Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

16 feb 2017

Sigo con mi biografía

Siempre asustada mi madre –la recuerdo como una niña con sus maravillosos ojos grandes muy abiertos-, de vez en cuando, en días de nada para comer, nos cogía de la mano y exclamaba: ¡Vamos al cuartel
Y  aquel cuartel, lejos de nuestra casa, era un portón desde el que se veían suelos empedrados y algún que otro soldado que a mí, personalmente, se me antojaba algo así como un ser prodigioso.
Apontocados en dos grandes escalones de acceso, esperábamos la hora del plato, del rancho que era anunciada hacia las dos de la tarde con una campana que movilizaba a la escasa tropa allí atrincherada y que se dirigían no sé a dónde pero con un plato de metal  de plata –decía yo-, en la mano.
Mi madre se retiraba y, sin perdernos de vista, se escondía lo más cerca posible de nosotros que, con las manos extendidas, esperábamos la compasión de aquellos humildes soldados que casi siempre se apiadaban de nosotros y de otros niños que acudían con el mismo fin, obsequiándonos con algún bocado de pan de higo o de carne de membrillo que sabía, lo recuerdo bien, a jabón, a moho, a algo desagradable pero que recibíamos como agua del cielo.
Y satisfecha, mi madre, sus palabra siempre entre dientes: ¡Algo es algo, hijos! Hay que dar gracias a Dios… ¡Nunca nos falla!
También sucedió que mi padre, enfermo y en el hospital militar, encontró una cartera con bastante dinero pero siendo, como era, la personificación de la honradez, la entregó a los militares  de alto rango que lo premiaron con un vale de comida que semanalmente recogía del economato  y nos nadaba íntegro: ¡Pobre papá –decía mi madre-, con lo débil que está y nos lo manda todo! 
Premio la fe de mi madre! Jamás la perdió, y si tengo que ser sincera, creo que llevaba razón: alguien, algo acudía siempre en nuestra ayuda, cuando los momentos eran negros, tan negros como el carbón.

14 feb 2017

Sigo con mi biografía

Me resulta difícil expresar cuánto quería a mi madre. El miedo a perderla, aunque sólo fuera por unos días, me torturaba. Recuerdo que tristes eran para mí los fechas que precedían su ida a marmolejo a tomar las aguas. Preparaba  las maletas con tiempo, y yo deambulaba por la casa inquieta, conteniendo con rabia lágrimas que nublaban mis ojos cada vez  que me parecía presentir que  le agradaban aquellos viajes y que se recreaba  preparando la maleta roja que pasaba días y días abierta sobre la descalzadora de su dormitorio.
Allí, en el cuarto de los baúles, donde las golondrinas cada año regresaban a sus nidos, recostada en un viejo sofá de la abuela, me quedé paralizada, escuchando el claxon del coche que se alejaba, con las manos engarrotadas y apretando contra mi pecho las llaves que mi madre me había confiado, como si nada a mi alrededor fuera real, como si todavía  fuera presente el instante  de su beso que seguía fresco en mis mejillas.
En el patio cubierto paloteo del servicio en tono desacostumbrado y  que se simultaneaba con escandalosas carcajadas. Me entristecía este desorden, esta confianza como de quién no teme ser escuchado, como de quién se queda a sus anchas y total libertad. 
 Anita, la costurera, con voz de triple, comenta: Isabel está arriba, como siempre encerrada en el cuarto de los baúles o en el palomar. ¡Es tan rara que ni ha bajado a despedir a su madre! Ésa no se entera de nada, y si se entera, ya va siendo hora de que espabile.
Un fuerte nudo aprieta mi garganta. De mis ojos comienzan a caer lágrimas que corren por mis mejillas y entran en mi boca. Estática me las voy tragando como si su sabor salado  consolara la ponzoña de mi alma. En mi corazón abatido por tanta soledad y abandono, brota como un fuerte latido, un suspiro que se escapa de mis labios en suave balbuceo: ¡Mamá! 
Anocchece. Las golondrinas dejan de piar. Tengo la sensación de que estoy sola en la casa, y aquel silencio, que no sé desde cuando dura, me lleva a regresar como de un desmayo. Todo vuelve a ser real. Allí, arrinconado, el collar de hormigas  de Terete, la amiga de Blanca. ¡Qué poco me gusta aquella niña que ata latas a las colas de los gatos y ensarta hormigas en un hilo!  Guillermo, el músico vecino, toca el piano.  

En el comedor permanece todavía la taza de manzanilla de mamá y restos de galletas en un pequeño plato,  y la silla arrimada a la mesa… Huele a su perfume, pero ella no está y me siento tan perdida que me invade, de nuevo, un torrente de lágrimas. Con un ganchillo del pelo marco la silla, aquella donde ella estuvo sentada, y que será la mía hasta que regrese

13 feb 2017

Médicos diez

Interrumpo hoy, mi biografía para  transcribirlos mi artículo de Opinión, dedicado a un gran hombre, a un gran médico.

DIARIO CCÓRDOBA/OPINIÓN
MÉDICO DIEZ
El pasado sábado. día once del presente mes de febrero, se celebró el Día del Enfermo, día que no podemos pasar por alto, ya que de alguna manera nos afecta, antes o después, a todos, causándonos, más que dolor físico, sensación a veces de abandono, de poca atención, de frialdad, etc. por parte de los profesionales de la medicina, profesión que tengo muy comparada con el magisterio.
Pero no me voy a referir, como sucede siempre, y en todas las profesiones, a censurar a médicos, enfermeros, hospitales, etcétera, que sin duda los hay con poca vocación y mala, muy mala gestión, sino que aprovecho esta ocasión, que ganas tenía, para elogiar a un excelente profesional de la medicina, a un cirujano diez, a un médico que ante todo no se olvida de su condición de ser humano. Me voy a referir y me estoy refiriendo a nuestro querido, y nunca bien elogiado, Francisco --Paco-- Sánchez de Puerta.
Lo conocí, aproximadamente, hace unos treinta y cinco años en una complicada, en aquellos años, operación de vesícula. Desde entonces, más que como médico, lo he visto como amigo, atento siempre a los enfermos sin que los festivos siquiera sean para él días de paso largo, cariñoso, atento, entregado totalmente a los enfermos de cualquier clase y condición.
El gran médico canadiense William Osler, dijo, entre sus muchas famosas frases: «Es mucho más importante saber qué tipo de paciente tiene una enfermedad que saber qué clase de enfermedad tiene un paciente, porque el buen médico trata la enfermedad y el gran médico trata al paciente que tiene la enfermedad». 
Esto es algo que lo sabemos casi todos, y es seguro que no lo ignora ningún profesional, pero de saberlo a practicarlo hay un paso gigante para muchos que, sin mirarte siquiera, recetan y adiós muy buenas.
No así para nuestro querido Paco Sánchez de Puerta, que sabe escuchar, mirar, empatizar con el enfermo al que unos minutos de atención, unas palabras de ánimo, de comprensión, pueden curar más que todas las recetas del mundo. Felicidades, amigo Paco. Orgullosos debemos estar, y yo lo estoy,  los cordobeses de tenerte,
* Maestra y escritora
  


12 feb 2017

Sigo con mi biografía

Sigo un poco más con peripecias que relato en mi blofearía de aquellos años de destierro en Valdepeñas. Como os conté   mi madre, sin cesar en sus rezos, decía que vivíamos gracias a milagros, y en parte, creo que algo parecido  nos sucedía.
Resulta que a cuenta de una gran “pupada” que sufrimos mis hermanos y yo, nos llevó mi  madre a visitar al médico más próximo. Alto, calvo, de rasgos exóticos  y pocas palabras. Nos reconoció de arriba abajo, descubriendo, ¡claro!, unas medallitas de la Virgen Milagrosa –Virgen de familia- que pendían de nuestros respectivos cuellos y que mi madre olvidó quitarnos para la susodicha visita. ¡Ni palabra pronunció! ¡Qué sufrimiento el de mi madre, al caer en la cuenta! Ya en la casa espera que de un momento a otro lleguen por nosotros los de la sangre corriendo a ríos por las calles y, ¡sabe Dios! Demacrada, pálida, solo ojos, balbucea temblando unas palabras: Blanquita, si me sucede algo, cuida de tus hermanos.
Llaman a la puerta. Silencio absoluto, primero, arrinconados en lo más hondo de aquella habitación dormitorio, abrazados por mi madre y tremendo pánico que se evidencia en la cara de todos que no entendemos pero presentimos algo terrible. Las llamadas se repiten como si gritaran: ¡O abrís o tiramos la puerta! Debajo de una cama, mi madre nos esconde y afronta la puerta. Se oye la voz de una mujer que dice: de parte del doctor, esto para usted y para los niños y que, si no se mejoran, vaya cuando quiera por allí.  Mi madre, con una gran cesta de alimentos, como si acabara de nacer, a un tiempo da gracias a Dios y repite: ¡Venid, hijos, venid, milagro, milagro!
Tenía yo muy pocos años pero aquella escena, como otras, al día de hoy, siguen vivas en mi memoria, y mi madre y mi padre, en la mesa estufa, sentados todos, sin televisión, sin radio, sin móviles nos  extasíanos oyéndoselas  contar aquells noches frías, muy frías de los inviernos de mi pueblo.
Y ya que estoy con los milagros, lo que sucedió a mi padre sí que fue también milagroso:
¡Pues, eso, que se encontró, nada más y nada menos que una cartera con miles de pesetas! Y la entregó, sí, porque, como banquero de profesión, y   de vocación, el dinero era para él sagrado.
La admiración de los militares de alto rango, más la recompensa, un vale para tres chuscos semanales, azúcar, arroz, galletas y algo más. Mi madre, cada semana, al recibir el paquete, exclamaba: Papá nos lo manda todo. Ni tan siquiera una miaja se ha quedado. ¡Pobre! Con lo débil que está…
Y sí que lo estaba. Gran parte del  tiempo en aquellos años los pasó en un hospital militar.


3 feb 2017

RETAZOS DE MI BIOGRAFÍA

Buenos días, amigos: hace años decidí escribir mi biografía sin ánimo de publicación alguna, pero sí para que mis hijos conocieran mi verdadera historia de vida, historia de muchos y complejos conflictos- Ante todo, mi deseo no fue, ni es otro que entiendan  -creo que ya lo han entendido- que la vida  es una gran lucha en la que unos se sitúan arriba con el pie alzado para soltar pisotones, y otros, desde abajo, sufrientes que injustamente los soportan, pero no por eso, menos fuertes. De ahí la lucha, el revelarse, el ser conscientes de que no somos  cera para moldear, sino seres humanos que nacemos y morimos por igual.
Bueno, dejo la introducción y voy  a parte de un capítulo:
Valdepeñas, zona roja, una casa grande, un lagar donde se pisaba y exprimía la uva, donde el hombre de ojos amarillos, Andrés,  por no sé qué enfermedad,  repetía a voces: Antes de que termine la guerra, tenemos que ver la sangre correr como ríos por las calles.  Me recuerdo, cada mañana, junto a su hija de largas trenzas, que desayunaba  en el gran patio de acceso al lagar. Esperaba, pacientemente, que terminara, que se levantara para, con la punta de mis dedos recoger las migajas de pan pegadas al plato que dejaba abandonado  en una improvisada mesita. En mis cortos años nada entendía pero me asustaban las palabras de aquel hombre, y la calle, una gran Avenida, escenario de mis constantes miradas, por donde esperaba ver la sangre correr, al tiempo que la noticia tan esperada del final de una  guerra de la que nada sabía y el regreso de nuestro padre y a nuestra casa del pueblo que, como a ráfagas, recordaba,  a veces,  o de la que nada sabía, otras.

Mucho, mucho horror de tanta sangre, de ríos de sangre inundando de  rojo calles y plazas. Sirenas, gente que corre, que grita: ¡Los nacionales! ¡Los nacionales! Niños espantados que, con la boca abierta miran al cielo, como miraba yo aquella mañana, cuando unos milicianos me fotografiaron. ¡Qué buen cartel  para nuestra guerra!-exclamaron.Y las cuevas, aquellos agujeros tan oscuros, tan húmedos, donde mohosos candiles débilmente llameaban, donde se apiñaban barriles con olor fuerte a vino, a maderas viejas… El estallido de las bombas nos encoge, nos corta  la respiración, nos silencian… Es como un aullido que entra por los oídos y cala de horror el alma. La voz de Andrés palpita  en ecos que reverberaban en la cabeza de todos: ¡La sangre tiene que correr por las calles!   ¡No puede haber  fin sin sangre! ¡Ríos, ríos de sangre tienen que correr!