Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

12 may 2020

ORACIÓN DEL MAYOR





FOTOGRAFÍA DEL DIARIO CÓRDOBA
DIARIO CÓRDOBA / OPINIÓN ISABEL AGÜERA

Desde mi fe, camino de dudas, esta madrugada me dirigí a ese Dios que no comprendo pero cuyas huellas descubro, cuando vuelvo la vista atrás en mi difícil caminar, y le formulé mi particular oración. Y la repito para todos, ya que esta pandemia que nos azota ha hecho visibles la situación de muchos mayores, y a mi me conmueven, tanto los que han muerto como los que no, pero que sus limitaciones son objeto de muchas controversias: Padre mío que estás en los cielos: en este día, atardecer ya de nuestras vidas, en este día en el que la enfermedad, la muerte nos acecha como sus mejores presas, quiero pedirte el pan que más necesitamos.Tú que siempre de la mano de nuestros padres no lo diste, sé generoso en esta hora de orfandad, y soledad y escucha nuestros ruegos: no permitas que los años, las circunstancias nos hagan insensibles, egoístas a la realidad presente de nuestro mundo, hoy. Solos o en residencias, en sillas de ruedas o arrastrando pasos, cargados de dolores y tantas cosas queremos prolongar, hasta dónde nos sea posible llegar, el mensaje que por experiencia conservamos: la esperanza. Sí, mientras nos quede un hálito de vida seguir siendo referencia de paciencia, trabajo, moderación, servicio, ejemplo vivo de lo que fueron nuestros padres, y también nosotros, tras aquella cruel guerra civil donde perdimos tantos seres queridos, pasamos hambre, enfermedades, miseria..., pero la luz de un mañana nos alentaba y guiaba.
Por eso desde nuestra nada que somos hoy, queremos pedirte ‘pan’ de ilusión, sensatez, paciencia, esperanza para este mundo que ha paralizado proyectos de jóvenes, economía de padres de familia, esperanzas y sueños de todos. Esta pobre humanidad busca culpables y remedios, sin caer en la cuenta de que gran parte de culpables somos nosotros mismos, y los remedios están en manos de la ciencia que no es un dios, precisamente, sino hombres como todos. Dale, Dios, un bocado  de ese pan, de esa luz que precisan:  sabiduría,   y entretanto da   fuerza, talento, entereza  a nuestros niños y jóvenes para  que encuentren de nuevo el camino de sus sueños. Para nosotros, el cariño de nuestros hijos y nietos porque ellos son el mejor, el único pan que necesitamos.
 

 

7 may 2020

CAPÍTULO DE BUSCANDO EN LA VIDA

                                          
ANOCHE 6 E MAYO DE 2020
AVENIDA CARLOS III CÓRDOBA

Tengo frío. El invierno  ha llegado sin hacer ruido, y a mí me gusta  sentir esta necesidad de acurrucarme, de buscar el cálido confort de mi sillón junto a la mesa estufa, mientras noto cómo la noria de la vida ha parado sus arcaduces, y el mío, este séptimo de la Avenida de Carlos III, casi colgado del cielo, se mece apacible y soñador.
José, mi marido, duerme desde hace un buen rato, y dormirá sin interrupción toda la noche, y se levantará descansado, sin sobresaltos de pesadillas porque José tiene blanco de complicaciones el  subconsciente. Mi pequeño Jaime resuella de vez en cuando y balbucea  palabras; después vuelven las respiraciones lentas y profundas. Luisa, la chica asistenta, con la luz encendida, deletrea en voz alta la carta de su Antonio y escucha las estridentes músicas de un transistor. Mañana me pedirá que le conteste y que le ponga muchas cruces y muchos ceros, sí, una hoja entera, besos y abrazos –dice que son. ¡bueno!
Frente a mí, la ciudad, Córdoba, salpicada de torres que en la media luz de la noche, resultan fantasmagóricas, y bloques, muchos bloques en los que la hora ha impuesto silencio, soledad. Alguna que otra ventana se ve encendida y en mi imaginación surge la película: un enfermo, alguien que lo cuida, esperan al médico... José dice que soy peliculera. Cosas de mi imaginación que en un instante, sí, me monta la película.  Cielo cubierto, nubes bajas que amarillean, aire fresco con fragancia todavía de mi generosa dama de noche que tanto me recuerda el jardín de casa, el maullido de gatos, ladridos de perros en las eras..., asfalto negruzco y brillante de la Avenida, espejo de semáforos, letreros luminosos y faros de coches que van amainando a medida que avanza la noche, y el runrún de CEPANSA que se mete en los oídos y, como polillas, se escucha dentro de la cabeza.
Siempre me ha gustado la noche. Es apasionante vivir cuando la gente duerme, cuando, sin ruidos, sin testigos, puedo perderme en mi nada, contemplarme y confundirme como sombra más con los espectros nocturnos. Para mí la noche es como un baile de átomos vaporosos, irisados y burbujeantes, y es como un gigantesco flash de luz blanca que zigzagueara en el aire, y mis ojos, que sólo conocen el mundo en fotografías, pueden ver grandes, luminosas, abarrotadas salas de juego, y  orgías de sexo, alcohol, y parejas entregadas en carnales frenesís, y puedo sentir el dolor de moribundos, y los primeros lloros de recién nacidos…
¿Y el silencio? ¿No es cómo el murmullo del rezo de un claustro? ¿No es como un  toque  largo, templado y nostálgico de campanas?  ¿No es cómo el susurro de una fina lluvia sobre la hierba fresca del campo?
Mi  corazón bombea acelerado, bulle en rítmicas efervescencias, mis nervios se relajan, mis pulmones se  sienten anegados de aire oxigenado… ¡Estoy viva!, y estoy despierta para escuchar ese repique de campanas, esa oración que llama a Dios, esa lluvia que empapa la tierra y refresca mi alma de emoción y añoranza de un no sé qué perdido en el más allá de los tiempos pasados y futuros.
La asistenta ha silenciado y apagado la luz. Los ceros y las cruces vuelan de su cabeza a las manos de su Antonio que en la mili le dice que vaya cartas bonitas que le “escribe”. La mujer del cuadro y yo frente a frente. Gioconda –dice que se llama-. ¿y a mí qué? Yo quisiera salir de esta jaula y..., y nada. Es muy tarde y no tengo sueño: el mundo, la vida, la ventanita encendida todavía de enfrente, un día más que se apaga, y yo   no quiero apagarse con él. Si tuviera a quién mandarle cruces y ceros... No, no tengo carta que escribir, nadie la espera, nadie sabe, nadie me ve en este arcaduz que roza el cielo y sueña


28 abr 2020

VOLAR SIN ALAS

DIARIO CÓRDOBA / OPINÓN
VOLAR SIN ALAS
ISABEL AGÜERA
Desde hace ya días, cuando por teléfono hablo con amigos, coincidimos que no vemos la tele ni queremos saber nada más que lo necesario de la pandemia porque ya es bastante con estar encerrados para además ser bombardeados por opiniones variopintas y contradictorias muchas veces y no solo opiniones sino imágenes que nos revuelven el estómago en los telediarios. Por eso yo hoy he pensado que me voy a alejar y voy a contar una historia mágica que nos haga soñar, lejos de terroríficas pesadillas. 
Esto era una espléndido mañana de primero de marzo. Aquel día, en la sierra, justo a mis pies, cayó muerta una mirla.
Apuntaban los verdes por la primavera y olores nuevos se habían entronizado en el aire y como aleluya glorioso solemne, bandadas de pájaros emigrantes cruzaban los cielos. Cazadores furtivos, dispararon a la mirla, bello elemento de aquel paisaje que, como punto negro sobre el limpio cielo, revoloteaba en los alrededores de mi parcela que en afanes de vida, iba haciendo su nido. Unas lágrimas brotaron de mis ojos, y mis manos reverentes fueron caricia para aquel lúgubre evento que me palpitaba con rabia. Bandadas de palomos surcaban los cielos en arrullos de amores y en el silencio de las horas y en la soledad del lugar.
Atardecía, cuando regresé a la ciudad. Tráfico, gente, campanas...vida. En mi bolsillo, un par de alas negras, mágico tesoro que deseaba enarbolar para siempre como glorioso himno a la libertad.
Al rescoldo de mis sueños, junto a mi almohada, en luminoso y lacrado sobre negro: las alas de la madre mirla.
Una noche, cuando ya el sueño había hecho presa en mis ojos, me despertó un extraño aleteo. El sobre negro, arrebatado de mi mesita de noche por un súbito viento, y en vaporoso zigzag, revoloteaba por la ventana, al tiempo que la sombra fulgurante de un pájaro negro se alzaba, sin alas, en palpitantes vuelos y se perdía en la espesura de la noche.
Una maldita pandemia nos ha cortado las alas, pero no la libertad. El famoso autor del Principito dice: Solo se que hay una libertad: la del pensamiento. Y esa nadie  nos la puede cortar, luego  volveremos a volar.



15 abr 2020

ILUSIÓN: ETIQUETA DEL AÑO

MIRAR Y VER
ILUSIÓN: ETIQUETA DEL AÑO
ISABEL AG­ÜERA
Una ilusión eterna, o que por lo menos renazca en el alma de vez en cuando, no sólo está muy cerca de la realidad, sino que sin esa realidad no se puede vivir y en estos días que estamos viviendo en los que parecen haber  muerto las ganas, las ilusiones y casi la vida, caigo en la cuenta  de que no son las fiestas, los regalos, las explosivas alegrías las que provocan bellos e ilusionantes días  a los seres humanos. No, a pesar de la tremenda desgana de vivir que tal vez no invada cuando nuestras calles están desiertas, cuando no podemos pasear por un jardín o salir al campo o ir de compras y parece que estamos soñando en un planeta muerto,  nos queda viva la imaginación, las ganas de comer, de ver la tele..., estamos vivos, luego  tenemos capacidad para renacer alguna pequeña ilusión  que inventemos y hagamos realidad. Y sí,  hay que poblar la vida de ilusiones. Hoy estoy convencida de que los sueños,  casi siempre, hay que crearlos. La vida es un zigzag  de altos y bajos que nos vapulean de un momento a otro sin intermedios. El almanaque se eclipsó un día de marzo y allí sigue como si el tiempo, los días, tocados por el hada mala  hubiesen quedado dormidos, pero esta paralización de todo no debe poder con nosotros. ¡Que no, que no debe asustarnos este fantasma del virus que parece querer devorarnos en fechas, como la Semana Santa pasada, como ferias y fiestas.    Hagámonos felices, considerando que la ilusión procede de un manantial interior del que podemos beber siempre. Si lo ignoramos, llegará a ser pozo seco, montón de ruinas. Un pequeño esfuerzo, amigos: ¡Mirad al cielo y comprobad que ahí siguen las estrellas, juguetes eternos de nuestros ilusionados sueños!  Nos toca transmitirlos, pero si nos perdemos en nuestras ya manidos recuerdos, estaremos haciendo de las ilusiones más jóvenes, flores marchitas. Ahora que todo se etiqueta, expreso la mía favorita para este tiempo   y no solo para mí sino para el mundo entero, en una sola palabra: ilusión.


 


10 abr 2020

Viernes Santo 2020



No puedo recordar los días; tampoco el lugar y mucho menos el por qué. No obstante, lo oí contar tantas veces a mi madre que me veo y me oigo, cuando aún mis palabras eran tan sólo balbuceos, repitiendo dos palabras ante un cuadro de la Virgen Milagrosa: PAN, MARÍA

Sí, ahora lo sé. Corrían los difíciles años de la posguerra. Un hálito de miedo, de miseria, de ausencia total de ilusiones se entronizaban en la rutina de los días, días que, cual río sin más caudal que la lejana mirada hacia un mar de deseos, se nutría de fe y espinosos recuerdos.
Han pasado años, ¡muchos años! 
En mí jardín crecieron rosas; también espinas. La vida es eso: caminar por los infinitos laberintos de esta nada o de este todo que somos, rozando, eso sí, rozando siempre una plegaria que se torna suspiro, queja, palabra… La mía, aquella que no abandoné jamás, en la que un día descubrí se escondía la maravillosa ingenuidad de los niños, y la sabiduría del que sabe conformarse, ser feliz con lo básico y necesario, ha sido siempre, Pan, María.
Ayer me aleje de mi habitual paseo. Me sentí muy cansada y busqué dónde sentarme un rato. A bocajarro, tropecé con una capillita  callejera, una blanca imagen de la Virgen, cuajada de flores frescas y  velas. Alrededor, cómodas sillas que invitaban al descanso y oración. Tímidamente, como si pisara  tierra que no me perteneciera y casi esperando que alguien me reprochara un allanamiento de morada, decidí sentarme, justo frente la Virgencita blanca. En pocos minutos comenzaron a llegar mujeres   que tras un silencioso trajín de limpieza y cambio de flores, encendiendo  velas, santiguándose y arrodillándose, a coro repetían la Salve, sin reparar, para  nada en mi  presencia que más bien parecían agradecer con un amable, “buenos días”.
Mi fe y reflexión,  que no pasa precisamente por imágenes, estaba  juzgando  aquellas mujeres de fanáticas, de fogosas creyentes de falsas  ideas, me trasladó a una foto de mi madre en mi  piso, rodeada también de flores, y la reflexión me  creció en justa comparación: ¿qué diferencia había entre una imagen y una foto? ¿Qué derecho tenía yo para anatematizar a piadosas creyentes que rezaban y en  cuyas oraciones iban implícitas sus muchas necesidades?  Yo también las tenía, y muchas, pero ni eran oración, ni flores, ni tan siquiera empatía con aquel grupo de mujeres que, volviéndose se  a santiguar, apagaban velas y se despedían.
De nuevo me quedé sola con el descanso satisfecho, pero algo me mantenía allí sentada como si estuviera viviendo un  desapacible sueño. Al fin, como robotizada, me levanté, di unos pasos y me arrodille  junto a la virgencita. Como un soplo de recuerdos me aventara, mis labios, pronunciaron dos palabras: Pan, María.
Hoy, en esta tremenda crisis que sufrimos, mis labios de vuelven ingenua oración como uncanto0 de fe y esperanza: Pan, María