Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

17 oct 2017

MI AMIGA PROSTITUTA VI

CAPÍTULO VI
Pasó tiempo. No sé cuánto que no veía a Lucrecia. Una mañana me desperté con las primeras luces del día, oyendo el espeluznante doblar de campanas que anunciaban muerte y que, como me sucedía siempre, me provocaron un repeluzno: ¿quién habría muerto? De repente las noticias que a diario traía Juana del mercado me hicieron saltar de la cama. Se ha muerto una mujer de la  del Calle del Río. La madre de esa niña ordinaria que María tiene por amiguita. Mi madre, mujer de gran corazón, exclamó: ¡Calla, calla! La niña no tiene la culpa. Además, que no se entere María. Ya sabes lo sensible que es…
Corrí y de un salto me planté en el comedor donde mi madre desayunaba. Tenía ya trece años. ¿Te has enterado, verdad? -preguntó mi madre nada más verme-. Sí; me han despertado las campanas, y yo quiero ir… Eso no son cosas de niñas –me interrumpió mi madre-. Pero Lucrecia es una niña y no tiene amigas. Tras un breve silencio mi madre exclamó: ¡Anda, desayuna y arréglate para el colegio!
Nada más salir aquella mañana, camino del colegio, y desafiando miradas y palabras de los niños y niñas  que me increpaban, corrí a la Calle del Río. En la puerta, revuelo de mujeres que, sin prejuicios, barrían y fregaban. Entré precipitadamente en aquella casa de olor a colonias fuertes y a polvos baratos. Sentada en el viejo cajón, bajo la parra, la abuela de Lucrecia lloraba. En sus brazos estaba ella que, pálida, ojerosa, despeinada, descalza…, lloraba también  sin consuelo.  Al verme, un leve gesto de satisfacción se dibujó en su rostro: ¿Por qué has venido? Como se entere tu padre...  ¡Mi pobre hija –repetía su abuela en  ausencia de todo- ¡Mi pobre nieta! Y se deshacía en lágrimas amargas que caían de aquellos ojos secos de años, secos de amarguras, secos de ¡sabe Dios cuántos malos tragos! Se llamaba Encarna, pero la gente  del pueblo la llamaban tigresa.
Un revuelo de mujeres, escuálidas, ajadas, batas largas, como siempre, cabellos despeinados, pálidas, ojerosas deambulaban de acá para allá entre incesante trasiego de gatos, rumores,  comentarios: No vendrá el cura. Han dicho que a esta casa no entra. Habrá que sacarla a la puerta, habrá que llevarla al cementerio... Y encendían mariposas de aceite, colocaban ramos de crisantemos alrededor de un ataúd pobre que me produjo  tal convulsión que me sentía el pulso por todo el cuerpo  y las manos me sudaban en un  frío de hielo… Si quieres –me sugirió Lucrecia-  te entro a ver a mi madre. No da miedo; está como dormida y parece que se ríe. Tiene un velo de encaje por la cara; no se le ve bien, pero se ríe; no da miedo. La abuela, discreta como era, se anticipó a mi respuesta: ¡Anda! Deja a esta niña que se vaya, y tú también te vas a bajar al sótano con Teresina
Aquella mujer, árbol gigante, decrépita y plena de dolor, se levantó y saliendo por unos instantes de sus lágrimas, me cogió suavemente por un  brazo y me condujo hasta la puerta. ¡Anda! -exclamó-, vete a tu casa; esto no son cosas de niños.
Cuando salí de allí, camino del colegio, me pesaba tanto el cuerpo que casi no podía caminar. Llegué tarde, y la monjita de chapetas coloradas, me castigó. Después en casa, mi hermano repetía: ¡María ha llegado tarde al colegio; la han castigado! Mi madre guardó silencio. Un poco después me dijo: voy a mandar a Juana para que se traiga a esa niña y pase aquí la tarde…


10 oct 2017

Mayores a escena

Hoy hacemos un paréntesis en la novela para dar paso a  este mi artículo.

DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN
El pasado día uno se celebró el Día Internacional de los Mayores, día que pasó prácticamente desapercibido, pero creo que merece atención y reflexión. Lope de Vega, en A mis soledades voy, dice: «Ni estoy bien ni mal conmigo mas dice el entendimiento que un hombre que todo es alma está cautivo en su cuerpo». ¡Cuántas veces he leído este poema! Ayer mismo fue la última y tras escuchar a un anciano que me contaba su vida. Sí, porque, con resignación, se lamentaba de cómo llega un momento en el que el alma no cabe en el cuerpo –decía-, porque una cosa es querer y otra poder.
Me pareció entenderlo bien porque los años, pasito a pasito, nos van segando, o al menos debilitando, facultades a todos, pero como dice Amiel, saber envejecer es la obra maestra de la vida», y no digamos cuánto valor y voluntad hay que derrochar ante el tremendo drama del que se va aproximando a la vejez, sintiendo, no obstante, que su alma sigue siendo muy parecida a aquella con la que jugaba cuando era niño.
El gran drama, creo yo, se profundiza cuando entiendes que los demás creen que ya tienes bastante con estar vivo y que aspirar a tener algo más esta fuera de lugar. De ahí que el interés por los mayores se cifra en conocer su salud física. No obstante, el mayor precisa esa mínima dependencia que le ayude a salir de su monótona vida, esa mínima atención que le haga sentir, no solo que está vivo, sino también activo, ilusionado, con ganas de ir a un teatro, cine, cafetería, viaje etc. porque cuando el alma se hace tan grande y el cuerpo se va achicando, si no se activan los estímulos, la vida se convierte en un coche parado desde el que se ve salir y ponerse el sol y pasar página.

Reflexionemos, pues, y dediquemos algo de nuestro preciado tiempo a esos padres, o a uno de ellos que solo le resta contar  las horas mientras contempla cómo su cabo de «vela» se apaga sin remedio.

8 oct 2017

Mi amiga Prostituta / Capítulo V

  (Lucrecia corrió hacia aquella Calle del Río, negra, negra y pobre, pobre…)

Si bien, me confesaba una y otra vez de tener malas compañías, no podía resistirme a correr hacia ella, cuando la encontraba. Una mañana, camino del colegio, la vi, después de  unas semanas. Parecía otra: sus cabellos rubios de bote, con marcadas entradas negras, eran una despeinada coleta, mal cogida con una deshilachada tira de tela roja, y su vestido, siempre limpio y bien cuidado, se reducía a una camiseta de tirantes despintada. Sus ojos ahuevados tan sólo enrojecidos ribetes, parecían amoratados. De sus brazos colgaba un cesto de esparto más grande que ella: ¿dónde vas? –le pregunté, despegándome del grupo de mi hermano y sus amigos que, sin dejar de volver la vista atrás, me repetían: ¡que es tarde!   Voy a ver si me dan el pan-contestó Lucrecia-. Mi abuela no tiene dinero y como mi madre está mala… Si me lo fían… ¿Qué le pasa a tu madre?  No sé. Mi abuela no me deja verla porque dice que tiene gripe y que se me puede  pegar, pero… ¡A ese hijo puta lo mato yo un día! Le da voces a mi madre y le pega. Ella dice que no, pero  yo lo sé porque tiene muchos cardenales. Un día…
Aquella mañana de monjitas y primores en el colegio la recordé mucho. En mis pocos años no podía comprender  bien los problemas de Lucrecia, pero intuía que  pasaba malos tragos porque decía cosas que, si bien yo no entendía, me provocaban pena sobre todo, aquella noticia de la enfermedad de su madre.  Y es que yo no soportaba el que mi  madre pasara largas temporadas enferma. Eran para mí días de tristeza. Horas y más horas sentada al pie de su cama, esperando despertara de los fuertes analgésicos que le inyectaban, esperando que pronunciara alguna palabra, hiciera un gesto…
Aquella mañana las compañeras del colegio no perdieron la  ocasión para acusarme ante la monjita  de chapetas coloradas: María tiene una amiga mala, una niña que dice pecados. ¡La hemos visto con ella cerca del colegio! El demonio se esconde –decía  la monjita- hasta en el cuerpo de una niña. Ten cuidado, María, y mira con quién andas. Tus padres son unos buenos cristianos.
Aquellas reflexiones acerca de mis padres y de mi relación con Lucrecia siempre me creaban una especie de temor y remordimiento que solía solucionar en mi confesión de los sábados: Me acuso de tener mallas compañías. Reza una salve y aléjate de ellas. Pero, desde que me contó la enfermedad de su madre, la buscaba por los alrededores de aquella calle prohibida.  Como si se la hubiese tragado la tierra, no aparecía. Una  tarde, en la esquina  cercana a su casa, unas mujeres hablaban. Pude oír que decían: se está muriendo pero, ¿cómo va a entrar el Viático a esa casa? Sería un sacrilegio. Dicen que el chulo le pegaba, pero, ¡vaya usted a saber! ¡Siempre la culpa a otro! ¡Gentuza!
Era seguro que hablaban de la  madre  de Lucrecia y, mi primer impulso, correr a buscarla pero las piernas casi no me sostenían... Regresé a mi casa y me escondí en el palomar, esperando la hora de  Dios, aquellos momentos de puesta de sol tras el campanario que se reflejaban en los empolvados  cristales esmerilados de aquellos ventanucos y que a mí se me antojaban como despedida de Dios. Esperaba para pedirle pusiera buena a la madre de Lucrecia. 

Allí estaba, acurrucada en una canastilla de costura llena de ropa, cuando los pasos de Juana, me soliviantaron y corrí, que casi rodé,  escalera de  caracol  abajo.

2 oct 2017

Mi amiga Prostituta: Capítulo IV

(Final de la pág. anterior: Al salir, escuche unos gritos contenidos, y escuché a Lucrecia, una vez más repetir: ¡A ese lo mato yo!)
En ese mismo instante un hombre alto, rubio, con una cicatriz en la frente, bien vestido y abrochándose la correa salió de una de aquellas habitaciones. ¡Vaya! –exclamó- ¡Si está aquí la putilla Borgia! Últimamente te veo poco… Ya se va –se apresuró a contestar la abuela puesta en pie-. Ha venido con esta niña pero ya se iban. ¡Bueno, bueno! –volvió a exclamar, agarrándola de una trenza- Ya nos veremos; estás cada día más guapa.
Corrimos hacia la calle, al tiempo que  Lucrecia, soltándome la mano, se refugiaba en un oscuro  sótano sin dejar de repetir entre dientes: ¡Hijo de puta, hijo de puta!
El pan y el chocolate se me cayeron de las manos al correr. Era tarde. La sangre me golpeaba las sienes, me zumbaban los oídos y un rechinar incontrolable de dientes se prolongaba en escalofríos por todo mi cuerpo. Me detuve un instante, justo delante de la ventana de doña Amparo, la extravagante señora de los periquitos que nada más verme exclamó: ¡Vete, vete, que se asustan!
Mareada, y dando traspiés, llegué a mi casa: voces de mi hermano jugando con amigos, olor a sopa, y Juana en la cocina hablando sola mientras pelaba una gallina, y yo que, de un solivianto por el trajín de mi padre en sus despacho, corrí  a esconderme bajo las enagüillas de la mesa del comedor. Aquella casa, aquel hombre, la abuela de Lucrecia,  todo se me agigantaba sin encontrar respuestas que me devolvieran a la normalidad de mis juegos, de mi vida feliz. Tendría que confesarme el sábado, sí, ésa sería la mejor forma de retornar a la paz que entre palabras, gestos, visiones, por primera vez en mi vida, acababa de perder. Y un propósito firme, muy firme, creía yo: No volvería a ver a Lucrecia.
Pasó tiempo. Un día, en la esquina del colegio, apontocada en una fuentecilla, estaba. La vi desde lejos y su aspecto era desastroso. ¿Qué te pasa,? Parece que has llorado…
 No, no; ¡qué va! Me ha entrado un pisco –exclamó restregándose los ojos con los puños. ¡Sí  has llorado! Y tienes las trenzas deshechas. ¿Somos amigas, no? Yo no se lo voy a decir a nadie. Es que el Germán, el que me llama putilla, el que me llama la Borgia le dio voces a mi madre. Le dijo que la iba a matar, y yo lo oí. Tengo miedo; es un hombre malo y negro, negro. Siempre da voces a mi madre y, algunas veces, le pega, y cuando se va por la noche, me dice: ¡Anda, Borgia, acuéstate que ya te he calentado el sitio! Y me da un asco… ¿Y por qué le da voces a tu madre? ¿Y por qué le pega? No lo sé; mi madre es buena y algunas veces cambia las sábanas para que yo me acueste…
Recuerdo que  en un intento de acariciar aquella  tristeza, que era  rebelde expresión de odio e impotencia, quise arreglarle las deshechas trenzas. ¡Me voy! –exclamó de repente –. Mi madre no quiere que esté despeinada y,  si  tu padre se entera…¡Me voy!  No me sigas, no podemos ser amigas... 
  Lucrecia corrió hacia aquella Calle del Río, negra, negra y pobre, pobre…



1 oct 2017

Seguimos con mi amiga prostituta


En el capítulo anterior dejé a Lucrecia sola con aquella mujer que me amenazó con decirle a mi padre con quién andaba)
CAPÍTULO III
Me sentía en las sienes latir el pecado. Me parecía que en la frente me habían crecido las palabras: mujeres malas. ¡Pobre amiga! La dejé tirada con sus fantasías. La dejé con nuestro  pacto roto.   
De mi encuentro con Lucrecia en el terraplén nadie, al fin, se enteró por lo que transcurridos unos días, volví a buscarla en la casa de Falange. Impaciente la esperaba pero transcurrieron  semanas hasta que nos encontramos de nuevo.
 ¿Jugamos, Lucrecia, en mi jardín? Cuando mi padre se vaya, te entro. En mi jardín hay caracolas reales, jazmines chinos, celindas… ¡muchas rosas!. y  la estatua de una mujer manca y desnuda. ¿Una mujer desnuda?  Yo en el verano duermo en cueros y eso no es pecado. Mi abuela dice que las tetas nos las ha dado Dios para criar a nuestros hijos,  y dice que los pecados son otras cosas. Yo soy ya mujer, pero yo no quiero ser mujer, yo quiero mejor ser hombre. ¿Y tú qué prefieres? Me parece que prefiero ser mujer como mi madre… ¡Claro! Como tu madre no se tiene que acostar con hombres… ¡Claro como tu padre  tiene dinero! Si quieres nos vamos a mi casa; allí no hay chivatos    y verás qué buenas son mi madre y mi abuela –insistió con tan humildes argumentos que no pude resistirme.  
Casi flotaba, camino de aquella casa, ubicada en una pobre calle tan cerca del río que daba miedo. Lucrecia, niña precoz en todo, adivinó mis pensamientos: No te asustes; yo me baño en el río, y mi madre... Y ya sé nadar, y dice mi abuela que a lo mejor me sale un novio con dinero y me lleva a vivir a una casa grande y bonita como la tuya, pero a mí me gusta ésta... Si no fuera por tantos hombres…
 ¿Qué hombres? ¿Son malos? ¿Y por qué los dejáis entrar? ¿Son vuestros amigos? No, ¡qué va! Los odio y me tengo que bajar al sótano, pero nos dan dinero…
Un patio limpio, enlosado, geranios y gitanillas en flor decoraban paredes y rincones, un pozo, mecedoras de lona, gatos, ¡muchos gatos! que saltaban de un lado para otro, una frondosa  parra y una mujer. Sí, su abuela, estaba  allí, sentada en una silla de anea, debajo de la parra con una canasta llena de medias y calcetines que zurcía  sobre un huevo de madera que le servía de soporte. Alta, arrugada, de sobresalientes pómulos con permanente de caracolillos en un pelo cano total, con grandes ojos perdidos en una extraña lejanía y una arcaica distinción que se podía adivinar en su cuerpo erguido, a pesar de los años, que seducía e inspiraba confianza y respeto, propietaria de aquel pobre burdel. Esta es mi amiga, abuela, la que te dije, la del médico, María.  
Levantó la mirada. Sus grandes y profundos ojos se clavaron en mí y con una desafiante serenidad y una evidente voz aguardentosa, dijo: ¿sabe tu padre que has venido? No, no lo sabe,  pero no se va a enterar –contestó Lucrecia con total rotundidad-; aquí no hay chivatos. Pues, anda, dale pan y chocolate  y que se vaya. Tu madre ha dejado la merienda en la cocina ¿Que está con el Borgio? Cuando sea mayor lo mato por pegar y dar voces a mi madre. ¡Despide a tu amiga, calla y bájate al sótano! -exclamó la abuela con unas lágrimas en los ojos.
Al salir, escuche unos gritos contenidos, y escuché a Lucrecia, una vez más repetir: ¡A ese lo mato yo!