamos gracias a milagros, y en parte, creo que algo parecido  nos sucedía.
Resulta que a cuenta de una gran “pupada” que sufrimos mis hermanos y yo, nos llevó mi  madre a visitar al médico más próximo. Alto, calvo, de rasgos exóticos  y pocas palabras. Nos reconoció de arriba abajo, descubriendo, ¡claro!, unas medallitas de la Virgen Milagrosa –Virgen de familia- que pendían de nuestros respectivos cuellos y que mi madre olvidó quitarnos para la susodicha visita. ¡Ni palabra pronunció! ¡Qué sufrimiento el de mi madre, al caer en la cuenta! Ya en la casa espera que de un momento a otro lleguen por nosotros los de la sangre corriendo a ríos por las calles y, ¡sabe Dios! Demacrada, pálida, solo ojos, balbucea temblando unas palabras: Blanquita, si me sucede algo, cuida de tus hermanos.
Llaman a la puerta. Silencio absoluto, primero, arrinconados en lo más hondo de aquella habitación dormitorio, abrazados por mi madre y tremendo pánico que se evidencia en la cara de todos que no entendemos pero presentimos algo terrible. Las llamadas se repiten como si gritaran: ¡O abrís o tiramos la puerta! Debajo de una cama, mi madre nos esconde y afronta la puerta. Se oye la voz de una mujer que dice: de parte del doctor, esto para usted y para los niños y que, si no se mejoran, vaya cuando quiera por allí.  Mi madre, con una gran cesta de alimentos, como si acabara de nacer, a un tiempo da gracias a Dios y repite: ¡Venid, hijos, venid, milagro, milagro!
Tenía yo muy pocos años pero aquella escena, como otras, al día de hoy, siguen vivas en mi memoria, y mi madre y mi padre, en la mesa estufa, sentados todos, sin televisión, sin radio, sin móviles nos  extasíanos oyéndoselas  contar aquells noches frías, muy frías de los inviernos de mi pueblo.
Y ya que estoy con los milagros, lo que sucedió a mi padre sí que fue también milagroso:
¡Pues, eso, que se encontró, nada más y nada menos que una cartera con miles de pesetas! Y la entregó, sí, porque, como banquero de profesión, y   de vocación, el dinero era para él sagrado.
La admiración de los militares de alto rango, más la recompensa, un vale para tres chuscos semanales, azúcar, arroz, galletas y algo más. Mi madre, cada semana, al recibir el paquete, exclamaba: Papá nos lo manda todo. Ni tan siquiera una miaja se ha quedado. ¡Pobre! Con lo débil que está…
Y sí que lo estaba. Gran parte del  tiempo en aquellos años los pasó en un hospital militar.


3 feb 2017

RETAZOS DE MI BIOGRAFÍA

Buenos días, amigos: hace años decidí escribir mi biografía sin ánimo de publicación alguna, pero sí para que mis hijos conocieran mi verdadera historia de vida, historia de muchos y complejos conflictos- Ante todo, mi deseo no fue, ni es otro que entiendan  -creo que ya lo han entendido- que la vida  es una gran lucha en la que unos se sitúan arriba con el pie alzado para soltar pisotones, y otros, desde abajo, sufrientes que injustamente los soportan, pero no por eso, menos fuertes. De ahí la lucha, el revelarse, el ser conscientes de que no somos  cera para moldear, sino seres humanos que nacemos y morimos por igual.
Bueno, dejo la introducción y voy  a parte de un capítulo:
Valdepeñas, zona roja, una casa grande, un lagar donde se pisaba y exprimía la uva, donde el hombre de ojos amarillos, Andrés,  por no sé qué enfermedad,  repetía a voces: Antes de que termine la guerra, tenemos que ver la sangre correr como ríos por las calles.  Me recuerdo, cada mañana, junto a su hija de largas trenzas, que desayunaba  en el gran patio de acceso al lagar. Esperaba, pacientemente, que terminara, que se levantara para, con la punta de mis dedos recoger las migajas de pan pegadas al plato que dejaba abandonado  en una improvisada mesita. En mis cortos años nada entendía pero me asustaban las palabras de aquel hombre, y la calle, una gran Avenida, escenario de mis constantes miradas, por donde esperaba ver la sangre correr, al tiempo que la noticia tan esperada del final de una  guerra de la que nada sabía y el regreso de nuestro padre y a nuestra casa del pueblo que, como a ráfagas, recordaba,  a veces,  o de la que nada sabía, otras.

Mucho, mucho horror de tanta sangre, de ríos de sangre inundando de  rojo calles y plazas. Sirenas, gente que corre, que grita: ¡Los nacionales! ¡Los nacionales! Niños espantados que, con la boca abierta miran al cielo, como miraba yo aquella mañana, cuando unos milicianos me fotografiaron. ¡Qué buen cartel  para nuestra guerra!-exclamaron.Y las cuevas, aquellos agujeros tan oscuros, tan húmedos, donde mohosos candiles débilmente llameaban, donde se apiñaban barriles con olor fuerte a vino, a maderas viejas… El estallido de las bombas nos encoge, nos corta  la respiración, nos silencian… Es como un aullido que entra por los oídos y cala de horror el alma. La voz de Andrés palpita  en ecos que reverberaban en la cabeza de todos: ¡La sangre tiene que correr por las calles!   ¡No puede haber  fin sin sangre! ¡Ríos, ríos de sangre tienen que correr!

31 ene 2017

Parte de Lesiones


DIARIO CÓRDOBA / EDUCACIÓN
Siempre he recordado, y más en estos tiempos, y me resulta incomprensible, la anécdota de mi infancia en la que por tímida, silenciosa y buena, era víctima de un grupo de niños que, al salir del colegio, me acechaban por las esquinas y se me abalanzaban en divertido trance para ellos, y tal horror para mí que apenas salía de casa. Jamás dije una palabra a mis padres ni a nadie, pero lo pasaba tan mal que, a veces, llegaba vomitando.
Bueno, pues aquello,  tan recordado como cosas de la infancia, ha pasado inconscientemente a ser considerado por mí como auténtico acoso, con lesiones de pellizcos, tirones de pelo, patadas, etc.
Y me viene esto al caso de que un día y otro oímos, vemos madres que con partes de lesiones acuden a los centros escolares a pedir explicaciones y sobre todo responsabilidades e indemnizaciones. Por supuesto que en alguna ocasión, por desgracia, la sangre ha llegado al río, pero creo que obedece a una tipología de niños, tanto agresores como agredidos, que los padres deben conocer, vigilar... por supuesto también los maestros, y así prevenir y evitar posibles consecuencias.
Lo normal es que los niños corran, se caigan, se peleen y a veces se hagan daño. ¿A quién se denuncia cuando dos hermanos se dan bocados, se pegan, tiran de los pelos, se caen, se hacen chimbombos, cardenales, etc.? Y eso ocurre, a diario, delante de nosotros, en nuestra casa.

¡Claro que tanto padres como maestros tenemos que estar atentos!, pero no podemos evitar el roce normal que se produce en el proceso de socialización. Las relaciones humanas son siempre conflictivas y la superación pacífica de estas situaciones hay que propiciarla precisamente creando ámbitos de convivencia, justicia y libertad, y no amenazando a maestros y centros escolares con partes de lesiones. La educación es otra cosa que entorpecemos a veces, con infantilismos que no van a ninguna parte.

30 ene 2017

Día Mundial dela Paz




El amanecer es un despertar del día que se extiende como bandera de paz por el mundo. 
No dejemos de mirar al cielo e izaremos la paz en nuestras vidas.


En un blog que dedico a mis nietos, les hablo de la paz, día  celebrado ayer,  30 de  enero. Y lo hago de forma sencilla  como corresponde a sus edades. Mis queridos nietos: para los que ya entendéis muchas cosas, quiero dejaros hoy, Día de la Paz, algunos pensamientos míos acerca de tan gran valor que deberíamos rotularnos en la frente: 
La paz no es la bandera blanca en un campo de batalla, que humilla al vencido y envanece al ganador,  la paz  es, en primer lugar, y quiero que lo entendáis bien, tener el coraje de  ganar esas batallitas  a las que la vida nos va enfrentando cada día. 
Vivir en paz  tampoco en vivir de brazos cruzados viendo cómo pasa la vida, la paz es una conciencia tranquila de haber hecho y dado cada día,  lo mejor de nosotros. 
La paz  no es  una palabra que esperemos  les toque  lograr a otros y nos llegue a nosotros, la paz  es una actitud, un valor que debemos  llevar izado  como antorcha  en nuestro caminar por la vida. Ser pacífico, no solo quiere decir ser tranquilo, sino evitar la violencia, los enfrentamientos, las palabras duras, la discriminación, las injusticias, la pobreza  y tantas cosas… 
No olvidéis esto: las páginas escritas en paz y amor, no hay años, ni acontecimientos que puedan bo­rrar, porque  siempre quedan ecos de nuestro vivir y actuar  grabados en el alma. Si buscáis la paz y hay que elegir, no dudéis en elegir siempre lo más bello: acertaréis porque la belleza no puede convivir con la maldad, mentira, hipocresía, con la  guerra. 
Para vivir en paz no hay que venderse a nadie.  Cuando alguien nos compra, perdemos la libertad y eso quiere decir que nos veremos obligados a vivir sin esclavos, algo que sin duda, nos robará la   paz  y la persona que no  está en paz consigo mismo será una persona en guerra con el mundo entero. –Gandhi-.