Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

9 abr 2014

Capítulo X




              
El tren de la vida llegaba y nos separaría, ¿para siempre?

(Último párrafo  del capítulo IX: Y mis ojos descubrieron a una persona destacada del pueblo, amigo de mi padre, hombre de Misas y Comuniones domingueras.)
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¿Y se lo has dicho a alguien? No, mi abuela dice que lo que se ve allí en mi casa es secreto, pero palabrita, te lo juro por mi madre, que me muera si es mentira… Pero tú eres mi amiga  y no lo dirás a nadie, ¿verdad?
¡Claro que no lo dije a nadie!, pero algo me escocía en el alma, cuando lo veía, algo que me inquietaba  a partir de aquella insólita confidencia. Con miedo, con reparo por la contestación que me pudiera dar, me atreví a preguntarle un día. ¿Van muchos hombres del pueblo a tu casa? Casi todos los que tienen dinero –contestó contundente -, pero tu padre, no. Creo que Lucrecia intuyó la sombra de temor que se cernió por mi imaginación de niña  y se apresuró a despejarme dudas. No obstante, añadió algo que me estremeció: ¿Te digo otro secreto? Porque tú eres mi amiga, ¿no? Sí, yo soy tu amiga… Algunos hombres –dijo bajando la voz como si alguien pudiera oírla– van vestidos de fantasmas para que nadie los conozca… ¿De fantasmas? ¡Qué miedo! ¿Y tú qué haces? A mí no me dan miedo. Son hombres, y yo lo que hago es dormir en la mesa hasta que se van y me acuesto con mi madre. Bueno, ahora me acuesto cuando quiero, pero ya no está mi madre, y tenemos que irnos porque esa cama es para otra mujer y mi abuela no tiene dinero.
Una noche, un borracho, que salió de la taberna de Barchino, nos asustó. Se bajó los pantalones. Yo corrí. Lucrecia le plantó cara: ¡Tío guarro! ¡Tío asqueroso! –gritó-. Y de un empujón medio lo tiró al suelo. Él revolviéndose contra ella, y con voz babosa y trapajosa, dijo algo así como: ¡Yo te conozco, puta, más que puta y conozco a tu abuela y conocía a la puta de tu madre…
Al oír que hacía referencia a su madre, se precipitó sobre él. Corrí, entonces a su  lado. La cogí de un brazo y medio a rastras exclamé: ¡Déjalo!; está borracho. No le hagas caso… A mi madre, no le falta nadie, y menos un asqueroso borracho…  
 Aquella noche mi padre se enteró de lo sucedido y me costó estar sin salir dos días.  Y en  en tono amenazador, exclamó: ¡Que no se repita! ¿Te has enterado bien? La próxima vez atente a las consecuencias. ¡Dónde se ha visto que mi hija ande metida en líos de borrachos y de…!
Se contuvo para no decir la palabra putas, pero en el aire quedo, y yo la escuché como lo peor que se pudiera ser y pronunciar en el mundo.

Desde la noche aquella del incidente con el borracho, mi padre me controlaba en el sentido de no permitirme salir sola. Siempre lo hacía acompañada  de mi hermano, que lo soportaba a regañadientes. Así volvió a pasar tiempo sin que pudiera ver a Lucrecia. No obstante sabía de ella por aquel niño, Luis, el larguirucho, como  lo llamaba Lucrecia, por su estatura y delgadez.
 He visto a Lucrecia –me dijo un día- y me ha dado un recado para ti. ¿Un recado? ¿Qué te ha dicho? Que el jueves se van a otro pueblo…¿Qué pueblo? ¿Este jueves? ¿Pasado mañana? -preguntaba angustiada por la noticia- Sí, sí, pasado mañana. En el carretilla de la tarde, y no sé a qué pueblo pero es lejos, y allí vive un hermano de su abuela, y se van el jueves.


5 abr 2014

Capítulo IX



Toda la vida  esperando que por algún lado 
pueda aparecer Lucrecia  


(Último párrafo capítulo VIII.
Y encendían mariposas de aceite, colocaban ramos de crisantemos alrededor de un ataúd pobre que me produjo  tal convulsión que me sentía el pulso por todo el cuerpo  y las manos me sudaban un  frío de hielo…)

Si quieres –me sugirió Lucrecia-  te entro a ver a mi madre. No da miedo; está como dormida y parece que se ríe. Tiene un velo de encaje por la cara; no se le ve bien, pero se ríe; no da miedo. La abuela, discreta como era, se anticipó a mi respuesta: ¡Anda! Deja a esta niña que se vaya, y tú también te vas a bajar al sótano con Teresina…Yo no quiero ir allí; hace mucho frío y quiero que se quede María:
Pero aquella mujer, árbol gigante, decrépita y plena de dolor, se levantó y saliendo por unos instantes de sus lágrimas, me cogió suavemente por un  brazo y me condujo hasta la puerta. ¡Anda! -exclamó- Vete a tu casa; esto no son cosas de niños.
Cuando salí de allí, camino del colegio, me pesaba tanto el cuerpo que casi no podía caminar. Llegué tarde, y la monjita de chapetas coloradas, me castigó. Después en casa, mi hermano repetía: ¡María ha llegado tarde al colegio; la han castigado! Mi madre guardó silencio. Un poco después me dijo: Voy a mandar a Juana para que se traiga a esa niña y pase aquí la tarde… ¿Y papá quiere? Papá no vendrá hasta la noche, pero  no tienes que preocuparte.  
Y sí; mi madre la recibió con cariño.  Le dio la merienda, y le regaló un vestido de los míos,  unos zapatos y libros de cuentos. Cuando a las seis de la tarde, y mientras sin cesar y sin miedo, jugábamos,  le mostraba mis rincones favoritos en el jardín, y le descubría mis tesoros, piedrecillas de colores, pétalos de rosa en alcohol… volvieron  a doblar las campanas, y Lucrecia, que se había mostrado contenta en nuestros permitidos juegos, como paralizada repentinamente, exclamó: Ya se llevan a mi madre, pero el cura no quería, y mi madre era buena. Me voy corriendo; quiero darle otro beso.
Mi madre, que era también buena, la sujetó: Tú madre –le dijo- está ya con Dios. Lo único que puedes hacer por ella es rezar. Y sus ojos llenos de lágrimas eran expresión viva de un a mezcla de dolor, ingenuidad y picardía. Entre dientes, y casi a mi oído, repetía: A ese hijo de puta lo mato yo un día; le pegaba a mi madre, y yo sé que se ha muerto por su culpa
Al caer la tarde, la acompañé hasta la esquina; le había prometido a mi madre que de allí no pasaría. Y vi. cómo se perdías por aquel callejón negro, de la Calle de Río, más negro que nunca, más siniestro, más solitario….Más huérfano para Lucrecia..
 Tras la muerte de su madre, nuestra amistad se intensifico, si bien siempre en encuentros fortuitos y clandestinos.  Cada día al oscurecer, cuando la gente acudía a la Iglesia al rezo del rosario, nos encontrábamos allí, en un poyete de la plaza, escondido bajo las viejas ramas de un gran naranjo. Lucrecia, con un lazo negro en la manga, parecía más abandono, más soledad. Un día me dijo: A lo mejor nos vamos a vivir a otro sitio. Mi abuela no tiene dinero ni puede ya trabajar. Dice que a lo mejor  por ahí puede ser criada o que a lo mejor nos vamos a vivir con su hermano Rogelio que tiene dinero.
Recuerdo que las palabras de Lucrecia  me calaron tan hondo que casi me eché a llorar. Y tan sólo se me ocurrió una ingenua salida: ¿Y no irás a los Grupos? Todavía  no sabes leer bien ni escribir. Bueno, pero, ¡si yo no quiero ir! Hay un maestro que, cuando me ve sola me enseña... Y es un viejo asqueroso que me da miedo, y dice mi abuela que se lo va a decir al director, aunque seguro que me echa la culpa a mí o dice que es mentira. Si quieres, yo te enseño a leer.
 De pronto, encogiéndose hasta quedar prácticamente debajo de mí, exclamó:
-¡Mira, mira! Ese hombre también se acostaba con mi madre y me llama putilla, y eso no me gusta. No quiero que me vea. Cuando yo sea mayor se van a enterar todos.
Y mis ojos descubrieron a una persona destacada del pueblo, amigo de mi padre, hombre de Misas y Comuniones domingueras....

31 mar 2014

Capítulo VIII


(Último párrafo del capítulo VII: Allí estaba, acurrucada en una canastilla de costura llena de ropa, cuando los pasos de Juana, me soliviantaron y corrí, que casi rodé,  escalera de  caracol  abajo.)
                                 
Y para este capítulo no tengo más ilustración que este cielo borrascoso por  donde,no obstante, otea la luz.

Juana me recogió del suelo llorando: ¡No puedo andar -repetía-, no puedo!; me duele mucho. Mi padre acudió rápidamente en tanto Juana seguía con sus regañes de siempre:  ¿Se puede saber qué hacías arriba? Sabes que tu madre no quiere que estés ahí sola… No es hora de reproches -dijo mi padre-. Ayúdame a llevarla a la cama.

Efectivamente, me había hecho un esguince en el tobillo, por lo que mi padre, tras vendármelo, exclamó. No vas a poder andar en unos días. Desde la cama veía la estatua de la mujer desnuda y el fraile de la veleta. Lucrecia saltó a mi memoria como un quejido de dolor. Saqué una libreta y escribí: Lucrecia es mi amiga.  Lloré, sí, recuerdo que lloré sin saber ver bien por qué. Tal vez, torturándome algo la cabeza y con la mirada perdida en palabras y paisajes que le pertenecían, sentí tanto miedo que mi fragilidad no encontró más camino que el de las lágrimas.
No sé cuánto tiempo transcurrió, pero me había recuperado y hacía mi vida  normal cuando  una mañana me desperté con las primeras luces del día, oyendo el espeluznante doblar de campanas que anunciaban muerte y que, como me sucedía siempre, me provocaron un repeluzno: ¿quién habría muerto? De repente las noticias que a diario traía Juana del mercado me hicieron saltar de la cama. Se ha muerto una mujer de la  del Calle del Río. La madre de esa niña ordinaria que María tiene por amiguita.
Mi madre, mujer de gran corazón, exclamó: ¡Calla, calla! La niña no tiene la culpa. Además, que no se entere María. Ya sabes lo sensible que es…
Corrí y de un salto me planté en el comedor donde mi madre desayunaba. Tenía ya trece años. ¿Te has enterado, verdad? -preguntó mi madre nada más verme. Sí; me han despertado las campanas, y yo quiero ir… Eso no son cosas de niñas –me interrumpió mi madre-. Pero Lucrecia es una niña y no tiene amigas. Tras un breve silencio mi madre exclamó: ¡Anda, desayuna y arréglate para el colegio!
Nada más salir aquella mañana, camino del colegio, y desafiando miradas y palabras de los niños y niñas  que me increpaban, corrí a la Calle del Río. En la puerta, revuelo de mujeres que, sin prejuicios, barrían y fregaban. Entré precipitadamente en aquella casa de olor a colonias fuertes y a polvos baratos. Sentada sobre un viejo cajón, bajo la parra, la abuela de Lucrecia lloraba. En sus brazos estaba ella que, pálida, ojerosa, despeinada, descalza…  lloraba también  sin consuelo.  Al verme, un leve gesto de satisfacción se dibujó en tu rostro: ¿Por qué has venido? Como se entere tu padre...  ¡Mi pobre hija –repetía su abuela en  ausencia de todo- ¡Mi pobre nieta!
Y se deshacía en lágrimas amargas que caían de aquellos ojos secos de años, secos de amarguras, secos de ¡sabe Dios cuántos malos tragos! Se llamaba Encarna, pero la gente  del pueblo la llamaban tigresa.
Un revuelo de mujeres, escuálidas, ajadas, batas largas, como siempre, cabellos despeinados, pálidas, ojerosas deambulaban de acá para allá entre incesante trasiego de gatos, rumores,  comentarios: No vendrá el cura. Han dicho que a esta casa no entra. Habrá que sacarla a la puerta, habrá que llevarla al cementerio...
Y encendían mariposas de aceite, colocaban ramos de crisantemos alrededor de un ataúd pobre que me produjo  tal convulsión que me sentía el pulso por todo el cuerpo  y las manos me sudaban un  frío de hielo