Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

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8 jun 2015

Carta a mis hijos, tras mi accidente



Queridos hijos: sé, exactamente, lo que vais a pensar y decir por hacer pública esta carta, pero la razón de hacerlo, y de ello  podéis estar  seguros, no es otra que  proclamar  la bondad y grandeza de tantos otros hijos  de los que, con frecuencia se piensa, se dice  que no atienden suficientemente a sus padres. Por supuesto que los hay, pero  muy pocas veces  es motivo  de contar lo positivo, lo bueno y generoso de hijos como vosotros que si bien, los tres andáis siempre, y no llegáis, a vuestras muchas ocupaciones, en estos meses de mi accidente, os habéis turnado, cada cual cómo ha podido, pero  priorizando cada instante mi  asistencia y  renunciando a tiempos de ocio, incluso a necesidades familiares, Días y noches junto a mí sin reparar en nada y haciéndome  fácil lo difícil, divertido, lo dramático…
Gracias, mis queridos hijos. Es justo que así lo haga, a pesar de que puede que muchos padres piensen, y llevan razón, que es responsabilidad. Y ya sé que lo es pero hay muchas formas de cumplir con la susodicha responsabilidad, y vosotros la habéis asumido con tanto cariño, de forma tan generosa que en todo momento me habéis hecho creer que casi era un placer atenderme y me habéis obsequiado, complacido, incluso en lo que, sin yo pronunciar palabra, sabíais que eran mis costumbres y gustos.
Cuando murió papá, aquel tremendo día, y cuando todavía eráis niños, al oírme decir que me quedaba sola, Ramón exclamó, y era voz de los tres: nunca, nunca  vas a estar sola; estamos  nosotros. Es verdad que en todos estos años hemos convivido sin grandes problemas, porque,  entre otros motivos, siempre he tenido claro que los hijos deben  vivir su vida y no los podemos estar reclamando  constantemente para la nuestra y para cualquier cosa y mucho menos quejándonos y reprochándoles  su no constante presencia y atención, e incluso echándole en cara lo mucho que hemos hecho por ellos y que mal pago recibiremos, si esperábamos  que nos saldaran la deuda  por algo que no nos pidieron.
Lo importante es que estén ahí, como habéis estado vosotros, cuando de verdad os he necesitado, que sin reparar en sacrificio alguno os habéis excedido en todo y por todo.
Por eso, hoy, os doy las gracias de corazón. Sé que  quise ser la mejor madre, pero seguro que me equivoqué en mucho, pero de lo que no podéis dudar jamás es de que, tal vez mi mayor error fue quereros demasiado. Creo que no me arrepiento porque lo que yo no os exigí, con creces os lo ha exigido la vida y vuestra aceptación y respuesta  ha sido de diez,  en parte, creo también, precisamente por eso: no os faltó amor.

 Los hijos, mis hijos no han sido nunca una carga,  los hijos, mis hijos sí, son un gran regalo por el que doy gracias a Dios todos los días de mi vida.

23 may 2015

Abuela, ¿tú votas?


Antes de dar, pues un paso, emitir un voto,  guiado por los demás, 
detente a contemplar, no tu individualidad, sino la parte de todo, y de todos, 
que eres y verás cómo ese paso marcará profunda huella 
en el albero de tu caminar, si lo das con responsabilidad.


Mi querido Gonzalo: Tus dudas, tus repentes, tus contradicciones… son para mí como descubrimientos que me llevan a colarme en tu piel y sentir que, a pesar de tus diecisiete años, sigues siendo un niño, pero un niño que empieza a cuestionarse la vida, las responsabilidades y los comportamientos humanos. De ahí que no encajen en tu mente, y menos aún en tu corazón, los vaivenes de una sociedad que te sirve en bandeja manjares que, mezclados con sustancias contaminantes, empiezan a causarte como indigestión y te crean incertidumbres que vomitas  de forma tan ingenua y natural que me emociona el oírte y casi me deja sin respuestas.
Hace años caí en la cuenta de que nadie tiene esa verdad absoluta que tú buscas con los oídos bien abiertos a lo que decimos los mayores, sobre todo. Esa verdad te la tendrás que fabricar tú solo, con la experiencia que te irá dando la vida. Los humanos somos vulnerables, somos pura necesidad de tener seguridades. Y las buscamos, apoyándonos en otros tan frágiles o más que nosotros.
No encontrarás mejor soporte, mejor bastón que aquel que vaya creciendo en tu interior y que con voz poderosa te dictará cómo y qué hacer en cada caso. Los seres humanos nos parecemos mucho todos y es por eso que hay que disculpar los errores ajenos, ya que  de igual forma nosotros podemos caer en ellos. Sucede que los caminos, la formación, la familia, todo influye en la forma de ser de cada uno. ¿Has pensado alguna vez por qué se emborrachaba  aquella tu profe de Religión? Puede que tuviera un grave problema del que trataba de olvidarse, puede que, por alguna razón, nadie le habló a tiempo de los riesgos de la bebida. ¡Cualquiera sabe! No se debe, pues, juzgar tan solo por lo que vemos, hay que mirar más allá de lo que no vemos. Un día en la playa estaba yo haciendo fotos a las olas. Un marinero que me vio me dijo: Si quiere fotografiar las maravillas del mar, no mire solo las olas; mire a lo más profundo. Y jamás olvidé aquella lección: Siempre hay mucho más de lo que vemos en un simple mirar. ¿Entiendes, verdad?
Tu abuela, esta que tanto te quiere, te he dicho, cayó en la cuenta, hace ya muchos años, de lo sabia que podía ser, si se alejaba de la manadas, de la bandadas   y como águila  volaba sola pero muy alto para  poder ver con  perspectiva el auténtico valor  de todas las cosas. Antes de dar, pues un paso, emitir un voto,  guiado por los demás, detente a contemplar, no tu individualidad, sino la parte de todo, y de todos, que eres y verás cómo ese paso marcará profunda huella en el albero de tu caminar, si lo das con responsabilidad.

Y, si así lo haces, ¡seguro, seguro! que sabrás a quién votar. Seguro también que descubrirás a quién votaba tu abuela. Te quiero.

15 oct 2012

¡Qué muchachos!

OPINÓN/ diario córdoba
ISABEL Agüera 16/10/2012



 
El ring, ring de mi móvil me pone al habla con mi nieto de diecisoete años y un par de amigos: Abuela -me dice-, ¿me das permiso para que tres amigos y yo pasemos una semana en el apartamento de la playa? Sí, claro -contesto-, pero... Antes de que termine, la voz de mi nieto y la de sus amigos expectantes, me interrumpen: Vamos a cuidar de todo, y vamos a limpiar...
Transcurrida la semana regresan. ¿Habéis gastado mucho? -les pregunto-. Veinte euros cada uno. ¡Sí, sí en la semana y hemos comido bien: macarrones, lentejas, arroz, pescado...
¡Bueno, bueno qué muchachos! Cuesta trabajo creerlos, pero las mamás de los respectivos lo confirman. ¡Vaya! ¡Como que han traído el dinero de vuelta!
Hay una frase muy conocida que refiriéndose a la adolescencia dice: En esta edad se es héroe o villano a diario. No obstante es más que notable cómo se nos olvida la simultaneidad de los términos y nos solemos quedar con el de villano, sinónimo de maleducado, irresponsable y hasta grosero.
Se nos olvida, o queremos ignorar, el grado de heroicidad que son capaces de practicar en cualquier momento sin reparar en consecuencias sobre todo cuando se deposita en ellos confianza.
Pocas veces nos referimos a estas edades con optimismo, sino más como una generación de vagos, irrespetuosos, rebeldes y, llegado el caso, absurdos camorristas de manifestaciones.
Excepciones aparte, la juventud no deja de ser savia nueva que se iza con energía. Me dio pena leer, por casualidad, el cúrriculum, que como trabajo de clase, hacía un chico de catorce años: cinco idiomas, tres carreras, un montón de premios, etc.
¡Claro que tienen aspiraciones de futuro!, pero las cegamos con nuestros pesimismos de mayores.
¡Ah! El apartamento quedó como los chorros del oro.
Es la fiebre de la juventud la que mantiene el mundo y la temperatura normal. Georges.

* Maestra y escritora





21 may 2009

MICROCUENTO

CAMBIO DE PRISIÓN


El despliegue policial para el transporte de presos era impresionante. Dentro de mi coche observaba, al tiempo que mis reflexiones y también mis lágrimas me asfixiaban en un vaivén de pensamientos, cuya dirección no era otra que la de aquel alumno, adolescente él, que pasó un mes en el aula de uno de mis muchos destinos.
¡Tan sólo un mes!, porque la mala pata de una gripe me ausentó de mi trabajo. Cuando regresé ya no estaba: había sido expulsado.
Padres permisivos y despreocupados, maestros que sólo tuvieron para él palabras de reproches y rincones de castigo, calle que lo contaminó del ambiente fácil de la delincuencia y sociedad que lo anatematizó y condenó a la pena máxima para un joven: privación de libertad e internamiento en no sé qué cárcel de España.
Aquel chaval, torrente de feroz adolescencia, era, cuando lo conocí, herida sin drenar, agujero negro, por donde, no obstante, un rayo de esperanza oteaba por el universo de su mirada, mezcla de picardía y ternura.
Y mis lágrimas, al recordarlo, era, son, como una incesante súplica: No, él no precisaba coches blindados, ni esposas, ni grilletes... Él sólo hubiera necesitado, y puede que aún lo siga necesitando, un poco de amor.
En esta noche de luna llena, donde con tantos amigos me conjuro, él sigue siendo presencia viva en mis pensamientos.
Mañana esta cárcel estará vacía y presta para ser convertida en solar.
No pido para mí, al menos por esta noche, riquezas, ni amor, ni amigos que me correspondan; no quiero nada. Sólo deseo, sí, un cielo como techo y un camino para los pies de tantos delincuentes que, entre todos, los expulsamos del escenario de la vida y los condenamos a grilletes, lejos, muy lejos, de la libertad. ¡Dios qué pena!