Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

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28 abr 2015

La caída de Goliat

Amigos/as: buenos días.
Hoy hago paréntesis y os transcribo mi artículo de Diario Córdoba.  

DIARIO CÓRDOBA/OPINIÓN
28/4/2015
Tras contar a los alumnos la historia de David y Goliat, una niña me preguntaba: ¿y por qué era gigante? ¿y por qué era malo? ¿y por qué lo mataron? ¿y por qué sus amigos no lo defendieron?
Hoy, cuando el escándalo Rato copa medios, corros y corrillos, las preguntas de aquella niña me crecen y se me multiplican. No creo que alguien pueda interpretar este artículo ni de político, ni mucho menos como justificación de un delito, pero dadas por descontadas estas obviedades, quiero hacer en voz alta una reflexión acerca de tan lógicas interrogantes: ¿quién le dio a este señor tanto poder y no lo vigiló? ¿Y por qué hoy lo abandonan sus amigos e incluso hacen leña, astillas de este Goliat caído?
Preguntas muchas que, por supuesto, casi todos podemos contestarnos e incluso condenar al fuego eterno, pero hay algo que sí me toca las fibras más sensibles: soy hombre, mujer y nada humano me es ajeno ni por bueno ni por malo. Hay una frase de un escritor mexicano que dice: Cada ser humano es un ritmo propio en el universo, frase que viene a decir otra que me resulta increíblemente bella: Cada uno de los átomos de carbono que componen el cuerpo de las personas y el nuestro se formó en el corazón de una estrella.
No puedo afirmar ni negar lo que puede haber de cierto o de poético en esto, pero realmente me siento hermanada con cada pequeña estrella que luce en el universo.

Y es por ello que no me alegro, ni brindo con champán con las desgracias de alguien y las súper repetidas imágenes de este señor, llamando en el portero de su casa, rodeado, acosado, insultado, humillado... me emocionan y sé qué difícil puede ser entenderme. 
Todo delincuente merece un juicio y una condena ejemplarizante, pero todo delincuente sigue siendo un ser humano, una tal vez muy pequeña estrella. que podemos apagar definitivamente en ese universo de todos, con nuestros impulsos ciegos de odio y deseo de venganza. 
Sí, yo también odio el delito pero compadezco al delincuente.

21 may 2009

MICROCUENTO

CAMBIO DE PRISIÓN


El despliegue policial para el transporte de presos era impresionante. Dentro de mi coche observaba, al tiempo que mis reflexiones y también mis lágrimas me asfixiaban en un vaivén de pensamientos, cuya dirección no era otra que la de aquel alumno, adolescente él, que pasó un mes en el aula de uno de mis muchos destinos.
¡Tan sólo un mes!, porque la mala pata de una gripe me ausentó de mi trabajo. Cuando regresé ya no estaba: había sido expulsado.
Padres permisivos y despreocupados, maestros que sólo tuvieron para él palabras de reproches y rincones de castigo, calle que lo contaminó del ambiente fácil de la delincuencia y sociedad que lo anatematizó y condenó a la pena máxima para un joven: privación de libertad e internamiento en no sé qué cárcel de España.
Aquel chaval, torrente de feroz adolescencia, era, cuando lo conocí, herida sin drenar, agujero negro, por donde, no obstante, un rayo de esperanza oteaba por el universo de su mirada, mezcla de picardía y ternura.
Y mis lágrimas, al recordarlo, era, son, como una incesante súplica: No, él no precisaba coches blindados, ni esposas, ni grilletes... Él sólo hubiera necesitado, y puede que aún lo siga necesitando, un poco de amor.
En esta noche de luna llena, donde con tantos amigos me conjuro, él sigue siendo presencia viva en mis pensamientos.
Mañana esta cárcel estará vacía y presta para ser convertida en solar.
No pido para mí, al menos por esta noche, riquezas, ni amor, ni amigos que me correspondan; no quiero nada. Sólo deseo, sí, un cielo como techo y un camino para los pies de tantos delincuentes que, entre todos, los expulsamos del escenario de la vida y los condenamos a grilletes, lejos, muy lejos, de la libertad. ¡Dios qué pena!