Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

21 feb 2019

Desahucio


Esta historia, queridos amigos/as, no es un cuento, ni es un alarde, absolutamente de nada. Tan solo es un hecho real que viví y que se me representa cada vez que veo imágenes de un desahucio: niños, ancianos que lloran sacados a rastras de sus viviendas. Sinceramente no sé cuál es la solución, pero seguro que la habrá. ¿Somos humanos? A veces, no sé; ¡tantas cosas que no comprendo!
Al amanecer de día, hace tiempo, viajé a Sevilla en el tren de cercanías. Iba leyendo el Diario, un tanto compungida por noticias del terrorismo. De pronto, mientras parados en una estación, dábamos paso al TALGO, unas voces en el andén me sacaron de mi melancólico éxtasis.
-¡He dicho -gritaba un hombre de autoridad- que aquí no podéis quedaros! ¡Que os subáis al tren, coño! ¡Aquí no queremos gentuza! y, si os quedáis, os meto en chirona.
Como un rayo, abandoné mi ensimismamiento sobre el tema del Diario y, con medio cuerpo fuera de la ventanilla, presté atención a lo que estaba sucediendo.
-No tienen billete -oí en tono más suave, pero contundente, del revisor-, al tren no pueden subir y ya han viajado bastante por la cara.
-¡Pero si no tenemos dinero ni pa comer! -se justificaba una pobre mujer, fartuscona, que sostenía con su débil cuerpo, los vaivenes de su hombre, borracho como una cuba que, con los ojos transpuestos, y sin dejar de balbucear palabras de otra lejana historia, se quitaba y ponía, mecánicamente, un raído sombrero de paja con el que hacía reverencias a diestra y siniestra.
Pues de aquí tenéis que iros; no podéis viajar sin billete -repetía el revisor, embelesado en otros asuntos.
La mujer, con lágrimas en los ojos, sacó un pequeño envoltorio del bolsillo de un viejo delantal, casi único ropaje.
-¿Hay bastante? -preguntó, mostrando unas pesetas y algo de calderilla.
-¡Bastante para que os piréis de aquí ya! -fue la respuesta.
Medio a empujones, entraron al fin en el tren en marcha. La mujer rompió en lamentos y lloriqueos:
Si mi mama viviera... Con mi mama no se metía nadie. Si nosotros vamos a Córdoba, ¿por qué nos meten en un tren que va pa  Sevilla? El hombre, de vez en cuando, amagando a vomitar, le echaba un brazo por encima y la consolaba tiernamente con palabras que apestaban a vino barato:
-No llores, Carmela; ya llegaremos. Tú lo vas a ver, pero no llores.
Me cambié de departamento. Decidí acompañarlos hasta Sevilla pero, ante mi sorpresa y su desconcierto e inútil resistencia, nada más parar el tren en la primera estación, la voz rotunda del revisor irrumpió de nuevo:
-¡Ea, abajo; se acabó el billete! Por unos instantes, los vi de nuevo en el andén de una estación cualquiera, al tiempo que otra voz, repetía:
Aquí no pueden quedarse.
En un arrebato de indignación, pena y no sé cuántas cosas más, levanté la voz:
-¡Suban, suban de nuevo al tren!; yo les pagaré los billetes.
Carmela, sin cesar de limpiarse las lágrimas con el volante del delantal, me daba las gracias, al tiempo que, incesantemente, repetía:
-Si mi mama viviera, a mi nadie me hacía esto. Mi mama era valiente... Gracias, señorita. Nosotros somos de Córdoba. Hemos venío a Lora al entierro de mi mama... ¡mama, mama...! -repetía acentuando sus lágrimas- ¿Qué vamos a hacer en Sevilla? Nosotros vamos a Córdoba, pero no tenemos dinero y yo quería ver a mi mama.
Al fin, conseguí que Carmelilla y su marido se encaminaran hacia su destino.
Ella, besándome las manos exclamaba:
Usted es como mi mama. Usted nos ha salvao de ¡sabe Dios dónde nos querían llevar!
Insisto, porque así lo siento: cualquiera que recordara aquellas palabras... Porque tuve hambre, porque tuve sed .... hubiera hecho lo mismo o más; nada de particular.
¡Pobre gente! Si hay otra vida, quisiera estar del lado de Carmelita



20 feb 2019

Menos libros y más Lenguaje



En nuestras manos está lograr de cada pequeño "brrote"
que nos nazca, un gran árbol, un maravilloso  futuro.

DIARIO CÓRDOBA / EDUCACIÓN
El tema del lenguaje ha sido mi gran caballo de batalla durante toda mi vida de profesión presencial en las aulas, y sigo, desde dónde y como puedo, promoviendo estrategias creativas a todos los niveles.
Son variados los bloques temáticos que comprende, y todos tan básicos e importantes, que, desde mi punto de vista, habría que dedicarles, al menos, los tres primeros cursos, solo y exclusivamente al lenguaje. La razón es obvia: todo el aprendizaje estará basado en la lectura, comprensión, expresión oral y escrita, porque, a medida que pasen cursos, el estudio se les hará más insoportable si no saben resumir, comprender y trascender lo que leen, así como exponerlo oralmente.
Entiendo que para promover todo lo referente al lenguaje, y de cara a los más pequeños, debemos olvidarnos un poco de libros y cuadernos y buscar estrategias que se asemejen a lo que para ellos es sumamente significativo y estimulante: el juego.
De ahí que tanto maestros como padres, dediquen tiempo a toda clase de recursos que le serán de gran utilidad para que los alumnos aprendan con motivación, con alegría y sin apenas ser conscientes de que lo hacen.
La lecto-escritura, capacidad de leer y escribir adecuadamente, si no hay impedimentos físicos, constituyen un proceso lento de aprendizaje como lo precisa el andar, hablar, etc.
Sucede que tan pronto los niños silabean o leen frases, prácticamente damos por terminado este complicado proceso que comprende, no solo lectura y escritura, sino ante todo, comprensión, ortografía, expresión oral, tan olvidada en las aulas, dando como resultado adultos que no son capaces, sin leer, de pronunciar dos palabras en público.

Dejemos atrás para los pequeños el suplicio de los libros de texto y busquemos obras, que las hay, creativas y muy lúdicas.

19 feb 2019

EL VENDEDOR DE PALABRAS



                        Nada más bello que despedir 
                         al sol  desde un humilde jardín

DIARIO CÓDOBA / OPINIÓN
ISABEL AGÜERA
Un relato que no es nuevo, pero sí para muchos, y para mí la primera, porque hay palabras que no las hemos oído nunca y que nuestro vendedor lleva en el saco. Veamos: Había una vez un hombre que se llamaba a sí mismo «Vendedor de Palabras». Con su mercancía a cuestas recorría calles y plazas voceando: Vendo amor, paz, tolerancia, belleza, relatores... Un transeúnte que lo escuchó se acercó y dijo: amigo, te compro la paz. ¿Cuánto pides por ella?. El vendedor le contestó: ¡vaya, has ido a elegir la palabra más cara! No importa. ¿Cuál es su precio? Su precio, amigo es nada más y nada menos que tener ganadas tus propias guerras. Animado el público, se alzó otra voz que preguntó: ¿cuánto pides por el amor? Por el amor --contestó el vendedor-- no puedo pedirte nada, porque el precio del amor es amar sin precio. ¿Y la tolerancia?, preguntó un tercero. Quiero ser tolerante con todos. La tolerancia no está en venta. De cualquier forma, si la deseas, te la regalo, pero ten en cuenta que si la necesitas, jamás serás tolerante. Una mujer joven, con gran entusiasmo dijo: yo te quiero comprar la belleza. A ver, ¿qué vestidos llevas? ¡Te compadezco, mujer! --exclamó el vendedor-- La belleza, cuando menos vestida, mejor vestida está. Un joven, exclamó: ¡lo de relatores me suena bien! ¡Quiero uno! Pero, por favor, dime para que me sirve.  El hombre sonrío y contestó: para nada. Si acaso para enfrentarte con otros  hombres. Un hombre indignado exclamó: tú no vendes palabras ni vendes nada. Vete de aquí. El vendedor dijo: llevas razón: las cosas que yo proclamo no son mercancía de compra y venta, porque son dominio del alma, pero ya puedo retirarme; he comprobado que sí hay compradores y traficantes de palabras.

13 feb 2019

SOLEDAD


Precioso y gigantes  árboles pelados que rozan el cielo y esperan pacientes 
que estalle el aleluya de la primavera.

Mis ojos, sutil cámara, oteando siempre paisajes ocultos 
se cerrarán en polvo al negro reclamo de un día cualquiera.
Pero bajo el húmedo manto de la nada
las brisas primaverales, l
la caída de hojas en los otoños
las playas desiertas en los inviernos,
las sierras, solas, oscuras...
los niños, la música, el alba
las sombras iluminadas de los recuerdos...   sueños
ondearan irisadas al conjuro de las madrugadas
al  clamoroso aullido en  noches de luna llena.

¡Sí, sí..! de mis ojos cerrados para siempre, brotará la vida.
Pero hoy, aquí y ahora, árboles pelados, 
coches aparcados,
cielos en tonos pasteles, que me extasían,  
mesas separadas, frío, ¡mucho frío!

Y mi rincón en una anónima cafetería de barrio,
y mis ojos que se alargan, buscan y a cada cosa preguntan: 
¿dónde estás..? ¿Eres tú, magia blanca que inspira mis palabras?.
Sí, eres tú, querida hermana. ¿Por qué no contestas?+

Y mi sutil cámara de sueños  rotula al pie de página 
de cada paisaje oculto en esta mañana, 
que me duele en no sé dónde, 
la única respuesta que me golpea 
despabilando mis inútiles sueños
que se desvanecen  un temblor con nombre...
       
                                                   SOLEDAD


9 feb 2019

Educación: Un alumno piloto



                              Jamás un alumno más otro suman dos; tampoco los árboles

 Era un chaval de características físicas y psíquicas muy especiales La maestra que me había precedido, me advirtió en estos términos: Al “prenda” sólo le gusta hacer aviones de papel. Dice, el muy chalado, que va a ser piloto.
Los primeros días lo dejé cómo si no viera que sólo se dedicaba a hacer aviones y echarlos a volar por las mesas de los compañeros que se alborotan y me costaba mantener el orden.
Al fin, decidí hablar con él: 
-¿Por qué no estudias algo? -le pregunté-. Está bien que te gusten los aviones, pero hay tiempo para todo. Tienes que aprender algunas cosas… 
-Es que yo voy a ser piloto, y es que los libros son un mogollón de letras 
Aquella palabras me llevaron a comprender algo que no era nuevo para mí: efectivamente los libros de texto, era, son casi un imposible para, alumnos como él. Un día se me ocurrió pactar algo con él. Le dije: 
-Si quieres hacemos un trato. Puedes hacer todos los aviones que quieras, pero con una  condición: los tienes que enviar a mi mesa y en ellos me tienes que escribir mensajes, preguntas... lo que quieras, y yo te contestaré, devolviéndotelos. 
La cara se le iluminó de felicidad. Exclamó: 
-¡Bien! ¡Qué chulo!
Y a partir de aquel día, los aviones llegaban incesantemente a mi mesa con mensajes sencillos de mala letra, peor ortografía y como tema casi exclusivo, al principio, los chivateos propios del alumno que no sabe qué escribir:
Yo, con la lectura de sus mensajes, le provocaba otros. Por ejemplo: 
-No sé cómo vuelan los aviones. ¿Lo sabes tú? Es una cosa curiosa que me gustaría conocer. 
Y le devolvía el avión. Él me contestaba: 
-No lo sé pero vuelan como los pájaros. A lo mejor mi padre lo sabe.
Los demás alumnos, al principio, reían al ver cómo el avión iba y venía, pero después se acostumbraron y todo el mundo trabaja con total naturalidad. Poco a poco se fue motivando y superando en un intento constante de contarme cosas sobre los aviones, cosas que entre su padre y él investigaban y que lo implicaban en estudio, lectura, escritura...
En definitiva, poco a poco, se fue integrando, pero durante un tiempo me serví de los aviones para que por fin hiciera algo de Matemáticas, Sociales, etc. Un problema, por ejemplo, se lo enunciaba así:  Si un avión corre a 300 kilómetros por hora, ¿cuánto tardará de Córdoba a Madrid, si la distancia en kilómetros es de 400 Km. ? Sobre Sociales: Si tú fueras en ese avión y pudieras asomarte por una ventanilla, ¿qué verías como más destacado? Etc. En fin, la estrategia funcionó. 
Y una vez más me ratifico: no son los alumnos los que fracasan sino nosotros, los maestros, cuando nos empeñamos en medir a todos con la misma vara.