Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

20 sept 2011

Llega el otoño





 En mi terraza. Seis de la mañana.

Una vez más, me sorprende, ¡siempre me sorprende!,

la llegada del otoño: papeles que vuelan, hojas que caen,

pájaros que emigran, humedad en el albero,

y mis pasos, cargados de nostalgia, que reverberan

tiempos de castañas asadas, de novenas, rebecas, vientos, lluvia…

 
Y eran nubes negras rasgadas por el centellear relampagueante

de tormentas, trisagios, apagones de luz, velas…

 
Pero hoy, mi presente sabe a cálido retorno d eno sé dónde

y mi alma abierta a esta magia que rocía el amanecer,

recibo la llamada del otoño, reclamo de vida,

y aspiro la fragancia de cada recuerdo que se me filtra furtivo

y se torna palabra sobre esta fría pantalla

donde mis dedos escriben,

dedos y manos que saben tanto de caricias rotas

y de amores, paraísos que nunca fueron,

manos que pretenden eternizar la soledad de los momentos.

Quisiera ser náufrago del viento,

que me llevara, lejos, filigrana de sueños

enloquecido por la luz de la madrugada,..

¡Muy lejos de este mundo que no es el mío!

Llega el otoño. ¡Llueve! ¡Sí, ya llueve!

Y mis manos y mi rostro desafían la tormenta

desde esta séptima planta, desde esta soledad

que me transmuta en cósmica y etérea.

 
Quiero empaparme de lluvia, como las mieses de sol en las eras.

Quiero que por mis ojos corran torrentes

que como arroyos desbordados busquen la mar inmensa

donde encontrar su destino.

Quiero que de mis labios chorreando pura ilusión y amor,

se aviente un beso y llegue, sereno y reverente, a los tuyos, amigo.

Llega el otoño, ya

17 sept 2011

Del hombre que se hizo escritor

  Un hombre, que de toda la vida se había dedicado, con gran vocación y dedicación,  a limpiar máquinas de escribir, un día decidió hacerse escritor. Se dijo: Ya está bien de poner a punto las máquinas de los demás para que escriban bellos libros. Dejaré este  vulgar oficio y me dedicaré a  a escribir mis obras que me harán inmortal. 
Así, cerrando el taller donde había pasado gran parte de su vida y adquirido nombre y fama,  escribió y, con sus ahorros, se público su obra. Después, con ella   debajo del brazo, se recorría cafeterías y lugares públicos, repitiendo: ¡Soy escritor, soy escritor! He aquí mi obra.
Un día tropezó con un antiguo cliente, hombre de letras. Éste, al verlo le preguntó:
 -¿Qué? ¿Cómo va el asunto de las máquinas? ¡Qué buena mano la suya para el oficio!
-Lo dejé, ¿sabe? Fueron demasiados años poniendo a punto las máquinas de los demás. Ahora trabajo para con la mía.
Y poniéndole un libro en la mano, dijo:
-Tome y lea; presuma de amigo escritor.
El hombre amigo,  autor de  numerosas obras, hojeó, pausadamente,  el libro y exclamó:
-¡Vaya! Compruebo con desagrado el que tú, experto en limpiar máquinas, has descuidado tanto  la tuya que esta lectura es ilegible.
Visiblemente alterado aquel hombre, exclamo:
-¿Cómo? ¿Qué me quiere decir? ¿Acaso no ha visto la firma del prólogo?
- ¡Sí, sí! Ha sido lo primero que he visto, pero dime, ¿cuánto has pagado por ella? ¡Sigue, sigue comprando firmas! Y ahora, perdona, es la hora de mi vieja máquina.
     Y se alejó exclamando: ¡Con lo buen profesional que era!

10 sept 2011

El árbol de hoja caduca

                                              Minicuento
Un árbol de hoja caduca fue sembrado en un hermoso jardín. A su alrededor crecían viejos árboles de hoja perenne como el pino, el aligustre, la palmera... Cuando llegó el invierno, el árbol de hoja caduca, ante la expectación de todos, perdió sus hojas. Con sorna y algo de compasión, los demás árboles se dirigían a él:
-¡Qué pena nos da de verte. ¿Acaso estás muerto? Tus ramas secas resultan punzantes, viejas, desapacibles. Las nuestras, en cambio, siguen siendo frondosas, verdes...
El árbol de hoja caduca, reservado y silencioso, resistía las heladas y los fuertes vientos, protegido, no obstante, por el cálido rescoldo de la savia que le alimentaba en sus adentros.
Cuando llegó la primavera, poco a poco, comenzaron a brotarle yemas, hojas, ramas espléndidas que de un verde nuevo parecían izarse al cielo, alargando sus brazos en frescas sombras y refugio de cuántos pajarillos acudían al jardín, así cómo de ancianos y enamorados.
Lo árboles de hoja perenne lo miraban y se decían:
 -¿Qué milagro es éste? ¿De dónde tal frondosidad y verdor? ¿Acaso ha resucitado de la muerte? ¿Acaso pretende darnos lecciones de hojas y ramas?
El árbol de hoja caduca, adivinando sus pensamientos, y con gran humildad, les dijo:
-Siento, hermanos, vuestra torpeza al juzgarme en mis aparentes  horas bajas. ¿No veis cómo sale la mariposa del capullo y alza sus vuelos en irisados colores, cuando llega la primavera? Así, durante el invierno, mis hojas viejas me abandonaron, pero mi sangre siguió regando lo más profundo de mi ser. De esta manera cada año, puedo estrenar vida. Yo no sabría qué hacer con las mismas vestiduras que me nacieron el día de mi alumbramiento. Estar vivo equivale a ir desprendiéndose de lo viejo y hacer que florezca algo nuevo.
-¿Pretendes llamarnos viejos? –gritaron a una irritados los árboles de hoja perenne.
-No era mi intención –contestó el árbol de hoja caduca-. Tan sólo os hablaba de juventud, de renovación, de vida.

8 sept 2011

IN MEMORIAM

Rafael Agüera Delgado, un hombre
Isabel Agüera
Córdoba


Soy por igual del viejo y del joven, del necio y del sabio --canta el poeta--. Indiferente y atento a un tiempo con los demás. Maternal y paternal a la ves, niño y hombre. Formado de una materia tosca y de una materia delicada. Ciudadano de la Nación de muchas naciones, no menos de las grandes que de las pequeñas. Soy del Norte y del Sur. Soy indolente y hospitalario. Me encuentro a mi gusto en la flotilla rompe olas, navegando con todos. Compañero de barqueros y de mineros, compañero de todos los que se dan la mano: como y bebo con ellos. Aprendo de los simples y enseño a los más sabios. Con el color de todas las razas, el rango de todas las castas; todo linaje y toda religión son míos. Esto no es un libro --dice el autor de Canto a mí mismo --. Quien lo toca está tocando a un hombre.
No encuentro mejores palabras, ni más exactas para definir a Rafael Agüera Delgado, mi primo, que se nos fue días pasados, cuando ya los tonos amarillos del otoño van cubriendo jardines y paseos. Lejos de Córdoba, leí la noticia en el periódico y sentí dolor en el alma porque Córdoba perdía a un gran hombre, amigo de todos, católico de mucho más que palabras, familiar y "social", que no socialista --me decía él--, ayudó, colaboró, sirvió, amó sin distinción de colores ni ideas, perdonó...
Veterinario de profesión fue pionero en trascendentes estudios e investigaciones. Por eso, una vez más, en esta mi hora de la madrugada solo me resta por hacer lo único que sé y puedo: abrir el micro de mi corazón para que, como potente voz, proclame esta gran pérdida.
Sí, Rafael era, ante todo, eso: un hombre.

6 sept 2011

La cuesta arriba

ISABEL Agüera 07/09/2011

Lo decía, o al menos yo le ponía letra, al "carretilla", el tren aquel de ruidosos traqueteos: "Cuesta arriba, cuesta abajo, qué fatiga, qué trabajo-" Y con la lengua fuera y tragando humos y carbonilla, llegábamos al fin a nuestro destino.
¡Ea, pues, de nuevo hemos subido al tren de lo cotidiano! ¡Y qué fatiguita la cuesta arriba que se avecina! La mesa de trabajo, los papeles, las caras, todo parece que se nos amontona en un negro sobre gris cuyo título se nos agiganta: rutina, rutina que vuelve a ser algo así como eletrectoencéfalograma plano sin matices que valgan.
Recuerdo las palabras de un amigo que, operado de una grave dolencia, me decía: "Solo quisiera poder volver, un día siquiera, a vivir con normalidad, la rutina de antes". Y por experiencia creo que sabemos ya cuánto se valora lo que se pierde, por pequeño que sea, y no digamos lo grande que hoy día es poder volver a la rutina de un trabajo.
A veces creo que nos autoengañamos, contándonos las maravillas de unas vacaciones ya que, por lo general, y ante un acto de sinceridad, es muy frecuente exclamar que como en casa y en el trabajo no se está en ninguna parte y hay que ver con la gana que retomamos nuestro sillón, nuestra cafetería, nuestra ciudad...
Y hay que ver los proyectos que ponemos en marcha: cambiar muebles, pintar el piso, pasar por la peluquería, el dentista y, en fin, vida nueva que para eso volvemos relajaditos.
La trampa de la rutina --V. Hugo-- se desarma mirando excepcionalmente lo no excepcional. Nuevo y maravilloso, excepcional puede ser ese viejo tren que nos permitía contemplar el paisaje, comer un bocata, conocer a los viajeros...
Es por eso que, consciente del valor de cada pequeña cosa, aún tragando carbonilla, mi primera oración de cada día no es otra que esta: Un día más, Dios, para volver a ver pasar vacío el autobús de la seis de la madrugada.





2 sept 2011

Atardecer

Una mala poesía para un bello momento


CÓMO me gusta este arrullo del atardecer
que va cayendo sobre mis pupilas de niña
absorta en un vaivén de notas que
como magas mariposas al néctar delicado de su flor
buscan partitura donde solfear
mi primera, mi  cándida y bella, bellísima
                                         canción de amor!
Y son voces por patios lejanos
y es el calmado piar de gorriones
solitario diálogo, nacido del monótono de la lluvia
y es la veleta, fraile de escoba inquieto
que me habla de vientos... norte, sur...
                                              rabiosos,  ligeros soplos...
Y es una sutil y vaporosa nubecilla
que camina por el azul rosado
                                                de esta mi hora crepuscular.
¡Bella, blanca...  divina hora!

31 ago 2011

La voz del silencio


A UN AMIGO
Él era torrente de voz, presta a  elocuente y fogosa participación en tertulias, coros, eventos de cualquier índole en los que se dejaba oír sugerente, oportuno, creativo...
Amigo y compañero afectuoso y sensible  se derrochaba  en palabras animosas, extraídas de la ubre  de su alma, piloto de vuelos altos, que en sus alas arrastraba el afecto de cuantos  con él  conectábamos.
Pero he aquí que la mala pata del destino, segó de un tajo esa vigorosa, potente, convincente  arma que era su voz.
Sí, a la vuelta de las vacaciones, como tremendo impacto, recibí la noticia. 
Querido amigo: En los meses transcurridos y tras tu  admirable lección de fortaleza, hoy puedo  aplicarte las palabras del poeta:  El silencio lleva en sí tu voz, como el nido la música de los pájaros dormidos. Y  lo hago  en nombre propio, así como también en el de todos los compañeros de la Asociación a los que constantemente nos sorprendes con tu esfuerzo, coraje de vivir y, sobre todo con esa  otra voz del silencio que...
   nos habla, como hablan las campanas,
   voz del silencio que nos canta, como cantan las cascadas,
   que nos sugiere  ideas y nos narra historias como libro abierto  sobre el insólito  atril de tu fuerza de voluntad.
Hay algo superior  y más puro que lo que las bocas articulan. El silencio que ilumina nuestras almas, susurra a nuestros corazones y une unas y otros. La voz interior que  se sirve del alma como vehículo se torna tan potente amplificador que sus ecos son escuchados con reverencia por el universo.
Dice  Carrel: Son signos de la superioridad del hombre la resistencia al trabajo, a la enfermedad y a las penas, la capacidad para el esfuerzo y el equilibrio nervioso.
Querido amigo: Para terminar una confesión: en mis peores momentos, cuando las horas bajas llaman a mi puerta, cuando a solas conmigo evoco recursos, sólo  tus voces,  esas que  en nuestras convivencias se han ido grabando en mi alma, me sirve de inexorable referencia: Sí, tu fe,  fortaleza,  coraje,  ganas de vivir...
Sí, tú, sin duda, eres un hombre superior.