Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

16 jun 2015

Se llamaba Miguel


                                       
                                          Miguel era, día tras día, una opaca puesta de sol

Miguel, desde ayer, es ya pasado. Hace tiempo, un día, no sé cómo, apareció en la terraza de mi cafetería habitual. Era un joven envejecido de mirada serena y evidente fisonomía de  hombre enfermo y debilitado en extremo que se expresaba con palabras torpes que más bien parecían un murmullo de  sonidos  sordos e ininteligibles.   
Comentaban que era un solitario y extraño  vecino, llegado de otra provincia y alojado en una habitación cerca de mi casa. Comentaban que la familia lo ignoraba; no lo querían y que, tras sufrir dos ictus llegó a esta proximidad de mi vida, atenta  a cualquier movimiento humano que cunda por mis alrededores. Un día y otro, lo saludaba mañana y tarde y, poco a poco, fui tratando de acercarme a él que  parecía esperarme, siempre con palabras de respeto y cariñosos halagos. Hace dos años se rompió la cadera y fue operado en Reina Sofía en la más absoluta soledad. Me desplacé a verlo y no se quejaba de nada pero ¡era tanta su tristeza!  A partir de aquel día mi preocupación e interés por él fue creciendo sin saber bien qué podía hacer,  sobre todo por acercarlo a su familia, pero nadie apareció. Y tenía madre, hijos,. hermanos... 
Con la caridad de unos y otros salió adelante y volvió, atado  con dificultad a  un andador, a ocupar su sitio en la terraza. Allí prácticamente pasaba el día. Nada más verme aparecer levantaba una mano y me sonreía. Yo le correspondía con algunas golosinas y atenciones entre las que más le ilusionó fue la foto de su primer nieto que, mediante un amigo conseguí.
Ayer, al levantarse  para entrar al bar, cayó  muerto al suelo. Son muchas las cosas que se cuentan o se sospechan de él y ninguna, al parecer que puedan  ser consideradas motivo de recuerdo ni tan siquiera de  esta impresión que, desde ayer, me comen de interrogantes y  pena. 
Sí, yo  he llorado por él, por su soledad, por su vida de  bebida y tabaco, por todo lo  oscuro que de él desconocía, por su mirada azul y alegre cuando me veía… Alguien me ha comentado que en la mesita de noche tenía la foto del nieto que le regalé. No sé qué más decir. Aquí  delante tengo ahora la foto que me hice con él y que por respeto  no muestro. 
Adiós, Miguel, algo de mí te llevaste y un gran vacío me has dejado. No me importó  lo que  había sido tu pasado, solo, sí, tu presente que no era otro que el de un pobre ser humano sin más recurso que el cigarro y el alcohol.   
Estará con Dios, seguro, porque, si para mí fue alguien, su creador lo habrá recibido como hijo pródigo de regreso a casa.


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