Del Blog que dedico a mis nietos/as
Consejitos para la cena de Navidad
Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera
21 dic 2013
18 dic 2013
Carta a la gente del mundo
¡Eh, que estoy aquí, en Córdoba / España!
Me sorprende y maravilla cada día comprobar cómo este blog, con
mis sencillas, pero sentidas y sinceras palabras, llega al mundo. Es por eso
que hoy, vísperas de fiestas inventadas para diversión de unos y fecunda lluvia
de recuerdos y nostalgias para otros, quiero
extender mis brazos a tantos lectores
virtuales que amainan su vuelo y
echan un vistazo a estas mis creaciones, unas veces, y mis confesiones, otras.
Sí, os considero confidentes y amigos. No conozco vuestros rostros ni el
sonido de vuestra voz, ni la calidez de vuestra piel, pero me basta saber que
existís para, de una extraña, tal vez, manera, sentiros cerca, muy cerca, como
si estuvierais aquí conmigo,
compartiendo lágrimas y sonrisas,
palabras, besos, abrazos y hasta la chirimoya que saboreo a estas horas de la
madrugada… Calor humano, en definitiva que tanto precisamos todos.
Somos, unos y otros, seres humanos amenazados por el dolor, la
pérdida de seres queridos y la muerte. Somos
débiles, a veces, y fuertes, mucho más de lo que creemos, cuando izamos vuelos y nos elevamos para contemplar
nuestra pequeñez y soledad en medio de un universo que nada sabe de nuestra
existencia.
Si estáis solos, enfermos, si sois jóvenes o mayores, si tenéis fe o si
no la tenéis, si sois amarillos, negros blancos o grises, si viajáis en coches
de lujo o en malditas pateras, si tenéis techo o no lo tenéis, sabed que, como
compañera de viaje, codo a codo con ese billete que llevamos todos en el
bolsillo desde el día de nuestro nacimiento, comparte estaciones, bocadillo, suspiros, despedidas, esta mujer de grandes
silencios y ausencias pero que siente en el alma la punzada del amor por sus
hermanos los hombres.
Un día me apearé en mi estación de destino y no estaré para saludar los amaneceres ni despedir los ocasos, no
estaré para exprimir mis mejores palabras en una pantalla, pero yo creo que cada uno somos todos y que
nuestro común puzle, que es el mundo, este planeta tierra que habitamos, desde
nuestra pequeñez individual, y grandeza colectiva, estemos dónde estemos,
seguiremos viviendo, mientras quede un ser humano sobre la tierra.
¡Ánimos, pues, amigos, porque, si
bien, individualmente, no podemos cambiar la dirección del viento, sí, unidos, podremos ajustar velas para navegar juntos hacia
ese soñado día llamado futuro, antorcha
que, a la hora del relevo, debe lucir prendida en la mejor llama.
Sí, amigos del mundo, a pesar de las enormes dificultades, yo también
tuve un sueño, sólo que mi sueño no es de hoy, sino que ha sido, y lo seguirá
siendo, una constante en mis noches y en mis días, un sueño que se remonta a mi
infancia y me ha perseguido en mis años. Un sueño que se llama igualdad, justicia, libertad y, sobre todo, amor. Amor que nos traslade a la piel del otro y que mirándolo a los ojos, nos lleve a exclamar: ¡Si deseas, sueñas, sientes..., igualito que yo! ¡Si parecemos, somos, hermanos gemelos!
¡Alégrate, amigo del mundo, porque también hoy
saldrá el sol para todos! No temas a la noche, porque un Dios, en el que yo quiero creer, está contigo, y no colgado de un cielo y manejando los hilos de absurdas marionetas,
ese Dios está aquí y habla por nuestra boca y actúa por nuestras acciones... Difícil, ya lo sé, de entender, pero, por favor, levántate, si estás caído. Si te sientes solo, piensa que te tienes a ti. Si no tienes pan, piensa cuántos desearíamos dártelo... Busca una estrella y formula tu deseo que uno al mío y que no es otro que desearte seas feliz con lo que tengas y lo mejor que puedas.
¡Vive y ayuda a vivir! ¡Un fuerte, muy fuerte abrazo, querido y desconocido hermano!
¡Vive y ayuda a vivir! ¡Un fuerte, muy fuerte abrazo, querido y desconocido hermano!
10 dic 2013
De mi Diario
Tan solo fue una nubecilla que se cruzó en mi camino
No quiero
molestar contando esta noche mi estado de ánimo, pero he decidido hacerlo
porque, cuando alguien me confiesa que no saber qué hacer de lo mal que se
siente, yo le recomiendo que lo peor de todo es sumirse en la
inercia total y dejar que los sentimientos tristes,
pesimistas y nostálgicos nos lleven directamente a la depresión.
Son las doce de la
madrugada. Leo unos poemas de Pablo Neruda. De vez en cuando, oigo petardos por
mi Avenida. En mi salón, un sencillo Belén con muchas lucecitas de colores,
libros y más libros, estanterías en las que ya no cabe ni una hoja de papel, mi
cuadro del Corazón de Jesús que siempre me mira.
Repentinamente me siento un
malestar que me crece por momentos y que es una especie de dentera que se me
extiende por la piel, provocándome un extraño e insoportable dolor. Bebo unos
sorbos de agua y noto un intenso sabor a lejía, sabor como a jabón verde que me
seca la boca. Cierro los ojos y trato de relajarme, pero no sé qué sucede que
siento como una bola gigante, muy gigante, rueda hacia mí, tapando edificios,
oscureciendo a su paso toda luz y una tremenda ansiedad me inunda: me la tengo
que tragar sin remedio.
Siento un pánico que
me inmoviliza y en mis adentros se crecen y repiten las mismas palabras: ¡no
puedo, no puedo! ¡Quiero morirme y quitarme de esta angustia y sufrimiento!
¿Morirme? Si, cerrar los ojos y dormir eternamente, pero, ¿y si me entierran
viva? Tengo miedo a convertirme en polvo, en nada, miedo a sentir la
humedad, la oscuridad, la soledad… No sé qué hacer. Estoy convencida de que me
estoy muriendo. ¿Llamo a mis hijos? ¿Y qué les voy a decir que me sucede? ¿Qué
me tengo que tragar, para descansar, una bola tan grande como el mundo? ¿Qué me
estoy muriendo? No, no los llamo. No quiero que sufran. Me voy a la cama y que
sea lo que Dios quiera. Y le digo adiós a las paredes de mi casa, testigos de
tanta vida, y le digo adiós a mi Avenida, testigo de mis noches de insomnio y
de mis gloriosos amaneceres, y, como puedo, salgo a la terraza y le digo adiós
a mis lindas plantas, y dejo besos en el aire para mis hijos, nietos, amigos…
Me entrego al sueño, rendida, agotada, mareada…
Y hoy copio de mi iPad dónde
escribí anoche. Me despertó puntualmente mi despertador a las cinco de la
madrugada. ¡Seguía viva! La bola gigante había desaparecido. Di gracias a Dios,
a mi despertador y a mí misma por haber sido capaz de escribir anoche, en medio
de una experiencia de muerte torturante que no deseo a nadie. Y esta madrugada
el cielo estaba radiante de luz. Todo fue una nubecilla que se cruzó por mi
mente.
Y esta historia es real y
tiene una explicación porque no es la primera vez que me sucede. Contaré otro
día a qué conclusión hemos llegado psicólogos y yo mismas sobre el
significado de la bola gigante que me tengo que tragar.
Pero hago pública esta
experiencia por si alguien sufre algo parecido que, al menos, coja un papel y
garabatee. Jamás deje que la "bola" que sufre se apodere de él
o de ella. Sí se puede.
3 dic 2013
Confesiones Diez. Extraño suceso
Queridos amigos/as que seguís este Blog: tranquilamente y tratando hasta el máximo de distanciarme de los hechos, vuelvo con nuevos capítulos de mis Confesiones, y lo hago más que nada por los muchos email recibidos pidiéndome que continuara. El capítulo nueve sigue en el Blog por lo que es posible retomar esta lectura.
Repito que todo es real, experiencias de mi paso por la vida y sus rutinas, bastantes complejas por cierto.
Y el sol, en bello crepúsculo, sigue,
y yo feliz lo fotografío para mí y para mis lectores.
Mi estancia en casa de Justa se me hacía cada día más compleja. Los días
que el marido rondaba por allí, prácticamente, vivía en el aula. Me llevaba
algo de comida y allí permanecía hasta la noche y siempre rodeada de niñas y atendiendo peticiones de los mayores.
Una tarde, dos mujeres me comentaron algo que me dejó perpleja: La María, la hija de Ana, la que murió hace poco… Sí, -dije- es una alumna que
ahora no viene a la escuela, ¿qué le sucede? Pues
que dicen que se le aparece una mujer
con el cuerpo de humo. ¡Aquello es una feria, señorita! Viene gente hasta de los alrededores. Dicen
que es la Virgen y que, como la pobre niña vive sola… ¡Qué disparate! –exclamé-. Es la
primera noticia que tengo. Pues, si quiere vaya por la tarde sobre las ocho; es
la hora.
La
historia de aquella insólita aparición y, sobre todo, el saber que se trataba
de una alumna, de una niña, me llevó rápidamente a una decisión: aquella misma
tarde iría a verla. Y, puntualmente, acudí. Efectivamente, aquello era una auténtica verbena. Allí, rodeando la casa de María un
ejercito de piedades: gente con mecedoras que cantaban y rezaban rutinarias
Avemarías, carrillos de inválidos, pancartas en las que se leía: Sálvanos,
Virgen María, algún que otro puesto de estampas y escapularios, fotógrafos
y hasta algún periodista.
No
podía comprender cómo todo aquello llevaba tiempo sucediendo a dos pasos de mi escuela y yo sin
saberlo. Por lo general, las
alumnas comentaban todo lo que sucedía
en el barrio pero sobre aquello, ni palabra
Aquella
tarde, mi presencia, entre el maremagno
de fervores y morbo, fue evento más que sumar a las muchas y grandes
expectativas allí concentradas, pero mi intención irrevocable y tal vez osada,
dictaba mucho de ser la guinda de aquel
espectacular montaje: quería ver a la niña, hablar con ella, ayudarle...
No fue difícil mi cometido. En unos instantes,
el padre y yo nos apresuramos en saludos. Era el herrero del pueblo, un hombre
obeso, de cuello corto, de pelo cano, de pequeñísimos ojos azules que medio se
perdían entre la bisera de una mustia gorra. ¡Pase, pase, señora! -exclamó en una medio reverencia, al tiempo
que se limpiaba el sudor del cuello. Perdone –me excusé- que me haya
presentado así, pero... No hay nada que perdonar –me interrumpió-. Me siento
muy honrado con su presencia. ¡Pase,
pase!
Sentada
sobre una cama de hierro con perinolas
doradas estaba la pequeña de no más de doce años. Con la cabeza entre las manos
parecía sumida en una total ausencia. Me
acerqué a ella y le acaricié el manto sedoso que resultaba ser su larga
cabellera rubia. Se incorporó y pude ver
la palidez de su rostro, y unos grandes ojos que, como si pidieran clemencia, quisieron sonreírme. Me
senté a su lado y le cogí una mano. Estaba fría, helada... Ya va a ser la hora -dijo el padre,
consultando un reloj de bolsillo- No tengas miedo. Acércate al espejo ya. Yo
me encargo de comunicar lo que te vaya diciendo la señora.
Como
si fuera un robot, la niña se levantó y caminó unos pasos hasta colocarse
delante del espejo de un gran armario ropero. Temblaba, le rechinaban los
dientes y unas gotitas de sudor comenzaron a brotar de su frente. Ya viene -susurró-, ya la oigo, ya está aquí… Dice que tengo que ir con ella. ¿A dónde? –le
dije tratando de conocer que era todo aquello- Pregúntale que adónde quiere llevarte.
Sin
respuesta alguna, la niña comenzó a caminar, cogida de mi mano, hacia la puerta de la calle donde
el silencio de la gente era sepulcral.
En total mutismo, y expectación, seguidas de
aquel tropel de gente, llegamos al río, bastante próximo a la casa. La pequeña,
como sumida en un profundo sueño, ni tan siquiera parpadeaba. Caminó, y yo con
ella, hasta llegar a la orilla y, una
vez allí, siguió avanzando dentro del agua que, en un instante, nos cubrió
hasta la cintura, al tiempo que una exclamación unánime rompió el silencio: ¡La Virgen, la Virgen se la quiere llevar!
Sin
esperar más y abrazándome a ella la
zarandeé, repitiendo su nombre:
¡María, María, mírame! Estoy contigo; soy tu maestra…
Como
si regresara de una profunda pesadilla, la pequeña rompiendo a llorar, sin cesar repetía: ¡Quiero
irme con mi madre! ¡Quiero estar con mi madre! ¡Mamáaa, mamáaa..! La gente repetía: ¡Pobre niña! No era la
Virgen; estaba poseída por el espíritu de su madre.
La acompañaba a su casa, entre la gente que se
dispersaba defraudada, cuando en medio de aquella medio multitud, descubrí al
hombre de negro que me miraba y sonreía. Me apresuré, sin soltar a la niña.
Hasta llegar a su casa. Era yo, entonces, la que temblaba, temía, la que no
podía entender nada. Permanecí allí hasta bien entrada la noche. Un vecino se
ofreció a acompañarme a casa de Justa. En aquel descampado no había un alma.
Alguna que otras luces de casas encendidas. Una gran duda me asaltó: ¿había
visto allí de verdad el hombre de negro o también yo había sufrido una
alucinación?
1 dic 2013
Wikeando con mi ángel 2 / Hablemos del amor
¡Y mi Ángel se me fue en una marea de tráfico!
Toda una vida me
estaría contigo...
¡Isa, Isa....! ¡Que no me oye! ¡Isaaa! ¡Isabelina! ¿Estás
teniente o estás emocionada con tus canturreos?
¿A qué vienen esas voces? ¿Eres tú, querido angelito?
(Y dale con lo de
angelito) ¡Niña, que tenemos ya muchos años para que sigas con lo de
angelito! Llámame, más bien, Rajoy, Rubalcaba, Indignado…
(UF, no me gusta un
pelo. Esto va a traer cola.) Bueno, ¿qué quieres de mí? ¿No ves que
trabajo?
¿Trabajas y cantas una sentimomentaloide balada, que son
tus cursilerías de siempre? Y no te
hagas la tonta que ya sabes lo que
quiero decir.
Sí, sé lo que quieres: provocarme para que hablemos de
política, pero quedamos que lo primero sería hablar del amor. Ando un poco
descolocada con las cosas que se dicen y se viven en estos tiempos...
(¡Menos mal que
consulté Internet y “copieteé” algo!) ¡Ah, eso! Soy todo oídos.
A ver qué te parece esta frase: Un día dejé caer una lágrima en el océano. El día que la encuentre será
el día que deje de quererte. Es así como yo pienso que debe ser el amor. ¿Cómo
lo ves?
(¡Cómo se le ha ido la
pinza!) ¿Qué quieres que te diga? ¡Me estas rayando, chica! Ya te creía más
madurita en estos temas. He soñado que soñaba / por qué no sueño contigo / Y es
que te sueño tanto de día / que de noche estoy rendido. ¿Te gusta, pequeña, mi poesía? ¡jJajaja!
Me parto de la risa… ¡Un momento, perdona: me ha entrado un wasap!
(Custodio, ¿se
puede saber qué cachondeíto te traes con tema de tal importancia? Perdona,
Jefe, pero mi protegida anda un poco anticuada. Tu protegida habla como fiel
católica, y tú, como sigas por ese camino vas a la calle. ¡Fidelidad, fidelidad
ciega! ¿Me entiendes? ¡Si, Jefe: a la orden!)
(¿El jefe ha dicho
cachondeíto? ¡Ay, Francisco que poco vas a durar en el cargo) Perdona, Isabelita, pero con la crisis se han reducido los Custodios y
andamos de cabeza…
¿Eso quiere decir que te vas?
No, mujer; hablemos un rato de tus románticos amores,
porque son amores puros, purísimos (¡Ay,
qué capón me ha dado el Jefe)
No
puedo vivir ni un momento sin enamorarme o sin saber que puedo enamorar. Sería
muy triste sentir que ya no eres plato de gusto para nadie y que vas por la
vida sin importarte el amor.
¡Estás subidita esta madrugada, eh!
Pero, ¿de qué amor me hablas?
Del que estás pensando: Me gusta creer que
puedo enamorar a un hombre tierno,
sensible, culto, educado, guapillo, altillo… ¡Ah! Y más bien jovencillo...
(¡Tonta
que es la muchacha! Eso también lo
quiero yo. ¿Me habrá oído el Jefe?) ¡Anda caramba! ¡Apuntas muy alto,
chica! ¿Y qué? ¿Tienes algún romance oculto? Recuerda lo que te pasó con aquel
guapillo, altillo, morenillo…
¡No me lo recuerdes! Todavía no sé qué le
pasó.
¡Ay, chiquita! ¡Qué inocente eres! Le pasó
que, después de un año de teléfono, email, chat, dedicatorias y etecé, buscaba
otra cosita. ¿Me entiendes?
Pues lo he pensado, pero, ¿cama a la primera?
¡No, ni hablar!
¿Qué te lo impedía, cariñito? Tú libre, él libre…
Y guapillo, morenillo, y jovencillo…
Miel sobre hojuelas. Te lo perdiste, Isa, te lo perdiste…
¡Ah,no! No me perdí nada; tengo principios, ¿sabes?
¡Jajajaja! ¡Cómo me carcajeo con tus principios!
(¡Custodio!
Declina a malo et fat bonumm ¿Me
entiendes, verdad o estás olvidando nuestra lengua oficial? A
medias, Jefe; no practico mucho el latín. Aléjate del mal y haz el bien. Es lo que hago. ¿Y a qué viene esa preguntita tan impropia de
un Ángel a una mujer decente? Además, el acto “creativo” entre hombre y mujer es tan sublime y tiene un objetivo tan específico que esa forma de frivolizar
que te gastas no me gusta un pelo. (¡Qué desfasado está el Jefe! ¡Menos mal que
está ahí Francisco!) ¡Lo tendré en
cuenta. ¡Tranquilo!, pero Isa es una mujer libre y nada me parece tan
condenable… ¡No sigas por ahí! Libre o
no se debe respeto a sí misma, y tú, ¡al paro diez días! ¡Y nada de pancartas!)
Me tengo que
ir, chiquita. ¡Hay trabajito con los desahucios! (Para qué si le digo la verdad!)
¡Pero si no
hemos terminado! ¿A dónde vas?
(¿Será de verdad mi ángel o será…? No sé;
andaré con cuidado)
Ama, chiquita,
ama cómo puedas, ama a quién puedas, pero ama. Fin de la cita.
¡
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