Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

7 dic 2018

El valor de la experiencia: relato

Un anciano, acompañado de su nieto, que tras terminar medicina, lo visitaba, subía cada mañana a lo más alto de una montaña y hacía una fotografía. El muchacho, un día, exclamó:
-Abuelo, ¿para qué quieres todos los días la misma fotografía? Desde aquí siempre se ve lo mismo.
El abuelo, sonriendo, contestó:
-No, hijo, no. Son tus pocos años los que ven siempre lo mismo. Los míos, muchos ya subiendo a esta montaña, cada día descubren cosas nuevas. Mira -añadió, mostrándole el álbum de fotografías-, en  esta hay nubes, en esta los árboles no tienen hojas, en esta otra, una bandada de pájaros cruza los cielos...
-¡Pues es verdad; no me había fijado! -exclamó el joven.
-La vida, hijo, te enseñará a fijarte. Trata de aprender, porque de lo contrario tu vida será un electroencefalograma plano.

Hasta aquí el cuento, pero es así. los años nos dan a conocer, a vivir, a pasar por tantas cosas que, al mirar el álbum de nuestra existencia, bien podemos hablar de vivencias reales, que vuelven a vivir los jóvenes, idénticas a las nuestras, y que, en parte es necesario subir todos los días a la montaña para evitar errores y tropiezos, pero la experiencia, hoy día, está tan marginada, tan arrinconada que nadie quiere saber, que nadie cuenta con ella, que se considera una antigualla de la que uno se sacude exclamando: ¡eso es muy antiguo; las cosas ahora no son como las de ayer! 
Y no son, pero tienen “rostro” y hay que, con humildad, mirarlas, verlas y aprender.

3 dic 2018

DISCAPACITADOS

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN

Ayer, día tres, se celebró el Día Internacional del Discapacitado, y creo que no podemos pasarlo sin reflexionar acerca, no solo de aquellos que sufren discapacidades físicas, que son un gran problema familiar y social y, sobre todo para ellos mismos, sino también por lo mucho que nos «discapacitamos» todos, a veces.  
Empiezo, pues, con el recuerdo de un alumno discapacitado físico. En su rostro, pálido y deforme se dibujaba una sonrisa. Una sonrisa que brotaba de la tristeza infinita de su alma, como brotan las gotas del rocío en la noche y amanecen cristalinas sobre los campos marchitos. Su cabeza, mata de pelo negro, retorciendo agitadamente el cuello, era la expresión viva de una alegría nueva, aquella mañana primera de escuela. Hoy, después de muchos años, pienso, de nuevo en aquel niño discapacitado, en aquel alumno, que un día faltó al colegio y ya no regresó más.
Pero creo que esta celebración, como he dicho, no es solo de lamentaciones hacia aquellos discapacitados físicos que, por supuesto, son objeto de muchas y grandes atenciones, sino que de alguna manera todos tenemos que reflexionar acerca de cuántas situaciones complicadas encontramos en nuestro camino, cuántos obstáculos y ante las cuales no podemos sentirnos impotentes, «discapacitados» para superarlas y cruzarnos de brazos, sino que hay que despertar nuestro coraje y fortaleza para seguir siempre adelante porque, como dice la extenista Martina Navratilova, la discapacidad es una cuestión de percepción. Si puedes hacer una sola cosa bien, eres necesitado por alguien.

También nos sentimos discapacitados ante el miedo a los cambios, miedo a perder, miedo a mirar hacia adelante, miedo a dar un paso que nos distancie milímetros de nuestro camino de siempre, miedo a la enfermedad, a la muerte, miedo a todo  y nos paralizamos mientras la vida sigue su concierto que viene a decirnos aquello de que nuestras capacidades serán siempre más grandes que cualquier discapacidad.

25 nov 2018

DÍA MUNDIAL CONTRA LA VIOLENCIA DE GENERO

Corrían malos años aquellos primeros de mi magisterio  Mi residencia, una habitación en una mala casa de huéspedes.  Permanecí en ella un curso, pero jamás podré olvidar a una mujer maltratada: María.
Ella,  pequeñita, silenciosa, trabajadora, pareja del dueño de aquella fría, incómoda y destartalada vivienda, con cuatro hijos pequeños, de sol a sol, prestaba servicio a todos: limpieza, cocina, ropas…  Y en sus labios siempre una palabra amable, una sonrisa, un gesto humilde. No obstante en su rostro azulado podía adivinarse el sabor de muchas lágrimas calladas, de muchos miedos soportados, de una inmensa marea de interrogantes que le reventaban el alma sin respuestas.
Una noche y otra, yo la escuchaba, a través de las paredes, suplicando, llorando: ¡no me pegues! ¡No,  en  la cabeza, no.  Y escuchaba golpes acompañados de  voces brutales de aquel hombre que, celoso y medio borracho, la agredía, la humillaba, la maltrataba.
Recuerdo que, me tapaba la cabeza con aquellas sábanas de lienzo moreno, como si me protegieran de  tamaña barbarie, pero mis noches se tornaban horas de  insomnio en las que mi corazón estallaba en fuertes latidos  de  rabia, impotencia… dolor.
Por la mañana, María madrugaba y sin apear la sonrisa de sus labios, servía el desayuno, llevaba sus hijos al colegio. Suspiraba; solo suspiraba.

Y yo, casi una niña, y en años en los que nada se podía, ni se sabía qué hacer, compartía en silencio su dolor. Un día me fui de allí. Al despedirme le dije, y fue la primera y última vez que me di por enterada de su dolor: no te merece; vete. Y ella, con lágrimas que se escapaban de sus ojos, cansados, solo respondió: ¡mis hijos, maestra, mis hijos!

18 nov 2018

A propósito de Franco

  
PASO DE FRANCO POR MI PUEBLO
 La noticia de que Franco iba a pasar por el pueblo conmovía a la gente y alteraba de forma fortuita  la vida. El paso del generalísimo Franco por nuestro pueblo o cercanías,  venía dado por la carretera general que  pasaba justo por el centro. ¡Pasa Franco! Era exclamación que corría de boca en boca unos días antes de que se produjera el fantasmagórico y ancestral paso. Fueron muchas las veces que este acontecimiento lo viví en los años de mi infancia pero voy a referirme a uno muy especial que cuento en mi novela “Buscando en la Vida”
 Tendría yo unos diez años. La superiora del colegio, Madre Socorro   nos reúne en el gran salón. Mañana a las doce –dice con las manos entremetidas en la blanca toca-, pasa por nuestro pueblo el Generalísimo Franco. Quiero que estéis aquí a las nueve en punto con los uniformes limpios, las bandas planchadas, los zapatos brillantes y  bien peinados. Es obligatorio traer banderita o estandarte. Que nadie se olvide.
La noticia es una auténtica explosión. Recuerdo que aquello de las banderitas y estandartes, que tanto se usaban en recibimientos de personajes destacados, se convertía para mí en un gran problema. Mis padres no se preocupaban de aquello, y yo me las tenía que arreglar sola. Con un palo, más o menos gordo, más o menos torcido, gachuela y papeles rojos y amarillos, confeccionaba mi banderita.
Amanece el día nublado. La gente mira al cielo con bastante desazón. Un rayo de esperanza: no hay sábado sin sol, y aquel día era sábado. Todo el pueblo madruga. Es fiesta que conlleva cierre de tiendas y tabernas.
A la hora en punto, la puerta del colegio, con Madre Socorro a la cabeza,  en dos filas en perfecta formación: niños a la derecha; niñas a la izquierda. Y  todos portando lujosas banderitas y estandartes con todo tipo de detalles
Rumores cunde por el pueblo: esta vez  no tiene más remedio que pararse. Van a bajar la Virgen de la Estrella, la alcaldesa le va a entregar un ramo de flores, el alcalde va leer unos pliegos y los niños, ¡vaya si se para, cuando vea a los niños… Y la banda de de música que lleva días ensayando que entonará el himno nacional
Repitiendo acompasadamente, uno, dos, somos de Dios,  marchas y sin romper filas, llegamos al Puente Romano. Medio pueblo ya está allí: autoridades, municipales, el cura revestido, la Virgen, asfixiada en flores y baratijas, la alcaldesa con un ramo de claveles, los niños de los Grupos Escolares, tan peladitos y disciplinados como siempre, empuñando también banderitas.
De pronto, una voz exclama: ¡Que pase el colegio!  ¡Adelante, Madre Socorro; le hemos reservado sitio! También como siempre, algo superiores, nos adelantamos y en primera fila, ocupamos ambos lados de la carretera, cerca de la Virgen, del alcalde, a la vista de la comitiva y como reclamo infalible para provocar la tan deseada parada.
La emoción va creciendo a medida que se aproxima la hora. Y se nota por los revuelos, los empujones, los fervorosos gritos de, ¡Franco, Franco! Y los municipales andan inquietos imponiendo orden y dejándose preguntar por la gente. Pero pasan las doce, hora anunciada, y pasa la una, las dos… El nerviosismo cunde: el alcalde se repasa los papeles sin cesar, los portadores de las improvisadas andas de la Virgen se van turnando, los claveles del ramo van perdiendo lozanía y el cielo comienza a encapotarse cada instante más amenazante de tormenta y el monaguillo, de vez en cuando voltea el incensario.
De pronto alguien corre la voz de que ya ha pasado por Andújar, y los cálculos se disparan: media hora, un cuarto… De nuevo el revuelo y los ánimos arriba: el cura que prepara el hisopo, los guardias que se ajustan gorras, banderitas enarboladas en lo más alto y los gritos de ¡Franco, Franco! que se suceden enfervorizados.
De pronto comienza a llover débilmente. Los hombres miran a cada instante el reloj. Son las tres. La lluvia se intensifica pero nadie se mueve: tiene que estar al pasar –comentan unos y otros-. Alrededor de las cuatro unos motoristas  uniformados, que pasan a velocidad de vértigo,  son al fin, el primer vestigio de que la espera va a llegar a su  fin. La multitud se desborda, empuja, grita y una caravana de coches negros, como rayos pasan por entre la gente desbordada. A partir de aquel momento, no veo nada, De un empujón caigo en la cuneta de la carretera, casi charca ya. Y debajo de una gran morera. Me hago daño en un pie y no puedo levantarme. En el barullo de Virgen, niños, gente… oigo comentarios: no se ha parado porque llevaba mucho retraso. ¡Iba en el tercer coche! –exclaman unos- No -dicen otros- iba en el primero. En el segundo –opina el alcalde.

Arrecia la lluvia. A desbandadas se dispersa el barullo de mayores y pequeños. A Madre Socorro, la recoge el coche de las autoridades. La virgen, con un capote por encima, aguarda debajo de un árbol con dos fieles devotos junto a Ella. Un viejo refunfuña porque en el trasiego ha perdido la dentadura. Una mujer con un niño en brazos busca un pendiente, y yo, chorreando, con el pelo pegado a la cara y cojeando, regreso sola a casa. En mis mano el palo torcido de la banderita. La miro y me lleno de sentimiento: ¡de mi pobre bandera, solo el palo torcido!

17 nov 2018

Preguntas de mis nietos


Hoy os transcribo una de las muchas, cientos de cartas, artículos que dedico a mis hijos, nietos, amigos...  El escrito de hoy  hoy tiene como protagonista  a mi nieto Gonzalo  era muy niño: seis añitos. 

Noche  de mucho frío. Mi nieto me acompaña. Jugamos al parchís. Con el cubilete de los dados entre las manos, mira detenidamente la casilla de la calavera. Súbitamente, pregunta:
-Abuela, ¿qué es la vida?
-La vida -le contesto un poco desconcertada- son muchas cosas: el aire, el sol, la lluvia, la alegría, papá y mamá, el hermano...
-Y tú – me interrumpe-, y mi amigo Sergio, y la prima Amalia, y los titos y Hércules... ¿Sabes, abuela que ya tengo un músculo? ¡Mira qué bola! - exclama, al tiempo que se sube la manga y  trata de forzar un pequeñito músculo.
Continuamos el juego pero sus ojillos, más bien de mirada triste, se van y se vienen sin cesar a la susodicha calavera.
-Abuela, ¿por qué se gasta la vida?
-¡Ea!, porque todas las cosas se gastan -trato de explicarle sin cesar en el juego y sin darle importancia al tema-. ¿No ves cómo se gastan las pilas de tus juguetes? ¿No ves cómo se gasta la suela de tus zapatos? ¿No ves cómo se gastan los lápices y las gomas...?   
-¡Ah..! -exclama como muy convencido-, pero, cuando nos vayamos al cielo, vamos a estar con los ojos cerrados o con los ojos abiertos?
-Mejor estamos todos juntos con los ojos abiertos y mirando las cosas que pasan, pero nos venimos pronto, ¿no abuela? Yo, aunque esté muy gastado, quiero estar con los ojos abiertos siempre...
-Sí, pequeño mío, ¡claro que estaremos con los ojos abiertos! Mira, mejor no los cerramos nunca, por si acaso. Pero eso que a ti te resulta tan sencillo y divertido, es a veces tan difícil como engordar un buen músculo. De ahí que la gente mayor viva, gran parte de su existencia, con los ojos cerrados, evadiendo responsabilidades  y compromisos. Dejan de ver la luz, y poco a poco, pierden el maravilloso sentido de la vista; se transforman en topos. Tú, mi pequeño, eres vida y  tendrás que descubrir por ti mismo todos los misterios que entraña el vivir. No olvides nunca que fuiste niño.
Vísperas, muy cercanas de Navidad. Nada mejor para relajar tensiones y ambientarnos en el auténtico y entrañable sentido de la vida que las palabras textuales de un pequeño de seis años que empieza a caer en la cuenta de que la gente se muere.

-¡Anda, abuela, ya he pasado la calavera y eso quiere decir que soy más fuerte! Como tengo un músculo y como  en la Navidad vamos a juntarnos con los titos y los primos...