Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

7 nov 2016

Dónde vas pequeño


DIARIO CÓRDOBA/OPINIÓN
Isabel Agüera

Difícil, pequeño mío, expresar en estas breves líneas tan profundos y variados sentimientos como los que me violentan esta mañana cuando te veo caminando cargado de libros hacia el instituto. Sí, ¡claro que he llorado!, pero de rabia, de impotencia y hasta de miedo porque, ¿dónde vas con tus doce años recién cumplidos, cargado, que caminabas encorvado, con unas mochila sobre tus débiles espaldas que pesa más que tú? ¿Dónde vas, camino de un instituto que te viene demasiado grande para tus pocos años? Rabia e impotencia y no porque hayas crecido, sino porque, nervioso, aturdido, reflexivo irás y vendrás entre tu grupo de compañeros, tan nerviosos y aturdidos como tú, a un escenario, cuya pasarela no debería ser todavía tu destino porque, a pesar de tus rabietas, tus aparentes precocidades de adolescente, no eres más que un niño, un pequeño que, abrumado por tantas responsabilidades, vas perdiendo tu espontaneidad y perenne sonrisa. Rabia e impotencia, sí, porque no somos capaces de inventar una enseñanza más acorde con tus gustos, intereses, con tu edad, una enseñanza más creativa e ilusionante y porque no somos capaces de crear un mundo mejor donde te sientas seguro y puedas crecer siendo tú sin tener que ceder jamás ante el miedo o la intimidación por parte de los gigantes que acecharán tu bondad e ingenuidad para hacerte su presa. En esta mañana, con todo a punto para tu asistencia a ese centro donde, como casi adulto, te tratarán y evaluarán, quiero decirte algo: la vida es para todos una gran aventura, y tú has comenzado ya a protagonizar la tuya. Demasiado pronto, sí, pero trata de rotular a tu manera palabras que no dejen en blanco ni una sola página de tu existencia: ilusión, trabajo y amor. 
¡Venga, mi niño, y adelante! Como las gaviotas que veíamos este verano, no te ahogarás en la tempestad, porque tienes alas y podrás remontarlas siempre. Y entre tanto, tu abuela, como hizo desde el primer día de su magisterio, te promete seguir luchando por un cambio radical en el que se priorice lograr una enseñanza más humanizada y creativa.  

5 nov 2016

Fragmento: Plaza de la Corredera


  
 De mi novela "BUSCANDO  EN LA VIDA"
 
Plaza  de la Corredera ayer   y hoy


Media luz de otoño. Hay un halo  triste y tenso en el aire de esta vieja Plaza  Corredera. Cuando era niña oía contar a los  mayores que, en esta plaza, se escondían toda clase de maleantes y “mujeres de la vida”. Busco con la mirada vestigios de lugares ocultos: subterráneos, cloacas…  Aquí, a no ser por dentro de estos portalones cerrados o de estas colmenas, nichos, poblados de pobre gente, todo es normal: voces, palmas, transistores, ruido de botellas, niños que lloran, balcones chorreando gitanillas y geranios, canarios, antenas... No obstante, me daría miedo encontrarme aquí sola en la noche. Hay en el ambiente como un preludio de encantamiento, y yo, tan propicia a la fantasía, ¿qué no podría imaginar en cualquier rincón de esta Córdoba llena de leyendas y hechizo?
A la memoria me viene la calle Fernando Colón, tan cerquita de esta Plaza, con su olor característico a vinagre, y la casa del tío Juan, hermano de papá. Era nuestra residencia cada vez que veníamos a Córdoba.
Recuerdos: un piano, una muñeca de “carne” encima del piano, la colección de cuentos  de Grimm, que me apasionaban, grandes mecedoras de rejilla, servilletas limpias en las comidas, oliendo a plancha y a jabón verde, olorosos plátanos de postre.
Levanto la vista de mis papeles y, un reloj viejo parado en las doce, me recuerda la hora: son las siete; debo irme. Se me han quedado los pies helados. Doy la vuelta para salir. En medio de la Plaza, perros viejos que husmean,  junto a una farola y en la puerta de una mísera tabernilla, un niño
casi recién nacido, orondo, medio en cueros, de color, patalea y llora tendido   en un pedazo de camastro. Me dan ganas de cogerlo, de abrigarlo, de acariciarlo... Una vieja cadavérica, le mete en la boca una “muñequilla” chorreando algo. Unos metros más y una mujer mal encarada, sentada en el “rebatillo” de la plaza, con zapatillas rojas y calcetines naranja, cepilla la pelliza de un hombre lisiado que la mira..

4 nov 2016

Ruego al amanecer



Amanecer cálido el de esta madrugada en preludio de lluvia que nada más salir –seis menos cuarto de esta mañana- noto  chisporrotear, ya, sobre mi cabeza. Me detengo a respirar profundo como si quisiera  tragarme, eternizar la mágica hora de semáforos, silencios, luces serenas de mi Avenida. Alguien se me cruza y exclama: ¿Hace “fresquete”, Isabel y hay que cuidarse!. ¿Dónde vas a estas horas? A vivir –le contesto-, y sí, hay que cuidarse para vivir, pero no vivir para cuidarse.
Y un soplo de extraña felicidad, ausente de la dura realidad que también me acompaña, alienta en mi alma un profundo deseo de vivir. No –me digo-, no quiero morir, quiero vivir, vivir…
Y en esos repentes que nacen en el halo de cualquier sentimiento que te conmueven, sin esperarlos, en cualquier instante,  sentada junto a un gran ventanal de mi cafetería, al negro cielo que tengo  por  horizonte, un ruego que dirijo a un dios y a mí misma, verbalizo interiormente un ruego que después, y para vosotros, escribo en mi libreta de notas:

RUEGO
No quiero ir a ese lugar maravilloso,
donde dicen que moras, Dios,
si allí no puedo sentir este aire fresco del amanecer,  el chisporroteo de la lluvia, el dolor y la esperanza, si allí no puedo sentir solidaridad con la pobreza, la injusticia, el desamor..,  si allí no puedo escuchar los casi divinos coros de ópera, el murmullo del jardín, el rumor de las olas, el rugir del viento, el trinar de los pájaros, la carcajada de un niño, el doblar o repique de campanas, los rezos  de un claustro…
 No, yo no quiero ir allí, Dios, contigo,
si no puedo ser testigo de amaneceres y crepúsculos,
si no puedo ver lunas y estrellas,
si mis ojos se ciegan  a paisajes, horizontes,
huellas, primaveras,  otoños, montes,  valles...

No, yo no quiero ir allí, Dios, contigo,
si mis labios no pueden ser besos,  sonrisas, palabras...
si mis manos no pueden ser  caricias, apoyo, pincel...
si  mis manos no me sirven para escribir un verso...

Pero escucha, Dios, si como dicen,
Tú eres el Creador de este universo infinito
seguro que Tú, ¡sí, sólo Tú! eres mi música, mi flor,
mi noche y mi día, mi cielo, mi mar... mi amor.

Y si es así, ¿sabes?,  estoy lista para irme ya contigo,
sí, allí donde para siempre pueda gozar
de tantas pequeñas maravillas....

Pero déjame un  poco  más, uno largo, siquiera
para que siembre mi  maceta de albahaca
aquella que tengo pendiente,
aquella que sueño en los ojos de cada niño, de cada anciano, 
sí, aquella que sueño   en los ojos del mundo cada madrugada.

                    


1 nov 2016

Frente al cementerio


  Estrenamos mes con un día de los Santos, día de castañas asadas, paseos, estreno de abrigos y braseros -en mis años de niña-, día de gachas y torrijas, día, para el pueblo, en general, de cementerios que este día se transforma en vulgar mercadillo de culto a los muertos.
Al poco de fallecer mi marido, una tarde, noche ya, me detuvo un atasco casi a las puertas del cementerio de San Rafael. En el cielo, rozado la copa de los cipreses, una inmensa luna llena. Emocionada ante aquel espectáculo que me provocaba un éxtasis de sentimientos, escribí lo que sigue. Es solo el repente de unos minutos de ausencia tal que llegó el desatasco y sin darme cuenta, ni oír la pitada de los que me seguían, escribía y escribía sin levantar la cabeza, hasta que alguien, golpeándome la ventanilla, me gritó: ¡señora, que no está en el wáter de su casa!
 Bueno, bueno, sonrisas, lágrimas y una inmensa pitada.
Y el escrito que, según el hombre, tendría que haber escrito en el wáter de mi casa.
FRENTE AL CEMENTERIO
Ocho de la tarde de un día muy frío. Atasco de coches, frente al cementerio de San Rafael.
Demasiada noche, demasiado frío, demasiados recuerdos…
Y yo, palpitaciones, miedos, escalofríos.
Una lápida, flores, besos, suspiros, oraciones...
Unas renovadas y eternas interrogante: ¿por qué él muerte? ¿por qué yo vida? ¿por qué música, palabras... lágrimas, yo?
¿por qué cipreses, mármoles, coronas… oscuridad, él?
De repente, la luna, ¡siempre la luna!, grande, redonda, llena
nacía coronando aquel mundo de tinieblas hacia el que mis ojos, desde el atasco, miraba en éxtasis de nostalgias infinitas.
Y en mi soledad, en mi camino negro, un surco de esperanza,
un rayo de luz que retornaba mi rostro al sol, dejando atrás tumbas… muerte.
Sí, reconocía la llamada del más allá en esta noche de luna de otoño llena que he visto coronar la cabeza de todos los muertos del mundo.
Pero era mentira: él, los muertos, no estaba allí; tan sólo la luna,
porque, como la brisa en el pétalo de la rosa, como el néctar en finos labios de la mariposa…él seguía latiendo fresco, vivo en el tallo de mi alma, orlando de lunas llenas mis entrañas.

Frente al cementerio de San Rafael. Fin de semana. En un atasco de coches, en noche de luna llena he comprendido algo: la muerte no se lo lleva todo, la muerte, más que le pese, no puede aniquilar el hechizo eterno del AMOR.

Reportaje del Cementerio de la Salud en Córdoba en reportaje demi hijo, Ramón Azañón Agüera 
Cementerio digno de visitar por sus antiguas y artísticas  panteones.