Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

24 dic 2018

Cuento de Navidad, hoy



Dibujo de un alumno: Moisés Ruiz 9 años

 Aconteció en estos días que se promulgó una ley de extranjería por la que los sin papeles tendrían un plazo entre siete y treinta días para retornar voluntariamente a su país de origen. 
Un matrimonio de extranjeros, José y María, que estaba en avanzado estado de gestación, llegados en patera, buscaban trabajo en España, pero no encontraban nada porque la gente nada más verlos, repetían:
-No, no tenemos nada. Volved a vuestra tierra.  
Así caminaban sin rumbo en la noche. Encontraron refugio en una chabola abandonada a las afueras de una gran ciudad. Sucedió que el segundo día de pernotar en aquel lugar una grúa municipal los desahució, dejándolos a la intemperie una noche muy fría de un veinticuatro de diciembre del año dos mil  quince. Abrazados, y sin saber  dónde refugiarse, retomaron el camino. 
Repentinamente se vieron obligados a detenerse y buscar nuevo refugio ya que la mujer presentaba síntomas de eminente alumbramiento.
El hombre llamado José, divisó a lo lejos los arcos de un centenario puentecillo.
-Allí, María –exclamó-, allí podrá nacer nuestro hijo. Buscaré pasto, buscaré leños, encenderé el fuego y esperaremos a nuestro hijo
Y el hombre, llamado José, extendió el pasto, lo cubrió con su vieja chaqueta y el niño nació. La mujer, llamada María, lo recubrió con su propia ropa y lo recostó en el cálido montón de pacto, junto al fuego preparado por José. 
Aquella madrugada, trabajadores de una fábrica cercana, al cambiar de turno, los encontraron y compadecidos le ofrecieron lo poco que llevaban: se despojaron de algunas de sus ropas, les dieron parte de sus bocadillos y prometieron dar cuenta a los Servicios Sociales para que les ayudasen. 
También un grupo de chicos jóvenes que  salían de una discoteca, se detuvieron al verlos y cantaron y bailaron para acompañarlos.
¡Ande, ande, ande
este chiquitín
que no tiene cuna
y ha nacido aquí!
No llores, mi niño
Vamos a cantar,
Vamos a bailar
que hoy es noche buena
y mañana Navidad.

  
Al día siguiente, se personaron en el lugar  tres mujeres provistas de todo lo necesario para atender al niño y darles cobijo durante el tiempo preciso para que retomaran camino a su país. 

 La patria no es propiedad heredada con papeles, sino cielo, dicha y dolor de todos.

Y este cuento no se ha terminado porque siguen las pateras, siguen los sin papeles y siguen naciendo niños refugiados en chabolas y sin un bocado de pan, y porque siguen naciendo y viviendo niños en el desierto
, entre rigores de arenas, fríos y muchos soles.
La patria, amigos, no es propiedad heredada con papeles, sino cielo, dicha y dolor de todos que habría que administrar en un mundo de tan grandes desigualdades. Falta voluntad, falta entendimiento, falta justicia, pero sobre todo falta amor, mucho amor.
Y hoy un recuerdo y una oración por los fallecidos en el reciente tsunami en Indonesia. Prestemos ayuda en la medida que podamos. 

20 dic 2018

Relato: se llamaba Miguel

 Miguel, desde ayer, es ya pasado. Hace tiempo, un día, no sé cómo, apareció en la terraza de mi cafetería habitual, apoyado en un andador. Eran unos cincuenta  años envejecidos, era    mirada serena y evidente fisonomía de hombre enfermo y debilitado en extremo que se expresaba con palabras torpes que más bien parecían un murmullo de sonidos sordos e ininteligibles. Comentaban que era un solitario y extraño vecino, llegado de otra provincia y alojado en una habitación cerca de mi casa. Comentaban que la familia lo ignoraba, que nada querían saber de él y que tras sufrir dos ictus llegó a esta proximidad de mi vida, atenta a cualquier movimiento humano que cunda por mis alrededores.
Un día y otro, lo saludaba mañana y tarde y, poco a poco, fui tratando de acercarme a él que parecía esperarme, siempre, con la bebida sobre la mesa y el cigarro en la mano y con palabras de respeto y cariñosos halagos. Hace dos años se rompió la cadera y fue operado en Reina Sofía. Me desplacé a verlo, con una caja de bombones que agradeció, más con gestos que con palabras.  No se quejaba de nada pero su soledad me sobrecogía: ¿Tienes madre, hermanos nietos? -le pregunté-.  Lejos –me contestó-; nadie vendrá.
A partir de aquel día mi preocupación e interés por él fue creciendo sin saber bien qué podía hacer, sobre todo por acercarlo a su familia, pero todo fue inútil.   Con la caridad de unos y otros salió adelante en aquella habitación alquilada,  y volvió, atado con dificultad a una silla de ruedas, empujada por caridad, a ocupar su sitio en la terraza. Allí prácticamente pasaba el día. Nada más verme aparecer levantaba una mano y me sonreía. Yo le correspondía con algunas golosinas y atenciones entre las que más le ilusionó fue la foto de su primer nieto que mediante un amigo conseguí.

Un día de aquel verano, hacia las tres de la tarde, cuando atendía al telediario, de pronto, tuve la impresión de que alguien estaba junto a mí. Volví la cabeza, por si alguno de mis nietos me quería  dar un pequeño susto, pero no había nadie. Unos instantes después, la misma extraña impresión: una especie de presencia junto a mí. Sentí algo de miedo, pero me dije a mí misma: ¡toterías! Bajaré a tomar café.
Al entrar en la cafetería, alguien salió a mi encuentro: mala noticia, Isabel –dijo-; acaba de morir Miguel. Se levantó para salir y cayó muerto al suelo.
 Eran muchas las cosas que se contaban, que se sospechaban de él y ninguna, al parecer, que puedan ser consideradas motivo de recuerdo ni tan siquiera de esta impresión que, desde ayer, me comen de interrogantes y pena. Sí, yo he llorado por él, por su soledad, por su vida de bebida y tabaco, por todo lo oscuro que de él desconocía, por su mirada azul y alegre cuando me veía… Alguien me ha comentado que en la mesita de noche tenía la foto del nieto que le regalé. No sé qué más decir. Aquí delante tengo ahora la foto que me hice con él y que por respeto no muestro. Adiós, Miguel, algo de mí te llevaste y un gran vacío me has dejado. No me importó lo que había sido tu pasado, solo, sí, tu presente que no era otro que el de un pobre ser humano sin más recurso que el cigarro y el alcohol. 
Estará con Dios, seguro, porque, si para mí fue alguien, su creador lo habrá recibido como hijo pródigo de regreso a casa.

Y si bien, no trato de que  alguien me crea,  aquella presencia que yo sentí, y que no entiendo, interpreto, no obstante, que fue la despedida de Miguel, su último suspiro.

11 dic 2018

Miedo a los cambios

DIARIO CÓRODOBA / OPINIÓN 
En la vida de los pueblos, de los individuos, siempre hay un momento decisivo en que la historia comienza o cambia radicalmente. Si nos detenemos un momento y observamos el movimiento de la vida a nuestro alrededor, veremos que es permanente renovación. Siempre me ha provocado reflexión aquello de que el cuerpo que teníamos hace un año, por ejemplo, ya no es el mismo que tenemos ahora. Ha habido renovación: muerte, nacimiento. No obstante hay algo en nosotros que se resiste al cambio: nuestra mentalidad acomodada a unos esquemas que la soportan con una facilidad asombrosa basada en la rutina de la cotidianidad.
Pero nuestra inercia tiene un nombre más preocupante y trascendente: miedo. Recuerdo cuando se editó mi primera novela, Buscando en la vida en la que una mujer decide romper con creencias, costumbres, imposiciones, pecados..., y se lanza al vacío del cambio con el paracaídas cerrado. Aquí, en nuestra ciudad se la tachó de antifamiliar, antirreligiosa, antisocial, antitodo y hasta hubo amigos y familiares que la abandonaron. Nada de esto era cierto. Se trataba solo de una denuncia de la manipulación a la que había estado sometida, se trataba de reivindicar libertad para la mujer, se trataba, en definitiva, de un cambio pacífico al compás de las exigencias de los tiempos y sobre todo se trataba de llegar a saber pensar en libertad.

Las personas cambian cuando se dan cuenta del potencial que tienen para cambiar las cosas. (Paulo Coelho). Hoy día se habla mucho de cambios: unos, hacia adelante; otros, hacia atrás, y en esa marea de querer y no querer, se olvida una obviedad: solo las personas ignorantes permanecen inquebrantables, inflexibles. Los cambios deben ser siempre una necesidad; nunca un capricho. No fuiste antes ni después; fuiste a tiempo. Yo no sabría qué hacer con las mismas vestiduras que el día de mi alumbramiento. Seguiría siendo  una bebé dependiendo de la voluntad de todos.

7 dic 2018

El valor de la experiencia: relato

Un anciano, acompañado de su nieto, que tras terminar medicina, lo visitaba, subía cada mañana a lo más alto de una montaña y hacía una fotografía. El muchacho, un día, exclamó:
-Abuelo, ¿para qué quieres todos los días la misma fotografía? Desde aquí siempre se ve lo mismo.
El abuelo, sonriendo, contestó:
-No, hijo, no. Son tus pocos años los que ven siempre lo mismo. Los míos, muchos ya subiendo a esta montaña, cada día descubren cosas nuevas. Mira -añadió, mostrándole el álbum de fotografías-, en  esta hay nubes, en esta los árboles no tienen hojas, en esta otra, una bandada de pájaros cruza los cielos...
-¡Pues es verdad; no me había fijado! -exclamó el joven.
-La vida, hijo, te enseñará a fijarte. Trata de aprender, porque de lo contrario tu vida será un electroencefalograma plano.

Hasta aquí el cuento, pero es así. los años nos dan a conocer, a vivir, a pasar por tantas cosas que, al mirar el álbum de nuestra existencia, bien podemos hablar de vivencias reales, que vuelven a vivir los jóvenes, idénticas a las nuestras, y que, en parte es necesario subir todos los días a la montaña para evitar errores y tropiezos, pero la experiencia, hoy día, está tan marginada, tan arrinconada que nadie quiere saber, que nadie cuenta con ella, que se considera una antigualla de la que uno se sacude exclamando: ¡eso es muy antiguo; las cosas ahora no son como las de ayer! 
Y no son, pero tienen “rostro” y hay que, con humildad, mirarlas, verlas y aprender.

3 dic 2018

DISCAPACITADOS

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN

Ayer, día tres, se celebró el Día Internacional del Discapacitado, y creo que no podemos pasarlo sin reflexionar acerca, no solo de aquellos que sufren discapacidades físicas, que son un gran problema familiar y social y, sobre todo para ellos mismos, sino también por lo mucho que nos «discapacitamos» todos, a veces.  
Empiezo, pues, con el recuerdo de un alumno discapacitado físico. En su rostro, pálido y deforme se dibujaba una sonrisa. Una sonrisa que brotaba de la tristeza infinita de su alma, como brotan las gotas del rocío en la noche y amanecen cristalinas sobre los campos marchitos. Su cabeza, mata de pelo negro, retorciendo agitadamente el cuello, era la expresión viva de una alegría nueva, aquella mañana primera de escuela. Hoy, después de muchos años, pienso, de nuevo en aquel niño discapacitado, en aquel alumno, que un día faltó al colegio y ya no regresó más.
Pero creo que esta celebración, como he dicho, no es solo de lamentaciones hacia aquellos discapacitados físicos que, por supuesto, son objeto de muchas y grandes atenciones, sino que de alguna manera todos tenemos que reflexionar acerca de cuántas situaciones complicadas encontramos en nuestro camino, cuántos obstáculos y ante las cuales no podemos sentirnos impotentes, «discapacitados» para superarlas y cruzarnos de brazos, sino que hay que despertar nuestro coraje y fortaleza para seguir siempre adelante porque, como dice la extenista Martina Navratilova, la discapacidad es una cuestión de percepción. Si puedes hacer una sola cosa bien, eres necesitado por alguien.

También nos sentimos discapacitados ante el miedo a los cambios, miedo a perder, miedo a mirar hacia adelante, miedo a dar un paso que nos distancie milímetros de nuestro camino de siempre, miedo a la enfermedad, a la muerte, miedo a todo  y nos paralizamos mientras la vida sigue su concierto que viene a decirnos aquello de que nuestras capacidades serán siempre más grandes que cualquier discapacidad.