Mis pensamientos, poemas, cuentos... de Isabel Agüera

7 nov 2013

Radiografía de unas horas



                       ¡Estás monilla, Isa! No cambies nunca.
                            ¡Que te calles, espejito entrometido!

Hoy es jueves. Sí, ayer tuve que ir al médico por lo del lumbago. Un poquito de reposo –me dijo y… ¿Reposo? -lo interrumpí-. No puedo estar sentada más de un cuarto de hora, no puedo dejar de  salir tan temprano a tomar mi café y empezar a escribir, no puedo… 

Mi retahíla de impotencias se elevaba y se refería a cada momento del día. Él callaba y sonreía. Me examinó muy detenidamente –un gran médico, por cierto- y tras una larga charla, confirmándome mi buen estado de salud física, entre otras cosas, exclamó: ¡le voy a recetar solo una cosa! Se me quehdó mirando y exclamó: que no cambie nunca. ¿Cómo?  ¡Si soy un desastre! ¡Si no salgo de un mareo, cuando ya tengo un ataque de pánico!  ¡Si cuando no tengo neuralgia me come la alergia! ¡Si cuando no estoy deprimida, estoy estresada! ¡Si cuando...! Secuelas, Isabel, secuelas que le ha dejado la vida, pero no, olvide mi receta: no cambie nunca.
Y  con la receta pegada en la frente salí de la consulta y con ella  me levanté esta madrugada. Tenía una cita, entre obligada y deseada. Hora, ocho de la mañana, pero a las seis ya estaba robotizada y aterrada. Me comía la agorafobia. ¿Cómo salir, desplazarme, saludar etc. sin tener quién me acompañara, sin un brazo que me diera seguridad? No voy, sí voy...¡Uf! No encontraba el bolso, no encontraba las llaves, se me caían las cosas de las manos, me ponía la ropa al revés, una especie de niebla me crecían sin apenas dejarme ver con claridad..  Voy, no voy.... Salgo a la terraza. Mi avenida un vaho de  silencios, oscuridad y los semáforos a lo suyo: rojos, verdes, anaranjados... Y yo, tragar aire, soltar aire despacio, muy despacio. Mirar a las lejanías, relajarme... Me arreglo, me miro al espejo y me veo angustiada, asustada... De pronto se me ocurre una idea: saco un porta maletas, le adjunto, como puedo, mi cartera de actos importantes y, ¡hala! Una improvisada mano a la que asirme.  Miro y remiro mi invento y pienso: ¿Qué van a decir de mí, cuando me vean tirando de un carrito al amanecer? ¿Me tomará por loca mi importante protagonista de la cita? Me sudan las manos, me tiemblan las piernas... Es la hora. ¿Llamo o no llamo al taxis? ¿Voy o no voy? Lo llamo. Lo espero. Mi carrito y yo nos hemos hecho amigos. En la espera, le hago una foto. No quedas mal -le digo-. Mejor -me contesta chulito y todo- si saliéramos los do juntitos. 
Y me agarro a él como mi gran salvavidas. Dentro del taxis se me recrudece la angustia: ¿y si me da un mareo? ¿Y si me caigo? ¿Y sí, y sí...? ¡Señora, hemos llegado! -exclama el taxista ante mi inmovilidad sumergida en miedos. 
Y, bueno,  no, no me fue mal. Aguanté el tipo y quedé como Dios con piropos de propina. Así que volví, más contenta que unas pascuas y derechita al espejo. ¡Anda si me encuentro con la receta de mi médico pegada también al espejito maravilloso: No cambies nunca. ¡Estás monilla! -exclama el charlatán espejito- ¡Corre al ordenador y hazte una foto! Verás, veras cómo  pareces otra. No cambies tu hora de levantarte, no cambies tu café, tirada por las calles de madrugada, no cambies  tu hora del chocolate, no cambies... Oye, niña, ¿cuál es tu hora de hacer el amor?
¡Vaya con el espejito! Ni en sueños, te voy a contestar. ¿Quién eres tú para intentar allanar mi privacidad? ¡Hala, ahí te quedas. Voy, eso sí, a hacerme la fototerapia.
Y sí, estoy crecida, feliz: superé mis miedos. Gracias carrito- invento; amigos para siempre.



Y al paso encontré este despistado capullo que se empeña, y hace bien, en seguir siendo primavera.
Lo acaricié y le dije: No te marchites nunca  


3 nov 2013

Diario de un mal día



Con esta visión desde mi escritorio, 
¿quién se puede negar a crear, vivir, gozar?



¡Pues, eso, un mal día el de ayer  domingo! Lo que sucede con cl trajín de ropas a sacar, ropas a guardar: un lumbago de muy señor mío. ¡Uf, qué horror al salir de la cama a las cinco y media, como cada día!  Sudores, arcadas y más rígida que un palo. 
Los domingos no abre mi cafetería por lo que tengo que subir al coche y desplazarme unos tres kilómetros a una gasolinera de café a todas horas.  Algo me decía, estás loca, pero yo le contestaba: ¡Pues loca o no allá que  me voy! 
Y, bueno, ¡qué sorpresa!, un romántico y meloso amigo medio escritor estaba también allí de paso de un largo viaje. Me zampó dos besos y, ¡hala, café y conversación! Hablaba él, claro, porque yo con mi lumbago estaba para pocas cosas: te leo en Facebook –me decía-. ¡Y cómo me emocionaban tus Confesiones! Pero has hecho bien. Si eso te ponía melancólica, mejor dejarlo. Tienes recursos para otras muchas cosas. Y, bla, bla, bla… ¡Tres cuartos de hora! 
Hoy he recibido un correo de él. Decía así: No puedo olvidar  el encuentro de ayer. Para mí fue como eso que solo se ve en las películas: un maravilloso encuentro en la posada de un camino en la lejanía de todo y en la paz de la hora y del lugar. No se me va de la cabeza tu perfume, tu sonrisa, etc. etc. Añadía una posdata: Escribe otra historia pero no nos dejes.  ¡Madre mía! –me he dicho-. ¡Si esto parece una oración! ¿Y qué hago yo ahora con mi lumbago a cuestas y las expectativas de este devoto admirador?  
Bueno, pues, sí, le he puesto unas letras: No te preocupes; algo escribiré. Gracias por tus amables palabras.
Y aquí estoy de lunes, con un cielo precioso que entra por mi terraza,  con mi lumbago, mis artículos y resumiendo otras historias para este blog, que no puedo dejar para que, al menos, la próxima vez que nos encontremos en la posada de la media noche, mi medio escritor, me piropee por los siglos de los siglos. Amén. ¡Qué cosas!
Así que, mis queridos amigos y amigas, me pongo a ello que, como dice otro amigo, tengo cuerda. Mañana, DM, quiero comenzar otro largo capítulo de mi vida, parte de mi biografía, muy interesante, me lo parece, pero  cuyos recuerdos... ¡Ya veremos!

2 nov 2013

EL SOBRE NEGRO


Queridos amigos y amigas que seguís este blogs, convertido desde hace algún tiempo en testigo de mis andanzas por el mundo. Me restan cientos de “capítulos”, pero os confieso que al recordar y  escribir los nueve que llevo publicados en este blogs, me he ido sintiendo mal, muy mal y cada día peor, ya que era  un retorno muy doloroso a un lejano pasado lleno de sombras del que he ido tratando, durante años, de olvidar. Tengo, no obstante, casi terminada esta especie de biografía novelada, pero me debo a  mejores días para seguir en la “pasarela” de estas páginas. Es por eso que hago una especie de paréntesis, con lo mejor que sepa y pueda  dar.
Hoy con una insólita y misteriosa historia real: 

EL SOBRE NEGRO


NOTAS DE UN HIMNO A LA LIBERTAD

Aquel día, justo a mis pies, cayó muerta la mirla. Apuntaban los verdes por la primavera. Ellos, cazadores furtivos, le dispararon. En el nido, cuatros huevecillos verdes aguardaban calor y tiempo. Unas lágrimas brotaron de mis ojos, y mis manos reverentes, fueron caricia para aquel lúgubre evento que me palpitaba con rabia, ¡maldita sea!, por los puros entresijos del alma.
La sierra una eclosión de vida: jarales, romero, encinas... Y uno, dos, tres... una bandada de palomos surcaban los cielos en arrullos de amores que se entronizaban en el silencio de las horas, en la soledad del lugar.
Atardecía, cuando, tras depositar el diminuto cuerpo de la mirla y su nido bajo el madroñal, regresé a la ciudad. tráfico, gente, campanas...vida. En mi  bolsillo, un par de alas negras, mágico tesoro que  deseaba enarbolar para siempre como glorioso  himno a la libertad. Allí, al rescoldo de mis sueños, junto a mi almohada, un luminoso y lacrado sobre negro, como urna sagrada, atalayaba las alas de madre mirla
 Pasó algún tiempo. Una noche, cuando la luna llena inundaba de macilenta claridad  las paredes de mi dormitorio y,  cuando ya  el sueño había hecho presa en mis ojos, me despertó un extraño aleteo. Por mi ventana, la sombra de un pájaro que fulgurante alzaba sus alas al vuelo. Sí, era la mirla. El sobre negro, por unos instantes, permaneció junto a mi lecho. Después, un soplo de viento lo arrastró en un vaporoso  zigzag  por la ventana.
Todavía me pregunto si fue un sueño pero, cuando la luna llena me mira, a mi corazón retornan las notas de aquel himno a la libertad- 



20 oct 2013

CONFESIONES 9



¡Venga, sonríe! Ya mismo saldrá el sol.

Mal día el de hoy para escribir. Me siento cansada, desganada, casi triste, casi con ganas de llorar, casi llorando… Me duele la piel, me duele el aliento… ¿Por qué? ¡Ahí va! ¡Pues que no lo sé! Cosas muchas y la vida y el cambio de estación que disloca mis biorritmos, esos ciclos biológicos rítmicos que nos afectan –dicen-. Creo, no obstante, que no soy un privilegio de estas manías de nuestra naturaleza. Más o menos como todos: depresiones van y vienen. ¿Y quién no se deprime visto lo visto? ¡Claro lo malo, o tal vez lo bueno, sea ver! Y resulta que yo veo. Bueno, ¿y qué hago? ¡Ánimo, amiga! Sonríe. Una fotito en el Photo Booth y a escribir y  a callar que es lo tuyo! Después hablamos.
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¿MILAGRO O CASUALIDAD?
La llegada del nuevo párroco y mi traslado a casa de Justa marcaron vivencias que me ponen el vello de punta solo recordarlas.
Empezaré por mi nueva residencia. Justa era humilde, sencilla, cariñosa. Se deshacía por atender a sus cinco hijos, pero pronto me confesó que estaba enferma del vientre –decía ella-. El marido, increíblemente opuesto: dominante, desconfiado, maltratador de sus hijos a los que pegaba por cualquier cosa no solo con la correa sino que lo hacía por el lado de la hebilla para causarle más dolor. Y, efectivamente, le provocaba sangrientas heridas que me hacían temblar de horror. Una noche, sin pensarlo, me interpuse cuando golpeaba a una pequeña de seis años. ¡A la calle, a la puta calle! –me gritó, dándome un empujón que medio me caigo de espaldas-. Soltó, no obstante, a la niña y de un portazo desapareció. La pobre Justa suplicante me repetía: ¡Por favor, señorita, no se vaya. Se lo suplico. Es que tiene mal pronto, pero se le pasa. No se vaya; los niños sin usted…  Aquel hombre, por llamarle algo, la mayoría de los días iba borracho y a media noche por lo que un día, a altas horas de la madrugada, se metió en mi dormitorio y, sin más, se me hecho encima. ¡Justa, Justa! –grité-. Y la pobre mujer, pidiendo  siempre mil perdones y a duras penas, lo arrancó de allí, transportándolo a su cama.
Mi decisión de  buscar otra casa se me impuso como irrevocable, pero aquellos niños y aquella mujer eran para mí como una tremenda responsabilidad que no podía abandonar. Justa no hablaba pero en su mirada, pozo de tristeza y ternura, yo adivinaba cuánto deseaba el que me quedara. Ella, la peor  víctima de aquel mal  hombre y mi presencia era  como un alivio para todos. Jamás le vi un mal gesto, jamás me contó nada, pero en las noches la oía suplicar: ¡No me pegues!   
Y sí me quedé. Justa, enferma del vientre, como ella decía, empeoró hasta el punto de padecer grandes dolores que soportaba en silencio sin cesar en sus obligaciones y de vez en cuando, tendiéndose en la cama, cuando se quedaba sola, ya que a los cinco niños me los llevaba conmigo a la escuela. Al regresar un día, estaba medio muerta en la cama. ¡Justa, justa, qué le sucede!
Sin decir palabra, se levantó la ropa y, ¡qué horror! Tenía el vientre agujereado con   insoportable hedor. Corrí en busca de un médico que nada más verla pidió una ambulancia urgente para trasladarla al hospital de la capital. Sin dudarlo me fui con ella. La hija mayor –doce años- se hizo cargo de sus hermanos,  y el marido, que no sabíamos dónde estaba, puesto que viajaba en negocios, apareció a los cinco días, exclamando sin más. ¡Era de esperar! ¡Cosas de mujeres!
En el hospital, la encontraron tan mal que ni tan siquiera le adjudicaron habitación. Oí como una monjita decía: Dejadla en el pasillo. Es cáncer terminal de los peores Para lo que va a durar… Resignada Justa solo me pidió algo: Vuelva con mis hijos, por favor señorita y cuide de ellos.
Y sí que volví, haciéndome cargo de compras, comidas, de todo… Era horrible mi sufrimiento y mis extremas recomendaciones  a los niños para evitar palizas del padre que, cuando de vez en cuando regresaba, y por la menor cosa, les pegaba sin compasión. No sé cómo fue pero una muletilla, una especie de mantra se instaló en mi cabeza, una oración que hacía a la fundadora de mi querida Institución: ¡Salva a Justa, sálvala, te lo suplico! Cientos de veces al día la repetía. Pasaron aproximadamente unos diez días sin noticia alguna y esperando lo peor. No había tanta facilidad de comunicación como ahora y, por mi parte, no podía abandonar ni  la escuela ni a aquellos pobres niños, tan encomendados a mí por su moribunda madre.
Una tarde noche, la cosaria del pueblo, por no sé qué casualidad, pasó por el hospital y nos trajo la gran notica: La Justa está curada. Dicen los médicos que ha sido un milagro.
No me alargo más, hoy, pero quiero insistir en que  todo lo que cuento es cierto. Milagro o no, Justa volvió a su casa y a sus hijos. También a mí, aunque las cosas volvieron a complicarse: un trágico accidente me obligó a denunciar a aquel hombre que, sin sentimientos, maltrataba a su familia.
Y ya ha salido el sol; me voy al jardín. Sí, los árboles, el otoño, mis pequeños placeres de la vida, me esperan. Adiós, amigos del mundo, que tengáis una semana de sonrisas.