Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

21 sept 2011

Voz del eco





Anochece en la sierra. Un vientecillo agita las ramas de los pinos, mientras el sol, como mariposa de mil colores, pliega sus alas por entre las montañas de jaras y encinas.

Una especie de latido conmueve las entrañas del lugar.

Por unos instantes, la naturaleza se torna expectación: pájaros que vuelan en silencio, media luna blanca que empieza a dibujarse en el cielo, misterios que emergen de los profundos abismos, al conjuro de la noche, sombras que se extienden solemnes en la estampa viva de esta hora, donde yo, nada, acallo recuerdos y sólo tengo voz para mi nombre.

Un suspiro, dos, tres...

Paso tras paso por el camino de polvo, transito sin más compañía que el sol poniente a mis espaldas y el leve crujir del pasto bajo mis pies.

Sol que muere allá en el horizonte de pinos redondos, mientras la luna, ya rutilante, va siguiendo mi rastro que busca al yermo negro, garganta que pondrá voz a este embrujo que ha enmudecido, con el último rayo verde, las alegrías, los colores, la música... de esta fuente viva que es el pozo,

y el cacareo de gallinas,

y el galope de burros,

y el chirriar de cancelas,

y el volar de palomos

y las palabras de Miguel, viejo cabrero de caminos y montes.

¡Ecooo...! ¡Ecooo..! -estalla, por fin mi garganta, allanando la morada del silencio y de los sueños.

Y el yermo, monstruo bueno, extiende sus brazos a mi tímida voz, que cada vez más coronada por la luna, se crece, repitiendo: ¡Ecooo...! ¡Ecooo...!

Y por entre cauces, montes, riachuelos, horizontes, hojas dormidas... el yermo, monstruo bueno, como un beso, que estallara en mil rutilantes destellos, abre la caja del eco y mis palabras al viento: ¡Ecooo..! ¡Ecooo..!

.¡Ya no estoy sola! ¡Tengo eco! ¡Soy inmortal!

Lo sabe la luna; lo sabe el yermo; lo sé yo...

Me lo enseñó mi padre, en tardes de paseo, de trigos, de amapolas, de codornices: Siempre hay ecos como respuesta de Dios a nuestra soledad. Afina bien los oídos porque, a veces, se taponan y nos quedamos sordos a la suave brisa, murmullo que nos habla bajito y nos recuerda que Él está, ¡claro que sí! en el eco de la vida.

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