Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

10 ene 2016

Memorias de una Maestra

 CAPÍTULO II
Hoy, día de regreso a las aulas par muchos maestros y alumnos, vuelvo a mi obra Memorias de una Maestra para animar, sobre todo a los jóvenes maestros, muchos en la creencia de que les ha tocado vivir los peores tiempos profesionales. Los maestros antes, tal vez tuviéramos ganado el respeto, pero no teníamos casa, ni coche, ni tan siquiera un sueldo que nos permitiera vivir con algo de dignidad. En fin, sigo con mi aventura de ser maestra, y sigo con el capítulo anterior, cuando aterricé en Palma del Río, en aquella unitaria nº cinco de un barrio marginal.
Aquel año, y por razones de salud, me encuentro desplazada de cierta institución religiosa en la que había pasado unos años, dedicada totalmente a la enseñanza e integrada en plenitud y de la que no deseaba salir por nada del mundo. Previamente, mis superiores me habían ordenado preparar oposiciones al magisterio. Obtuve plaza en la provincia de Córdoba. Y fue entonces, cuando me comunicaron la decisión de mi salida a un apostolado por los pueblos, lejos de aquella vida para la que tan diestramente había sido preparada, lejos de mi familia que, por previa y contundente recomendación, ignoraba mi situación, sola y lejos de todos, enferma -enfermedad, fruto de mi entrega sin reservas-, sin dinero -no ganaba para pagarme la más modesta de las pensiones de entonces -, sin amigos... Todo mi haber, aquella escuela de sesenta y cinco niñas y aquel barrio, campo marginal, que yo recibí como mi mejor destino.
Más bien por caridad, dos buenas mujeres mayores, solteras y de mediana posición social, por intervención de una maestra, que tiene algunas referencias mías, aceden a darme hospitalidad en su casa. Y allí, en el hueco de una escalera, y sobre una vieja cama, comida de manos de pintura negra, deposito la maleta con mis pobres pertenencias. ¡Cómo recuerdo aquellas largas noches de insomnio! En mis pensamientos, aquella casa en la que yo dormía en el rescoldo rojizo de la lamparilla del sagrario, entre olores a incienso, cantos gregorianos y horas de silencio y recogimiento. Y mi familia, cercana pero al mismo tiempo tan distante e ignorante de mi situación. ¿Hacia dónde caminaba yo? ¿Qué futuro me aguardaba? Mi refugio era el sagrario. Allí, en la soledad de la parroquia de San Francisco, en los atardeceres interminables de aquellos días primeros de curso, mientras por las calles cunde el bullicio de la gente en trasiego de vida, yo, una niña - ¡lo tendré que repetir tantas veces.. !- me pasaba horas llorando en una especie de bilocación, porque si bien mi cuerpo estaba allí, en realidad algo de mi, involuntariamente, escapaba de aquel mundo. No sabía, no podía desprogramarme con la urgencia que las circunstancia requerían.

Y deseaba regresar, y pedía a Dios fuerzas para cumplir aquella dura realidad que empezaba a ser mi vida.

7 ene 2016

Memorias de una Maestra

A la vista, amigos, de cuán desprestigiado anda hoy el maestro y de cara a animar  a tantos jóvenes   caídos en brazos de la desilusión, iré extractando  capítulos de mi obra Memorias de una Maestra, editada por Desclée hace años y hoy descatalogada   y en la que vuelvo a trabajar de cara a una nueva  y mejorada  publicación 
CAPÍTULO I
En septiembre del mil novecientos cincuenta y ocho, sin más equipaje que una pesada maleta de madera, llego a Palma del Río donde me aguarda mi primera escuela: unitaria número cinco, situada en un barrio marginal del pueblo, Duque y Flores. Allí estuve un curso como provisional. Las escuelas -una para niños y otra para niñas- eran de nueva creación. Al tomar posesión, alguien me advirtió: Es un barrio muy difícil. La gente vive en chozos y  lo mismo están amancebados los padres con las hijas que los hermanos con las hermanas.
En mis deseos de ser maestra  aquellas advertencias, no sólo no me asustaron sino que, por el contrario, me estimularon: me entregaría en cuerpo y alma a la escuela, al barrio, a todo lo que fuera necesario. La escuela era alegre. Estaba rodeada de huertas que, en todos los tiempos, exhalaban fragancias y matizaban de tonos verdes el paisaje de aquel lugar. Algo más alejados estaban los chozos, la pobreza, la miseria moral y humana de la que tanto me habían hablado. 
Un día, al poco de llegar, decido dar una vuelta por aquel lugar. Había llovido. Unas niñas me acompañaban. Recuerdo cómo sufrí, en mis pocos años, con el espectáculo que presencié: personas mayores, niños, animales... revueltos en barro, viviendo y durmiendo en charcos. Sus miradas, increíblemente, negras, y sus carnes, entre andrajos, curtidas por las intemperies de muchos días y noches, eran claro exponente de hambre, miseria, abandono... Un sarmentoso anciano, medio paralítico, apontocado sobre una viejísima vaca, me dijo:  váyase de aquí señorita; no es sitio para usted...

No obstante, aquel lugar, aquella gente me quitaban el sueño. ¿Cómo ayudarles? ¿Qué hacer por ellos? Con muchas idas y venidas, logré leche en polvo y queso americanos, no sólo para mis alumnas, sino también para familias del barrio, carentes de todo y a las que yo, cada tarde, al terminar las clases y mediante una campana, convocaba. Y allí, rodeada de azahares, en aquellos luminosos atardeceres de huertas junto al río, mi reencuentro diario con pequeños y mayores.
 No recuerdo palabras, sólo como un sueño ancestral, mis deseos de dignificar la escuela publica, de trabajar por aquellas setenta niñas, por aquel barrio que nunca, nunca   podré olvidar, pero sucedieron tantas cosas…

6 ene 2016

Amanecer de Reyes


Pues, sí, a la hora que escribo, amanece  un nuevo día de Reyes Magos., y la noria imparable de los recuerdos, vierte sobre mi  memoria años ya lejanos en el tiempo que, no obstante, siguen vivos en mí con ilusionada  frescura. A estas horas irreverentes siempre para los pequeños, hoy, protagonistas privilegiados en todos los hogares, habrán asaltado ya  salones, escenario de sueños y alegría compartida. No obstante, aquel recuerdo de un día tan especial en mi infancia, se me difumina al compararlo con el de hoy.
Para nuestros niños la proliferación de días y ocasiones de regalos son tantas que pasada la sorpresa del momento, la ilusión  se desvanece y se aplaza para lo próximo que no tardará en llegar: Primera Comunión, Cumpleaños, Ratón Pérez, notas, etc. Y sucede que los padres se sienten agobiados ante tal avalancha de regalos que llueven por todas partes, y los pisos se tornan rincones de juguetes empolvados y abandonados que, tal vez, sólo un instante fueron ilusión en las manos de los niños que ni entienden ni pueden, ni saben cómo manipular, casi siempre, sofisticados regalos. Recuerdo ahora cómo, un año,  tras examinar mis nietos sus copiosos reyes, acabaron jugando, y riendo a carcajadas, paseando al más chiquitín de la familia  en una gran caja convertida en carro.
Sería interesante que padres y maestros nos detuviéramos a pensar seriamente qué cosas y cómo divierten a nuestros niños, porque una evidencia salta a la vista: están saciados de juguetes, hasta el extremo de que, cuando se les pregunta, ni tan siquiera saben qué quieren o mejor, sí lo sabes: móviles, ordenadores, etc. Desde mi punto de vista sería absurdo pensar que un niño iba a pedir en estos tiempos un caballito o muñeca de cartón. La historia nuestra es pasado que ellos no pueden repetir  y  no hay duda de que todos deseamos la felicidad de nuestros hijos, y deseamos verlos contentos e ilusionados. De ahí que la lluvia de tecnologías caiga sobre los hogares esta mañana de Reyes, pero  no es el progreso lo que hay que condenar sino el uso que hacemos de él de forma que no proliferen niños ludópatas, sino niños al día y  entendiendo que cada cosa tiene su momento. De todas formas, una sugerencia:   siempre, el mejor regalo, el mejor juguete, los padres o una simple caja de deshecho que les dé la oportunidad de crear y reír.

3 ene 2016

Una tierna anécdota

Queridos amigos: una breve anécdota de tal ternura que  me llegó a lo más profundo y ahí  se quedará  para siempre.

Ocho de la tarde. Mis tres nietos –los más pequeños-, por razones del trabajo de sus padres, pasan unas horas conmigo. Los tres son buenos y obedientes por lo que  no me causan trabajo alguno. Pero ayer no me encontraba bien; tenía algo de fiebre por lo que les dije: hoy tenéis que ser muy buenos porque estoy un poco malita. 
El chiquitín –seis años- se levantó y en unos instantes volvió con una mata pequeñita colocándomela con tanto esmero que me tapó hasta los ojos. Cuando ya se iban y al despedirse con un beso, les dije: no, no me deis besos hoy  no sea que os contagie de algo.
Los dos mayorcillos traspusieron con su padre, pero el chiquitín, se retrasó unos minutos  frente a mí, con los ojos lacrimosos. De pronto, se arrojó a mi cuello en tal abrazo que no me lo podía quitar de encima.

Casi nada puede parecer, pero, ¿hay algo más desinteresado, limpio, generoso, tierno…, que el abrazo de un niño que, aún comprendiendo lo que les decía, no le importó? 
¡Qué tesoro son los niños y qué poco, a veces, los comprendemos y atendemos como merecen por edad e inocencia.


1 ene 2016

Empieza el año


Crece este día nuevo del 2016, día de tal silencio y soledad que bien pareciera que un hada buena ha pasado por los hogares sembrando sueños de madrugada, pero las horas avanzan en este arcaduz imparable del tiempo, devorando el blanco sopor de la niebla. 
Y mis ojos, en nítidas transparencias, se reencuentran con el árbol al pie de la ladera, con el camino de ayer, con la memoria perdida de las cosas que fueron el presente feliz de mi infancia: crujir de tejados, maullidos de gatos, goteras en palanganas y cubos... Humo blanco, humo negro, humo a borbotones en fríos amaneceres, en ancestrales chimeneas con olor a pan caliente y a tortas de aceite, y perros callejeros, palomos, botijos, sillas, voces en el atardecer del jardín.
Y papá, y mamá, y mis seis hermanos y yo. 
Índice del pasado que me remite a un ayer que necesito hoy. Pero mi presente, éste hoy, uno del 2016, en mañana de niebla sigue siendo luz, aliento, rayo que me sostiene en surcos donde todavía es posible la sementera de una sonrisa, de una palabra, de una lágrima...

No, no hay fecha de caducidad para el amor. Hay, sí, cada cosa una vez; sólo una vez.
No, no puedo exiliarme porque, mientras note en mi frente el hálito de Dios, mi vida sigue.
¡Que repiquen las campanas!

¡Que diluvie un sol poderoso sobre mis áridos sueños! 

¡Que el rayo y el trueno rueden por montes y valles!
¡
Que el hada buena siga velando sueño; despiertos, también. 
Y que al despertar en este nuevo año, oigamos todos la voz del tiempo que ya es pasado, la voz del presente que nos repite: despierta, sal fuera y vive.

Amigos: el tren de la vida vuelve a pasar. Subamos en él porque no volverá a recogernos.