Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

12 sept 2017

Se acabaron las vacaciones

DIARIO CÓRDOBA / EDUCACIÓN
Difícil de explicar los sentimientos que me agitan y enternecen esta mañana, cuando contemplo la entrada de alumnos a los centros escolares en este primer día de curso: bulla de madres, padres, abuelas y los niños a los que, como cada año de mi magisterio, quisiera recibir con los brazos abiertos e ilusionada. 
Niños, alumnos que, nuevos o no, llegan a nuestras aulas con el deseo flamante  de recibir lo mejor. Con dificultad siempre he podido disimular algunas lágrimas, cuando sus ojos, clavados en mí, parecían esperar respuesta a sus muchas expectativas de estreno. Y yo siempre he creído, y ahora más que nunca, que la primera y mejor respuesta no es otra que el interés expreso por todos y cada uno, de forma que todos se sientan atendidos, queridos, aceptados por sus maestros.
De ahí, queridos compañeros  y amigos que seáis conscientes de lo importante que es para un niño escuchar su nombre en voz de su maestro, sentir su atenta mirada, comprobar interés por su persona y percibir, y esto quizá sea lo más grande, que es querido, valorado e importante desde este primer encuentro, desde este primer día que puede ser decisivo en su vida. Ellos, niños de hoy, son el futuro que debe cimentarse en ambientes de paz, alegría, relajación, porque de todos estos bienes carece nuestra sociedad actual y no podemos tolerar la creación de un nuevo hombre sin que ingredientes tan necesarios estén ausentes en nuestros hogares y escuelas. Ellos, a pesar de sus precocidades, siguen siendo niños. Nada más sagrado que un niño, guardián de la eternidad en el tiempo, ante quien es una tremenda realidad el misterio del porvenir.
Sí, ese misterio es el que me transmuta, me renueva, me eleva cada mañana, lejos ya de la práctica escolar, pero nunca lejos de las inquietudes que me provoca el futuro de estos niños, hoy, que con la inocencia a flor de piel, llegan a las aulas.




10 sept 2017

Empezamos curso escolar

 Para muchos niños hoy empieza el curso, primer día para muchos, encuentro con profesores y compañeros, para otros. Cada año, cuando llega este día, el recuerdo de todos mis alumnos y  de mis numerosas aulas en pueblo y en Córdoba, me asalta como cálida ola que por unos instantes borrara el tiempo y me situara en el regazo de Centros Escolares, esperando ilusionada el desfile de mis alumnos. Pero las olas se desvanecen en la playa, y así esta mañana mi ola, tras bañarme  en recuerdos, se esfumó, pero no pudo llevarse el magisterio que tanto amo. 
Y  es por eso que hoy mi relato –ya contado- tenga como protagonista el escenario de un aula, de un alumno, de una inolvidable  historia.

Han pasado años, pero nunca me podré olvidar de Alias virus -nombre puesto por él mismo-, un chaval de catorce años que de rebote de muchos cursos como repetidor, llegó a mi aula un día. Simulando un saludo militar, exclamó, con una sonrisa entre dulce y pícara, el primer día de clase: ee presenta Ernesto Che Guevara. Un poco desconcertada, le contesté por su nombre:  sea bienvenido a esta su clase, don Miguel. Bajando el tono se expresó en estos términos:  la escuela no mola, seño. Todo el día sentado y sin poder hablar, ¿usted se cree? Mi viejo, que soy un hombre y tengo que estudiar; el dire, que un día me echa, los maestros, que al pasillo... No mola, seño; la tienen tomada conmigo porque mi padre es del partido.
Lo senté en mi mesa y dándole libreta y bolígrafo le dije: ¡anda, escribe lo que quieras!  ¿Lo que quiera?, ¿y no me llevará al dire? No, tranquilo  -le insistí- «escribe lo que quieras que no lo va a leer nadie nada más que yo.
Con letra garrapatosa, escribió una sarta de picardías en las que incluía a padres, maestros, colegio, compañeros, etc. Comprendí al leerlo que se desahogaba a gusto de lo que pensaba y deseaba decir a todos y cada uno.  No está mal -le dije- pero puedes y debes mejorar la letra».Sorprendido, insistió:  ¿y no me va a llevar al dire? Te he dicho que no, anda escribe  ¿Le escribo una historia? ¡Claro, escribe lo que quieras!  ¡Qué guay! ¿Y no se lo va a decir a mi viejo?   ¡Qué no hombre, tranquilo, escribe!.  
Y no fue una historia, sino el triste relato de su vida, salpicada de robos, mentiras, droga...
Era la primera vez que me encontraba en una situación como aquella. Decididamente, era yo la que tenía que ir a él y desde lo que parecían ser sus intereses, caminar juntos. Próximas las vacaciones, me ausenté unos días de clase por enfermedad y cuando volví ya no estaba: lo habían echado.  
Una tarde de belenes y villancicos, derrotado, entró en el aula: ¡qué mala pata -exclamó- ¡Ahora que me empezaba a gustar la escuela!
Durante un tiempo le seguí la pista. Después, se perdió en el pozo de la droga, la cárcel, el sida. De por medio, unas palabras mal escritas: usted ha sido lo mejor que he tenido.

Comprenderéis, amigos, mi emoción cada vez que escribo o cuento esta historia que tuvo muchos más matices. Y no porque yo fuera lo mejor, ¡qué va!, pero lo quise de verdad  y el amor sí es siempre lo mejor.   

2 sept 2017

Pequeño reportaje d este verano en Caleta de Vélez Málaga

Amigos: este sencillo reportaje fotográfico no es más que el deseo de una aficionada a la fotografía, empeñada en  eternizar  paisajes, momentos felices de un verano que no volverá  y que pasé, en días y horas, rodeada de los mejor: mi familia, mis amaneceres y las cosas sencillas.


Mi preciosa Marian, mi niña saharaui, feliz










29 ago 2017

ADIÓS, MARIAN

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN
ADIÓS, MARIAN
Días estos de regresos y despedidas. Me duele, me cuesta y me emociona decir adiós a Marian, una pequeña saharaui con la que, desde hace tres veranos y por generosidad y solidaridad de uno de mis hijos, compartimos vacaciones. Una preciosa niña que me regalaba jazmines, que me repetía: abuela, cuéntame cuentos, que acariciando mis manos,  decía «yo quisiera ser así de blanca», una niña del desierto, de piel achicharrada de soles y arenas, una niña desnutrida que cuenta historias que erizan los vellos  hasta de  los más duros oídos, una preciosa chiquilla que sueña con una escuelita blanca, un punto en el desierto, al que tiene que acceder por ardientes arenas. Una hija más, entre ocho de una familia que vio cómo el viento se llevaba su casa de barro y refugiados en la jaima de un familiar se apiñan todos y viven como pueden. Hay quien dice que están acostumbrados y eso no les importa, hay quien dice que traer a nuestras casas a esos niños no arregla nada y hay quien dice que hasta  se les hace daño ofreciéndoles una vida que después no tienen. Bueno, por mi parte, lejos, muy lejos de connotaciones políticas que no son mi tema y que resultan farragosas y complejas, mirando el lado humano del problema pienso que no están acostumbrados, están resignados, y sí se arregla algo con tan generosa acción: al menos una niña come, bebe, se ducha, juega y es feliz en plena conciencia de la provisionalidad que vive y del retorno a los suyos, cosa que, en un  difícil binomio, conjuga en deseos y añoranzas. ¿Que se le hace daño  con una falsa vida? No es falsa; es auténtica y en ella mucho amor y solidaridad que hasta una niña pequeña como Marian sabe agradecer.

Mi querida niña, no sé si volveré a verte, pero siempre estarás en mi corazón, siempre en mi recuerdo, porque te siento, te vivo como una hija más, una nieta que tirada en un desierto, resistes como tus mayores, los embates de un mundo que solo alza su voz cuando le interesa, pero quiero que sepas, mi querida, mi pequeña Marian, que tú interesas y mucho a esta familia que te recibe cada verano, a esta abuela" que tanto ama a los niños y que para siempre te llevarán muy dentro del alma, sin duda mejor lugar que el desierto. 
Y que canten los niños aquellos que sufren dolor, que canten porque han apagado su voz.


¡Adiós,mi preciosa niña!


Video de despedida





27 ago 2017

El tío de los algodones

Continúo con Historias de Ayer y termino con este capítulo


El pueblo es como un reino de tinieblas sin rastro de vida. Centellean pupilas de gatos, ladran perros en las eras y como  una bocanada de dolor que hiriera la noche se escuchan pasos fantasmagóricos que arrastran cadenas en un denso misterio que se adueña del viento y se deslizas por corazones que duermen en un alerta infinita de soliviantos.
Por las mañanas, cuando el sol apuntando sus primeros fulgores en la torre de la ermita, baja al pueblo y se cuela por persianas y puertas, la gente se  precipita a  la plaza, y en contagioso trance, rumian sus desbordadas fantasías: rojos que bajando de la sierra han asaltado tabernas, fantasmas que han sorprendido a obligados viandantes nocturnos, aparecidos que penan por promesas incumplidas, demonios que se ceban en víctimas arrepentidas de viejos pactos infernales.
De madrugada, al anochecer, a cualquier hora un estallido de sobresaltos, de malas corazonadas, de angustiosos suspiros,  saca a la gente a  la calle: ¡El tío de los algodones! La última respuesta a los mil caminos clausurados. ¿Un fantasma? ¿Una duda? ¿Un escape? ¿Una necesidad?
Corrillos histéricos comentan, como si vomitaran una indigestión de miedos, de secretos, augurios,  torturadas pesadillas:  El tío de los algodones ha vuelto a violar; el tío de los algodones ha vuelto a aparecer…
Y el tío de los algodones, fantasma de los días sin sueños, fantasma de tantas pasiones reprimidas, de tantos miedos cosechados en la cruel contienda, fantasma de la  fantasía deambula por patios y corrales, quebrantando voluntades, profanando mujeres casadas y casaderas.
Y se persigue aquí y allí, acusado por víctimas en  suspiros de recatada expectativa. Y las campanas del convento alertan. Guardias civiles y hombres acordonan casas, calles… Mujeres en balcones y ventanas contienen el aliento en una contradictoria interrogante, en un discreto sigilo. Y los niños, con ojos hundidos en el alma, se agazapan en las faldas de  madres y abuelas.
Y el tío de los algodones se esfuma  siempre con el viento, dejando el vacío de horas de nadie y que a su conjuro se tornaron espectrales, provocando el galopar de corazones eclipsados en otro tiempo y olvidados del ritmo festivo de los días.
Y vuelve aparecer otra madrugada, otro atardecer, cuando las horas pasmadas por una luna redonda que amarillea sombras, vuelven a la transparencia sutil en cósmico temblor. Pasan semanas y meses. Cada domingo en la Misa de siete en el convento se casan mujeres embarazadas, víctimas del tío de los algodones.
Y nacieron hijos, hombres de hoy que, con la cabeza bien alta, pueden proclamar la paternidad que los engendró: malos tiempos, pocas esperanzas, obligada creatividad de un pueblo que, entre aluviones y cenizas, se rehace para volver a ser corriente de un río joven que retorne a la vida, la plaza, la ermita, las fiestas…al ayer, al mañan

De mis recuerdos de niña, aquel fantasma de algodones y cloroformos. Y en mis reflexiones de madrugada, ¡cuántos fantasmas en nuestro presente que sin algodones ni cloroformos, sin sábanas ni cadenas, a cara descubierta, violan, roban, matan!