Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

13 sept 2019

UN alumno piloto

ESCUELA CREATIVA,NIÑOS FELICES Y CON FUTURO

Un alumno, cuando ya terminaba etapa con un grupo de  varios años de permanencia continuada,  llegó a mi clase con todas las evaluaciones, de cursos anteriores, insuficientes. Era un chaval  de características físicas  muy especiales: alto, delgado, de pelo muy rubio y rizado y un aire de indiferencia tal que parecía un consumado despistado.
La maestra que me había precedido, me advirtió en estos términos: al “prenda” sólo le gusta hacer aviones  de papel. Dice que va a ser piloto, pero lo único que consigue con sus tonterías es no dejar a nadie tranquilo con sus dichosos avioncitos.
Los primeros días lo dejé cómo si no viera que sólo se dedicaba a hacer aviones y echarlos a volar por las mesas de los compañeros.
Pero, al fin, y tras pensar decididamente qué hacer, decidí hablar con él: ¿por qué no estudias algo? -le pregunté-. Está bien que te gusten los aviones, pero  hay tiempo para todo. Tienes que aprender algunas cosas... Es que yo voy a ser piloto -me interrumpió-. ¿Y crees que los pilotos no tienen que estudiar..?   Ya eres un hombre, y así, poco o nada vas a conseguir en la vida. Tienes que estudiar, esforzarte... ¡Si los libros –me contestó- son un montón de letras y tonterías! ¡Si se me olvida lo que leo! ¡Si no me gusta leer! ¡Si los libros no hacen risa!
Aquellas  palabras me llevaron a comprender algo que no era nuevo para mí: efectivamente los libros de texto, tal y cómo él los había percibido, era, son,  casi un imposible para un alumno de diez años.
Y  aquel alumno había llegado, a fuerza de no saber leer, de no comprender nada, de no tener idea de cómo sintetizar ni un sólo párrafo, había llegado, digo, a aborrecer todo lo referente al estudio.
De ahí que se pasara el tiempo haciendo aviones bastante sofisticados y creativos que, al lanzar por toda la clase, originaban desórdenes y  propiciaban un ambiente festivo que contagiaba a todos.
Tras  aquella conversación se me ocurrió una idea: pactar algo con él. Le dije:  Si quieres hacemos un trato. Puedes hacer todos los aviones que quieras, pero con una sola condición: los tienes que enviar  a mi mesa y en ellos me tienes que escribir  mensajes, preguntas... lo que quieras, y  yo te contestaré, devolviéndotelos.
La cara se le iluminó de felicidad. Exclamó: ¡bien, que guay! 
Y a partir de aquel día, sentado en una mesa casi pegada a la mía, los aviones llegaban incesantemente a mi mesa con mensajes sencillos de mala letra, peor ortografía y como tema casi exclusivo, al principio, los chivateos propios  del alumno que no sabe qué escribir: Miguel está copiando.  Josefina le manda papelitos a Óscar. Etcétera.
Yo, como si no leyera sus mensajes, le provocaba otros. Por ejemplo: no sé cómo vuelan  los aviones. ¿Lo sabes tú? Es una cosa curiosa que me gustaría conocer.
Y le devolvía el avión. Pasado un rato el avión llegaba de nuevo a mi mesa: no lo sé pero vuelan como los pájaros. A lo mejor mi padre lo sabe.
Y otra vez el avión a mi mesa: Se me ocurre una idea: pregúntale esta noche a tu padre y mañana me lo cuentas, si lo sabes. Yo también voy a buscar en un libro.
Y de nuevo el avión volaba de regreso.
Los demás alumnos, al principio, reían al ver cómo el avión iba y venía, pero pronto se acostumbraron y todo el mundo trabaja con total normalidad.
Poco a poco se fue motivando y superando en un intento constante de contarme cosas sobre  los aviones, cosas que entre su padre y él investigaban y que lo  implicaban en  estudio, lectura, escritura...
Un día, le propuse que explicara a los compañeros todo lo que llevaba descubierto y aprendido.  Lo hizo con grandes dificultades de expresión, pero con gran  satisfacción al sentirse en posesión de algo que pudiera interesar a los alumnos y, ante todo, que fuera tan valorado por mí.
En definitiva, poco a poco, se fue integrando, pero durante un tiempo me serví de los aviones para que por fin hiciera algo de Matemáticas, Sociales, etc.
Un problema, por ejemplo, se lo enunciaba así:
Si un avión corre a 300 kilómetros por hora, ¿cuánto tardará de Córdoba a Madrid, si la distancia en kilómetros es de 400 Km. ?
Sobre Sociales: Si tú fueras en ese avión y pudieras asomarte por una ventanilla, ¿qué verías como más destacado?
En fin, la estrategia funcionó.
Muchas veces me he preguntado por qué  fracasan los alumnos y muchas veces me respondido y lo sigo haciendo que los fracasados de verdad somos nosotros: sistema, libros de texto, maestros...

No se conoce el mar por bañarnos en sus orillas, para conocer el mar, hay que estudiar, y conocer  sus profundidades.

9 sept 2019

Leer por leer

De mi novela Buscando en la Vida –Blasco Ibáñez-, de la que solo se hicieron quinientos ejemplares y que fue catalogada por el fallecido Ortiz de Lanzagorta, como excelente, hoy, sin más objetivo que “leer por leer”, os transcribo un párrafo.

La voz estridente de Juana me solivianta aquella tarde otoñal de vacación vespertina de jueves: ¡señora! -voceaba- suba y verá dónde está Carlota! ¡Si cuando yo digo que esta niña es tonta...! ¡Menos mal que me ha dado por subir a dar una vuelta a la pava! Sí, allí estoy, en aquel trastero que llamamos palomar, donde la pava clueca, echada en un cajón rebosante de paja, encuba sus huevos y dónde la gata romana esconde sus crías entre tarimas y somieres viejos. Este rincón es mi refugio en las tarde de vacación del jueves y en los olvidos como el de madre María, la monja gallega que, con altivez, me pasa de largo en cada mirada. Aquí, en este rincón, perdida en el palacio que es mi casa, acomodada en una vieja canasta llena de retales, me siento bien, y unas lágrimas corren por mis mejillas de niña cuando la luz del sol declina y se pierde por detrás de la torre de la iglesia, descuartizándose por las cristaleras esmeriladas llenas de polvo y telarañas que son las ventanas. De vez en cuando la pava clueca estira majestuosa el cuello y picotea ruidosamente en este suelo de cemento. También de vez en cuando, la gatita romana se me acerca remolona, arquea su lomo y se acaricia con mis calcetines de lana. 
Pensamientos que, precozmente, me llevan a interrogarme sobre mi corto pasado, sobre mi incierto futuro. Amor sin destino que me nace a torrentes y que, sin cauce, se desborda. Oigo el arrullo del atardecer que va cayendo sobre mis pupilas de niña absorta en un vaivén de notas que, cual maga mariposa al néctar delicado y gentil de su flor, buscan partitura donde solfear su primera, ingenua y bella canción de amor, y son voces por patios lejanos, y es el clamoroso piar de pájaros que, en bandadas, van llegando al arríate grande del fondo del jardín, y es la veleta, frailecillo inquieto, que me habla de vientos huracanados y suaves brisas y es una sutil y vaporosa nube que camina por el azul rosado de la hora crepuscular...

3 sept 2019

FELICITACIÓN Y CARIÑO

DIARIO CCÓDOBA / OPINÓN 
Un día, hace años, un niño me preguntó: ¿maestra tú votas? ¡Claro que sí! –le contesté-. El niño, no conforme con mi respuesta añadió: ¿y a qué partido votas? Me hizo dudar unos momentos buscando la  respuesta más ajustada a la realidad y que satisficiera su curiosidad. Al fin, le dije la verdad, porque jamás se debe engañar a un niño, a no ser  que podamos perjudicarle, en cuyo caso mejor dar  respuesta dubitativa y añadiendo: puede ser esto o  puede ser otra cosa. No lo sé con seguridad.  Pero, claro, la pregunta del niño exigía una respuesta sin ambigüedades y de ahí que mi contestación fuera la pura verdad: pues voto –le dije a quién me parece  que tiene mejor programa, pero no por eso mi voto es siempre para el mismo partido. ¿Entiendes? El niño, no contento del   todo prosiguió en su interrogatorio: ¿Y en tu pueblo cuál es el mejor?
Bueno, pues esta pregunta del pequeño me llevó directamente a este artículo que dedico a a mi pueblo y especialmente a los políticos, porque  tengo una verdad incuestionable: en mi pueblo, y para mí, no hay tales partidos, no hay políticos, hay, y esa es mi gran verdad, familia, amigos con cuyos padres, en gran mayoría, he compartido años de muchas dificultades, he compartido juegos, colegios parroquia, ferias, etc. En mi pueblo yo no podría votar, porque todos a una buscan  y quieren lo mejor  para esta ciudad del Betis, hermosa  Villa donde nacimos. Desde la primera legislatura en democracia se han ido sucediendo distintas ideologías –se dice- pero a todas, personalmente les estoy agradecida porque, parte de lo que tengo se los debo a unos y a otros que me han ido distinguiendo con lo mejor. Por eso, hoy, tras nuevas elecciones, quiero felicitar a todos los llamados políticos de mi pueblo, porque considero que todos son ganadores, y esto no es un recurso para este artículo que bien podía escribir otro: es la respuesta que di y expliqué al pequeño que entendió perfectamente y que le llevó a exclamar: ¡claro si sois amigos...!

Mi pueblo, Villa del Río,  mejorando año tras año, será siempre para mí cuna y la mano que la meció. Allí, tras vida honesta, religiosa, culta..., está, en lugar  privilegiado de un bonito cementerio, mi familia, allí una  preciosa calle, todo un honor, lleva mi nombre, allí reza que soy hija predilecta, allí libros publicados, allí un Certamen  Literario  a mi nombre, homenajes, etc.  Dice, y es verdad, que soy profeta en mi tierra, pero se lo debo a las sucesivas corporaciones que ni tan siquiera recuerdo, ni me importa, de qué color eran o son, porque los quiero a todos, políticos o no, paisanos todos, nombres y apellidos que llevaré siempre grabados en el alma, Dos palabras para terminar: enhorabuena a todos y gracias.


2 sept 2019

Ferias

 Al aproximarse las fiestas  grandes de muchos pueblos andaluces y entre ellos,   el mío, Villa del Río, voy a referirme  a cómo eran  aquellos días previos y a las muchas clases de preparativos que, con tiempo, se organizaban en las casas

LA FERIA: PREPARATIVOS Y FESTEJOS
Creo, sin lugar a dudas, que el acontecimiento, la fiesta por excelencia del pueblo, era la feria, cuyos actos oficiales comenzaban, y siguen comenzando, con la bajada de  nuestra Patrona, la Virgen de la Estrella, desde la ermita a la parroquia.
Pero antes de entrar de lleno en lo que era y suponía la feria para los villarrenses, me voy a permitir contar cómo eran, y cómo se vivían los días previos a tan esperado evento.
Como sucedía con todas las fiestas locales, la gente comenzaba con tiempo la limpieza de las casas que pasaba por encalados de fachadas, limpieza de tejados, pintura de balcones y ventanas. También los interiores eran objeto de exhaustiva puesta a punto que, a veces, hasta pasaba por el lavado de colchones y escaldado de lanas. 
Pero sobre todo pasaba por un sustancioso aprovisionamiento de dulces caseros: pestiños, magdalenas, orejas, etc. Recuerdo el ir y venir a los hornos con chapas de dulces en masa, primero, y los cestos con los dulces horneados y olorosos, después. Y recuerdo los recintos de aquellos hornos de leña con grandes tableros por mesas repletos de pan. En Navidad, sobre todo, era un placer   permanecer al calor de  los hornos en espera de turno, entre una media nube de moscas que se posaba sobre los blancos lienzos, que cubrían las tablas de masa, y el olor  reconfortante de tortas y pan caliente.
Aquellos aprovisionamientos extras tenían como destino primordial la llegada de familiares y visitas, por lo que la administración que se hacía de ellos era bastante comedida con respecto a los deseos de los más pequeños que encontrábamos en aquellos dulces auténticos placeres gustativos. Y aquí tengo que citar a la famosa Juana Lino, a la que con tiempo, se la contrataba para los roscos de viento que hacía  como nadie, en las casas, rodeada de la familia que colaboraba en lo necesario.
No sé si será algo subjetivo pero sigo creyendo que en Villa del Río se hacían, y siguen haciendo, los mejores dulces caseros. ¡Qué ilusión y cuánta expectativa cuando convencíamos a mi madre para que nos hiciera roscos fritos! Sencillos y baratos ingredientes que, no obstante, daban como resultado un exquisito plato de roscos para la merienda y que tras años tratando de lograr la receta, me la encuentro tal cual en la preciada obra, editada por el  CP Poeta Molleja, “Nuestros Mejores Platos”.
Y así las despensas, los aparadores quedaban listos para obsequiar tanto a  familiares ausentes, que se desplazaban en tan señaladas fechas, como a las visitas de amigos, algo común  en aquellos años.
Otro gran preparativo muy celebrado  era la tómbola, siempre benéfica.  Y para referirme a ella   tengo que recurrir, una vez más, al jardín de mi casa. Sí, allí se daban cita señoras del pueblo a fin de liar las papeletas de la tómbola.
Al atardecer de bastantes días, se colocaba una gran mesa en el jardín, y en ella montones de papelillas cuadradas, objeto del  paciente y  hábil cometido de liarlas, trabajo que consistía en, comenzando por un pico, liar y liar hasta convertirlas en una especie de viruta, cuyo punto final se engomaba cabalmente.
Recuerdo que aquellos montones de papeletas las denominaban blancas, lo que equivalía a que no llevaban premio.  Las premiadas, tenían un tratamiento especial y reservado del cual nunca supe cómo lo hacían.
Aquellos días eran especiales en casa. Al caer de la tarde se regaba aquella parte del jardín donde se ubicaban los preparativos y, ¡qué delicia el olor  de la tierra mojada impregnado del aroma de tantas flores y plantas: damas de noche, jazmines, dompedros,  hierbabuena, etc. etc.!
En esta   madrugada del año 2019, cuando el tiempo ha barrido de mi vida cosas muy queridas, como hago siempre que la amenaza del desaliento se cierne sobre mis días, me refugio en aquel jardín, en aquellas horas que me hicieron feliz en mi infancia, y feliz era en aquellos preparativos que se protagonizaban allí, bajo la luz especial que colocaba mi padre, en la  amigable conspiración en torno a la tómbola. Feliz, sentada al filo de un arríate, siempre bajo la  gigantesca fotinia, mi lugar preferido, viendo cómo las salamanquesas  se multiplicaban en torno a la luz y a una nube de mosquitos, y los gatos maullaban por los tejados, y las jarras y botijos, rezumando agua fresca y colgados en lugares estratégicos,   cundían de mano en mano.
No, no fueron tiempos mejores, pero todo estaba teñido con ese color especial que sólo se conoce en la carestía y que precisamente tornaba cualquier pequeño acontecimiento en especial, y se vivía con la  ilusión  profusa de lo grande, alegre, esperado…

 Tiempos muy complicados y duros para los mayores, pero como niña que era y, posiblemente, desde mi gran sensibilidad y fantasía, gozaba e interiorizaba lo mejor de cada momento que, posiblemente, vivía a tope de ilusión. Los niños, por lo general, no ven más allá del presente, y el mío contaba con unos excelentes padres, una privilegiada casa, una familia numerosa de grandes valores y un pueblo cuyos escenarios de cada día, de cada acontecer eran vividos con ilusión e intensidad.