Estimados amigos: hoy os traigo un video, de cara, sobre todo, a los posibles participantes del Certamen de ls Letras, Isabel Agüera.
Se trata de una entrevista al Concejal de Cultura en la que habla de los pormenores de dicho Certamen.
https://youtu.be/x63Irucm4us
Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera
23 ago 2016
20 ago 2016
Las dos rosas
En una casa, y expuesta en un hermoso jarrón, lucía una
rosa artificial que la dueña
compró en un mercadillo.
Un día, le regalaron a la
mujer una hermosa rosa natural de color rojo aterciopelado. La mujer, cogió el jarrón y, quitando la rosa
artificial, colocó la natural de la cual
se sentía orgullosa y mostraba a cuantos visitantes llegaban a su casa.
Repetía:
Mirad qué pétalos! ¡Comprobad su perfume, su tersura...! ¡Qué belleza! ¡Tan sólo entrar
en la casa se puede percibir su existencia!
La rosa artificial,
relegada, sintió envidia y exclamó:
Pronto volveré al jarrón. Tu vida es tan
corta… Pronto, muy pronto, empezarán por ajarse tus pétalos y después, morirás
para siempre. Mi vida, por el contrario, es eterna.
La rosa natural contestó:
¿Cómo hablas de vida? Tú no sabes nada de lo que es nacer, crecer,
alimentarse, también envejecer... Tú no conoces el lenguaje de los insectos, ni
has percibido jamás los vaivenes del
viento, del frío y del calor. Tú, sí, eternamente, naciste muerta.
18 ago 2016
Carta de un joven
DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN
(A un
joven amigo) Isabel Agüera
Permíteme, querido amigo, que transcriba
unos párrafos de tu maravillosa carta que me han inducido a contestarte desde
estas páginas porque, a pesar de tu juventud, son un dechado de buen ejemplo
para los mayores tan embarazosamente angustiados con lo material y cotidiano.
«A raíz de un problema --dices-- comencé a
comprender que la vida es algo más que la rutina que llevamos, algo más que una
serie de cosas a conseguir: tener un piso, un coche, un trabajo estable, unos
hijos... Bueno, esto ya lo sabía, pero nos acoplamos a este esquema, conociendo que dentro de nosotros algo nos
dice que eso no es todo, pero no escuchamos hasta que nos ocurre algo que nos
abre los ojos y cambia la vida, porque nos damos cuenta de que, si bien todo
aquello es importante, pasa a un segundo plano, ya que nos sorprenden nuevas
preocupaciones, nuevas formas de ver la vida, y, sobre todo, un mayor interés
en descubrir eso que hay de más y aún ignoramos.
Y en mi caso me doy cuenta de que cuanto
más exploro, más se amplía el mundo, más queda por aprender, por comprender,
por aceptar..., y sobre todo más me maravillo de lo poco que sé de mí y de los
demás...».
Y tras una larga y maravillosa reflexión
terminas diciendo: «Me llena conocer gente de la que aprender y con la que
poder sentir lo especial que pueden ser las cosas...».
Todo está dicho, amigo. Poco tengo que
añadir a tus acertadas conclusiones. Ya es mucho el que hayas comprendido tanto
en tus jóvenes años. No obstante creo sinceramente que, si no hay posibilidad
de hacer otras grandes cosas, sí, al menos, mejorar la calidad de las que
hacemos. Vivir en el convencimiento de la provisionalidad que es la vida nos
eleva a una dimensión nueva donde la cotidianidad puede ser nuestra gran
oportunidad. No la dejemos escapar, porque puede que no tengamos otra.
Vive, vivamos, en plenitud los momentos posibles de felicidad por
insignificantes que puedan resultar a los ojos del mundo y cuando nos lleguen
las horas bajas, vivámoslas también en
plenitud y así tendremos poblados de momentos nuestro paso por este mundo.
Preciosa luna de agosto
16 ago 2016
EL COLOR NEGRO DE LA VIDA
En sus ojos
estaba el mar y en sus labios palabras sin sonido que se adivinaban en un leve parpadeo de sus labios. Noventa y
dos años, vestido de negro, desdentado,
de andares fatigosos y un sombrero de muchos soles que le colgaba por el
cuello. Llegó un día, al poyete donde yo me tomaba un largo respiro. Buenas
–dijo-, con su permiso.
Casi codo a
codo una especie de mutua cortesía nos mantenía en absoluto silencio. Se
levantó aire y un remolino de papeles fue el detonante de mi intromisión en
aquel hermético hombre que, eclipsado, con la mirada fija en el mar, era
ausencia y lejanía. Parece que va a cambiar el tiempo –dije-. El color del mar es casi negro. Fue
entonces, cuando tras humedecerse los labios que parecían sellados por alguna
mala historia, exclamó: señora, yo
siempre lo veo negro, muy negro. ¿Cómo es eso? ¿tiene algún problema de vista?
-pregunté ingenuamente-. No, señora, no; la vista, como los años que tengo,
vieja. Tragó saliva, unos instantes de
silencio y al fin exclamó: ¿Ve aquellos criaderos de mejillones? Están
lejos pero se ven bien. ¡Sí, si los veo! Son como dos franjas negras… ¡Eso es
–me interrumpió-, Muy negras. Un poco más adentro se ahogó mi hijo de
veinticinco años… Suspiró y volvió a exclamar: desde entonces el mar se vistió
de negro, como mi vida, como todo lo que me rodea… Se fue hace cinco años y
hasta hoy. ¡Sabes Dios!
No volví a verlo, pero en sus ojos estaba el
mar. Desde aquel día, en los míos, un joven, un niño… ahogados en la playa y no
culpa del mar, culpa de un mundo que no podemos o no queremos administrar
mejor.
Miro al cielo
y no sé qué pedir; tampoco hay un dios
responsable. Por eso os miro a vosotros, amigos, y os pido solidaridad, amor
con todos aquellos que, como el anciano de negro, lleven un drama en su mirada.
Seguro que el mundo cambiará, cuando cada uno de nosotros tiña sus ojos de esperanza.
Y hoy no tengo
más imagen que aquella que todos llevamos prendidos en la retina: la del
pequeño muerto en una playa.
13 ago 2016
Historia de vida
Se llamaba Carmen. unos diez años, delgada, de piel azulada, casi pelada al rape, ojos negros, muy negros, y pequeñitos, muy pequeñitos. Era mi primer día de destino provisional en aquel bonito pueblo.
Primer claustro primera adjudicación de alumnos. Alguien exclamó: Carmen, este curso,,le toca a Isabel que es nueva. Otro alguien, con un gesto y leve movimiento de manos, me decía; ¡anda, hija, ya vas arreglada! Y la pequeña Carmen, en aquel fatídico sorteo de alumnos, efectivamente, me tocó a mí.
Primer día de clase. Treinta y cinco alumnos de primer curso. Entre ellos destaca Carmen por estatura. Me presento, se presentan. Ella, Carmen, a su nombre añade: a una servidora no le gusta leer. Pues, ¿qué te gusta hacer? -le preguntó-. ser peluquera -contesta- y efectivamente, la observo mañana y tarde. De un lado para otro, con una peineta en la mano y un pequeño bote con agua, intenta, de pequeño en pequeño, peinarlos con chorreones de agua que provocan las consiguientes protestas y hasta lágrimas de los pequeños.
No sé qué hacer con ella. Se niega a estar sentada, a leer, a escribir... Limpia la pizarra, baja estos papeles al director, ordena el armario, etc. etc. Trató de que, al menos, no moleste a los compañeros.
Un día se me ocurre una idea: si quieres -le digo- tú me peinas a mí y, a cambio, lees un poco cada día. El trato queda "cerrado".
Y cada tarde, cuando a las cinco salen todos, ella me peina, y yo le voy señalando en una cartilla las primeras letras que repite gustosa. Así, un día y otro. Carmen empieza a leer y escribir palabras en la pizarra. Llega el fin de curso y Carmen, con atención especial, termina lista para pasar de curso. Me despido de todos y cada uno. Carmen no está. La busco y tengo que irme. Quiero verla porque mi destino en aquel pueblo era por un año.
Me llegan las siete y Carmen no aparece; tengo que irme. Rodeada de alumnos arranco el coche sin dejar de buscarla y, nada más salir del pueblo, cuando oigo todavía el griterío de la despedida, Carmen, medió escondida detrás de un árbol, me arroja por la ventanilla un manojo de jaramagos. Me detengo para abrazarla y se aleja corriendo sin mirar para atrás. Era evidente: no quería, no podía despedirse; yo tampoco.
Han pasado años. Muchos, pero sigo sintiendo la caricia de sus manos sobre mis cabellos en atardeceres de invierno,cuando tan solo unos débiles rayos de sol son testigo de aquella "clase" tan maravillosa que nunca olvidaré.
12 ago 2016
Horas difíciles
Un día muy difícil, amigos, que comparto con vosotros, sin reparo alguno, pero con un deseo: que nadie se entristezca ni lo más mínimo, porque son cosas que nos suceden a todos porque todos somos humanos y, por consiguiente, víctimas, en cualquier momento de las horas bajas o altas que se presenten.
Cinco de esta madrugada. Me despierto como todos los días y noto que, por causas varias y que no vale la pena contar, noto una oleada de desánimo total, oleada que se va creciendo por momentos y que se me aproxima con tintes de total depresión: tristeza que me ahoga, lágrimas mil que esperan les abra la puerta para inundar mis ojos, oscuridad absoluta que me inmoviliza, naúseas, mareos, miedos, torrente de negros pensamientos que golpean mis sienes y se traducen en pulsaciones que me corren de pies a cabeza. Pensamientos que torturan mi mente, ausencias que se reencarnan y adueñan de mi alma, provocàndome el daño de un lejano día.
Me desplomo en un sillón y me digo: hoy, nada, nada tengo que decir, que transmitir, nada que dar; soy tan solo un montón de ruínas. De pronto, dos repentes: un rayo de luz que entra por mi ventana. Miro al reloj: las siete, una especie de mano quiere tirar de mí. En ese mismo instante, mi nieto de doce años, que se despierta temprano y me acompaña, se asoma y me pregunta: ¿vas a bajar, abuela? Es un poco tarde. Otro repente, otra fuerza que me tira también. Sí, ya mismo nos vamos.
Y aquí estoy, frente un espectacular amanecer, repente divino que esfuma mis fantasmas y que comparto con vosotros en sus luces y sombras, valorando esas pequeñas cosas que no borran oscuridades, pero ayudan a seguir con ilusión el palpitar de los días.
(Desde este medio no puedo insertar la foto, pero la aplazó para otro dís)
Y aquí estoy, frente un espectacular amanecer, repente divino que esfuma mis fantasmas y que comparto con vosotros en sus luces y sombras, valorando esas pequeñas cosas que no borran oscuridades, pero ayudan a seguir con ilusión el palpitar de los días.
(Desde este medio no puedo insertar la foto, pero la aplazó para otro dís)
9 ago 2016
Caminos rotos
Desde el pudor de las ocho de la mañana, mi “objetivo indiscreto” estaba oculto entre una fila de coches.
Y allí silencio, arrullo de palomos, bandadas de estorninos, una iglesia, una plazoleta... Allí frente a mí una residencia de la tercera edad. De repente, balcones y ventanas se tornaron vida. Era como si personajes sin nombre, míticos, pertenecientes a otras historias, afloraran reencarnados en brazos, manos y almas que se agitaban entre barrotes y se estiraban casi al compás, desmenuzando migas de pan que provocaban remolinos de arrullos y soliviantos de alas.
En el silencio de la hora una perezosa campana, como urgente reclamo, tornó aquella extraña escena en puertas, de nuevo cerradas, en paredes blancas, en santuario de recuerdos infinitos, en vidas rotas por los años, dolores y por la dura ausencia de seres queridos.
Dentro de mi coche me sentí violadora de una sagrada privacidad que allí, entre cuatro paredes y a cuestas de vidas que ya no eran, que solo quedaba de ellas la hora maga de revuelo de pájaros y picoteo de palomos, como nube de lágrimas rotas, descargaba instantes de sueños.
Y allí silencio, arrullo de palomos, bandadas de estorninos, una iglesia, una plazoleta... Allí frente a mí una residencia de la tercera edad. De repente, balcones y ventanas se tornaron vida. Era como si personajes sin nombre, míticos, pertenecientes a otras historias, afloraran reencarnados en brazos, manos y almas que se agitaban entre barrotes y se estiraban casi al compás, desmenuzando migas de pan que provocaban remolinos de arrullos y soliviantos de alas.
En el silencio de la hora una perezosa campana, como urgente reclamo, tornó aquella extraña escena en puertas, de nuevo cerradas, en paredes blancas, en santuario de recuerdos infinitos, en vidas rotas por los años, dolores y por la dura ausencia de seres queridos.
Dentro de mi coche me sentí violadora de una sagrada privacidad que allí, entre cuatro paredes y a cuestas de vidas que ya no eran, que solo quedaba de ellas la hora maga de revuelo de pájaros y picoteo de palomos, como nube de lágrimas rotas, descargaba instantes de sueños.
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