Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

12 ago 2021

Enseñanza sin aulas . Diario Córdoba / Opi

 Hace más de 20 años escribí el siguiente artículo que repito, porque aquella intuición mía, a cuenta de la pandemia, la hemos visto hecha realidad. 

Y es que no hace mucho me comentaba un compañero: «Cuando yo era chaval, si me descuidaba en la escuela, el maestro me pegaba, y ahora, si me descuido, son los alumnos/as los que me pegan a mí». 

Estas palabras, pura y dura realidad, que los maestros conocemos bien, acerca de lo que pasaba antes y de lo que pasa ahora son clarísimo exponente de un cambio de valores  en el que a padres y maestros/as se nos han ido de las manos los papeles, al no haber sido capaces de mantener en su justo término el equilibrio de una balanza cuyo fiel se hizo añicos cuando mal entendimos palabras como libertad, creatividad, comprensión, respeto, flexibilidad...

Dadas estas circunstancias, que no son meras anécdotas, y salvando las excepciones, que también las hay, claras y marcadas, la mayoría de los alumnos, rodeados por el hedonismo reinante y amparados en derechos y libertades, 

acuden a las aulas por pura obligación, y lo hacen sin espíritu de superación, sin ánimo de trabajar, si interés por aprender

Es por eso que, desde mi punto de vista y dadas las actuales circunstancias, imposibles de analizar en tan corto espacio, pero que vistas y vividas desde adentro, es decir, desde el día a día en la escuela, resultan un mal insoportable para los alumnos y una auténtica tortura, a veces, para maestros y maestras. Es por eso, digo, que habría que pensar, de cara al futuro, en un profundo y revolucionario debate para cuestionarnos si, a partir de una determinada edad, 

¿ de no sería más conveniente la supresión diaria y obligatoria asistencia a las aulas? Sí, lo ha entendido perfectamente: que los niños estudien, trabajen en sus casas, a la hora que les convenga, entrando y saliendo cada vez que les venga en gana, acostados o bailando, con música o con televisión, haciendo el pino o clavados de codos en una mesa. 


Creo que la pandemia ha sido como ensayo de que esto es posible y acudir a los colegios como centros de recursos y ayuda en directo.



 

20 jul 2021

La lección de las abejas

                                                                Mi Preciosa  cordobesa
 

A la sombra de un almendro en flor, observaba cómo las abejas, que se  contaban por centenares, sumidas en su éxtasis de pétalos y  néctares, de flor en flor, para nada se ocupaban de mi presencia.

¡Te van a picar! –exclamó alguien.

Pero, ¡qué va! Lo suyo era un vaivén de primavera,

y un temblor de vida,

y, un deseo, un placer, un deber con días contados.


Ellas  se bebían el néctar de las florecillas, y yo me adormecía arrullada por tan apacible y sabrosa sinfonía.


¿Cómo me iban a dañar si yo no les estorbaba?

¿Cómo si no tenían tiempo que perder?

¿Cómo si yo les podía resultar amarga para su miel?

 Y allí, bajo aquel almendro, cuajado de abejas caí en la cuenta de que también era primavera para mi ambrosía_ 

Sí, todos los seres humanos tienen a punto algo de néctar que de uno a otro, debo descubrir, beber y digerir mieles.


Tampoco yo tengo tiempo para las abejas. El reloj no cesa de marcar horas.


Revista Literaria


 


 

El discapacitado

 En su rostro, pálido y deforme se dibujaba una sonrisa. Una sonrisa que brotaba de la tristeza infinita de su alma, como brotan las gotas del rocío en la noche y amanecen cristalinas sobre los campos marchitos. Sus manos largas y puntiagudas se agitaban en un temblor sin retorno. Sus pies, que colgaban secos de unas piernas muertas, eran enormes zapatos que se aposentaban  sobre el plateado peldaño de una silla de ruedas grande y ligera que, al deslizarse, hacía un ruido macizo. Su cabeza, mata de pelo negro, retorciendo agitadamente el cuello, era la expresión viva de una alegría nueva, aquella mañana primera de escuela.

Un autobús blanco, impecable, con una cruz roja en las puertas, era la gran sorpresa de aquel día soleado de octubre. Los niños y niñas del colegio lo rodeamos. Las puertas del autobús se abrieron. Una plataforma, como si fuera un ascensor de juguete, descendió automáticamente, transformándose en una divertida rampa.  Por allí bajaron al inválido, con aquella sonrisa triste eclipsada en su rostro.

Lo conocí entonces. Era su primer día de colegio. Desde entonces, cada mañana y cada tarde, esperaba feliz al autobús que transportaba a Manuel, y esperaba, con impaciencia, la hora del recreo para empujar su carro de ruedas por entre los muchos alumnos que jugaban alegres en las pistas.

Hoy, después de muchos años transcurridos, pienso, de nuevo  en aquel niño inválido, en aquel amigo de mi infancia, que un día faltó al colegio y ya no regresó más 

Se ha ido al cielo -me dijeron-. Yo, al recordarlo, siempre me pregunto: ¿Por qué mi amigo tuvo que nacer inválido?  ¿Por qué tuvo que morirse tan pronto?

Y en mis sueños, lo veo, en  un carro de estrellas que empujan ángeles de esa escuela divina donde Dios nos aguarda a todos, y lo veo alado y celeste, escribiendo su nombre en la infinita pancarta del universo.

¡Espérame, amigo inválido! ¡Volveremos a estar juntos! Te lo prometo, pero entretanto ayúdame a caminar sin dejar espinas a mi paso. Como tú sólo quiero “andar sobre  blandas ruedas” para no herir, para no golpear la tierra que piso.