Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

25 abr 2015

Álbum de recuerdos 4

Así estaba aquella plaza el pasado 14 de agosto, cuando tuve el honor de ser invitada a un precioso evento cultural. Mi plaza, aquella de tres bombillas, elementales blanquitos y suelo empedrado había pasado a la historia: era, es una gran plaza.

Como dije en el capítulo primero, algo, de oído, había aprendido a tocar el armonio, por lo que una vez que la escuela estaba limpia y decorada, organicé el coro para amenizar los actos de culto que formaban parte de la rutina de los días. Cada tarde, al salir de la escuela, nos trasladábamos a la iglesia donde nos esperaba don José. ¡Cómo recuerdo aquellos ensayos y canciones que las vocecitas de mis alumnas entonaban! Una que, de vez en cuando me viene a la memoria y que repetíamos cada tarde en nuestras visitas al Santísimo, decía así: Buenas tardes Señor / te vengo a visitar / y hacerte compañía / dónde yo sé que estás, etc.
Puede resultar difícil entender el fervor que a mí, sobre todo, me provocaban, aquellas canciones que me rememoraban mis años cercanos de internado y vida religiosa. Por todo esto, una de mis primeras propuestas fue hacer una rifa de cara a sacar un dinero para comprar una imagen pequeñita de la Virgen Niña. Nos llevó algo de tiempo, pero con la colaboración de todos, lo conseguimos y, ¡qué alegría tenerla en clase presidiendo nuestras insólitas pero creativas y continuas actividades! Pronto, y siempre contando con la colaboración de nuestro querido don José, organicé, los sábados por la tarde, una procesión por toda la aldea, cantando el rosario. Aquella Virgencita, a hombros de las niñas era, para mí tan emocionante que no sé si alguna lo recordará pero, ¡qué disfrute era para pequeños y mayores, que se sumaban a la procesión, aquel sinuoso recorrido por calles empedradas que tenía como meta la iglesia cuyas campanas no cesaban de repicar en todo el recorrido!
Una vez allí, con la iglesia llena, el amonio y el coro en macha, tenía lugar el rezo del rosario que, como era lógico, protagonizaba don José. Después, la plaza era el destino. Y allí, en los cuatros bancos entrañables, horas de pipas, chistes, risas y sosegada llegada de la noche que iba acompañada del encendido de alguna bombilla y en tiempo de calor, de diademas de jazmines que me llegaban de muchos admiradores como contaré más adelante.
¡Cómo olvidar a Fuente Carreteros! Yo quería ser misionera, maestra de niños pobres, maestra de pueblos y aldeas, maestra, en una palabra y allí encontré todos los ingredientes para serlo. Tiempos pasados, sí, tiempos que encuentro en el índice de mi vida con una gran luz en verde que como faro me indica que fue muy bello, pero que ya tan solo es un recuerdo que no se repetirá y que lo importante es no dar lugar a que nos estacionemos en recuerdos y perdamos el presente que se está escribiendo en los recuerdos del mañana.
Mis queridas alumnas, mi guarida gente de Fuente Carreteros, hoy sois un precioso pueblo, con escuelas dignas, Ayuntamiento, instalaciones, fiestas… Valorad el esfuerzo, el trabajo de los que hoy por hoy construyen a este mejor presente y conoced de dónde venís para entender que, como dice el cantautor Facundo Cabral, cuando un pueblo trabaja Dios lo respeta. Pero cuando un pueblo canta, Dios lo ama


24 abr 2015

Album de recuerdos 4



Don José, a la izquierda, su madre en el centro y un grupo de amigos y amigas

  Buenos días, amigos/as: el relato siguiente es la primera vez que lo cuento. Es totalmente real, si bien, no me parece ético revelar el nombre ni algo que pueda identificar al hombre que quiso aprovechar mi inocencia. Creo que fue fruto de los tiempos, de la represión etc. Por eso, no lo he olvidado pero jamás le haría daño.
Aquella quincena primera de septiembre la pasé mal. Por todos los medios intentaba acomodarme, pero no me resultaba fácil puesto que las condiciones de vida, las necesidades básicas como servicio, aseo, comidas, etc. quedaban reducidas a un mínimo que, ahora, al recordarlo, creo que pude sobrellevar, ante todo, por mi gran vocación de maestra, acrecentada por mi deseos de apostolado que me llevaba mucho más allá de lo estrictamente profesional.
Los días me resultaban más llevaderos pero las noches… ¡Qué miedo pasaba cada vez que tenía que ir al servicio, situado en el último patio y en un gran corral donde no solo había gallinas, sino conejos y algún que otro mulo, más cantidad de aperos del campo! Por otra parte, el citado servicio quedaba reducido a un poyete con un agujero, algo para mi muy complicado puesto que ni tan siquiera había puerta. Y era mucho porque pocas casas contaba con aquel elemental wáter. Una noche, a solas, y escondida en un rincón, lloraba en la iglesia. Alguien me descubrió: ¿qué haces aquí y por qué lloras? –me preguntó con suma amabilidad-. La presencia de aquella persona, para mí desconocida, me sorprendió, al tiempo que su aspecto y sobre todo su evidente profesión me inspiró confianza. Si quieres -me dijo-, me lo puedes contar, pero mejor salimos y damos un paseo en mi coche que lo tengo ahí, en la puerta. Mi ingenuidad, que no podía ser más, unida a la congoja que me ahogaba, no puso la menor resistencia, por lo que me encontré subida y en marcha con aquel desconocido. ¿Dónde vamos? –me pregunté-. No te preocupes. Solo vamos a alejarnos un poco de la gente para estar más tranquilos. Y así fue. Muy cerca del lugar llamado Manantiales se detuvo. Le conté cómo deseaba volver a mi vida religiosa y cómo mis padres, de buena posición, ignoraban mi estado. ¡Pobre palomita presa a car en manos de algún gavilán! ¡Qué niña eres! –exclamó-. Seguro que no conoces a los hombres y seguro que ignoras todo sobre sexualidad. No contesté pero algo me hizo sentirme inquieta, algo que él debió percibir porque, echándome un brazo por encima exclamo: ¡tranquila, mujer, tranquila! No obstante, voy a explicarte algo para que vayas aprendiendo. Y, sin decir más, con evidente temblor y sudor que le caía por la frente, se me echó encima. Sinceramente no sé explicar qué sentí, pero fue tal el horror que, de un fuerte empujón, pude escapar y correr por aquellos campos, medio ahogándome de miedo, creyendo que me alcanzaría con el coche, y de horror por algo que no conocía pero que intuía iba mucho más allá de una mera explicación.
Directamente, me dirigí a la casita de don José, aquel cura santo de verdad. En aquella habitación, prosaico despacho, me acogió con tal cariño y comprensión que nunca podré olvidar. Si quieres –me dijo-, ahora mismo hacemos una denuncia; yo me encargo de ello, pero, al no haberte visto nadie, siempre podrá decir que te asustaste, que todo es falso, etc. Mejor que no se entere nadie; seguro que no lo vas a ver más.
Y así fue, pero ¡qué noches de delirios y miedos! Hasta llegar la luz del día, me mantenía despierta como si pudiera aparecer y tuviera que estar alerta. Don José, con máxima discreción, me ayudaba, me acompañaba… Y mi escuela, mis alumnas y aquella buena me esperaba cada tarde, acompañaba y era largos y deliciosos los paseos por aquellos campos. Regresábamos, cuando, al caer la tarde, desde lejos las campanas, la iglesia, la aldea, como dibujo de un bello cuento infantil, nos reclamaban.

Don José y amigos/as que me acompañaban siempre.

23 abr 2015

Bonito recuerdo: Día del libro

EN EL DÍA DEL LIBRO, UN BESO Y UN FRAGMENTO POETICO DE MI OBRA INÉDITA: “RECUERDOS”


Puente de nubes
puente de viento,
puente de historia 
puente de estrellas, gitanos...
¡puente de tantos momentos!

Atardeceres de mi pueblo en primavera. Calles larga de sol, poseídas ya por generosa floración de geranios y gitanillas, algarabía de chiquillos en horas de recreo, piar de pájaros que sobrevuelan árboles y  tejados, bandadas de vencejos en sonora algarabía por los campanarios y  un verde en los campos crecidos en lluvia y soles.
Como los trigos, las cigüeñas, las amapolas, llegaban  también, cada año, con la primavera, los gitanos.
 Y llegaban con sus canastillas de mimbre y graciosas  “enjugaderas”, con sus cacharros de hojalata y cargados de churumbeles  que, medio en cueros, corrían por las calles  en creativos bailoteos y agradecidos a la caridad de la gente.
Y recuerdo una tarde, casi única en mi vida. El sol en anaranjado crepúsculo declinaba dorando las piedras del viejo puente romano. El cementerio, crecido en cipreses,  zizagueaba en sombra por el río
Las  calles, las plazoletas, balcones y ventanas lentamente abandonaban el  silencio negro, misterio, miedo, secuelas trágicas en aquellos años de la posguerra. Los religiosos toques del Ángelus irrumpían como halo de paz y oración.
Y yo, niña de cuentos, juegos, niña de sueños, desafiando encantamientos y maleficios, me acerqué al mísero y humeante campamento gitano, aparcado bajo nuestro singular puente romano, dibujo del más bello de mis mágicos sueños. Y allí, una burra seca que se revolcaba en el tierno verde de la hierba, y canalillos de agua que corrían por entre los pies descalzos de los gitanos,  y canciones, palmas y zapateados, y allí, fuego, mantas por los suelos, ramos de jazmines, garrafas de agua...
Y allí mi más insólito descubrimiento, un indescriptible olor, mezcla de paja, pringue, humo, caminos, conjuros, magias… historias.
Daban las doce campanadas de la noche en el reloj del Ayuntamiento. Por mi balcón una luna llena que me arrebataba en precoces éxtasis de nostalgia. Imaginaba al campamento gitano tendido en el suelo, contando las estrellas fugaces y con los ojos perdidos en luceros y luciérnagas, y los oídos a coro con canto precoz de grillos y aire mago de la noche en sus curtidos rostros como silbido hechizado y arrullo de sueños bonitos.
Y aquella niña de diez años, que era yo, escribió en la tela de su almohada, una singular frase: Quiero ser gitana

22 abr 2015

Breve Biografía de una maestra 3


Puerta del aula. A la izquierda el único servicio,pozo ciego sin puerta

Un grupo grande de alumnas, disciplinadas y silenciosas me esperaba a la puerta de lo que parecía ser la escuela. Una de ellas, rompió el silencio nada más verme llegar: ¿cuándo se va, maestra? Me sorprendió la pregunta, y más aún, la expectación de todas esperando mi respuesta: ¿Irme? ¡Si yo no me voy a ir! –exclamé-, ¿por qué me preguntas eso? ¡Ea, como casi todas se van…!
El lugar llamado escuela, me dejó perpleja: una especie de callejón oscuro, de paredes desconchadas, techo humedecido, suelo empedrado, resquicios   como de pesebres, puerta y ventana sin cristales y un pequeño servicio –pozo ciego- sin puerta como wáter. Sinceramente, y en mis pocos años, nada más lejos de imaginar algo así , por lo que comprendí la huida de maestras, cosa fácil en aquellos tiempos, a la vez que sentimientos de ternura y compasión por aquellas niñas se me acrecentaba por momentos.
Y en poco tiempo de aquel cochambroso, frío e inhabitable lugar, con ayuda de las alumnas y de  aquella gente, logré una acogedora escuelita limpia, cuajada de macetas, murales, sencillas manualidades, etc. etc.
También en poco tiempo logré, en largas horas de ocio, ensayar a las alumnas para tener  a punto sencillas representaciones que los domingos por las tardes, y sobre un  elemental tablado, hacíamos para  padres, alumnos/as en general. Y  aquella escuela se llenaba, y  eclosionaba en estallidos de risas, aplausos, alegría festiva… 
Y aquella aldea de chacos, de barro, de trasiego de animales, de silencios, de  sabrosos  humos  a pan tostado procedentes de los despertares en chimeneas de las casas, aquella iglesia, cuyas campanas nos convocaban a Misa y al rosario, aquella plaza escenario, en los días de sol, de entrañables convivencias y aquellas alumnas que a todas horas me rodeaban, me cautivaron de tal manera que mi vida personal que atravesaba penosas circunstancias, mi mundo, mi universo, todo lo que  yo en mis jóvenes años deseaba estaba allí, compartiendo vidas, sueños, paseos, proyectos, enfermedades…

Nunca, por muchos años que viva, Fuente Carreteros saldrá de mis mejores recuerdos, porque yo soñaba con ser maestra y escritora, y el reto, de ambas cosas, lo encontré allí, y si bien  mis aficiones favoritas de niña eran dar clase a niños pobres que encontraba por las calles y escribir cosillas que  me sorprendían, el verdadero y sinuoso camino para ambas cosas fue aquella aldea, transformada hoy, en desconocido y precioso pueblo.