Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

21 mar 2014

Capítulo V


(Párrafo último del capítulo anterior: Las últimas palabras que pude escuchar en mi huida fueron: ¡Mi madre es buena, hija de puta!) 

Siempre, sobre cada ser humano, 
un haz de luz que nos envuelve.
Basta saber mirar para verlo-

Jadeaba, cuando llegué a mi casa. Me sentía en las sienes latir el pecado. Me parecía que en la frente me habían crecido las palabras: mujeres malas. ¡Pobre amiga! La dejé tirada con sus fantasías. La dejé con nuestro  pacto roto. ¿La dejé?  No, no  la dejé jamás; pero me persiguió, desde aquel día, el miedo, ¡mucho miedo! 
De mi encuentro con Lucrecia en el terraplén nadie, al fin, se enteró por lo que transcurridos unos días, volví a buscarla en la casa de Falange. Impaciente la esperaba pero transcurrieron  semanas hasta que nos encontramos de nuevo.
-¿Jugamos, Lucrecia, en mi jardín? Cuando mi padre se vaya, te entro. En mi jardín hay caracolas reales, jazmines chinos, celindas… ¡Muchas rosas! ¡Muchos arriates!
-Pues, en el patio de mi casa hay macetas de geranios y gitanillas, y hay una  parra y un pozo, y un corral con gallinas y conejos, y un laurel que casi llega a las nubes…
-En mi jardín hay fuentes, estatuas... Una, muy grande es una mujer manca y  desnuda.
-¿Una mujer desnuda? ¿Y tu padre la deja? Yo en el verano duermo en cueros.
-Si quieres, la vestimos con una sábana, si quieres...
-No; me gusta más en cueros... Eso no es pecado. Además, ¡el cuerpo no es malo! Mi abuela dice que las tetas nos las ha dado Dios para criar a nuestros hijos, Y mi abuela dice que los pecados son otras cosas. Yo soy ya mujer. ¿Y tú? Y mi abuela dice que he sido mujer muy pronto pero yo no quiero ser mujer, yo quiero mejor ser hombre. ¿Y tú qué prefieres?
-Me parece que prefiero ser mujer como mi madre…
-¡Claro! Como tu madre no se tiene que acostar con hombres… ¡Claro como tu padre  tiene dinero! En mi casa, siempre, siempre, hace la comida mi abuela, y yo le ayudo a pelar patatas, y ya sé freír huevos.
-¡Vámonos, Lucrecia, a mi jardín! Te esconderé para que no te descubra Juana, la cocinera. Entre las enredaderas estaremos a salvo; te contaré el cuento del...
- Mejor nos vamos a mi casa. Allí no te va a pasar nada; allí no hay chivatos. Verás qué buenas son mi madre y mi abuela –insistió con tan humildes argumentos que no pude resistirme– Y el río está cerca pero no pasa nada. No nos vamos a asomar. ¡Palabrita!
Casi flotaba, camino de aquella casa, ubicada en una pobre calle tan cerca del río que daba miedo. Lucrecia, niña precoz en todo, adivinó mis pensamientos:
-No te asustes; yo me baño en el río, y mi madre... Y ya sé nadar, y dice mi abuela que a lo mejor me sale un novio con dinero y me lleva a vivir a una casa grande y bonita como la tuya, pero a mí me gusta ésta... Si no fuera por tantos hombres…
-¿Qué hombres? ¿Son malos? ¿Y por qué los dejáis entrar? ¿Son vuestros amigos?
-No, ¡qué va! Los odio y me tengo que bajar al sótano, pero nos dan dinero…
Un patio limpio, enlosado. Geranios y gitanillas en flor decoraban paredes y rincones, un pozo, mecedoras de lona, gatos, ¡muchos gatos! que saltaban de un lado para otro, una frondosa  parra y una mujer. Sí, su abuela, estaba  allí, sentada en una silla de anea, debajo de la parra con una canasta llena de medias y calcetines que zurcía  sobre un huevo de madera que le servía de soporte. Alta, arrugada, de sobresalientes pómulos con permanente de caracolillos en un pelo cano total, con grandes ojos perdidos en una extraña lejanía y una arcaica distinción que se podía adivinar en su cuerpo erguido, a pesar de los años, que seducía e inspiraba confianza y respeto, propietaria de aquel pobre burdel.
-Esta es mi amiga, abuela, la que te dije, la del médico, María.  
Levantó la mirada. Sus grandes y profundos ojos se clavaron en mí y con una desafiante serenidad y una evidente voz aguardentosa, dijo:
-¿Sabe tu padre que has venido?
-No, no lo sabe,  pero no se va a enterar –contestó Lucrecia con total rotundidad-; aquí no hay chivatos.
 -Pues, anda, dale pan y chocolate  y que se vaya. Tu madre ha dejado la merienda en la cocina
-¿Que está con el Borgio? Cuando sea mayor lo mato por pegar y dar voces a mi madre.
-¡Despide a tu amiga y bájate al sótano! -exclamó la abuela con unas lágrimas en los ojos.

18 mar 2014

Yo tuve una amiga prostituta. Capítulo O IV

                      
  Para ti, Lucrecia esta preciosa rosa. Tú no tuviste años de pétalos en esplendor, porque  naciste, por mala pata del destino, ajada. 
Pero yo guardo en el alma, el perfume de tu noble corazón.



ÚLTIMO PÁRRAFO DEL CAPÍTULO III: Sí, Lucrecia,  mala hierba, hija del pecado, parto de una mujer de aquellas que se ganaban la vida en la Calle del Río, vestidas con batas largas, que fumaban y pecaban con los hombres y que daban a luz hijos sin padres, fue mi compromiso precoz, y hasta osado, con la vida)


Era una tarde de vacación de jueves. Las calles del pueblo, húmedas por el vaho del Guadalquivir, empezaban a ser oscuras, pegajosas, nostálgicas... Pasos de arrieros, cabreros, aguadores que se simultaneaban en un perezoso bullir de pregones por las esquinas. Fue en aquella casona del callejón de la iglesia que hacía esquina con la fuente, la que tenía banderas en el balcón: la casa de Falange, hogar posible de casi todas las niñas  
 -¡Ha venido una nena nueva! -voceó alguien- Una nena de la Calle del Río; es la hija de una mujer mala.
 Instintivamente mis ojos la buscaron. Sí; estaba allí, sola, en un arcaico pupitre, trajinando con las fichas de un viejo parchís. Su piel era de un  blanco azulado transparente. Sus ojos, saltones, con rojizos ribetes, pero  lo más sobresaliente de aquel  espigado cuerpo de unos diez años, eran  unas largas trenzas rubias de bote.
-¿Cómo te llamas?-le pregunté tímidamente-. ¡Pchs... ! Como las gatas: Lucrecia -contestó con voz más grande que sus años y mientras se rematabas una trenza que se le deshacía-. Los nenes me llaman sapo, y un amigo de mi madre me dice la borgia.
-¿Y eso qué quiere decir?
-No lo sé, y mi madre tampoco lo sabe, pero mi abuela dice que es algo así como un apellido de cosas malas.
 ¡Me gusta tu nombre! -exclamé como si no hubiera escuchado sus últimas palabras- ¡Lucrecia es un nombre bonito! ¿Jugamos a pintar nubes? ¡Mira, mira!; hay borreguitos en el cielo.
-¿Borreguitos en el cielo? ¿Dónde? ¡Yo no veo nada! –exclamó, asomándose a la ventana- Hay muchas nubes. ¡A lo mejor llueve! ¿Y tú cómo te llamas? ¿Y cuántos años tienes?
-María, como la  Virgen -contesté con la timidez que me caracterizaba-, y tengo los mismos años que tú.
-Mi abuela dice que María nos llamamos todas las mujeres, y mi abuela dice que la Virgen tiene muchos nombres porque la que hay en la ermita se llama Estrella, y mi abuela dice que nos ayuda pero yo la he visto y es un palo.
-¿Un palo? –pregunté sorprendida- Es la Virgen, y mi madre es la camarera.¡No digas eso de la Virgen que es pecado!
-Pecado es robar y matar, pero la Virgen es un palo. ¡Pecado! –exclamó riendo en una
desentonada carcajada
-Bueno, ¿nos vamos  al terraplén de los Grupos?                   
-¿Es que eres mi amiga? Yo no tengo amigas. A mí nadie me quiere. Como vivo en la Calle del Río...
-Yo sí te quiero y podemos ser amigas, pero no digas que la Virgen es un palo.
-¿Tú mi amiga? ¿Y si se entera tu padre? Seguro que te castiga. Tu padre es el médico, ¿no? Tu padre tiene dinero; seguro que te castiga.
-Mi padre no se va a enterar. ¡Vámonos ya!  
Cogidas de la mano, corrimos por aquellas calles preñadas de otoño por las que  ya se auguraba el olor  de castañas asadas, braseros humeantes de alhucema, chasquido de burros acarreando aceituna a los molinos, palabrotas de los arrieros…
En un santiamén nos plantamos en el terraplén, tras los Grupos Escolares. Allí, tendidas boca arriba en el pasto, cuyos tonos se confundían con los pardos ya   de la tierra,  que exhalaba húmeda  fragancia, jugábamos y trazábamos garabatos en el aire. Las campanadas del Ángelus confirmaban la avanzada hora del crepúsculo.
Nuestras almas de niñas, nuestros pequeños cuerpos, aupados en una insólita  dimensión, pegados el uno al otro, sellaban un pacto: Siempre seremos amigas. De pronto, de la nada, del silencio, surgió súbitamente un cuerpo, una mirada, una voz, una mujer que, desde los rigores de un luto, anatematizó, mirándome fijamente:
-¡Ya le diré yo a tu padre con quién  andas, María! ¿No sabes que ésta es la hija de una mujer mala de las de la Calle del Río? ¡Para qué cuando tu padre se entere!
Un solivianto nos puso de pie.
-¡Corre, corre!  -exclamó Lucrecia, al tiempo que increpaba desenvuelta a la oscura mujer– Mi madre no es mala. ¡Eso será la tuya, vieja fea! ¡Corre, María, antes de que se chive esta bruja! ¡Que no se entere tu padre! ¡Dile que estabas con la boticaria! ¡Dile que esta mujer es una mentirosa!
Las últimas palabras que pude escuchar en mi huida fueron: Mi madre es buena, hija de puta

16 mar 2014

Yo tuve una amiga prostituta. Capítulo III




                     Lucrecia, amiga: si vives, si encuentras la botella-mensaje que aquel día arrojé al mar de la vida, sabrás que no, que jamás te perdí, que sigues viviendo en mí.


(Párrafo del capítulo II:
Vámonos! -exclamé cogiéndola por un brazo que, ausente y abotagada, parecía perdida, lejana en la triste e incompresible historia de su vida- ¡Aquí ya no hacemos nada! ¡Qué pena de mi Miguel! ¡Qué pena! –repetía)

A lo lejos relampagueaba. Olía  a tierra mojada y un aire fresco me hizo respirar hondo, al tiempo que nos cruzábamos con mujeres enlutadas que entraban al cementerio con sendos ramos de flores. Caminábamos sin palabras. Lucrecia con la vista vuelta sin cesar hacia aquel lugar donde fueron arrojados los restos de su hijo, suspiraba. y repetía: ¡Qué pena de mi niño! Era bueno, era cariñoso… ¿Cómo fue? –pregunté en un intento de relajar la situación. ¿Qué le pasó? Le entró una enfermedad mala en el colegio. Decían los médicos que era una herencia y no hubo remedio. ¿Tienes otro, no? ¿Dónde está? ¿Cómo se llama? Sí, es el hijo de Andrés, pero nunca  lo ha reconocido. Se llama Antonio y está en un colegio.  ¡Es más guapo!
Los campos empezaban a verdear, y algunos precoces pájaros emigrantes surcaban los cielos grises de aquella insólita mañana. A punto estuve de preguntarle dónde  vivía y con quién, pero me limité a una  rutinaria oferta: ¿A dónde te llevo? –pregunté con la puerta del coche abierta.
La vi titubear antes de contestar y como si estuviera inquieta por algo: No me tienes que llevar a ninguna parte. Yo me voy otra vez en el autobús. Quiero llegarme al colegio  a ver a mi Antonio. Casi por compromiso, añadí: ¿Quieres venir a comer a mi casa? Ahora vivo en un piso. ¡No, no...! –se precipitó a contestar sin más comentarios- ¡Bastantes problemas os he acarreado ya a Fernando y a ti. Eso  se acabó. No te preocupes; estoy bien. Os deseo todo lo mejor.
No quise añadir ni un ápice de dolor más a su situación, contándole el fallecimiento de Fernando y mi estado actual de soledad.
Y aquella  mañana, cuando nos despedimos y Lucrecia se alejó, tuve un fatal presentimiento: No volvería a verla. Se perdió en la vorágine de tráfico de la hora punta de la mañana en dirección a la parada del autobús. No obstante, por el espejo retrovisor pude observar cómo cambiaba de rumbo y se reunía con un hombre oscuro que le hacía señas a pie de una pobre moto.
Y yo recordaba aquella lejana tarde de vacación de jueves. Las calles del pueblo, húmedas por el vaho del Guadalquivir, empezaban a ser oscuras, pegajosas, nostálgicas... Pasos de arrieros, cabreros, aguadores que se simultaneaban en un perezoso bullir de pregones por las esquinas….
Sí,  Lucrecia,  mala hierba, hija del pecado, parto de una mujer de aquellas que se ganaban la vida en la Calle del Río, vestidas con batas largas, que fumaban y pecaban con los hombres y que daban a luz hijos sin padres, fue mi compromiso precoz, y hasta osado, con la vida