Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

9 sept 2018

Mujer puta

Estaba allí, sentada sobre una vieja bufanda de cuadros rojos comidos por el tiempo, almohadilla de largas horas sobre el duro asiento de un banco en la estación  del tren que yo esperaba.
Unos cincuenta años cargados de   marchita y envejecida piel. Uñas largas de un rojo insultante en manos duras y dedos deformes,  tacones altos y finos, camiseta receñida de brillantinas, ridícula minifalda que dejaba al descubierto carnes  macilentas de unas piernas mal depiladas.  Intenso olor, extraño perfume, mareante e impertinente. Ella, cuerpo veterano del oficio, se erguía lujuriosa en manidos  ademanes al paso de los hombres.
Un trasunte, ojos teñidos de un rojo vicioso, cuerpo voluminoso y flácido, olor viejo, revoltijo de vino y tabaco, en murmullo de palabras soeces, se le acercó. Husmeándola como animal hambriento ante su presa, exclamó con malos y de un medio empujón: ¡vamos, puta!
Se alejaron. Antes de perderse en el recodo de una noche negra, muy negra, ella, con un pequeño envoltorio de nada, colgado de sus brazo, volvió la cabeza: su mirada y la mía se cruzaron en un zig-zag de preguntas sin respuestas perdidas para siempre: ¿por qué ella carne de pecado, de comercio, de ascos sociales, de reproches y desprecios? ¿Por qué yo, viajera con maleta cargada de ilusiones, proyectos, bien arreglada, bien vista, bien esperada y respetada?

Aquel día de mis años muy jóvenes no lo sabía; hoy, sí: familia, educación, iglesia, sociedad, todos, sí, tú y yo.

8 sept 2018

Un día inolvidable

Hoy, hace, justamente, 60 años, que  pasé por uno de los peores años de mi vida, hasta el punto que no solo es un lejano recuerdo sino que, como una vivencia de hoy, se me vuelven a caer lágrimas, y no es tristeza, sino, eso, el episodio que dio un giro total a mi vida y que sin, resentimientos, sin culpables, y sí con cariño, evoco  para  vosotros y también para mí, de forma que entendamos que aún sin comprender en su momento el por qué de ciertas cosas, puede que tenga un destino insospechado.

Era un 9 de septiembre  del año 1958. Amanecía. No había dormido en toda la noche. Eran ya semanas de insomnio. Mi almohada, empapada en lágrimas, quedaba allí, en aquella habitación perdida en una gran galería, escenario de mi vida religiosa durante años. Y allí quedaban pesadillas, noches, muchas, de temores, de angustias, de recuerdos… La persona que dirigía aquella casa, con una forzada y austera sonrisa, exclamó desde la puerta: ¡Es tarde; date prisa!
Una vieja y pesada maleta de madera con cuatro trapos de nada, que era todo mi equipaje, a punto desde la noche anterior, era como un acuciante reclamo al que me resistía. Alguien, desde el umbral de su dormitorio, exclamó: ¡Dios te guiará! También el resto de compañeras, sobrecogidas, desde que se conoció la noticia de mi salida, me decían adiós sin palabras. Me detuve unos instantes en aquel gran halls de suelos acristalados, donde la imagen pequeñita de la Virgen Milagrosa, con los brazos extendidos, era siempre como mi refugio de paz en medio de las más grandes turbulencias. El gran reloj de la capilla daba la hora: las siete de la mañana.
Aquella persona me precedía sin cesar de repetir: ¡es tarde!, y yo, casi una niña, sin poder con la maleta y mucho menos con cada paso que daba alejándome de aquella vida que amaba más que a la mía propia, trataba de acelerar pero mi despedida se extendía a cada rincón, a cada momento de mi historia vivida en aquel lugar que iba regando con lágrimas. Una instantánea parada en la puerta de la capilla y unas oración, la última de aquella mujer que, sin duda, creía cumplir con un deber: A Vos la confío, Señor.
No hubo tiempo de espera en la estación. Mi tren entraba ceremonioso, nada más llegar: ¡No me deje, por favor, no me deje! –le repetía abrazada a su cuello y en llanto que me cegaba los sentidos-. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿A dónde voy? ¡No me deje! Vas a tu casa, pero ya sabes, ni una palabra; tu padre sigue delicado. Es voluntad de Dios y Dios escribe derecho con renglones torcidos. Pronto tendrás destino en un pueblo y allí ejercerás el apostolado –fue su contestación, despegando, más bien bruscamente, mis brazos de su cuello.
Subimos al tren. Literalmente, yo no veía presa de una congoja que me había bloqueado por completo. Pero me encontré sentada en un vulgar departamento y junto a una ventanilla en la cual reposé   la cabeza. Unas palabras me llegaron como todo un gesto compasivo: ¿Son ustedes la pareja de guardia? Por favor, esta joven no se encuentra muy bien. Va a Villa del Río. Cuiden de que se baje allí. No se preocupe, señora; nos hacemos cargo. Unos instante más, y los primeros traqueteos del tren, me devolvieron a la realidad. Levanté la vista en busca de aquella tan querida para mí mujer, pero había desaparecido. Solos dos guardias civiles, frente a frente me observaban con curiosidad y silencio.
¿Qué haría? ¿Dónde iría? ¿Cuál sería mi siguiente destino? No conocía el mundo, no sabía dirigirme por mí sola: había perdido, si alguna vez lo tuve, el hábito de pensar, de conducirme.. Era como un naufrago arrojado a un inmenso mar sin más salvavidas que unas palabras: Voluntad de Dios.
Y a ese Dios, que escribía derecho con renglones torcidos, le pedí que me llevara con Él. No, no quería, no sabía, no podía vivir. Mi futuro un túnel negro, muy negro, sin más salida, que yo viera, que la muerte.

El tren en marcha, y yo con billete a ninguna parte.

Pero amaneció, siempre amanece, un día luminoso y tras él esta  
bella orla que acompaña mis sueños: tres maravillosos hijos y ocho preciosos nietos.
No sé si fue un dios o el destino, pero hoy, tras tantos años, cuando miré al cielo y vi tan luminoso día, comprendí una vez más: dios escribe derecho en renglones torcidos,










6 sept 2018

DOLOR EN EL ALMA


Él era un niño de diez años de mi Centro, y era unos ojazos que, conociendo pronto el dolor de la vida, miraban desde una inmensa tristeza, matizada, de vez en cuando, de ingenua felicidad. Él era tierno tallo herido apenas despuntar que sobrevoló por mi vida, cual estrella fugaz de las que más bien queda el recuerdo de un destello en la certeza de haber sido testigos de su fulgurante realidad. 
Él era Miguel,  un chavalillo pálido, transparente, aficionado a la escuela, a sus maestros, a sus libros…
Pero aquel pequeño se nos fue sin hacer ruido. Un día de escuela, mientras sus compañeros en clase compartían la difícil tarea de la educación y el aprendizaje, mientras, cada cual en su trabajo, olvidados de la provisionalidad que es la vida, con afanes desmedidos, con nimiedades y absurdos, y sin caer en la cuenta de que vivimos inmersos en el funeral eterno de los tiempos, hacíamos planes de futuro en felicidad y bienestar, mientras  su silla vacía, como otras veces, esperaba la súbita llegada tarde de Miguel y sus palabras de disculpa: He tenido que ir al médico… Y ni siquiera una corazonada, un telepático presagio; nada. La vida del pequeño Miguel, como blanquísima espuma de mar, se desvaneció con el viento.
Y era un bonito día de principio de primavera, y el sol siguió su curso, y  margaritas y amapolas, en un frondoso salvaje, parecían entonar el más solemne himno de la alegría, y en las calles, el tráfico de siempre, los ruidos, las prisas…, pero, en medio de esta eclosión de vida, las campanas de una iglesita de barrio doblaban y un pequeño féretro blanco me llenaba de tristeza tal que, mis días, durante un tiempo, se vistieron de riguroso luto.
Y aún hoy, años ha, frente a mi ordenador, lugar preferente de mi vida, noto que unas lágrimas me emborronan las palabras, y no sólo es recuerdo de pasado, sino más bien, es presente, algo así como un poderoso árbol que se me crece y cuyas raíces, ramas. hojas y flores… si bien amainaron en las estrellas, dentro de mi corazón marcaron profunda huella.
Tus libros me gustan –me repetía en una ternura infinita-, y son muy bonitos, y mi madre me ha comprado algunos, y, por las noches, cuando no me duele la cabeza,  los leo y son guay, y también tengo tu foto del periódico y la guardo porque también me gusta.
Y, mientras balbuceaba tan maravillosas palabras, una ligera sonrisa asomaba a su rostro, pegado tantas veces a la mesa de clase en un intento de mitigar aquel dolor de cabeza, ¡maldita sea!, que se lo llevó.
Mi fe es lucha en un Dios que no comprendo, pero en el que, desde mi pequeñez, confío y espero. Por eso creo que Miguel, Migueín, como le llamábamos, está con Dios y está con nosotros.
¡Mi pequeño y agradecido niño! Jamás olvidaré que unos cuentos míos, unas poesías mías, aliviaban el dolor que, de mesa en mesa, soportabas! Nunca, hasta ahora, me lo había planteado: bien merece la vida, si en ella se puede escribir un cuento que haga feliz a un niño, aún en el lecho de su muerte. 
¡Échame una mano, tú que estás en el cielo!, y espérame. Entre tanto, escribiré mejores cuentos, me haré mejor foto para el periódico…  Te lo prometo.

Un maestro es como un recipiente donde uno a uno, los alumnos depositan, y no se borran jamás, palabras, sonrisas, gestos… Un trocito de alma que va sumando en  el corazón.


Mi  pueblo, Villa del Río,se engalana para recibir a nuestra Vigen de la Estrella. Desde mi corta ausencia lo veo como una burbuja de ilusión, tradición, historia...

26 ago 2018

BUENOS DÍAS, DOLOR

 ¡Vaya nochecita que me has dado, querido olor:  ciática, hernia discal, lumbago.... ¡Calla, calla  y no me cuentes tu vida!  Una noche entera  pegado  a mí, sin soltarme ni un instante, una noche entera, que son muchas horas, ya me levanto, ya me acuesto, ya me paseo, ya salgo a la terraza… ¿Tú que crees? ¡Anda, anda! ¡Que no es una noche, que son ya muchas y muchos días! Y que te ríes de los analgésicos y te las das de fuerte frente a ellos. Ayer me tuviste sentada todo el día y acobardada como si temiera algo peor que llevarte a cuestas. Pues, ya viste lo que hice hoy: me tiré de la cama, definitivamente, a las cinco de la madrugada, contigo apretando hasta el infinito, me acicalé de arriba abajo, soportándote en quejidos que no iban a ninguna parte, pero… ¿qué quién me manda  madrugar tanto  y tan peripuesta que hasta los pendientes nuevos estrené? ¡Qué gracia me haces! De sobra sabes la respuesta: iba a vivir, iba a mirarme al espejo y sonreír, iba a  tirar de tu maldita carga  y que mis compañeros de café mañanero, me dijeran, ¡ya está aquí la reina!   ¿Y eso me lo voy a perder por ti, dolor insufrible y machacón? Muy difícil que lo consigas, y no voy a pactar nada contigo que de sobra sé lo que quieres: que me arruine sentada en un sillón y mirando cómo pasan las horas en la  cansina pantalla de la tele, mientras te escucho. ¡Cómo se nota que no me conoces! Tú, hacerme la puñeta bien hecha y a todas horas, y  yo empeñada en que no me ganes la partida. No me conociste en otros tiempo  con otra clase de dolores,   más poderosos que tú, porque el dolor del alma no admite analgésicos ni esperanza de recuperación, pero mira, los superé. Por eso, si tú duro y yo despacio… -dijo el perro al hueso-. ¿Qué tú eres más duro que un hueso y yo  mucho menos paciente que un perro?  Qué enterado eres, señor dolor! ¡Sigue, sigue mortificándome días y noches! Hoy en una pierna,  dentro de un rato en otra, más tarde en las dos… Tú no me vas a morir a fuerza de mortificarme.  ¡Vaya papelón el tuyo! ¿Jorobarnos a todos antes o después?  No sé quién te manda, pero te instalas y ¡hala!, a no dejarnos vivir, a no dejarnos ser felices, a sacarnos lágrimas que no queremos, a deprimirnos y dar morcilla a los que nos rodean… ¿Qué bonito verdad? ¡Venga, aprieta  que en este momento soy feliz con una foto que hice al amanecer! ¡Que soy feliz con mis hijos, con mis nietos, con mis amigos... ¿sabes que  me dijo el chiquitín ayer? abuela te quiero mucho. ¡Anda, a ver quién te dice a ti que te quiere! ¿Que no me puedo poner de pie? Pues  ¡mira  cómo me pongo. ¿Que no puedo caminar? Pues, ¡mira cómo camino”.  ¿que no puedo…? ¡No, si por tu gusto, tu solito conmigo y dormir horas y  horas en un sillón,  atiborrada de analgésicas. ¡Qué va, que va! Ahí no me vas a ver, dolorcito. Quiero estar despierta, bien despierta, porque así  sé que estoy viva, y quiero seguir fotografiando amaneceres y crepúsculos, y quiero oír las palabras  lindas de mis nietos, y quiero seguir con mi novela, con mis amigos, con mi música… Así que, un día te cansarás y me abandonarás y si no, ¿sabes que te digo? Con gusto pago mi cuota universal de dolores que son muchos por el mundo. Tú no me dejas, y yo,  a ti, ni hasta luego, ni hasta mañana; estás muy bien situado en mí para abandonarme unos instantes, pero sigo, y sigo… ¿Morirme? Quiero vivir y no supervivir a consta de lo que sea; no ceo dejar cuentas  pendientes…  Ahora amanece, ahora escribo, ahora, un incipiente sol me saca a la terraza, y tú no sales en la foto, pero mi linda avenida sigue, y yo también. ¿Qué mi cómodo sillón me reclama? Pues que espere; me lo tengo que ganar. Y fotos, sí, muchas, y mi ordenador con un ojo, sí, pero me sirve... ¡Adiós, dolor! Sigue si quieres que yo me  veo de primera.